Mi mujer y el vecino de Enfrente XIII. La transformación #4
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XIII. La transformación #4

Cuando regresó, casi a las cinco, el olor a alcohol era más fuerte.

Y debajo de ese olor, el de sexo. Semen.

Sudor de hombre. Se metió a la ducha sin mirarme.

Yo me levanté, fui a la cocina y me quedé parado frente a la ventana, mirando la calle vacía, preguntándome hasta dónde iba a dejar que esto llegara.

Porque ya no era solo sexo.

Era una transformación completa.

Mercedes se estaba convirtiendo en otra persona frente a mis ojos: más sexualizada, más distante, más indulgente consigo misma y más indiferente con nosotros.

Había dejado de ser la madre estricta y la esposa exigente.

Ahora era una mujer que llegaba a casa con aliento a alcohol, labios rellenos, cabello postizo y planes de operarse las tetas…

mientras nuestro hijo se quedaba solo más tiempo del que debería y yo fingía que todavía éramos una familia.

Y lo más enfermo de todo era que, cada vez que ella minimizaba mis preocupaciones con esa voz plana y cansada, cada vez que Dionisio me miraba con esa lástima burlona en el pasillo, cada vez que la música volvía a sonar los fines de semana… mi cuerpo reaccionaba.

La humillación me excitaba.

El abandono me ponía duro.

Y yo, el marido cornudo, que había preferido llevar una botella de whisky en vez de pelear, seguía callado.

Y a pesar de todo lo que pasaba… a pesar de sus cambios, de sus salidas nocturnas, de sus estados de embriaguez…

yo sentía que necesitaba verlo por mí mismo, saber que en verdad mi esposa era la puta de otro hombre, necesitaba confirmar con mis propios ojos que ella se entregaba a Dionisio, su amante, y que era él quien la estaba transformando…

Y para mi gran tormento… la madrugada de tres semanas después… lo confirmé, lo vi… y a partir de esa noche, todo fue diferente.

XIV. Marcada

Habían pasado casi dos meses desde aquella tarde en la que vi a Mercedes salir del departamento de Dionisio por primera vez.

Dos mes completos de deterioro silencioso, en las que todo se volvió peor. Mucho peor.

Ya no era solo el cabello con extensiones ni los labios rellenos. Ahora el cuerpo de mi esposa llevaba marcas permanentes de su transformación.

Un martes por la noche, mientras ella se cambiaba frente al espejo del baño con la puerta entreabierta, la vi.

Primero el piercing en el ombligo: un pequeño aro plateado que brillaba contra su piel.

Después, cuando se quitó el sostén, los otros dos.

Aros finos atravesando ambos pezones. Oscuros, hinchados todavía por la perforación reciente.

Me quedé paralizado en el pasillo.

Ella notó mi mirada a través del espejo y no intentó cubrirse.

—¿Te gustan? —preguntó con naturalidad, girando un poco el torso para que la luz los iluminara mejor—. Me los hice el sábado. Dolieron un poco, pero ya se están acostumbrando.

No supe qué responder. La imagen de esos aros en los pezones de la madre de mi hijo se me clavó en la cabeza como un clavo.

Pensé en las manos de Dionisio tocándolos.

Pensé en su boca cerrándose alrededor de ellos.

Pensé en cómo esos mismos pezones, ahora perforados, habrían reaccionado bajo la lengua de otro hombre.

Y lo peor: supe, con una certeza enferma, que no se los había hecho por ella misma. Se los había hecho porque él se lo pidió.

—¿Cómo se te ocurre perforarte el cuerpo, Meche…? —fue lo único que logré articular—, ¿te volviste loca? ¿Por qué mierdas lo hiciste?

Mercedes se encogió de hombros, todavía mirándose en el espejo.

—Porque quise. Porque me gustó la idea. Porque ya no tengo quince años y puedo hacer lo que se me dé la gana con mi cuerpo.

Me acerqué al umbral del baño. La voz me salió más baja de lo que pretendía.

—No te los hiciste porque te gustó la idea, Meche. Te los hiciste porque alguien te lo pidió.

Ella dejó de mirarse en el espejo y me sostuvo la mirada a través del reflejo.

—¿Y qué si así fuera? ¿Qué tiene de malo?

—Tiene de malo que eres mi esposa. Que eres la madre de Pablito. Que estás cambiando todo tu cuerpo por un capricho de otro hombre.

Mercedes soltó una risa corta, seca.

—Otro hombre. Qué forma tan elegante de decirlo. ¿Por qué no dices su nombre de una vez?

Sentí un nudo en la garganta. El solo hecho de que ella me desafiara de esa manera me humilló todavía más.

Sabía que Dionisio le había pedido los piercings.

Sabía que ella había ido al local, se había sentado en esa silla y había dejado que le atravesaran los pezones porque él lo quería.

Cada aro era una prueba de que mi esposa ya no me pertenecía ni siquiera en lo más básico.

—¡Te estás pasando de la raya, Mercedes! —contesté—. ¡Esto ya es insostenible! Primero el pelo. Después los labios. Ahora esto. ¿Qué sigue, Meche? ¿Las tetas? ¿Un tatuaje en tu culo?

Ella se dio la vuelta por fin, de frente a mí, todavía sin sostén. Los aros brillaban bajo la luz del baño.

—Puede ser. Todavía no lo decido. Pero si me da la gana, sí. Y no tienes por qué ponerte así. Es mi cuerpo.

—¡No es solo tu cuerpo cuando tienes un hijo de cinco años mirándote! —la voz me subió sin que pudiera controlarla—. ¿Qué ejemplo le estás dando? ¿Qué va a pensar el niño cuando vea a su madre llegar borracha, con el pecho perforado y oliendo a alcohol a las tres de la mañana?

Mercedes frunció el ceño, por primera vez con un dejo de molestia real.

—No llegué borracha.

—Sí llegaste. La semana pasada. Y la anterior. Hueles a alcohol casi todas las noches que sales. ¿Crees que no me doy cuenta? ¿Crees que Pablito no se da cuenta de que su mamá ya no es la misma?

—No uses al niño para chantajearme, Gonzalo.

—No te estoy chantajeando. Te estoy diciendo la verdad. Te estás volviendo una mujer inmoral. Una mala madre. Un pésimo ejemplo. Y lo peor es que ni siquiera te importa.

Ella dio un paso hacia mí. Estaba cerca. El olor de su perfume se mezclaba con el de su piel.

—Inmoral —repitió, saboreando la palabra—. Qué fácil se te sale esa palabra de la boca. ¿Y tú qué eres, Gonzalo? ¿El marido decente que se hace el ciego todas las noches? ¿El que prefiere dormir con el niño antes que enfrentar lo que realmente está pasando?

Me sentí desmoronar por dentro. Porque tenía razón. Yo sabía la verdad. Yo la sabía desde hacía semanas. Y aun así seguía aquí, discutiendo por unos piercings en sus pezones y en su ombligo cuando el problema era mucho más profundo.

—Al menos yo no estoy destruyendo a esta familia a propósito —contesté, con la voz ya rota—. Tú sí. Tú estás eligiendo esto. Cada piercing, cada salida, cada mentira… lo estás eligiendo a él.

Mercedes me miró en silencio varios segundos. Después se dio la vuelta, recogió su sostén del lavabo y se lo puso con calma.

—¿Eligiendo a quién? —dijo al final, sin mirarme—. No seas ridículo Gonzalo. Mejor déjame en paz, y de una vez te digo que ya no estoy dispuesta a vivir solo para que tú te sientas cómodo con la versión de mí que prefieres recordar.

Se abrochó el sostén, se acomodó el cabello y pasó a mi lado hacia la recámara.

—Apaga la luz cuando termines —agregó desde el pasillo—. Y no hagas ruido. El niño ya está dormido.

Me quedé solo en el baño, mirando el espejo vacío donde segundos antes había estado el reflejo de mi esposa con los pezones perforados.

Sabía que Dionisio se lo había pedido. Sabía que ella había obedecido. Y lo más humillante de todo era que, a pesar de la rabia, a pesar del asco y de las palabras que le había dicho… una parte de mí se había excitado al imaginar cómo esos aros se verían entre los dedos o dientes de él.

Esa misma semana la música de Dionisio volvió con más fuerza. Ya no solo los fines de semana. A veces entre semana, a las once, a las doce, a la una. Mercedes ya no fingía molestia. A veces hasta tarareaba la canción mientras preparaba el café.

Pero lo que más me molestaba era el descuido con Pablito, que también empeoró. Una tarde llegué y lo encontré solo otra vez, esta vez con la puerta del departamento completamente abierta. Estaba sentado en el sofá comiendo cereal del paquete y viendo la televisión a todo volumen.

Mercedes llegó una hora después de no sé dónde, muy quitada de la pena.

Cuando le reclamé, la discusión fue distinta a las anteriores.

—Otra vez no, Gonzalo —dijo sin siquiera quitarse los audífonos del todo—. Solo fueron veinte minutos. El niño está bien.

—No está bien, Meche. Tiene cinco años. No puede quedarse solo con la puerta abierta. Cualquiera puede entrar.

Ella suspiró, como si yo fuera un problema repetitivo y aburrido.

—Estás exagerando. Como siempre. Sólo salí a la tienda. ¿Y tú sólo me regañas?

—No te estoy regañando. Te estoy pidiendo que cuides a nuestro hijo.

—Lo cuido. —Se levantó de la cama y pasó a mi lado hacia la cocina—. Deja de dramatizar. De verdad. Ya cansas.

La palabra “cansas” me golpeó más fuerte que cualquier insulto. Porque no había rabia. Solo hastío. Como si mi preocupación por Pablito fuera una molestia menor en su día.

Esa noche la discusión se desbordó.

Pablito ya estaba acostado, pero la puerta de su cuarto no estaba del todo cerrada.

Mercedes y yo estábamos en la sala. Yo había encontrado otra vez el olor a alcohol en su aliento cuando llegó “de hacer mandados”.

Ella lo negó. Yo insistí. La conversación subió de tono más rápido de lo que esperaba.

—¡No me mientas, puta madre! —le dije, por primera vez elevando la voz de verdad—. Hueles a alcohol otra vez. Y no me digas que fue una cerveza en la tienda.

—¿Y qué si tomé? —respondió ella, cruzándose de brazos—. Soy adulta. Puedo tomarme lo que se me dé la gana.

—No cuando tienes un hijo pequeño en casa. No cuando lo dejas solo.

—¡Ya basta, Gonzalo! —su voz también subió—. Todo el puto día es lo mismo contigo. El niño, el niño, el niño. ¿Y yo? ¿Yo no existo? ¿Yo no puedo tener un momento para mí?

—¡Claro que existes! Pero no puedes desaparecer horas y dejarlo solo mientras tú…

—Mientras yo qué —me interrumpió, acercándose—. Dilo. Dilo de una vez. Mientras yo qué, Gonzalo.