Capítulo Tres
Lily
Para ser la cabaña de un asesino, es malditamente mona.
Pero así es como suelen atraparte los asesinos del hacha. En un momento estás admirando la adorable casita para pájaros en el porche de madera y, al siguiente, se arrastran detrás de ti dispuestos a separarte la cabeza del cuerpo. ¡No voy a picar!
—¿Estás bien? —me pregunta cuando giro la cabeza de golpe—. ¿Eres siempre así de asustadiza?
Quiero ir de tía relajada y no quiero que piense que me pone nerviosa, así que asiento. —Sí. Suelo serlo.
Suelta un suspiro largo y profundo y luego entra en su cabaña, dejando la puerta abierta para mí. Echo un último vistazo alrededor buscando extremidades mutiladas que asomen entre la nieve, pero no hay nada fuera de lo común.
De hecho, parece una casita normal y corriente enclavada en las montañas.
Está hecha principalmente de troncos y se nota que la cuida bien.
Tiene una capa de pintura reciente en las contraventanas y tanto el camino como el porche están bien despejados de nieve.
Se ve muy acogedora con la nieve en el tejado y un hilo de humo saliendo por la chimenea.
Hay una vieja camioneta azul claro aparcada a un lado que parece que podría haber pertenecido a mi abuelo, pero que aún funciona a la perfección.
Miro al cielo y respiro hondo. —¿No me harías esto, verdad? —le pregunto en un susurro a quienquiera que esté ahí arriba.
Como no obtengo respuesta, hago un acto de fe y entro cojeando.
Es una pequeña cabaña de madera con una chimenea de piedra que parece perfecta para acurrucarse frente a ella a leer un libro. Mi atención se desvía hacia una máquina de escribir antigua que hay en la repisa. ¡Guau! Qué pasada.
—Siéntate —dice él mientras entra en la habitación. Se ha quitado el sombrero y la chaqueta y está bastante sexy con una vieja camiseta gris ajustada—. Te prepararé un café caliente.
—Un café caliente suena genial. «Solo he tomado seis tazas hoy», estoy a punto de añadir, pero en su lugar me guardo las palabras.
Me quito el gorro y los guantes cubiertos de nieve y luego tiro del abrigo mojado. Los pantalones de nieve son un poco más complicados con el tobillo palpitando de esa manera. Me inclino y tiro de la bota, y un grito involuntario y fuerte se escapa de mi boca.
Él se acerca en un segundo, bajando suavemente mi cuerpo hasta el suelo mientras sostiene mi tobillo con la mano.
—Será mejor que lo haga yo —murmura entre dientes mientras empieza a desatar los cordones de mi bota.
Sus manos son muy grandes, pero sus dedos son rápidos y ágiles. Mi corazón bombea con fuerza mientras desliza suavemente mi pie hacia fuera sin que yo suelte ni un quejido.
Esto es una buena señal. ¿Verdad?
Un asesino del hacha no se tomaría la molestia de asegurarse de que estoy cómoda, ¿no? Probablemente se limitaría a cortarme el pie con su hacha y se ahorraría el esfuerzo.
—Vale, ahora levántate —dice cuando ya me ha quitado las dos botas— y pon la mano en mi hombro.
Siento un aleteo en el pecho al apoyar la palma de la mano en su hombro redondo y musculoso.
—Ahora, no te muevas.
Me baja los pantalones de nieve y mi respiración empieza a acelerarse. Mi corazón late con fuerza mientras los baja por debajo de mis caderas.
¡Mierda! ¡¿Por qué me he puesto los pantalones de pijama de los carlinos bailarines?!
Suelta una risita entre dientes mientras desliza mis pantalones de nieve por debajo de mis rodillas.
—Día de colada —digo mientras mis mejillas empiezan a arder.
—Mmm —gruñe con una sonrisa en la cara.
Cada terminación nerviosa de mi cuerpo parece estar hormigueando mientras me libera lentamente los pies de los pantalones de nieve.
—Gracias —digo al retirar mi palma sudorosa de su hombro—. Estoy bastante segura de que puedo caminar hasta el...
Doy un paso y mi estúpido tobillo se dobla como un castillo de naipes. Me desplomo más rápido de lo que late mi pulso, pero él es rápido y sus brazos fuertes y sexis me atrapan antes de que toque el suelo. Me levanta como si no pesara nada y me lleva al sofá.
Muy bien. Si así es como asesinan a una, contad conmigo.
Me tumba con delicadeza, como si fuera lo más preciado del mundo, y apoya mi tobillo hinchado sobre un cojín. Es la primera vez que lo veo desde la caída y tiene un aspecto horrible.
Mi tobillo ya no es un tobillo. Se parece más a una bola de bolos.
—Te quedarás aquí hasta que te cures.
—¿En serio? —digo, mirándolo con asombro—. Pero si ni siquiera nos conocemos.
—Soy Jayden —dice con voz ronca—. ¿Cómo te llamas?
—Katie. Quiero decir Lily.
Estoy tan distraída por sus preciosos ojos marrones que olvido mi propio maldito nombre.
—¿Cuál de los dos es? —pregunta mientras me mira con extrañeza.
Trago saliva con dificultad. —Lily.
—Muy bien, Lily. Ahora ya nos conocemos. Voy a preparar el café.
Mis ojos, sin parpadear, se agrandan mientras lo veo caminar hacia la chimenea y echar un par de troncos antes de irse a la cocina.
Una vez que se ha ido, mi vista vuelve a la vieja máquina de escribir de la repisa. Me pregunto si funcionará...
No parece haber una televisión por aquí y me jugaría la vida a que ni siquiera ha oído hablar de un ordenador, y mucho menos de WiFi.
Quizá le pida que baje la máquina de escribir para poder probarla.
Regresa unos minutos después con dos tazas de café humeante y un paquete de guisantes congelados bajo el brazo. Me entrega una taza y luego coloca los guisantes congelados sobre mi tobillo hinchado.
—Y... ¿vives aquí arriba todo el tiempo? —pregunto.
Quizá sea un director ejecutivo rico que vive en la ciudad y viene aquí a desconectar, o quizá sea un actor famoso que viene aquí para alejarse de sus fans adoradores.
—Este es mi hogar.
Debería habérmelo imaginado. Parece hecho para vivir aquí arriba.
—Me gusta.
—No es para todo el mundo, pero a mí me va bien.
—¿Y vives así, del todo solo? ¿Tienes novia o mujer?
Él niega con la cabeza mientras baja la vista hacia el café de su taza. —Nunca se dio el caso. Esperé, pero...
Me inclino tanto hacia él que estoy a punto de caerme del sofá antes de contenerme. —¿Sí?
—Simplemente no ocurrió —responde, con pinta de que va a profundizar en el tema, pero no lo hace, lo cual es una lástima porque tengo una curiosidad loca al respecto.
Resisto el impulso de preguntarle si no tiene novia porque la asesinó (todavía no estoy del todo convencida de que no sea un asesino del hacha).
—Me estoy quedando sin leña y tengo que terminar de recoger los troncos. ¿Vas a estar bien aquí sola?
Asiento mientras lo veo levantarse.
—¿Puedo traerte algo?
Miro de reojo la máquina de escribir que tiene detrás. —¿Funciona eso?
Él se gira y sonríe al ver lo que estoy mirando. —Era de mi madre. Todavía funciona.
Me pican los dedos por ponerme a trabajar mientras él la baja, le quita el polvo y le pone una cinta de tinta nueva. Saca un montón de papel blanco del armario y lo coloca sobre la mesa de centro delante de mí.
En cuanto él se marcha, mis dedos empiezan a volar sobre las teclas y mi historia cobra vida.
Katie estaba teniendo el peor día de su vida. Hasta que un maromo impresionante llamado Evan acudió a su rescate. Era grande y musculoso y tenía una polla grande y jugosa
Demasiado pronto para eso, Lily. Demasiado pronto.
y tenía unos ojos marrones preciosos que tenían el tono de una vieja silla de montar de cuero.
Katie estaba atrapada en un barco pirata y no tenía ningún lugar al que escapar, pero por suerte Evan estaba allí para mantenerla a salvo y caliente.
Sonrío como una loca mientras mis dedos vuelan sobre las teclas, llenando página tras página mientras mi novela empieza a cobrar vida.