Mi mujer y el vecino de Enfrente XV. La puta del vecino de enfrente #2
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XV. La puta del vecino de enfrente #2

—Estas tetas ya no son de señora decente —murmuró contra la piel—. Son tetas de puta de edificio. De la puta del policía.

Dionisio se rio y aceleró todavía más las embestidas, agarrándola de las caderas con tanta fuerza que los dedos se le hundían en la carne.

—Escucha cómo le chapotea el culo —le dijo a Beto—. Ya está todo abierto y baboso. Esta zorra ya no tiene arreglo.

Mercedes solo podía gemir y babear contra el coño de Valeria mientras su cuerpo entero se sacudía con cada embestida brutal.

Las tetas le rebotaban sin parar. Los aros de los pezones brillaban con el movimiento.

Y yo… yo seguía parado en la puerta, con la verga dura y el alma hecha pedazos, mirando cómo mi esposa era destruida y denigrada sin que nadie se detuviera ni un segundo.

No sé cuánto tiempo pasó.

En algún momento Dionisio se corrió dentro de su culo con un gruñido largo, quedándose hondo mientras le apretaba las nalgas con fuerza.

Cuando se salió, el semen empezó a resbalarle a Mercedes por el muslo. Beto la giró, la puso boca arriba y se la metió en el coño de un solo golpe, embistiéndola con rabia mientras le apretaba las tetas y tiraba de los aros de los pezones.

Valeria se sentó sobre la cara de Mercedes, frotándose contra su boca, gimiendo bajito. Dionisio, todavía semiduro, se acercó y le empujó la verga sucia entre los labios de mi esposa, obligándola a limpiarla mientras los otros dos la usaban.

Mercedes estaba completamente perdida. Gemía, se retorcía, pedía más entre bocanadas de aire. En un momento, con la voz rota y borracha, dijo algo que me destrozó:

—Más… llénenme… úsenme como a una puta… soy la puta del vecino…

Dionisio se rio.

—Eso eres —confirmó, acariciándole el cabello con una falsa ternura—. La puta del vecino de enfrente. Y tu marido está viéndolo todo.

Beto se corrió dentro de ella con un quejido, quedándose hondo.

Cuando se salió, el semen le brotó del coño en un hilo espeso.

Valeria bajó de su cara, se acomodó entre sus piernas y empezó a chuparle el coño usado, lamiendo los fluidos de los dos hombres sin ningún asco.

Mercedes se arqueó y se corrió otra vez, temblando, con un gemido largo y lastimero.

Yo seguía mirando.

La verga me dolía dentro del pantalón. Las lágrimas me corrían por la cara sin que pudiera controlarlas. El asco y la excitación se habían mezclado hasta volverse la misma cosa.

Dionisio finalmente me miró otra vez, todavía con la respiración agitada.

—¿Vas a quedarte ahí parado toda la noche, cornudo? —preguntó con voz ronca—. ¿O vas a pasar y ver de cerca cómo se ve tu esposa cuando de verdad la están cogiendo?

Mercedes giró la cabeza hacia mí. Tenía la cara sucia de saliva, de maquillaje corrido y de semen. Los labios hinchados. Los ojos todavía perdidos.

Y sonrió.

Una sonrisa borracha, rota, completamente ajena a la mujer que yo había conocido.

—Quédate, mi amor —susurró—. Quédate y mira… quédate y aprende cómo se usa a una puta de verdad…

Dionisio le dio una nalgada fuerte, haciendo que su carne temblara.

—Escucha a tu mujer, Gonza —dijo—. Esta noche no se va a acabar pronto.

Y mientras Valeria seguía lamiéndole el coño usado, mientras Beto ya se estaba poniendo duro otra vez y Dionisio le acomodaba las piernas para empezar de nuevo… yo di un paso dentro de la habitación y cerré la puerta a mis espaldas.

El clic del seguro sonó definitivo.

Afuera seguía la música. Adentro, mi esposa volvía a gemir.

Y yo me quedé mirando.

Y Dionisio no perdió el tiempo. Agarró a Mercedes por las caderas con las dos manos enormes y la levantó casi sin esfuerzo, acomodándola sobre él en posición de vaquera inversa.

Su verga gruesa y oscura desapareció otra vez dentro del coño hinchado de mi mujer hasta la base, arrancándole un gemido ahogado.

Beto se colocó frente a mi mujer, le abrió la boca con dos dedos sucios y se la metió hasta la garganta de un solo empujón brutal.

—¡Glup… glup… glurk… glup…!

Mercedes se atragantaba, la saliva le salía por las comisuras de los labios y le caía en hilos densos sobre las tetas, pero no se apartaba.

Las lágrimas le corrían por el rímel ya destrozado mientras su cuerpo subía y bajaba sobre la verga de Dionisio. Cada vez que se dejaba caer, sus tetas enormes botaban pesadas, rebotando una contra la otra, y los aros de plata de los pezones tiraban de la carne sensible con el movimiento.

Valeria se arrodilló a un lado, entre las piernas de Dionisio, y empezó a lamerle los huevos pesados cada vez que Mercedes se levantaba, chupándolos y dejando que la saliva le brillara en la barba.

Yo me quedé parado a un metro de la cama, temblando de pies a cabeza.

—Meche… —mi voz salió rota, casi un sollozo—. Por favor. Vámonos a casa. Ahora. Te lo suplico.

Ella giró apenas la cabeza, con la boca todavía embutida de la verga de Beto, y soltó un sonido ahogado que parecía una risa burlona.

Dionisio le dio una nalgada tan fuerte que el sonido seco resonó en toda la habitación y la carne de su culo tembló.

—Contéstale a tu marido, puta. No seas maleducada. Habla claro.

Mercedes escupió la verga de Beto solo el tiempo suficiente para hablar. Un hilo grueso de saliva espesa le colgó de la lengua hasta casi tocarle el pecho.

—No seas amargado, Gonza… —dijo con voz pastosa, jadeante, completamente rota de placer—. Ahorita terminamos y nos vamos juntos a casa… ¿sí, mi amor? Solo… solo déjame terminar esto… me están cogiendo tan rico…

—¡No! —grité, dando un paso más cerca, con los puños cerrados—. Si no te levantas ahora mismo, juro por Dios que voy por Pablito y nos vamos. Me lo llevo lejos. Lejos de ti. Lejos de este puto edificio de mierda. No vas a volver a verlo.

Por un segundo hubo un silencio espeso. Solo se oía la respiración agitada de todos y el sonido húmedo y chapoteante de la verga de Dionisio moviéndose dentro del coño de mi esposa.

Mercedes me miró. Tenía los ojos vidriosos y dilatados, pero por un instante pareció realmente enfocada.

—No hagas eso… —susurró, y por primera vez se le quebró un poco la voz—. Él es mi hijo también… no me lo quites… por favor…

—Entonces levántate. Ahora mismo, y vámonos a casa…

Dionisio soltó una risa baja y empezó a embestirla con más fuerza desde abajo, agarrándola de las caderas y levantándola para dejarla caer con violencia sobre su verga. Las tetas de Mercedes botaban sin ningún control.

—Tu marido está celoso, zorra. Dile que lo amas mientras te estoy abriendo el coño. Dilo.

Mercedes arqueó la espalda y soltó un gemido largo y lastimero.

—Te amo, Gonza… te amo con todo… pero déjame… déjame que terminen de usarme… por favor, mi vida… solo un rato más… después soy tuya otra vez…

Beto aprovechó el momento, le agarró el cabello con las dos manos y le volvió a empujar la verga hasta el fondo de la garganta.

—Menos declarar amor y más chupar, señora decente —se burló entre dientes—. Trágatela como la puta que eres.

La escena se volvió todavía más sucia y caótica.

Dionisio se salió de ella de golpe. Un hilo espeso de fluidos blancuzcos conectó todavía su verga con el coño abierto de Mercedes antes de romperse y caer sobre el colchón.

La tiró de espaldas sobre la cama con facilidad, le abrió las piernas al máximo y se las dobló hacia el pecho. Beto se acomodó entre ellas de inmediato y se la volvió a meter en el coño de un solo embiste brutal.

Dionisio se colocó a un lado, le sostuvo las rodillas casi contra los hombros y empezó a empujar su verga todavía grasosa de semen y flujo contra el agujero anal de mi esposa, ya hinchado y brillante.

—No… los dos no… no al mismo tiempo… no voy a aguantar… —jadeó Mercedes, la voz ya quebrada y temblorosa. Pero sus manos, en lugar de empujar a los hombres, se aferraron con fuerza a las sábanas arrugadas y abrió todavía más las piernas por voluntad propia, ofreciéndose por completo.

—Sí al mismo tiempo —contestó Dionisio con voz ronca y pesada, casi divertida—. Quiero que tu marido vea exactamente cómo se te abren los dos agujeros a la vez. Quiero que vea con sus propios ojos lo puta que te volviste.

Presionó la cabeza gruesa y grasosa de su verga contra el recto de Mercedes, ya hinchado y brillante de uso anterior, y empujó con decisión.

—¡AAAAHHH…! ¡NO… ESPERA…!

El grito de Mercedes fue agudo, desgarrado, casi un alarido. Se quebró de inmediato en un gemido largo, tembloroso y profundo cuando la cabeza enorme de Dionisio empezó a abrirle el culo otra vez, centímetro a centímetro, mientras Beto seguía embistiéndola sin ninguna piedad dentro del coño.

—¡AH… AH… DIOS… SE SIENTE… SE SIENTE DEMASIADO…!

Poco a poco, con empujes cortos y firmes, las dos vergas fueron desapareciendo dentro de su cuerpo. La de Beto se hundía hasta el fondo en el coño rojo e hinchado. La de Dionisio iba abriéndole el culo con una lentitud cruel, estirándola sin prisa.

—¡AAAAHHH… ME PARTEN… ME PARTEN EN DOS… ME TIENEN TODA LLENA… NO CABE… NO CABE MÁS… ¡POR FAVOR…!

Cuando ambos hombres estuvieron completamente enterrados hasta la base, se quedaron quietos un segundo.

Mercedes temblaba violentamente de pies a cabeza.

El vientre bajo se le veía ligeramente abultado por la presión interna de las dos vergas.

Las tetas enormes le subían y bajaban con cada respiración entrecortada y los aros de los pezones brillaban con el sudor.

Un hilo de saliva le caía de la comisura de la boca hasta el colchón.

—Respira, puta —le ordenó Dionisio, dándole una nalgada fuerte que hizo temblar toda la carne—. Dile a tu marido cómo se siente tener los dos agujeros llenos.

—Me… me siento tan llena… —sollozó Mercedes entre jadeos—. Me arde… me siento dilatada, muy dilatada por dentro… pero… ¡AH…! …pero me encanta… me encanta estar así de abierta…

Después empezaron a moverse.

Primero alternados: uno entraba mientras el otro salía. Después los dos a la vez, en el mismo ritmo brutal y profundo. El sonido que producían al entrar y salir de su cuerpo fue obsceno, denso, viscoso y chapoteante:

Squelch… glop… squelch… ¡PLAS! … glop… squelch… ¡PLAS! ¡PLAS!