XIII. La transformación #5
Me tragué las palabras. El miedo me ganó otra vez. No dije lo que realmente pensaba. No dije “mientras te estás cogiendo al vecino”. Me quedé callado, temblando de rabia y de impotencia.
Mercedes soltó una risa amarga.
—Eso pensé. Ni siquiera tienes los huevos de decir lo que realmente quieres decir.
Fue entonces cuando escuchamos el llanto.
Pablito estaba en el umbral de su cuarto, en pijama, con los ojos llenos de lágrimas y el labio temblando.
—Mami… papi… no griten…
El silencio que siguió fue horrible.
Mercedes se pasó una mano por la cara, de pronto más pálida. Yo me acerqué al niño y lo levanté en brazos. Estaba temblando.
—Perdón, campeón —le susurré—. Perdón. Ya no vamos a gritar.
Mercedes no dijo nada. Se quedó parada en la sala, mirándonos con una expresión que no supe interpretar. Después se dio la vuelta y se metió a la recámara, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.
Esa noche dormí con Pablito en su cama individual. El niño se pegó a mí como si tuviera miedo de que me fuera a desaparecer también. Yo me quedé despierto mucho rato, escuchando los ruidos de la casa, preguntándome en qué momento exactamente habíamos llegado a ese punto.
La noche siguiente fue peor.
Eran casi las cuatro de la madrugada cuando escuché la puerta principal. Yo estaba en nuestra cama, solo. Pablito dormía en su cuarto. Mercedes entró tambaleándose. Se notaba borracha. El olor a alcohol le salía por los poros, mezclado con el olor inconfundible a sexo y a cigarro.
No encendió la luz. Se acercó a la cama, se subió encima de mí todavía vestida y, sin decir una sola palabra, se sentó sobre mi cara.
El impacto me dejó sin aire. Su entrepierna, cubierta solo por una tanga fina y completamente empapada, se aplastó contra mi boca y mi nariz. El olor fue brutal. Sexo fresco. Flujo. Y algo más espeso, salado, que no era solo de ella.
—Chúpame el coño, mi amor —ordenó con voz pastosa, borracha—. Chúpamelo…
Intenté apartarla, pero ella se afirmó con las rodillas a ambos lados de mi cabeza y empezó a moverse.
Se frotó contra mi cara con desesperación, como una desquiciada.
La tanga se le corrió hacia un lado. Sentí sus gajos vaginales hinchados y empapados, desde su vulva aplastándose contra mi boca. Estaba empapada. Caliente. Y abierta.
Muy abierta.
Su mano bajó y se metió los dedos en su rajita, masturbándose con dos dedos mientras se restregaba contra mi cara. Los fluidos me cubrían la boca, la nariz, las mejillas. En un momento, cuando inclinó el cuerpo hacia adelante, su boca quedó cerca de la mía. Apestaba a semen. Claro. Espeso. Ajeno.
—Trágatelo —murmuró riendo bajito, borracha—. Trágate lo que él me dejó.
Aparté la cara lo suficiente para poder hablar, aunque su peso seguía aplastándome y su sexo seguía resbalando contra mi mejilla.
—¿Quién…? —jadeé, con la voz ahogada—. ¿A quién te refieres con “él”? ¿Quién te lo hace así, Meche?
Ella soltó una risita casi infantil, y no contestó. En lugar de eso, agarró mi cabeza con las dos manos y volvió a empujar su entrepierna contra mi boca con más fuerza.
—Shhh… no hables —susurró, moviendo las caderas en círculos lentos y sucios—. Solo chupa. Usa la lengua. Así… más adentro.
—Meche, contéstame —insistí, aunque la voz me salía temblorosa y humillada—. ¿Quién es “él”?
Ella se rio otra vez, esta vez más bajo, como si la pregunta le resultara graciosa o irrelevante. Se inclinó hacia adelante, apoyando una mano en la cabecera, y siguió frotándose la vagina llena de semen contra mi cara mientras se masturbaba con los dedos.
—Da igual… —murmuró en trance, con los ojos entrecerrados—. Ya no importa. Solo… hazlo. Chúpame. Quiero venirme así.
Su tono ya no era el de alguien que estuviera discutiendo. Estaba perdida en su propia excitación borracha. Cada vez que yo intentaba hablar, ella aumentaba la presión de sus caderas, ahogándome con su sexo empapado, obligándome a concentrarme solo en lo que me estaba haciendo.
—Más lengua… sí… así de profundo —gimió, sin mirarme realmente—. Como a él le gusta que me lo hagan… pero da igual, da igual…
La frase se le escapó otra vez y de inmediato la dejó morir.
No dio nombres. No explicó. Solo siguió usándome la cara como si yo fuera un objeto caliente y disponible, masturbándose con desesperación mientras los fluidos, los de ella y los que claramente no eran solo suyos, me cubrían la boca y la barbilla.
Y yo dejé de preguntar.
Porque en el fondo ya no necesitaba la respuesta.
Y porque, a pesar del asco, de la humillación y del dolor, mi cuerpo seguía duro debajo de ella, traicionándome una vez más mientras mi esposa, borracha y abierta vaginalmente por otro hombre, se venía contra mi cara sin ni siquiera molestarse en esconder del todo a quién estaba recordando.
Cuando por fin se movió un poco, yo estaba duro a pesar del asco y la humillación. La tomé de las caderas, todavía temblando, y le pedí en un susurro:
—Meche… déjame… déjame metérmela…
Ella soltó una risa corta, y se acomodó sobre mí. Bajó el pantalón del pijama lo suficiente. Agarró mi erección y se la intentó meter.
Entré sin ninguna resistencia.
Estaba demasiado abierta. Demasiado usada. La sensación fue como empujar dentro de algo caliente y resbaladizo que apenas me rodeaba. No había esa presión acostumbrada. Estaba demasiado dilatada. Demasiado abierta. Solo sentía su calor y la humedad excesiva.
Mercedes se quedó quieta encima de mí un momento. Después empezó a moverse, lentamente, casi aburrida.
—No siento nada —dijo con voz borracha, mirándome desde arriba—. De verdad. No siento casi nada.
Seguí moviendo las caderas, desesperado, buscando alguna reacción. Ella se rio bajito otra vez.
—Te amo, Gonza… —murmuró, y la forma en que lo dijo sonó a burla suave, casi cariñosa—. Te amo. Pero esta cosita… —apretó ligeramente los músculos internos alrededor de mí, solo para demostrar lo poco que me sentía— …ya no me llena.
Se inclinó hacia adelante, me besó con esa boca que todavía sabía a otro hombre, y susurró contra mis labios:
—Pero igual te quiero. Eres buen marido. Buen papá. Solo… ya no me sirves para esto.
Después se bajó de mí, se recostó de espaldas y se quedó dormida en menos de un minuto, todavía vestida, con el olor a sexo ajeno impregnando las sábanas.
Yo me quedé tendido a su lado, con la verga todavía húmeda de ella, el sabor de sus fluidos mezclados con semen en la boca, y la certeza absoluta de que ya no había marcha atrás.
Mercedes ya no estaba fingiendo.
Y yo, el cornudo que había preferido callar, finalmente había visto (y sentido) hasta dónde había llegado.
Y me corrí pensando en ello.
-
La noche siguiente Mercedes se preparó sin ningún disimulo.
Yo estaba acostado en la cama, con la lámpara del buró todavía encendida, fingiendo leer algo en el teléfono.
Ella entró a la recámara con el cabello recién peinado, las extensiones cayéndole en ondas perfectas sobre los hombros.
Se paró frente al clóset y empezó a sacar ropa como si yo no existiera.
Primero las medias de red negras.
Se sentó en el borde de la cama, todavía en tanga, y empezó a enrollarlas despacio desde la punta de los pies. La malla se iba subiendo por sus pantorrillas, por sus rodillas, hasta llegar a los muslos gruesos y firmes.
Las ajustó con las dos manos, tirando hacia arriba para que la liga quedara bien tensa y le marcara los muslos. Cuando se puso de pie, la red le apretaba la parte alta de los muslos y el borde superior se hundía un poco en la piel blanca, dejándole un surco rosado.
Después abrió el cajón y sacó el vestido rojo.
Era todavía más corto y más ajustado de lo que recordaba. Se lo pasó por la cabeza y lo fue bajando con las dos manos. La tela elástica se le pegó al cuerpo como una segunda piel. Al llegar al pecho tuvo que estirarla para que entraran sus tetas enormes.
Eran grandes, pesadas, naturales, y sin sostén se movían con cada movimiento.
Los aros de plata que le atravesaban los pezones se marcaron de inmediato bajo la tela fina.
Cada vez que respiraba hondo o se acomodaba el vestido, esas tetas botaban ligeramente y los piercings tironeaban de los pezones hinchados, haciéndolos resaltar todavía más.
El vestido apenas le cubría las nalgas. Si se inclinaba un poco hacia adelante, se le veía el borde de la tanga negra y el inicio de la raja. La tela se le metía entre los glúteos y le marcaba el culo redondo y carnoso con total descaro.
Se miró en el espejo de cuerpo completo.
Se quedó quieta unos segundos, observándose. Después levantó las manos y se acomodó el escote, tirando un poco hacia abajo para que se le viera más el nacimiento de esas tetas enormes.
Los aros de los pezones se notaban claramente: dos pequeños círculos metálicos que se movían cada vez que ella respiraba o cambiaba de postura. Se pasó las manos por la cintura, después bajó hasta las caderas y se las apretó, como evaluando cómo se veía de puta.
Sonrió apenas, satisfecha.
Abrió el frasco de perfume y se roció el cuello con calma. Después inclinó la cabeza hacia atrás y se aplicó otra rociada en la garganta, dejando que el líquido le resbalara un poco hacia el escote.
Por último se levantó el vestido apenas lo necesario y se roció también entre los pechos, justo donde la tela se tensaba sobre sus ubres. El aroma llenó la habitación de inmediato: dulce, pesado, deliberadamente sexual. Un perfume de mujer que sabe exactamente a lo que va.
Se acomodó una última vez el cabello, se miró de perfil para ver cómo se le marcaba el culo y los pechos, y por fin se dio por satisfecha.
No me dirigió ni una mirada.
Simplemente tomó su bolso, apagó la luz y salió de la recámara con el ruido seco de los tacones de aguja contra el piso, dejando atrás el olor de su perfume y la imagen de esas tetas enormes rebotando bajo el vestido rojo cada vez que daba un paso.
Me quedé tendido en la oscuridad, con el corazón golpeándome las costillas.
Pasó una hora.