Mi Musa de la Montaña
© inepub.com
Capítulo Uno
Lily
—Muy bien —susurro para mis adentros—. Primera palabra, primera palabra. Palabra. Palabra. Palabra. ¿Cuál sería una buena palabra?
Tecleo en el teclado, emborronando las letras en el documento de Word en blanco hasta que lo único que he escrito es GHAKJACKNCNLAC. Por quinta vez, pulso la tecla de retroceso hasta que no queda nada en la pantalla salvo el maldito cursor que no deja de parpadear.
—¿Había una vez? —murmuro para mí misma—. No. Demasiado cuento de hadas. Érase una vez una chica llamada... No. Demasiado cursi.
—¡Arrghhh!
Cierro el portátil de golpe, frustrada, mientras me levanto de un salto y voy a la cocina a preparar café por sexta vez hoy.
He estado esperando esta semana con ilusión durante meses y ahora que estoy aquí, no soy capaz de arrancar. ¿Quién iba a decir que escribir un libro sería tan sumamente difícil?
Durante años he soñado con alquilar una cabaña en las montañas durante una semana para escribir una novela romántica.
Lo imaginaba con todo lujo de detalles: la cabaña de troncos en una montaña apartada (hecho), una semana de vacaciones en el trabajo para no hacer nada más que escribir (hecho), una ligera nevada cayendo fuera mientras estoy sentada bajo una manta en el escritorio (hecho), y una novela increíble terminada para el final de la semana (¿Qué es lo contrario de «hecho»?).
Es mi segundo día aquí y no he escrito ni una palabra.
Ayer me senté frente a la página en blanco durante veinte minutos intentando pensar en algo, en cualquier cosa que escribir, hasta que me frustré tanto que pasé el resto del día pegando el móvil a la ventana para intentar conseguir señal y poder ver Netflix.
Por desgracia, internet funcionaba tan bien como mi cerebro.
—Vamos, Lily. Lo único que tienes que hacer es escribir. Es fácil. Stephen King escribe unos veinte libros al año.
Hablo sola mientras camino por la cocina en zapatillas. Esta va a ser una semana muy larga.
—¿Qué haces aquí? —mascullo cuando pillo mi reflejo en el cristal oscuro del microondas—. Deberías haberte ido a Las Vegas.
Tengo dos semanas de vacaciones al año, y he desperdiciado una en una cabaña aburrida, sola y con la peor conexión a internet del mundo. ¿En qué demonios estaba pensando?
Con un suspiro, vuelvo al salón y abro el portátil de nuevo.
Simplemente empieza a escribir. No pienses. Escribe.
Me siento y empiezo a mover los dedos sobre el teclado sin pensar demasiado. Hay una historia en algún lugar de mi cerebro. Solo tengo que dejar que fluya.
Katie tenía el peor día de su vida.
Bien. Esto está bien. Ya tengo un personaje y se llama Katie. Ahora, ¿por qué tiene Katie un mal día?
Katie estaba teniendo el peor día de su vida. Tenía un estreñimiento terrible.
Borrar. Borrar. Borrar. Borrar. Vamos. Se supone que esto es romántico.
Katie estaba teniendo el peor día de su vida. Su madre acababa de morir y estaban muy unidas.
Genial, ahora estoy llorando por una madre imaginaria. Boooorraaaaaar.
Katie estaba teniendo el peor día de su vida.
¿Qué te pasa, Katie? ¿Qué te han hecho?
Katie estaba teniendo el peor día de su vida. Perdió la cartera y luego...
¡Sí! ¡Sí!
y luego le mordió un pingüino.
Borrar. Borrar. Borrar.
He vuelto al cursor parpadeante en la página en blanco. Ser escritora es un asco.
Poco después, salgo a dar un paseo. Leí una vez en Facebook que caminar ayuda a la creatividad y me vendría bien cualquier ayuda posible. En realidad, no me leí el artículo entero, pero el titular lo decía todo.
Bien abrigada, salgo al exterior y respiro el aire fresco de la montaña. La cabaña es muy mona, y sería perfecta para una escritora de verdad. Para una aspirante a escritora, no tanto.
La nieve es profunda y polvorienta, y me hundo hasta las rodillas a los tres primeros pasos.
—Así mejor —mascullo al llegar al camino de entrada. Habían quitado la nieve antes de que yo llegara.
Las vistas desde aquí arriba son espectaculares. Sencillamente magníficas. Cada vez que miro el inmenso panorama de montañas nevadas y altos abetos, me quedo sin aliento. No hay ninguna otra cabaña a la vista.
Fue aterrador conducir hasta aquí por las carreteras resbaladizas, sobre todo sabiendo que no hay absolutamente nadie cerca. La descripción de la web decía que era un lugar recóndito, y vaya si cumplieron su palabra. No he visto a nadie en dos días.
Es un poco más aterrador de lo que pensaba. Especialmente por la noche.
Nunca había estado tan metida en plena naturaleza, y mucho menos sola. Siempre he sido una chica de ciudad, trabajando en la selva de asfalto. Estas cosas de la selva de verdad no son para mí.
Limítate a seguir el camino y estarás bien.
Me ajusto la bufanda y camino por la carretera. La nieve me llega a los tobillos mientras el sol brilla y nieva ligeramente. Es un día precioso.
Vale. Piensa en el libro. Piensa en Katie.
Joder, que le den a Katie.
Empiezo a pensar en compras por internet mientras camino por la carretera. Llevo caminando unos quince minutos y estoy en medio de la planificación de todo mi vestuario de primavera cuando paso junto a unas huellas en la nieve.
¿Bigfoot?
Miro a mi alrededor presa del pánico y luego exhalo aliviada cuando veo la marca de Woodland Boots en la huella. Solo es un hombre.
Oh, mierda. ¿Un hombre? ¿Estoy aquí arriba sola con un extraño ermitaño de las montañas?
¿Y si es un asesino con hacha? ¿Y si es un perturbado al que le gusta secuestrar a inocentes mujeres de ciudad y encerrarlas en una cabaña? ¿Y si es Bigfoot pero lleva puestas unas botas?
Con el corazón a mil, me doy la vuelta y regreso con un trote nervioso.
De repente se me ocurre que nunca le di a nadie la dirección de donde me alojo. Mis padres y ninguno de mis amigos saben dónde estoy.
Todo esto es culpa de mi cerebro. ¡¿Por qué no has podido simplemente averiguar qué le pasó a Katie?!
Mi mente empieza a saltar a los peores escenarios posibles, reproduciéndolos con un detalle insoportable mientras empiezo a correr de vuelta a la cabaña. No se me escapa la ironía de que mi imaginación por fin funcione ahora que preferiría que estuviera apagada.
Cuando imagino a un hombre de barba larga apareciendo entre los árboles detrás de mí con un hacha, empiezo a correr de verdad.
Avanzo apenas un metro y medio antes de pisar una placa de hielo y resbalar.
—¡AY! —grito mientras mi tobillo chasquea y caigo al suelo—. ¡Mierda!
Duele. Duele mucho.
Tras un minuto de lágrimas y de autocompasión, intento levantarme, pero no puedo apoyar ningún peso. Ya se está hinchando bastante.
¿Katie tenía el peor día de su vida? No. Lily tenía el peor día de su vida.
Maldigo esta estúpida montaña, esta estúpida cabaña y este estúpido libro sin escribir mientras gateo por el camino nevado. Tengo frío, estoy empapada y soy un despojo humano.
Y tengo miedo.
Si ese montañés asesino con hacha está detrás de mí, soy una presa fácil. Ahora nunca podré escapar corriendo. Quizá pueda rodar colina abajo para huir, pero eso tampoco suena muy apetecible.
Saco el móvil y lo levanto. Ni una puta raya de cobertura.
No tengo novio que venga a salvarme, así que no sé a quién pensaba llamar, pero de todas formas, el teléfono queda descartado.
He avanzado unos veinte metros cuando me empiezan a arder las rodillas y estoy agotada. Me giro y me siento en la nieve, llorando para mis adentros mientras me tomo un respiro.
—¿Eh? —jadeo, girando la cabeza bruscamente al oír un crujido entre los árboles detrás de mí.
No es Bigfoot.
Es el asesino con hacha. Sale del bosque sosteniendo un hacha en una mano mientras equilibra un tronco enorme sobre su hombro con la otra.
Trago saliva con dificultad mientras lo miro sin parpadear. Su rostro es duro, pero no es desagradable a la vista. Tiene una barba larga y el tipo de ojos oscuros y fríos que atraviesan la piel y los huesos.
Su mandíbula se tensa cuando me ve sentada en el camino, y nos limitamos a mirarnos el uno al otro en shock. El único sonido es el balanceo de los árboles por el viento.
Suelta el enorme tronco con un golpe seco, agarra el hacha y empieza a caminar hacia mí.
Yo simplemente abro la boca y grito.