Capítulo Dos
Lily
—¿Por qué gritas?
—¡Estás a punto de cortarme la cabeza! —grito presa del pánico—. ¿Qué se supone que debo hacer?
El hombre de la montaña, potencial asesino con hacha, baja la mirada hacia el arma que tiene en la mano y luego la tira al suelo.
¡Esta es mi oportunidad! ¡Está desarmado!
Me aparto de él y empiezo a rodar torpemente colina abajo por la pendiente, que no es tan empinada. En mi cabeza, me imaginaba bajando volando a una velocidad de vértigo, pero solo estoy dando sacudidas como un pez medio muerto.
Dios, qué vergüenza. Ni siquiera sé rodar por una colina en condiciones.
Ahora, no solo me duele el tobillo, sino que estoy llena de nieve y me van a salir moratones en los codos.
A lo mejor piensa que soy tan patética que se irá a buscar a una chica más interesante a la que secuestrar y asesinar.
—¿Intentas ir a alguna parte? —pregunta mientras mi cara choca contra la nieve.
—¡Estoy escapando!
—Te das cuenta de que puedo caminar más rápido que eso, ¿verdad?
¡Oh, no sirve de nada! Soy un blanco fácil. El tobillo me está matando, no puedo andar, no puedo escribir... ¡Soy la víctima de asesinato más sencilla e inútil de la historia!
Ya puedo ver mi lápida: Lily Sparks. Mediocre de narices.
Me detengo con un patético último giro y me incorporo hasta quedar sentada. Lloro mientras me estiro la pierna, que ahora siento como si la hubieran sumergido en lava y luego la hubieran atado a un cartucho de dinamita a punto de explotar.
Siento una lástima tremenda de mí misma y estoy a punto de romper a llorar de forma desconsolada.
Voy a morir sin haber logrado nada significativo en toda mi vida.
Voy a morir sin haberme enamorado nunca.
Voy a morir con un CD de Harry Styles en el reproductor de mi coche y todo el mundo sabrá que soy una fan secreta suya.
Empiezo a sollozar y estoy sumida en un llanto horrible cuando mi asesino se acerca y se agacha frente a mí.
Frunce el ceño mientras me toca el tobillo con delicadeza. —Eso está mal. Parece que está roto. ¿Puedes moverlo?
Quiere saber si soy capaz de escapar.
—Sí —miento—. Puedo correr muy rápido.
Me lanza una mirada extraña y, por primera vez, me fijo bien en su rostro.
Es guapo, pero ¿acaso los asesinos en serie no suelen ser guapos?
Recuerdo las palabras de advertencia de mi madre en mi cabeza: —A veces, de los que realmente hay que cuidarse es de los que son guapos y de aspecto impecable.
Él es guapo, pero no tiene un aspecto impecable. Luce una larga barba castaña que le llega hasta el pecho y el pelo castaño, de media melena, asoma bajo su gorro de lana gris. Si un director buscara a un hombre para protagonizar un remake de Grizzly Adams, este tipo sin duda conseguiría el papel.
—¿Dónde te alojas? —pregunta—. ¿En la cabaña de los Miller?
Trago saliva mientras le devuelvo la mirada. —¿La conoces?
Oh, Dios mío. Sabe dónde me quedo. ¡Estoy perdida!
—Sí, la conozco. Siempre está llena de gente de ciudad molesta que no se calla ni debajo del agua.
—Ya —digo tragando aire—. La gente de ciudad es lo peor.
Mira mi abrigo de Burberry, que conseguí a mitad de precio, y frunce el ceño.
—Te llevaré de vuelta.
Niego con la cabeza presa del pánico. —Oh, no hace fal... ¡Oh! ¡Vale!
Simplemente se agacha y me levanta en vilo, y, de repente, estoy acunada en sus brazos como la protagonista de una novela romántica escrita por una autora de verdad.
El hombre aterrador me estrecha entre sus horribles... bueno, en realidad... esto es bastante agradable.
Tiene unos brazos musculosos y hermosos y huele a pinos y a masculinidad. Me aprieta contra su ancho pecho y puedo sentir el latido relajante de su corazón contra mi cuerpo estremecido. Pum, pum. Pum, pum.
Siento que las mejillas me empiezan a arder mientras le echo un vistazo furtivo a la cara. Está tan cerca de la mía.
En realidad, tiene unos ojos muy bonitos. Son de un precioso tono marrón, como una silla de montar de cuero antiguo y fino.
¡Oh! ¡Puedo usar eso para mi libro!
Si sobrevivo.
Mi héroe tendrá ojos del color de una silla de montar de cuero antiguo y fino, y estrechará a la heroína contra su pecho sexy mientras la lleva de vuelta a su casa para poseerla sobre la mesa de la cocin—
—¿Qué miras?
Vuelvo a la realidad y me está lanzando una mirada extraña de reojo. Me he dejado llevar un poco y no me he dado cuenta de que prácticamente me he quedado embobada mirando su atractivo rostro y su larga barba, que tiene grandes copos de nieve adheridos.
—Estoy memorizando tu cara —le digo, lanzándole una mirada severa—. Para el retratista de la policía, así que no se te ocurra nada raro.
Se ríe entre dientes mientras me sujeta con más fuerza. —Gracias por el aviso.
Asiento con la cabeza, sintiéndome un poco tonta. —No lo dudes.
Me lleva todo el camino hasta la cabaña y luego me mira expectante cuando llegamos a la puerta.
—¿Qué? —pregunto, mirándolo de reojo.
—Las llaves...
—¡Ah! ¡Sí! —empiezo a rebuscar en los bolsillos de mi chaqueta, pero están todos vacíos. Ese es el problema de las chaquetas de marca: no tienen cremalleras para cerrar los bolsillos. Encuentro las llaves del coche, pero no la de la cabaña.
Me aclaro la garganta y lo miro con las mejillas ardiendo. —Parece que las he extraviado.
—¿Cuándo estabas rodando como una loca en esa nieve profunda?
Asiento. —Exactamente.
Suelta un resoplido y mi mente baraja opciones a toda velocidad.
Tengo el tobillo bastante fastidiado y, de todos modos, mi libro no iba muy bien, así que mejor me voy a casa para que me miren el tobillo.
—Simplemente regresaré a casa en coche.
—Tienes el tobillo del tamaño de un pomelo —dice, mirándome como si estuviera loca—. ¿Cómo piensas conducir hasta casa?
Miro a mi alrededor, intentando que se me ocurra una idea, cualquier idea.
—¡Oh! Con un palo.
—¿Un palo?
—¡Sí! —digo con confianza—. Con un palo. Usaré un palo largo para pisar el acelerador.
Me mira con la cara inexpresiva. —Es la peor idea que he oído en mi vida.
Mi expresión de confianza se marchita en un ceño fruncido. —Funcionará.
—Puede —dice con un asentimiento mientras lo piensa—. O puede que te salgas de la carretera y te quedes atrapada en mitad de una tormenta de nieve con solo una pierna operativa y sin cobertura en el móvil.
Trago saliva.
—Supongo que podrías usar el palo como bastón y caminar los treinta kilómetros que faltan para volver al pueblo. Ah, y también puedes usarlo para defenderte de los lobos.
—¿Lobos? —pregunto con voz temblorosa.
—Y osos.
—¿Osos?
De repente, mi plan me parece tan apetecible como un bufé de col rizada.
—O —continúa— puedes descansar la pierna en mi casa y te prepararé un plato de sopa caliente.
Eso suena un poco más apetecible...
—Solo una pregunta —digo, señalándole la cara con el dedo. Él levanta una ceja—. ¿Eres un asesino lunático con un hacha?
—¿Es una pregunta seria? —parece indignado.
—No —digo, riendo con nerviosismo—. ¡Claro que no!
Mi risa cesa poco a poco. —¿Pero lo eres?
Niega con la cabeza mientras me mira con una leve sonrisa en su rostro divertido. —Me parece que tú eres la única que está intentando matarse de forma activa.
Recuerdo mi torpe descenso rodando por la colina y asiento. —Touché.
Se da la vuelta y empieza a llevarme de vuelta a la carretera.
—Eh, ¿a dónde vamos?
—Te llevo a mi casa.
Su voz es firme, tosca, como si no hubiera lugar a discusión.
No pasa nada.
Todo va a salir bien.
Dios, estoy sudando.
Solo voy a casa de mi nuevo amigo a pasar el rato.
La casa de mi nuevo amigo de la montaña, musculoso, solitario y posiblemente psicópata.
Nada de qué preocuparse.
Trago saliva.
Estoy fastidiada.