Mi Musa de la Montaña Capítulo Nueve
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Capítulo Nueve

Lily

Los recuerdos de la noche pasada me invaden de golpe. Retiro las manos de la máquina de escribir, cierro los ojos y me recuesto con un suspiro de satisfacción al recordarlo todo.

He tenido, literalmente, el mejor orgasmo del mundo. El mejor, sin ninguna duda.

Alguien en la historia de la humanidad tiene que ser quien experimente el mejor orgasmo de todos los tiempos. Me alegra que me haya tocado a mí.

Mi libro está avanzando a buen ritmo gracias a que mi muso de la montaña me está ayudando con una inspiración que me hacía mucha falta.

Me acerco a la mitad de la historia y mis dedos no pueden dejar de moverse cada vez que me siento frente a la máquina de escribir. Solo me tomo descansos cuando Jayden entra para darme un poco más de «inspiración».

—¿Tienes hambre? —pregunta mientras entra en la habitación.

Siento un cosquilleo de calor en la piel mientras lo veo acercarse a la leña apilada y echar unos cuantos troncos al fuego.

Lleva una camiseta holgada, pero aun así se le pega a los gruesos músculos de su espalda cuando se inclina. Verlo me marea y me pone nerviosa mientras lo observo.

—¿Hambre de qué? —pregunto con el corazón dándome vuelcos en el pecho.

—De lo que sea —dice mientras se acerca despacio. Los nuevos troncos prenden en el fuego y este empieza a crepitar y a rugir, caldeando la habitación y cargándola de calor. O quizá solo sea Jayden.—Un par de orgasmos. Mi polla enorme. Un sándwich de jamón. Lo que quieras, Lily, es tuyo.

Trago saliva cuando se sienta en el sofá y pone su mano fuerte en la parte interna de mi muslo. Ya estoy muy mojada. Me pone a tono con muchísima facilidad.

—¿Qué te parecen las tres cosas? —pregunto mientras empieza a besarme el cuello.

—¿Sándwich de jamón antes o después? —pregunta entre beso y beso.

—Después —digo con la voz sin aliento. Su mano sube hasta mi coño y lo cubre con la palma, haciéndome gemir—. La polla enorme primero. Definitivamente primero.

Él vuelve a incorporarse, se quita la camiseta por la cabeza y la lanza al otro lado de la habitación.

—Tus deseos son órdenes, guarra. Una polla enorme en camino.

Trago con dificultad mientras se sube encima de mí.

Presiona su erección contra mi sexo y yo sonrío mientras lo miro a sus ardientes ojos marrones. —Pero no te olvides del sándwich para después.

—Ni hablar de que vas a meterte ahí —digo mientras miro a Jayden conmocionada.

Él me dedica una sonrisa pícara mientras sigue desnudándose.

Literalmente se me están congelando los dedos de las manos y de los pies en este momento y este tío se está quedando en cueros.

Trago saliva al mirar el río que hay detrás de él, que fluye con furia a través del bosque. Es ruidoso y agresivo, y el agua gélida parece cualquier cosa menos acogedora mientras choca contra las rocas afiladas y un viejo árbol caído.

—Te lo digo ahora mismo —digo mientras me aprieto la bufanda al cuello—. Si te metes en líos ahí dentro, no pienso ir a buscarte.

Se quita la camiseta y la deja caer sobre la nieve. Ahora solo lleva las botas y los vaqueros, y a mí me entra un poco más de frío solo con mirarlo.

—¿No vendrías a salvarme?

—No —digo negando con la cabeza—. Pero te diré adiós con la mano mientras el río se te lleva para siempre.

Él se ríe mientras levanta un pie y se quita una bota.

—¡Ni siquiera llevas calcetines debajo! ¡Yo llevo tres pares y mis dedos siguen estando congelados!

Él se encoge de hombros desnudos mientras caen sobre ellos ligeros copos de nieve. —He nacido para estar en las montañas. Mi cuerpo está hecho para esto.

—Ya, bueno, pues mi cuerpo está hecho para acurrucarse bajo una manta frente a un fuego rugiente con un buen libro. Eso es para lo que he nacido yo.

Él sonríe mientras vuelve a poner el pie descalzo en la nieve. ¡Su. Pie. Descalzo!

Tengo que apartar la vista. Es una tortura solo con mirarlo.

—Cada cual con lo suyo —dice mientras se quita la bota del otro pie. Empieza a desabrocharse los vaqueros desgastados y yo me muerdo el labio inferior mientras observo.

—Deberías entrar —dice—. Es tonificante.

—Es ridículo.

Trago con dificultad cuando se baja los vaqueros y la ropa interior hasta los tobillos. Mis ojos se clavan en su culo firme y desnudo mientras sale de los pantalones, dejándolos en la nieve.

Ahora está completamente desnudo. También está completamente loco.

Estamos en puñetero enero en las Montañas Rocosas y no lleva nada puesto más que una sonrisa.

—Por favor, no lo hagas —digo mientras da un paso hacia el río mortal de la perdición—. Vas a morir. Pero morir, literalmente.

Me mira por encima de su hombro redondeado y eso hace que me derrita.

Sigo sin poder creer la suerte que tengo.

¿Cómo he dado con este tío? No se parece a nadie que haya conocido antes.

¿A quién más se le ocurre decirse a sí mismo: «Oye, está nevando, es enero y hace un frío que pela.

Es el momento perfecto para ir a nadar a un río helado de muerte»?

A Jayden, a ese.

—No voy a morir —dice negando con la cabeza—. Hago esto tres o cuatro veces por semana.

Me quedo boquiabierta mientras él se da la vuelta y echa a correr hacia el río. Con un grito, salta y desaparece bajo el agua turbulenta.

Ya está. Es la última vez que lo veré.

Los rescatadores tendrán que venir en primavera a descongelarlo.

Tengo el corazón en un puño mientras espero a que vuelva a salir a la superficie.

Finalmente lo hace y suelto un suspiro de alivio.

—Vale —grito mientras él nada de un lado a otro—. Ya has demostrado tu hombría. ¿Puedes salir ya antes de que me dé un ataque al corazón?

—Vente conmigo —dice con una sonrisa mientras flota de espaldas y me mira—. Quítate esa ropa tan aparatosa y deja que vea ese cuerpo precioso que tienes.

—Ni lo sueñes.

—¿Te da miedo que se te pongan los pezones demasiado duros?

—Sí —digo con cara seria—. Me da miedo que se me pongan tan duros por el frío que se hagan añicos.

Él se ríe mientras nada de vuelta a la orilla. El frío ni siquiera parece molestarle. No debe de ser humano. Probablemente sea alguna especie híbrida rara de mitad humano y mitad hombre de las montañas o algo así.

—Está bien —dice mientras empieza a salir del río—. Pero tú te lo pierdes.

—No me pierdo nada de nada —murmuro para mis adentros mientras contemplo las vistas impresionantes.

Su cuerpo mojado está duro como una piedra y se ve más sexy que nunca mientras sale con las gotas de agua resbalando por su piel.

Incluso después de salir del agua helada, su polla sigue siendo enorme.

Nada de encogimiento por aquí. Le cuelga entre los muslos mientras camina por la nieve hacia mí.

—¿Qué te parece un abrazo? —dice mientras abre sus brazos mojados.

—Ni hablar —digo con un ligero matiz de pánico mientras se acerca. Ya estoy muerta de frío y no quiero tocar nada húmedo, por mucho que venga acompañado de esa polla maravillosa.

Empieza a correr hacia mí y yo grito cuando me rodea con sus grandes brazos mojados y me levanta en un abrazo de oso. Me hace dar vueltas mientras yo me río y chillo como una niña pequeña.

Quizá el abrazo no haya estado tan mal, pienso mientras él se viste.

Nada de esta semana ha sido malo (aparte del dolor de tobillo, que sigue siendo un fastidio).

Empezaba a gustarme mucho estar aquí con Jayden, y la montaña me estaba empezando a conquistar.

Puede que la próxima vez acabe nadando en el río con él.

Espera. ¿A quién quiero engañar? Eso no va a pasar en la puta vida.

Después de un par de días increíbles con Jayden, por fin puedo apoyar algo de peso en el tobillo. Sigue hinchado, pero puedo desplazarme con mucha más facilidad.

Así que, cuando me pregunta si quiero aprender a cortar leña, acepto enseguida.

Pero ahora que estamos fuera y tengo un hacha en las manos, no lo tengo tan claro.

—¿Qué pasa si me corto un pie? —pregunto mientras él coloca un tronco sobre el bloque de madera.

—No te vas a cortar ningún pie —responde negando con la cabeza—. Estaré contigo en todo momento.

—¿Y qué pasa si te corto un pie a ti?

—Simplemente... —dice con una risita—. Limítate a hacer lo que te diga y ambos estaremos bien.

—Eso no lo sabes tú —digo mientras se sitúa detrás de mí y presiona su cuerpo cálido contra el mío—. Soy como una medallista de oro en torpeza.

—Seguro que no eres tan mala.

Me doy la vuelta y lo miro por encima del hombro con las cejas arqueadas. —¿Has visto mi tobillo últimamente?

Él se ríe. —Buen apunte. Lo haremos juntos.

Reprimo un gemido cuando desliza sus manos por mis brazos, envolviéndome en su gran y fornido abrazo.

—Lo que tienes que hacer es apuntar a una de esas grietas que van hacia el centro.

—¿Encima tengo que apuntar? —pregunto con la respiración entrecortada—. Si solo estoy intentando no darle a ningún pie.

Me tranquiliza con su contacto reconfortante y su voz suave mientras me explica cómo sujetar el hacha y blandirla sobre mi cabeza.

—¡Puedes hacerlo! —dice mientras retrocede unos pasos.

Lo miro con pánico. —¿Qué ha pasado con lo de hacerlo juntos? ¿Dónde han ido esos brazacos que me rodeaban?

—Estarás bien —dice con una risilla—. Adelante.

Respiro hondo, levanto el hacha como me ha dicho y la descargo sobre la grieta del tronco. Se hunde directamente a través de la madera, partiéndola en dos.

—¡Lo he hecho! —grito mientras suelto el hacha y levanto las manos al aire—. ¡Soy una mujer de las montañas!

Él se ríe mientras me dice que lo he hecho muy bien. —Hazlo otra vez.

—Oh, no —digo mientras me alejo cojeando del bloque de madera—. Por la presente anuncio mi retirada de la tala de leña para siempre.

—¿Para siempre? ¿Y si necesitas encender fuego?

Le dedico una sonrisita sexy. —Para eso te tengo a ti.

Él niega con la cabeza mientras recoge el hacha y sigue partiendo la madera. —Gente de ciudad —murmura.

Al cabo de unos minutos, me pregunta por mi libro y le doy la chapa durante quince minutos enteros mientras él corta leña y escucha con paciencia. Nunca interrumpe. Se limita a escuchar con atención mientras yo hablo por los codos.

Estoy entusiasmada mientras explico los capítulos del doce al dieciséis. No puedo evitar mover las manos mientras mi voz corre llena de pasión.

—Parece que te encanta escribir —dice cuando por fin me callo.

—Me encanta. No sé por qué he tardado tanto en ponerme a ello de una vez.

—Entonces, ¿qué vas a hacer a partir de ahora?

Suspiro. —Nunca me he sentido tan viva como esta semana. Escribiendo mi libro, pero también con él.

—¿Y tu trabajo te hace sentir así?

Suelto una carcajada. —¿Te refieres a mi trabajo como administrativa en Proper Propane? Me hace sentir todo lo contrario.

—Entonces déjalo.

Lo dice como si fuera tan fácil. Como si pudiera hacer lo que me diera la gana.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Necesito dinero. ¿Tú qué haces para ganar dinero? —Solo se me ha ocurrido preguntárselo ahora.

—A veces, en verano, trabajo en la tala. Vendo leña. He trabajado en un barco de captura de cangrejos. Cualquier cosa que sea física y me mantenga al aire libre. Pero no necesito mucho. La montaña me proporciona casi todo lo que necesito.

—Bueno, yo no sé dónde voy a cazar comida en la ciudad —digo con un suspiro—. Probablemente me metan en un psiquiátrico si empiezo a perseguir ardillas con una lanza casera.

—Entonces quédate aquí.

Mi corazón se detiene mientras las palabras quedan suspendidas entre los dos.

Jayden coge otro tronco y sigue cortando como si no acabara de soltar una bomba a mis pies.

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Porque... por varias razones. —No se me ocurre ninguna ahora mismo, pero estoy segura de que hay razones perfectamente legítimas.

Es fácil para gente como él hacer lo que quiera. Pero para gente como yo, no tanto.

—Quieres ser escritora, ¿verdad?

—Sí.

—¿Y yo te gusto?

Mis mejillas empiezan a arder. —Sí.

—Entonces quédate. Vive tu pasión. Conviértete en escritora. Quédate conmigo.

Baja el hacha y me clava la mirada. Me flaquean un poco las piernas.

—No dejes que gane el miedo. Nunca hay una buena razón para no seguir a tu corazón, Lily. Jamás.

Vuelve a levantar el hacha y sigue cortando mientras mi mente empieza a dar mil vueltas.

No puedo quedarme, dice la voz cuerda y racional en mi cabeza. Sería una imprudencia. Una irresponsabilidad. No sería propio de mí.

Pero entonces otra voz empieza a susurrar a través de los pensamientos negativos. Una voz inspirada que se parece mucho a la de Jayden...

¿Pero y si puedo?

—Vale —digo mientras me froto las manos heladas—. ¡Puedo hacerlo!

Doy un paso hacia el río y entonces me entra el pánico. —¡Espera! ¡No, no puedo!

Jayden se ríe mientras me coge de la mano. Los dos estamos completamente desnudos, completamente congelados, completamente locos.

—Iremos a la de tres.

—¡No!

—Una.

—No puedo.

—Dos.

—¡No, no, no, no, no!

—¡Y tres!

Grito mientras los dos corremos hacia el río helado de la muerte y saltamos dentro.

Un millón de cuchillos me apuñalan por todo el cuerpo mientras me hundo bajo la superficie. Inmediatamente me doy la vuelta y salgo corriendo del río gélido mientras el pecho se me oprime hasta el punto de que no puedo respirar.

Oigo a Jayden reírse a mis espaldas mientras camino atropelladamente por la nieve, cojo la toalla gruesa y me envuelvo el cuerpo tembloroso con ella.

Me castañetean los dientes y me tiemblan las rodillas cuando me doy la vuelta y lo veo allí flotando como si estuviera de vacaciones en Jamaica.

—Vuelve —dice con una sonrisa en la cara. Se mete un poco de agua en la boca y luego la escupe, como una fuente sexy—. El agua está genial.

—Ni lo sueñes —digo con voz trémula mientras me visto lo más rápido que puedo.

No puedo creer que acabe de hacer eso. Me he tirado a ese río en pleno enero.

Yo no hago ese tipo de cosas. Esa no soy yo.

Pero lo he hecho.

Así que quizá esta pueda ser la nueva yo.

Jayden me ha inspirado a hacer tantas cosas esta semana.

Estoy congelada, pero me siento eufórica y emocionada por haberlo hecho.

Eso me hace preguntarme...

¿Qué más soy capaz de hacer?