XIII. La transformación #6
La música empezó casi de inmediato. Primero baja. Después más fuerte. Corridos, banda, el bajo haciendo vibrar otra vez las paredes. Risas de hombres. Voces de mujeres. El escándalo de siempre, solo que esta vez yo sabía exactamente quién estaba del otro lado.
A la hora y diez minutos no pude más.
Había llegado finalmente a mi límite, ya no iba a soportarlo más.
Así que me levanté. Me puse los pantalones, una camisa cualquiera y salí al pasillo en calcetines. No me importó despertar a Pablito. No me importó nada. Caminé los tres pasos que separaban mi puerta de la de Dionisio y toqué.
Una vez.
Dos.
Tres.
Nadie abrió.
El volumen de la música era tan alto que dudé que siquiera me hubieran escuchado. Volví a tocar, esta vez con el puño cerrado, más fuerte. Nada. Solo el ruido, las risas, el bajo retumbando.
Entonces, sin pensarlo demasiado, bajé la mano hasta el picaporte.
Giró.
La puerta no estaba cerrada con llave.
La empujé despacio. El olor me golpeó primero: alcohol, cigarro, sudor y sexo.
La sala estaba en penumbra. Solo unas luces rojas bajas y la iluminación que venía de la cocina.
Había gente. Varios hombres sentados en el sofá y en sillones.
Algunos de pie, con vasos en la mano. Al menos tres mujeres semidesnudas o completamente desnudas, una de ellas bailando torpemente frente a un tipo que la tocaba sin ningún pudor.
Nadie se fijó en mí al principio. La música lo cubría todo.
Di un paso adentro. Después otro. La puerta se cerró sola a mis espaldas con un clic suave.
Fue entonces cuando la vi.
Esperanza, la esposa de Dinisio, estaba recargada contra la pared que daba a la cocina, con un vaso de plástico en la mano.
Llevaba un vestido negro corto y el maquillaje corrido.
Al reconocerme, sus ojos se abrieron de golpe.
Dejó el vaso sobre la barra y se acercó rápido, casi corriendo, agarrándome del brazo con fuerza.
—Gonzalo… por Dios… no. No deberías estar aquí. Vete. Ahora.
Su voz era un susurro casi asustado. Apenas se escuchaba por encima de la música y de los gemidos que venían de todas partes. A la izquierda, una mujer jadeaba fuerte mientras un hombre la embestía contra la pared. Más atrás, alguien reía entre dientes y se oía el sonido húmedo de una mamada.
—¿Qué haces tú aquí? —le pregunté, sin poder apartar la vista de la escena—. ¿No se supone que estás separada de este hijo de puta? ¿A caso no me advertiste lo que podría pasarle a Meche, y que de hecho le está pasando? ¿Entonces qué carajos haces de nuevo en este lugar?
Esperanza apretó los labios. Por un segundo pareció a punto de llorar. Después bajó la mirada.
—Perdóname —dijo, apenas audible—. Intenté aguantar. De verdad lo intenté. Pero no pude. Volví. Soy débil. Soy una estúpida. Pero tú no tienes por qué ver esto. Vete a tu casa. Por favor.
Busqué con la mirada entre las personas de la sala. No estaba Mercedes. No la veía en el sofá ni cerca de la ventana ni en la cocina. Solo cuerpos, vasos, humo y sexo.
—¿Dónde está Meche? —pregunté.
Esperanza no contestó de inmediato. Su mano seguía agarrándome el brazo, como si pudiera retenerme.
—Gonzalo… no.
—¿Dónde está mi esposa?
Ella cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió otra vez, había una lástima profunda, casi dolorosa, en su expresión.
—Está ocupada —susurró—. Por favor. Vete. No necesitas verlo. No te va a servir de nada. Solo te va a destruir más.
Sentí que algo se me rompía dentro del pecho.
—¿Ocupada? —repetí—. ¿Ocupada en qué, Esperanza?
—No hagas esto.
—Dime dónde está.
Ella negó con la cabeza, pero sus ojos se desviaron, solo una fracción de segundo, hacia el pasillo que daba a las recámaras del fondo.
Desde allá, por encima de la música, se alcanzaban a oír otros sonidos.
Gemidos. Golpes rítmicos. Voces femeninas que se quebraban en gritos ahogados y después volvían a gemir más fuerte.
Mi estómago se contrajo.
—Es una traidora —le dije a Esperanza, con la voz temblando de rabia y de algo peor—. Tú también. Las dos. Me advertiste y aun así volviste. Y ella… ella se está cogiendo a quien sea detrás de esa puerta mientras yo… a tu marido, supongo…
—No soy quien para juzgarte ni para juzgarla —me interrumpió Esperanza, todavía sujetándome—. Yo también volví. Yo también soy débil. Pero tú todavía puedes elegir no entrar a ese cuarto. Todavía puedes darte la vuelta y fingir que no viste nada. Por tu hijo. Por lo que te queda de dignidad.
Me quité su mano del brazo con más fuerza de la necesaria.
—Ya no me queda dignidad —contesté.
Esperanza dio un paso hacia mí, bajando todavía más la voz, como si tuviera miedo de que alguien más escuchara.
—Entonces no la termines de perder. ¿De verdad quieres verla así? ¿De verdad necesitas confirmarlo con tus propios ojos?
—Necesito saber hasta dónde llegó.
—Ya lo sabes —dijo ella, casi con dureza—. Desde el momento en que cruzaste esa puerta lo sabes. No hace falta que entres al cuarto. Mejor vete, no te lastimes más Gonzalo, eres un hombre bueno… y no mereces esto.
Desde el fondo se escuchó un gemido largo, agudo, inconfundible. Era la voz de Mercedes. Se quebró en un “ahh” profundo y después volvió a subir, más desesperada.
Apreté la mandíbula.
—Esa es ella —dije—, es ella, ¿verdad?
Esperanza estaba cabizbaja, viéndome con lástima.
—Sí.
—¿Cuántos hay con ella?
Ella apartó la mirada.
—No preguntes eso.
—¿Cuántos, Esperanza?
—Gonzalo, por favor…
—¡Dime!
Su respuesta salió apenas como un soplo, llena de vergüenza ajena.
—Más de uno.
El ruido de fondo pareció volverse más fuerte de repente. El chapoteo húmedo, los golpes los cuerpos, una risa masculina grave y después otra vez los gemidos de mi esposa, ahora más ahogados, como si tuviera la boca ocupada.
Sentí náuseas.
—Tú advertiste que nos alejáramos de él —le recordé nuevamente, con la voz rota—. Me lo advertiste. Y ahora mi mujer está ahí adentro siendo usada como una puta cualquiera.
Esperanza se abrazó a sí misma.
—Y tú igual volviste, porque eres igual a ella…
—Sí, sí, soy igual de patética que ella —contestó lloriqueando—.
Lo siento de verdad, me da mucha vergüenza decírtelo, Gonzalo, pero una parte de mí nunca se fue del todo.
Porque cuando me habló… cuando me dijo que podía volver aunque fuera una noche…
no supe decir que no. Igual que ella no supo decir que no.
—Pero ella es mi esposa.
—Lo sé.
—Es la madre de mi hijo.
—También lo sé. —Esperanza levantó la vista y me miró con los ojos brillantes—. Por eso te estoy pidiendo que te vayas. Porque si abres esa puerta… si la ves como yo sé que está ahora… ya no vas a poder olvidarlo nunca. Y tu hijo no merece un padre destrozado.
Otro gemido cruzó el pasillo. Más fuerte. Más sucio. Seguido de una voz de hombre que decía algo entre dientes y de un sonido claro de nalgadas.
Me temblaban las manos.
—La iré a buscar —le dije a Esperanza.
—Gonzalo…
—Quítate. Voy a entrar.
Ella se quedó unos segundos más frente a mí, como si todavía pudiera detenerme con la mirada. Después bajó los brazos, derrotada, y dio un paso hacia un lado.
—Entonces ve —susurró—. Pero no digas que no te lo advertí. Y cuando salgas de ese cuarto… no me busques. Yo ya no puedo salvar a nadie. Ni siquiera a mí misma.
Pasé a su lado.
El pasillo se abrió frente a mí, oscuro y corto. Los gemidos venían claros ahora. Eran voces femeninas que se distinguían perfectamente entre las otras.
Y yo seguí caminando hacia la última puerta.
Caminé hacia el pasillo.
Esperanza se quedó atrás, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándome con esa misma lástima con la que uno mira a un hombre que está a punto de terminar de destruirse solo.
El pasillo era corto y oscuro. La música de la sala se amortiguaba un poco, pero los otros sonidos se volvían más claros.
Gemidos largos. El ruido húmedo de piel contra piel.
Una voz masculina gruñendo algo que no entendí.
Y encima de todo, la voz de Mercedes. La reconocí de inmediato.
Ese tono agudo, quebrado, que solo salía de ella cuando estaba completamente perdida en el placer.
Me detuve frente a la última puerta.
El picaporte era de metal frío.
Desde adentro, los gemidos seguían. Más fuertes ahora. Más desesperados. Una risa grave de hombre. Después otra vez la voz de mi esposa, pidiendo algo entre jadeos que no logré distinguir del todo.
Apoyé la frente un segundo contra la madera.
Pensé en Pablito dormido del otro lado del pasillo del edificio.
Pensé en los piercings.
Pensé en el vestido rojo.
Pensé en todas las noches que había fingido dormir mientras ella salía.
Después cerré la mano alrededor del picaporte y lo giré.