XIII. La transformación #3
Lo primero que noté fueron las extensiones. Un día llegó del salón de belleza con el cabello más largo, más grueso, con ondas perfectas que le caían hasta la mitad de la espalda. Dijo que era “para verse mejor”, que estaba aburrida del mismo corte de siempre.
Yo asentí. No dije nada. Pero las extensiones no eran solo pelo: eran una declaración. Un cambio deliberado. Como si estuviera preparando su cuerpo para alguien más.
Después vinieron los labios. Ácido hialurónico.
No exagerado, pero lo suficiente para que se notara.
Más carnosos, más hinchados, con ese brillo permanente que antes solo tenía después de horas de sexo.
Cuando la besé por primera vez después de la aplicación, sentí la diferencia.
Estaban más firmes, más suaves… y de alguna forma ajenos.
Como si ya no fueran los labios que yo había besado durante diez años.
Y entonces, una noche, mientras cenábamos, lo soltó con naturalidad:
—Estoy pensando en operarme las tetas.
Me quedé con el tenedor a medio camino de la boca. El trozo de carne se me quedó pegado en la lengua.
—¿Qué?
Mercedes no levantó la vista del plato. Siguió cortando su comida con calma, como si hubiera comentado que quería cambiar las cortinas de la sala.
—Sí. Un aumento. No mucho. Solo para que se vean más firmes y un poco más grandes. Ya no son las mismas después del embarazo. Y la verdad… me gustaría volver a sentirme deseada.
Me tragué la carne sin masticar. Me dolió al bajar.
—¿Deseada? —repetí, intentando que la voz no me temblara—. ¿Por quién?
Ella finalmente levantó la mirada. Sus labios, ya más gruesos por el ácido hialurónico, se curvaron en una media sonrisa cansada.
—Por mí misma, Gonzalo. ¿Por quién más?
—Pero… tus pechos están bien. Siempre me han gustado. Ya son enormes… Siempre te lo he dicho.
—Lo sé. Tú me lo dices. —Dejó el tenedor a un lado y se recargó en la silla—. Pero yo ya no me siento igual cuando me miro al espejo. Se me cayeron. Se me abrieron. Ya no tienen la misma forma.
—Eso pasa con el tiempo, Meche. Con el niño. No es necesario que te operes por eso.
—No es solo por eso. —Se pasó una mano por el cabello, ahora más largo por las extensiones—. Quiero sentirme otra vez… atractiva. Como antes. Como cuando teníamos veinte y tantos.
Me sequé las manos en la servilleta. El niño seguía comiendo a nuestro lado, ajeno a la conversación, concentrado en su celular.
—¿Y cuánto costaría algo así? —pregunté, aunque sabía que el dinero no era el punto real.
—No es tan caro como crees. Hay buenas promociones. Y lo puedo pagar yo con lo que gano de las campañas. No te preocupes por eso.
—No me preocupa el dinero. Me preocupa que te quieras operar… así de pronto. Sin hablarlo antes.
Mercedes soltó una risa corta, casi imperceptible.
—Te lo estoy hablando ahora, ¿no?
—Sí, pero… suena a que ya lo decidiste.
Ella sostuvo mi mirada un segundo más de lo cómodo.
—Todavía lo estoy pensando. Pero sí, me gusta la idea. Me gusta mucho.
Me inclinada un poco hacia adelante, bajando la voz para que Pablito no escuchara.
—¿Y si después no te gustan? ¿Y si te arrepientes?
—No me voy a arrepentir. —Se encogió de hombros—. Además, no es como si fueran a quedar enormes. Solo un poco más. Para que se vean firmes con la ropa ajustada. Para que no se me caigan tanto cuando estoy sin sostén.
La imagen de ella sin sostén se me metió en la cabeza de inmediato. Pero no era yo quien aparecía en esa imagen.
—¿Y por qué ahora? —insistí—. ¿Por qué de repente te importa tanto cómo se ven?
Mercedes apartó la vista hacia la ventana. Su tono se volvió más plano, más distante.
—Porque ya tengo treinta y cinco, Gonzalo. Porque el tiempo pasa. Porque quiero sentirme deseable otra vez. No solo “mamá”. No solo “esposa”. Deseable.
La palabra se quedó flotando entre nosotros.
Yo bajé la mirada a mi plato. La comida ya no tenía sabor.
—Yo te deseo —dije, casi en un susurro.
Ella tardó tres segundos en responder. Tres segundos que pesaron como plomo.
—Lo sé, mi amor. —Me tocó la mano por encima de la mesa, un gesto corto, casi automático—. Tú siempre me has deseado. Eso nunca ha estado en duda.
Pero no dijo “yo también te deseo a ti”.
No dijo nada más.
Solo retiró la mano, volvió a tomar el tenedor y siguió comiendo como si la conversación hubiera terminado.
Yo me quedé mirando el espacio vacío donde había estado su mano, sintiendo que, de alguna forma, ella ya había empezado a operarse algo mucho más profundo que el pecho.
Pablito, sentado a nuestro lado, seguía comiendo su sopa sin entender nada. Yo miré a mi hijo y sentí un nudo en el pecho. Porque lo peor no era el cambio físico de Mercedes. Lo peor era lo que estaba pasando con él.
Había empezado a descuidarlo.
Al principio fueron detalles pequeños. Llegaba tarde a recogerlo del kínder. Se olvidaba de prepararle la lonchera. Dejaba que se quedara hasta tarde viendo televisión mientras ella estaba “ocupada” en su computadora.
Después fueron cosas más graves. Una tarde llegué de la fábrica y encontré a Pablito solo en la sala, con la puerta del departamento entreabierta, comiendo galletas del paquete y viendo un dibujo animado a todo volumen.
Mercedes estaba en la recámara, con los audífonos puestos, trabajando… o fingiendo trabajar.
Cuando le reclamé, no se enojó. No me gritó. No me dijo que yo no entendía. Simplemente minimizó.
—Estaba concentrada, Gonzalo. Solo fueron quince minutos. No le pasó nada. Ya es grandecito.
Otra vez lo dejé con Doña Rosa “un ratito” y se fue casi tres horas. Cuando le pregunté a dónde había ido, se encogió de hombros.
—Salí a hacer unos mandados. No es para tanto. El niño estaba bien cuidado.
No me insultó. No me trató con desprecio abierto.
Y eso era lo que más dolía. Porque si me hubiera gritado, si me hubiera dicho que era un cobarde o un inútil, al menos habría sentido que todavía existía para ella.
Pero su tono era plano, indiferente, como si estuviera hablando con alguien que ya no formaba parte de su vida real.
Como si yo fuera un mueble más del departamento.
Empecé a notar patrones.
Los fines de semana, la música de Dionisio volvió.
No todas las noches, pero sí los viernes y sábados.
Primero a volumen bajo, como una provocación.
Después más fuerte. Corridos tumbados, banda, el bajo retumbando otra vez en las paredes.
Mercedes ya no se quejaba. Ya no me exigía que fuera a reclamarle.
Se quedaba callada, a veces con una media sonrisa, y seguía con lo suyo.
Una noche de sábado, alrededor de la una de la madrugada, la música estaba especialmente alta.
Yo estaba en la cama, fingiendo dormir. Escuché a Mercedes levantarse.
Ni siquiera tuvo la delicadeza de ser cuidadosa.
Se puso un vestido corto, se maquilló un poco frente al espejo del baño y salió. No regresó hasta casi las cuatro.
Cuando entró, olía a alcohol. Fuerte. Tequila o whisky, no supe. El aliento le salía espeso. Se metió a la ducha de inmediato. Yo me levanté, fui al baño y abrí la puerta sin avisar. Ella estaba bajo el agua, de espaldas, con el cabello mojado pegado a la espalda. Al voltear, no se inmutó.
—¿Estás borracha, Meche?
—¿Qué? No, no, ¿cómo se te ocurre? Ando bien, ando bien…
Mentira. El aliento era brutal.
Lo peor fue que pasó justo lo que no quería, pues empecé a encontrarme con Dionisio en el pasillo con más frecuencia.
La primera vez fue un martes por la mañana.
Yo salía hacia la fábrica. Él salía de su departamento al mismo tiempo, uniformado.
Nuestros ojos se cruzaron. Él no se detuvo.
No me habló. Solo me miró de arriba abajo con una expresión que no era abierta burla, pero sí algo peor: una lástima burlona, casi paternal.
Como si yo fuera un perro que él ya había domesticado y ahora solo observaba de lejos. Asintió con la cabeza una sola vez, seco, y bajó las escaleras sin decir palabra.
La segunda vez fue peor. Yo regresaba del trabajo.
Él estaba en el pasillo, apoyado en el marco de su puerta, hablando por teléfono.
Al verme, bajó la voz, pero no se movió.
Me miró mientras pasaba. Sus ojos se detuvieron un segundo en mi rostro, después bajaron hacia mi cuerpo, y después volvieron a subir.
Había una media sonrisa en su boca. No de simpatía, sino más bien de conocimiento. Como si supiera exactamente lo que yo sabía… y le divirtiera que yo no hiciera nada al respecto.
Una tarde lo vi lavando su patrulla en la calle. Mercedes estaba en el balcón de nuestro departamento, “tomando aire”. No se hablaban. Pero él levantó la vista hacia ella un segundo más de lo necesario, y ella no apartó la mirada de inmediato.
Esa noche, mientras cenábamos, intenté confrontarla otra vez sobre Pablito.
—Meche, el niño me dijo que ayer lo dejaste solo casi una hora. Que se asustó porque escuchó ruidos en el pasillo.
Ella dejó el tenedor sobre el plato con calma.
—Gonzalo, ya hablamos de esto. No fue una hora. Fueron veinte minutos. Y no se asustó. Está exagerando porque quiere atención. Yo estoy trabajando. Tú también podrías ayudarme un poco más en lugar de llegar a regañarme.
No había rabia en su voz. Solo cansancio. Como si yo fuera un problema administrativo más que tenía que resolver.
—Es nuestro hijo, Meche.
—Lo sé. Y está bien. Deja de dramatizar.
Deja de dramatizar.
Esas tres palabras me quedaron clavadas. Porque no era un insulto. Era algo peor. Era la confirmación de que, para ella, yo ya no tenía peso real. Mis preocupaciones eran ruido de fondo. Mis miedos, exageraciones. Mi presencia, una molestia menor.
Esa misma noche, alrededor de las dos de la madrugada, la música de Dionisio subió de volumen. Mercedes se levantó otra vez. Esta vez no se molestó en disimular tanto. Se puso un top negro ajustado y unos leggings grises. Se miró en el espejo, se acomodó el cabello con las extensiones y salió.
Me quedé en la cama, con la verga dura y el corazón roto, escuchando cómo la puerta de enfrente se abría y se cerraba.