Mi Musa de la Montaña Capítulo Cinco
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Capítulo Cinco

Lily

Tengo el tobillo peor que nunca cuando me despierto por la mañana. Cada movimiento es un suplicio mientras me incorporo hasta quedar sentada.

Jadeo y abro los ojos de golpe al darme cuenta de que estoy tumbada en la cama de Jayden. Eso explica los sueños guarros que he tenido toda la noche.

Miro de reojo hacia la puerta abierta y luego, con sigilo, me llevo sus sábanas a la nariz y aspiro su intenso aroma masculino. Oh, sí. Es como inhalar un enorme cuenco de felicidad.

Ya estoy mojada al despertar. Me arde el coño.

Me quedo mirando la puerta mientras mi mano se desliza por mi vientre. Necesito algo de alivio desesperadamente. Justo cuando alcanzo mi clítoris palpitante, un fuerte crujido rasga el aire de la habitación y retiro la mano de un tirón con un jadeo.

«¿Pero qué narices haces, Lily? No estarías a punto de hacer eso en la cama de un extraño, ¿verdad?».

¿Pero qué me pasa?

Otro fuerte crujido resuena en la estancia y luego se vuelve constante, uno procedente del exterior cada veinte segundos más o menos, como un disparo que retumba en el bosque.

Al principio me pone nerviosa, hasta que recuerdo que Jayden dijo que necesitaba leña y probablemente la esté cortando ahora mismo.

Con un gruñido, bajo mi tobillo hinchado de la cama y me pongo de pie lentamente. Me apoyo en la pared, quitándole todo el peso que puedo, y avanzo torpemente hacia la cocina. Me llega el olor de algo delicioso que ha cocinado. ¿Salchichas y beicon, tal vez?

Madre mía...

Me olvido por completo del desayuno cuando veo a Jayden en la parte de atrás cortando leña. Sin camiseta.

Me quedo boquiabierta de incredulidad, de deleite, de deseo, al verlo de pie en la nieve blandiendo el hacha sobre su cabeza. La descarga con fuerza sobre el tronco, partiéndolo mientras cada músculo firme de su cuerpo escultural se tensa.

—Vaya vistas —murmuro para mis adentros mientras ignoro las espectaculares montañas que se ven a lo lejos, detrás de él.

Mis ojos llenos de lujuria recorren su pecho macizo y sus brazos cincelados.

Sus abdominales están marcadísimos y parecen prolongarse eternamente hacia sus pantalones de chándal, que cuelgan ridículamente bajos sobre sus caderas.

Su pelvis dura queda a la vista y, si ladeo la cabeza lo suficiente, alcanzo a ver el principio de su vello púbico.

El enorme tronco que cargaba ayer sobre el hombro está en el suelo junto a él. Lo miro con incredulidad. No puede ser que trajera ese tronco desde mi cabaña.

Pero lo hizo.

Es incluso más fuerte de lo que parece.

Lo observo mientras alinea otro trozo de madera en el bloque de corte y admiro el aspecto de los músculos laterales de su espalda cuando se inclina, cuando, de repente, sus ojos se clavan en los míos.

Me agacho con un jadeo y hago una mueca mientras me escondo tras la encimera, esperando que no me haya visto mirándolo como una pervertida asquerosa.

De repente, la puerta se abre y él entra. Me ve acuclillada en el suelo de la cocina y ladea la cabeza sutilmente.

—¿Estás bien? —pregunta, mirándome de forma extraña—. ¿Buscas algo ahí abajo?

Me levanto rápidamente y busco desesperadamente una excusa. —Solo estaba buscando... —veo el desayuno cocinado sobre los fogones—. ...tu salchicha.

Él arquea ligeramente una ceja y me doy cuenta de lo que acabo de decir. —Quiero decir, tu desayuno. ¡Mi desayuno! Quería comerme tu salchicha, o sea, mi salchicha. No es que yo tenga una salchicha... Ya sabes a qué me refiero.

—La verdad es que no —dice él, con cara de confusión.

Respiro hondo y trago saliva con dificultad. —Buscaba algo de comer.

—Ah —dice con una risita—. Siéntate, te prepararé el desayuno.

Se acerca a los fogones y empieza a girar los mandos. Sigue sin camiseta. Sigue estando increíblemente guapo.

No le quito ojo mientras cojeo hasta la mesa y me siento.

La máquina de escribir está sobre la mesa y ya tengo una pila de páginas escritas para mi novela. Trata sobre una chica de un pueblo pobre llamada Katie que es secuestrada a bordo del barco del famoso capitán pirata Theo Bones, y el primer oficial de ensueño Evan Blitz acude a su rescate.

—¿Eres escritora? —pregunta Jayden mientras rompe un huevo en la sartén.

—Quería serlo —digo mientras mis mejillas se calientan—. Pero mi cerebro parece que tenía otros planes.

—Parece que te va bastante bien —dice echando un vistazo a los papeles sobre la mesa.

No puedo evitar sonreír mientras los miro. Ya llevo ocho páginas terminadas. Supongo que me va bastante bien.

Supongo que solo necesitaba a un montañés sexy para despertar mi imaginación.

—Bueno, tendrás tiempo de sobra para trabajar en ello aquí mientras se te cura el tobillo —dice con su voz profunda y aterciopelada.

—¿Cuánto tiempo crees? —pregunto mientras miro las líneas duras y sexis de sus hombros anchos. Con estas vistas, no me importaría alargar mis vacaciones. Quizás indefinidamente.

Él se da la vuelta y mira hacia mi tobillo. Oh, mierda. Viene hacia aquí.

Mi corazón empieza a latir con fuerza y trago saliva mientras se acerca.

¡Oh, no! ¡No me he lavado los dientes!

Parezco una vieja bruja. Y probablemente huela peor.

Se arrodilla frente a mí y toca con suavidad mi tobillo dolorido, inspeccionándolo mientras yo lo inspecciono a él.

Cada centímetro de su torso es puro músculo firme. Es como la mañana de Navidad para mis ojos. No sé dónde mirar primero.

—No está roto —dice mientras desliza sus dedos suavemente sobre él.

Me estoy acalorando y me remuevo al notar lo delicado que es conmigo. Este hombre de la montaña es rudo y salvaje fuera con los troncos y el hacha, pero es dulce y tierno cada vez que me toca. Es increíblemente excitante.

—Y la hinchazón ha bajado —añade. Sus ojos de color marrón oscuro se encuentran con los míos y se me corta la respiración.

Dios, ¿por qué no me he parado a pasar un cepillo por el pelo o algo? Este hombre está impresionante así, sin camiseta, con su barba larga y su gorro de lana gris, y yo parezco recién salida de un manicomio con mi pelo grasiento y mi pijama de carlinos bailarines.

—Probablemente puedas apoyar el peso en una semana más o menos —dice—. A menos que...

—¿A menos que qué?

Gira la cabeza hacia otro lado y veo cómo aprieta la mandíbula, como si el pensamiento que tiene en la cabeza le causara dolor o algo así.

—Nada —dice, levantándose con un gruñido—. Te prepararé el desayuno y luego podrás seguir trabajando en tu libro. Quiero saber si Katie va a lograr salir de ese barco.

Abro mucho los ojos y siento un vuelco en el estómago. —¿Lo has leído?

Él asiente mientras da la vuelta a los huevos y sigue preparando mi desayuno.

—Está bastante bien.

Me quedo mirando su espalda, atónita. ¡Cómo se atreve a leer mi libro!

Abro la boca para cantarle las cuarenta. —No me puedo creer que hayas leído mi li... ¿Está bien?

—Sí —dice mientras me sirve un café y me lo trae—. Tienes talento.

Un hormigueo me recorre el cuello hasta la cara y mis mejillas empiezan a arder cuando coloca la taza humeante frente a mí.

—Vaya —digo, sintiendo que el corazón se me acelera—. Talento. Yo, esto... simplemente me dejo llevar por la inspiración, supongo.

—Bueno, sigue así —dice mientras termina de preparar mi plato—. No puedo esperar a leer qué es lo próximo que se te ocurre.

Mi mente es un torbellino de mil pensamientos mientras él coloca el desayuno caliente delante de mí y vuelve a su tarea de cortar leña fuera.

Vaya. Talento. Alguien ha dicho de verdad que soy una escritora con talento.

Y sí, ese alguien vive en medio de la nada sin televisión, internet ni ningún otro libro que yo pueda ver, y probablemente se entretenga mirando cómo follan las ardillas, pero aun así. Talento. ¡Me sirve!

No puedo evitar girarme hacia la ventana y observarlo mientras coge el hacha y sigue partiendo madera. Podría pasarme todo el día mirando esto.

Y lo haría, pero las ideas para la historia no dejan de brotar en mi cabeza, haciendo que me hormigueen los dedos.

Escribo los siguientes capítulos a toda velocidad, parando solo para quedarme embobada mirando a mi sexy musa mientras endurece aún más sus músculos a base de golpear la madera con el hacha.

Mi libro va viento en popa. La pobre Katie está atrapada en el camarote del malvado capitán en el barco pirata, pero para su suerte, el delicioso primer oficial Evan Blitz viene dispuesto a poner su mundo del revés.

De repente, justo cuando Evan toma a la excitadísima Katie en sus brazos y le dice que la desea, mis dedos dejan de moverse. Las palabras se secan.

«Vamos, dedos. No me falléis ahora».

Pero no sale nada.

Ha pasado tanto tiempo desde que tuve mi propia escena de sexo.

E incluso entonces, no hubo nada que mereciera la pena escribir. He tenido muchos encuentros torpes, pero nada inspirador.

Me echo hacia atrás en la silla y observo a Jayden mientras muerdo la parte trasera de mi bolígrafo. Sigue dándole duro al hacha. Es implacable y me hace preguntarme cuánto tiempo podrá aguantar este hombre en la cama.

El calor empieza a recorrerme de nuevo y, como antes, va directo a la zona entre mis piernas.

Recorro con la mirada sus grandes tríceps y me pregunto lo firmes que se sentirían mientras se sostiene sobre mí.

—Mmmmm —gimo mientras empiezo a arder por todas partes.

Quizás necesito un poco de inspiración del montañés para que este libro vuelva a arrancar.

Sí. Eso es lo que necesito.

Es solo por documentación. Eso es todo.

Una documentación tórrida, sudorosa y sensual con mi guapísimo y sexy compañero de cabaña.

El tapón del bolígrafo salta en mi boca y me atraganto, escupiendo un chorro de tinta azul en la servilleta. Supongo que lo estaba chupando con demasiada fuerza mientras lo miraba.

Mis labios azules se curvan en una sonrisa pícara mientras me limpio.

Sí. Lo voy a hacer.

Esta noche voy a seducir a Jayden...

...con fines de investigación, por supuesto.