XV. La puta del vecino de enfrente
Giré la perilla.
La puerta se abrió con un chirrido apenas audible bajo el ruido.
El olor me golpeó primero como un puñetazo: sexo denso, sudor ácido, alcohol barato, semen fresco y algo dulce y químico —tal vez poppers o alguna pastilla disuelta— que me cerró la garganta.
El aire estaba caliente, viciado, impregnado de cuerpos que llevaban horas follando sin ventilación.
La habitación estaba en penumbra. Solo una lámpara de pie en el rincón daba una luz amarilla y sucia que apenas alcanzaba a iluminar la cama matrimonial completamente destrozada.
Las sábanas estaban hechas un montón húmedo y manchado.
Había ropa tirada por el suelo: el vestido rojo de Mercedes, una tanga negra hecha jirones, un sostén pequeño que no era de ella, pantalones de hombre, calcetines.
En la mesa de noche había vasos de plástico con restos de tequila, una botella casi vacía y un pequeño espejo con rastros blancos.
Y ahí estaban.
Cuatro cuerpos enredados, sudados, brillantes bajo la luz amarilla.
Dionisio estaba sentado al borde de la cama, semidesnudo, con la camiseta subida hasta el pecho y los pantalones abiertos y bajados hasta mitad de los muslos. Su verga gruesa, oscura, venosa y pesada sobresalía completamente dura, brillante de saliva espesa y de fluidos ajenos.
Tenía el glande hinchado y morado, y un hilo de preseminal le colgaba hasta casi tocar el suelo. Su mano enorme estaba agarrando el muslo abierto de Mercedes, manteniéndole la pierna en alto con una facilidad brutal.
A su lado, Beto, el tipo chaparro y gordo que Esperanza me había descrito, estaba de rodillas sobre el colchón, embistiendo con fuerza a mi esposa por detrás.
Cada embestida producía un sonido húmedo y obsceno: el chapoteo de su verga entrando y saliendo del coño de Mercedes seguido del golpe de su pelvis contra las nalgas de ella.
Tenía una mano clavada en la cadera de mi mujer y la otra agarrándole el pelo, tirando hacia atrás para obligarla a arquear la espalda.
Mercedes estaba debajo de los dos, completamente abierta, sudada y destruida.
El vestido rojo lo tenía subido y enrollado sobre sus tetas enormes, dejando todo el torso y la parte baja expuestos. Las medias de red estaban rotas en varios sitios. Todavía llevaba puestos los tacones.
Pero el maquillaje era un desastre: el rímel le había corrido en dos caminos negros por las mejillas y el labial estaba completamente borrado, reemplazado por saliva y rastros blancos de semen. El cabello se le pegaba a la frente y al cuello por el sudor.
Tenía las piernas abiertas al máximo. Dionisio le sostenía una por el muslo.
Beto le tenía agarrada la otra por el tobillo mientras la cogía.
Su coño estaba irreconocible: rojo intenso, hinchado, los labios abiertos y volteados hacia afuera, brillantes de una mezcla espesa de su propio flujo y de semen de al menos dos hombres.
Un hilo blanco y viscoso le salía continuamente, resbalándole por el perineo hasta el culo, donde se acumulaba y caía en goterones sobre la sábana ya empapada.
El agujero anal también estaba usado. Abierto, relajado, brillante. Se contraía débilmente cada vez que Beto empujaba dentro de su coño, como si todavía recordara haber estado lleno minutos antes. La piel alrededor estaba enrojecida e irritada por la fricción.
Y no estaban solos.
Arrodillada sobre el colchón, a un lado de Mercedes, estaba Valeria, la hijastra de Dionisio.
Completamente desnuda. Más joven, de piel morena, pechos pequeños y firmes, vientre plano y un piercing plateado en el ombligo.
En ese momento tenía la cara enterrada entre las tetas enormes de mi esposa, chupándole uno de los pezones perforados con ganas mientras se metía dos dedos entre las piernas.
Mercedes gemía sin control. No eran gemidos de dolor. Eran sonidos rotos, borrachos, de alguien que ya había perdido cualquier resto de vergüenza o de contención.
—Más… más duro… —balbuceaba, con la voz pastosa—. Úsenme… cójanme…
Entonces, de pronto, Dionisio levantó la vista y me vio.
No se sorprendió. No se asustó. Solo sonrió de lado, con los ojos entrecerrados por el alcohol o lo que fuera que hubieran consumido, y le dio una palmada fuerte en el muslo a Mercedes.
—Mira quién llegó, puta —dijo con voz grave, casi divertida—. Tu marido. El cornudo de enfrente.
Mercedes giró la cabeza con dificultad. Sus ojos tardaron un segundo en enfocarme. Estaban vidriosos, dilatados. Cuando me reconoció, en lugar de asustarse o cubrirse, soltó una risa corta y ahogada.
—Gonza… mi amor —murmuró, y la forma en que dijo mi nombre sonó a burla suave y borracha—. Llegaste… justo a tiempo…
Beto ni siquiera se detuvo. Siguió embistiéndola por detrás, agarrándola de las caderas con fuerza, haciendo que sus tetas enormes botaran con cada golpe.
Los aros de los pezones brillaban cada vez que se movían. Valeria levantó la cara de entre los pechos de Mercedes, miró hacia la puerta y sonrió con los labios hinchados y brillantes de saliva.
—¿Ese es el marido? —preguntó con voz ronca—. Se ve más flacucho de lo que pensé.
Dionisio soltó una carcajada baja.
—Pasa, Gonza —me dijo, como si me estuviera invitando a una reunión cualquiera—. Cierra la puerta. No dejes que se escape el aire. Aquí adentro se está bien.
No me moví. Las piernas me temblaban. El estómago se me había cerrado en un nudo doloroso. Pero mi verga… mi verga estaba dura dentro del pantalón, traicionándome una vez más mientras miraba cómo mi esposa era usada por tres personas a la vez.
Mercedes extendió una mano hacia mí, torpe, borracha.
—Ven… mi amor, mira… —susurró—. Mira cómo me follan. Mira lo abierta que estoy…
El gordo sacó su verga gorda de golpe. Un hilo espeso de fluidos conectó todavía su verga con el coño de Mercedes antes de romperse. Ella se quejó por el vacío, moviendo las caderas, buscando algo que la llenara otra vez.
—Pásamela —ordenó Dionisio.
Beto se hizo a un lado. Dionisio agarró a Mercedes por las caderas y la giró con facilidad, poniéndola a cuatro patas sobre el colchón.
Sus tetas enormes colgaron pesadas hacia abajo, los aros de los pezones tirando de la carne.
Valeria se acomodó frente a ella, abrió las piernas y le empujó la cabeza hacia su coño.
Mercedes no dudó. Bajó la cara y empezó a lamer el coño de Valeria con lengua plana y desesperada. El sonido fue húmedo y obsceno:
Glup… schlick… mmmhh…
Sus propios gemidos se mezclaban cada vez que Dionisio le acomodaba la verga gruesa en la entrada del coño.
—Abre bien esa concha, puta —ordenó Dionisio, dándole una nalgada fuerte—. Quiero ver cómo te la tragas entera.
La penetró de un solo empujón brutal.
—¡AAAHHH… PAPIII! —gritó Mercedes contra el coño de Valeria, la voz ahogada y rota.
El grito se convirtió en un gemido largo y tembloroso cuando Dionisio empezó a embestirla con fuerza, agarrándola de las caderas con las dos manos y hundiéndose hasta el fondo cada vez. El sonido de sus caderas chocando contra las nalgas de mi esposa llenó la habitación:
¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!
Las tetas enormes de Mercedes botaban sin control bajo el vestido enrollado, pesadas, rebotando una contra la otra. Los aros de los pezones tiraban de la carne con cada embestida.
—Mírala cómo le rebotan esas ubres —se burló Beto, acercándose por el costado—. Parecen de vaca.
Agarró una de las tetas de Mercedes con mano brusca y se la metió a la boca, chupando el pezón perforado con fuerza, tirando del aro con los dientes.
—¡Ahh… me duele… me gusta…! —jadeó Mercedes, sin dejar de lamerle el coño a Valeria.
Valeria gemía ahora también, moviendo las caderas contra la cara de mi esposa, agarrándola del cabello con las dos manos para obligarla a enterrar más la lengua.
—Eso… chúpame más profundo, señora —le dijo Valeria con voz temblorosa y excitada—. Usa la lengua… así… ¡mmm sí!
Yo seguía en el umbral. No podía entrar. No podía salir. Solo miraba.
Dionisio se salió de repente con un sonido húmedo y obsceno. Un hilo espeso de fluidos conectó todavía su verga con el coño de Mercedes antes de romperse. Agarró su miembro brillante y se lo acomodó más abajo, presionando la cabeza gruesa contra el agujero anal de mi esposa.
—Respira, puta —gruñó—. Voy a abrirte el culo otra vez.
Empujó.
Mercedes se tensó toda y soltó un quejido agudo, casi un grito:
—¡AAAAHH… despacio… está muy gruesa…!
Dionisio no tuvo prisa, pero tampoco se detuvo. Fue empujando centímetro a centímetro, abriéndola sin piedad, hasta que sus huevos quedaron completamente pegadas a las nalgas de ella.
—Ahí está —gruñó, dándole una nalgada que hizo temblar toda la carne—. Todo adentro. Como te gusta, puta. Dile a tu marido cómo se siente.
Mercedes tenía la cara todavía enterrada entre las piernas de Valeria. Su voz salió ahogada y temblorosa:
—Me… me tiene toda abierta… me arde… pero me encanta… mi amor…me encanta por el culo…
Beto soltó una carcajada mientras seguía chupándole el pezón.
—Escucha a tu señora, cornudo —le dijo a mí sin dejar de manosearla—. Fíjate qué bien habla cuando tiene el culo lleno de verga de verdad.
Dionisio empezó a moverse. Primero lento, sacando casi toda la verga y volviéndola a meter hasta el fondo. El sonido era denso, viscoso:
Squelch… glop… squelch…
Después aceleró.
¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!
—¡AH… AH… AH… me destrozan…! —gritaba Mercedes entre jadeos, las tetas botando sin control.
Valeria le tiró del cabello para obligarla a levantar un poco la cara.
—Di que eres una puta —le ordenó, frotándose el coño contra su boca—. Di que te gusta que te cojan el culo mientras chupas.
—Soy… soy una puta —obedeció Mercedes entre gemidos rotos—. Me gusta… me gusta que me usen el culo…
Dionisio le dio otra nalgada más fuerte.
—Más alto, zorra. Que te oiga tu marido.
—¡SOY UNA PUTA! —gritó Mercedes, la voz quebrada—. ¡Me encanta que me cojan el culo… me encanta que me llenen… de verga!
Beto se separó del pecho de ella solo para escupirle en la teta y volver a chupar el pezón perforado con más fuerza.