XV. La puta del vecino de enfrente #3
—¡AH… AH… AH… ME COGEN… ME COGEN TODA…!
Las tetas de Mercedes botaban sin control con cada embestida doble, pesadas, rebotando una contra la otra. Los aros de los pezones tiraban de la carne sensible cada vez que el cuerpo se le sacudía.
—Mírala —le dijo Dionisio a Beto entre gruñidos, sin dejar de embestirla con fuerza—. Ya ni se le cierra el culo. Está completamente abierto y baboso. Parece que siempre hubiera estado listo para dos vergas a la vez.
—Y el coño también —añadió Beto, acelerando el ritmo, haciendo que las tetas de Mercedes botaran todavía más fuerte—. Esta puta ya no sirve para un solo hombre. Fíjate cómo le sale el jugo cada vez que empujamos… está chorreando.
Un hilo espeso de flujo y semen anterior le resbalaba a Mercedes desde el coño hasta el culo, uniéndose a los fluidos que ya le brillaban entre las nalgas.
—¡MÁS DURO…! —gritó ella de pronto, la voz completamente rota de placer—. ¡NO PAREN… ÚSENME… LLÉNENME…!
Dionisio soltó una risa grave y le dio otra nalgada todavía más fuerte.
—¿Oíste eso, cornudo? —me dijo sin mirarme, hablando para que yo escuchara—. Tu esposa está pidiendo que la destruyamos más. Dile a tu marido lo que eres, zorra.
—¡SOY UNA PUTA…! —gritó Mercedes, arqueando la espalda todo lo que pudo mientras las dos vergas la seguían abriendo—. ¡SOY LA PUTA DEL VECINO… ME ENCANTAN LAS DOS VERGAS… ME ENCANTAN…!
El ritmo se volvió todavía más brutal. Los dos hombres la embestían ahora al mismo tiempo, profundo y sin piedad, haciendo que el cuerpo entero de Mercedes se sacudiera sobre el colchón. El chapoteo era constante, sucio, casi obscenamente ruidoso:
Squelch-glop-PLAS… squelch-glop-PLAS… squelch-glop-PLAS…
—¡AH… AH… AH… ME VOY A CORRER… ME ESTÁN OBLIGANDO A CORRERME…!
Mercedes se tensó de golpe. Las piernas le temblaron con violencia.
Un gemido largo, agudo y descontrolado se le escapó del pecho mientras su coño y su culo se contraían alrededor de las dos vergas, ordeñándolas.
Un chorro claro de flujo le salió disparado alrededor de la verga de Beto, mojándole los muslos y el colchón.
Dionisio y Beto no se detuvieron ni un segundo. Seguían embistiéndola a través del orgasmo, aprovechando las contracciones para follarla todavía más profundo mientras ella gritaba y se retorcía debajo de ellos, completamente perdida.
Entonces Valeria se subió encima del pecho de Mercedes a horcajadas, le agarró las tetas enormes con las dos manos, las apretó una contra la otra y se empezó a frotar el coño entre ellas con movimientos rápidos y sucios, mirándome fijamente mientras lo hacía.
—Tu esposa tiene unas ubres perfectas para follárselas —dijo con una sonrisa perversa y excitada—. ¿Nunca se las cogiste así, flaco? Se sienten increíbles… calientes y suaves…
Yo no contesté. Solo miraba, con las lágrimas corriéndome sin control por la cara y la verga tan dura dentro del pantalón que me dolía.
Mercedes, todavía con las dos vergas moviéndose dentro de ella, extendió una mano temblorosa hacia mí una vez más.
—Gonza… mi amor… te amo… de verdad te amo más que a nada… en el mundo… pero no me hagas parar ahora… déjalos… déjalos que me usen un poco más… después me voy contigo… te lo juro por Pablito…
—¡No quiero tus juramentos! —grité con la voz destrozada—. Quiero que te levantes de esa cama. Quiero que salgas de aquí. Quiero que dejes de ser esta cosa…
Dionisio soltó una carcajada grave y aceleró las embestidas con saña, haciendo que Mercedes gritara otra vez y que el chapoteo se volviera todavía más fuerte y sucio.
—Escúchalo, puta. Tu marido todavía cree que puedes volver a ser la señora decente del depa de enfrente. Dile la verdad de una puta vez.
Mercedes, empalada por las dos vergas, con Valeria frotándose entre sus tetas y el semen anterior todavía resbalándole por los muslos, levantó la vista hacia mí y sonrió con esa sonrisa borracha, rota y completamente ajena.
—La verdad… —jadeó entre embestidas— …es que me encanta… me encanta que me cojan así… me encanta estar abierta por los dos lados… me encanta que me traten como a una puta cualquiera… y me encanta… me encanta que tú estés parado ahí mirándolo todo…
Beto gruñó como un animal y casi se corrió dentro de su coño, empujando hasta el fondo y quedándose quieto mientras. Antes de correrse, ambos se salieron, los dos agujeros de Mercedes quedaron abiertos, rojos, dilatados y goteando flujos vaginales sobre la sábana ya empapada.
Pero no terminó todo ahí.
Así que Dionisio se levantó, agarró a Mercedes por el pelo con una mano y la arrastró hasta el borde de la cama.
La puso de rodillas en el suelo y le abrió la boca a la fuerza.
Beto hizo lo mismo con Valeria, empujándola al lado de mi esposa.
Las dos mujeres quedaron arrodilladas, una junto a la otra, mirando hacia arriba.
—Saquen la lengua y ábranse de piernas —ordenó Dionisio—. Quiero ver esos coños abiertos llenos de sus flujos mientras les llenamos la cara de lefa.
Mercedes y Valeria obedecieron sin resistirse. Se abrieron de rodillas, sacaron la lengua lo más que pudieron y se miraron de reojo mientras los dos hombres se masturbaban rápido y brusco frente a sus caras.
Antes de corrérseles encima, Dionisio tuvo otra idea. Agarró a Mercedes por debajo de los brazos, la levantó y la sentó sobre el borde de la mesa de noche, empujando los vasos al suelo.