XV. La puta del vecino de enfrente #4
Le abrió las piernas al máximo y se la volvió a meter en el culo de pie, embistiéndola con fuerza mientras Beto se colocaba frente a ella y le follaba la boca al mismo tiempo. La mesa crujía.
Las tetas de Mercedes botaban sin control. Cada vez que Dionisio empujaba, ella se atragantaba más con la verga de Beto.
—Mírala cómo la usamos de los dos extremos —gruñó Dionisio—. Como un juguete. Como la puta del edificio.
Cuando por fin los dos estuvieron cerca otra vez, bajaron a las mujeres al suelo una vez más.
Dionisio y Beto se corrieron al mismo tiempo, disparando chorros densos y calientes sobre las lenguas, los labios, las mejillas y las tetas de Mercedes y Valeria.
Ellas no se apartaron. Al contrario: en cuanto los hombres terminaron de vaciarse, se giraron una hacia la otra y se lanzaron a un beso obsceno, abierto y baboso, pasándose el semen de una boca a la otra, chupándose los labios, tragando y volviendo a compartirlo mientras se manoseaban los pechos.
Dionisio les acarició el cabello a las dos con una falsa ternura, mirándome de reojo.
—Buenas putas —murmuró—. Las dos. Especialmente la señora casada.
Mercedes se separó un segundo del beso, con la boca completamente brillante de saliva y semen, un hilo blanco colgándole de la comisura, y me miró una vez más con esos ojos perdidos.
Pero no se levantó.
Se quedó de rodillas en el suelo sucio, lamiéndose los labios y volviendo a besar a Valeria con más lujuria todavía, mientras Dionisio y Beto ya se estaban tocando otra vez, recuperando la erección para la siguiente ronda.
Y yo seguía ahí. Parado. Llorando. Duro. Y completamente roto.
Y ahí tomé la decisión.
Los gemidos de Mercedes seguían llenando la habitación. El sonido húmedo de las vergas entrando y saliendo de su cuerpo. Las risas bajas de Dionisio y Beto. El chapoteo. El olor. Todo.
Pero de pronto, algo dentro de mí se cortó.
No fue un grito. No fue un ataque de rabia. Fue algo más frío. Más definitivo. Como si una parte de mí hubiera muerto en silencio mientras miraba a mi esposa pedirle a otros hombres que la llenaran.
Tomé la decisión.
Di un paso atrás. Después otro. Mis manos temblaban tanto que tuve que cerrarlas con fuerza para poder girar el picaporte. Abrí la puerta. El ruido de la sala y de la música entró de golpe, pero ya no me importaba.
Antes de cruzar el umbral me detuve un segundo y miré hacia la cama por última vez.
Mercedes estaba todavía sudada, con la cara sucia de maquillaje, saliva y semen. Valeria seguía a su lado. Dionisio y Beto no habían dejado de usarla. Ella giró la cabeza hacia mí, todavía con los ojos vidriosos, y abrió la boca como si fuera a decir algo.
No la dejé hablar.
—Quiero el divorcio —dije.
La voz me salió ronca, pero clara. No grité. No solloce. Solo lo dije.
Mercedes parpadeó, confundida, como si las palabras le costaran llegar.
—¿Qué…?
—El divorcio —repetí—. Ya no tendré a una puta como la madre de mi hijo. Ya no quiero nada contigo. Quédate con ellos. Quédate siendo la puta del vecino de enfrente. Yo me voy.
Dionisio soltó una risa baja, pero no dijo nada. Beto ni siquiera se detuvo. Mercedes intentó incorporarse un poco, todavía con las vergas dentro, y extendió una mano hacia mí.
—Gonza… espera… no digas eso… yo…
No me quedé a escuchar el resto.
Salí del cuarto. Cerré la puerta detrás de mí. Crucé la sala sin mirar a nadie, ni siquiera a Esperanza, que me observaba desde un rincón con los ojos abiertos y la boca entreabierta. Salí al pasillo del edificio y caminé los tres pasos que separaban esa puerta de la mía.
Entré a mi departamento.
Pablito seguía dormido en su cama, abrazado a su peluche, ajeno a todo. Me quedé mirándolo unos segundos, con el pecho tan apretado que me costaba respirar. Después me moví en silencio.
Saqué una maleta del clóset. Metí ropa mía. Ropa del niño. Sus zapatos. Algunos juguetes. Documentos. Lo primero que encontré. No pensé demasiado. Solo empacaba.
Cuando la maleta estuvo llena, me incliné sobre la cama de Pablito y lo desperté con suavidad.
—Hijo… despierta. Vamos a salir un rato.
Él se frotó los ojos, confundido, todavía medio dormido.
—¿Con mami?
Sentí que algo se me rompía otra vez en el pecho.
—No. Solo tú y yo. Vamos a ir a otro lado. ¿Sí?
Lo levanté en brazos. Él se acomodó contra mi cuello, confiado, y se volvió a dormir casi de inmediato. Cargué la maleta con la otra mano y salí del departamento.
En el pasillo, la puerta de Dionisio seguía cerrada. Desde adentro todavía se alcanzaban a oír voces y música. No me detuve. Bajé las escaleras con cuidado, empujé la puerta principal del edificio y salí a la calle todavía oscura.
El aire de la madrugada me pegó en la cara. Frío. Limpio. Completamente distinto al que había dejado atrás.
Caminé hasta la esquina con Pablito dormido en brazos y la maleta golpeándome la pierna. No sabía exactamente a dónde iba. Solo sabía que no iba a volver a entrar a ese departamento. Ni a esa cama. Ni a esa vida.
Mercedes se había quedado arriba, siendo exactamente lo que había elegido ser.
Y yo, por primera vez en meses, estaba eligiendo algo distinto.
Seguí caminando.