Mi mujer y el vecino de Enfrente XIII. La transformación #2
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XIII. La transformación #2

—Salí temprano, mi amor. Nos dieron la tarde libre. Pasé por Pablito con Doña Rosa —dije, forzando un tono preocupado—. Llevo rato esperándote. ¿Por qué vienes así, Meche? ¿Por qué caminas con las piernas separadas? ¿Estás bien? Estás toda sudada... tu vestido está muy arrugado.

Mercedes evaluó mis palabras. Detectó la salida en mi ignorancia. Sus hombros bajaron un centímetro. Su cerebro empezó a inventar una historia para proteger su secreto.

—Ah, no, es que… lo que pasa es que yo fui a la plaza con Andrea. Ella me trajo hace un rato. Me dejó en la esquina —respondió, estabilizando su voz, aunque su labio inferior inflamado temblaba un poco al hablar—, y me tuve que venir caminando.

—¿Con Andrea? —le pregunté, acercándome un paso, sintiendo el olor a sexo ajeno mucho más fuerte—. Pero Doña Rosa me dijo otra cosa. Doña Rosa me dijo que Andrea te canceló la salida. Me aseguró que te quedaste aquí arriba haciendo limpieza desde las cuatro de la tarde.

La respiración de Mercedes aumentó su ritmo. Evitó mirarme a los ojos, moviendo su vista hacia el piso y hacia la pared.

—Sí... Andrea me canceló al principio —improvisó rápidamente, pasándose una mano temblorosa por el cabello enredado—.

Pero luego me volvió a marcar por teléfono.

Me fui corriendo a la parada del taxi para alcanzarla.

Caminamos mucho por las tiendas. Hacía mucho calor, por eso estoy sudando.

Y en el estacionamiento de la plaza... me tropecé.

Me caí al suelo. Me raspé las rodillas, por eso camino así, me duele al juntar las piernas. El vestido se me estiró.

Su explicación carecía de lógica. Un tropiezo en un estacionamiento no te hincha los labios de la boca.

Una caída no te deja las piernas temblando de esa manera.

Caminar por una plaza comercial no te impregna el cuerpo con olor a fluidos de hombre.

Las evidencias físicas de penetración profunda estaban frente a mí.

Decidí aceptar la mentira. Mi cobardía me pedía proteger mi matrimonio.

Mercedes levantó el rostro. Me miró fijamente.

Vio mis lágrimas, vio mis hombros encorvados y mi actitud sumisa.

Los músculos de su rostro se relajaron. La tensión abandonó su cuerpo.

Una expresión de frialdad y compasión apareció en su cara.

Ella comprendió mi falta de valor para exigir la verdad.

Comprendió que yo sabía lo que había pasado, y que yo estaba eligiendo hacerme el ciego.

—Estoy bien, Gonzalo. Todo está bien y nosotros estaremos bien… sólo estoy exhausta —afirmó, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja, recuperando su postura inicial—, sólo ayúdame con el niño y la cena mientras me voy a bañar, ¿sí?

Me acerqué a ella. Levanté mis brazos y rodeé su cuerpo. La abracé con fuerza, apoyando mi cabeza en su hombro.

El calor de su piel traspasó la tela gris del vestido.

Sentí la humedad pegajosa del sudor de Dionisio impregnada en su espalda.

El olor a sexo animal me provocó náuseas.

Mercedes omitió corresponderme el abrazo.

Dejó sus brazos colgando a los costados.

Su cuerpo estaba rígido, distante, rechazándome.

—Sí… —le susurré en el oído. El dolor en mi pecho dificultó mi respiración. Mi erección palpitó con fuerza contra la tela de mi pantalón de vestir, frotando su vientre inferior a través de su vestido—. Yo me encargaré del niño y de la cena.

Me separé de su cuerpo, dando un paso atrás.

—Ve a bañarte, mi amor. El agua caliente te relajará los músculos de las piernas. Yo prepararé algo de cenar para los tres. Yo me encargaré de todo —le ofrecí, asumiendo el papel de sirviente en mi propia casa.

—Sí. Me urge un baño. Apesto a sudor —respondió ella, dándome la espalda.

Caminó hacia el pasillo de nuestra recámara. Observé sus pasos lentos. Vi la debilidad en sus articulaciones, la pesadez en el movimiento de sus nalgas, el esfuerzo para intentar caminar de forma recta.

Mi cabeza sabía perfectamente el nivel de sexo que había recibido quizá durante horas. Sabía que adentro de mi esposa estaban los fluidos residuales del policía.

Caminé hacia la cocina para preparar la comida, llorando en silencio, aceptando mi papel de cornudo sumiso, mientras la erección seguía latiéndome en el pantalón.

A partir de esa noche, todo cambió.

No de golpe. No con gritos ni escándalos. Fue peor: un deterioro lento, silencioso, casi doméstico. Como si el matrimonio se estuviera pudriendo por dentro mientras nosotros seguíamos viviendo en la misma casa, comiendo en la misma mesa y durmiendo en la misma cama.

Mercedes se volvió otra mujer en cuestión de días.

Al principio intentó mantener las formas.

Seguía preparando el desayuno, llevando a Pablito al kínder, trabajando frente a la computadora.

Pero había algo distinto en cada movimiento.

Caminaba con las piernas ligeramente separadas, como si todavía sintiera el dolor o la marca de lo que le habían hecho.

Cuando se sentaba, lo hacía con cuidado, inclinando el peso hacia un lado.

Y por las noches, cuando se quitaba la ropa para entrar a la ducha, yo alcanzaba a ver moretones recién hechos en la parte interna de los muslos y en la carne de las nalgas. Marcas de dedos. De agarres fuertes.

Nunca me los explicó. Yo nunca pregunté.

Su actitud hacia mí también cambió. Ya no me regañaba como antes.

Ya no me reclamaba por el trabajo, por el dinero o por lo cansado que llegaba.

Simplemente… me toleraba. Me hablaba con una frialdad educada, como si yo fuera un invitado incómodo en su propia casa.

Cuando intentaba abrazarla por la espalda mientras cocinaba, se tensaba.

Cuando le rozaba la cadera al pasar, se apartaba un centímetro.

Y cuando por fin conseguía que tuviéramos sexo —siempre a oscuras, siempre rápido—, ella se quedaba quieta, con los ojos cerrados, y yo sabía perfectamente que no estaba pensando en mí.

A veces gemía. Pero no era el mismo gemido de antes. Era más bajo, más profundo… y siempre, siempre, terminaba con la cabeza girada hacia la pared que daba al pasillo.

Durante esas dos semanas la escuché levantarse de madrugada al menos cuatro veces.

La primera fue a las tres y media de la mañana.

Sentí el colchón moverse. Abrí los ojos apenas.

Ella se sentó en el borde de la cama, se quedó quieta unos segundos —como si estuviera escuchando mi respiración— y luego se levantó descalza.

Escuché el leve crujido del clóset, el sonido de tela rozando piel, y después los pasos suaves hacia la puerta de la recámara.

No encendió ninguna luz. No hizo ruido. Solo el clic casi inaudible de la puerta principal al abrirse y cerrarse.

Me quedé tendido en la oscuridad, con el corazón golpeándome el pecho y la verga dura como piedra contra el pantalón del pijama.

Conté los minutos. Veinte. Treinta. Casi una hora.

Cuando finalmente regresó, olía a cigarro, a sudor ajeno y a sexo.

Se metió a la ducha en silencio y volvió a acostarse a mi lado como si nada hubiera pasado.

La segunda vez fue peor. Eran las cuatro de la madrugada.

Esta vez no se molestó en ser tan cuidadosa.

Escuché cómo se ponía los leggings, cómo se ajustaba el top deportivo y cómo salía.

Permanecí despierto toda la hora que estuvo fuera.

Cuando regresó, caminaba con dificultad.

Se detuvo en el baño más tiempo de lo normal.

Escuché el agua de la regadera y, por un segundo, creí oír un gemido ahogado que no era de dolor.

Al día siguiente me miró a los ojos durante el desayuno y me dijo, con una voz perfectamente normal:

—Anoche no pude dormir. Me levanté a tomar agua y me quedé un rato en la sala viendo el celular.

Mentira. Yo había visto la luz de la pantalla de su teléfono apagada sobre el buró toda la noche.

Para la tercera y cuarta vez ya no fingí dormirme del todo. Me quedaba con los ojos semiabiertos, escuchando cada sonido. A veces salía apenas quince minutos. Otras, casi dos horas. Siempre regresaba con el mismo olor. Siempre se duchaba. Siempre se acostaba de espaldas a mí.

Yo nunca la confronté.

Cada mañana me levantaba, preparaba el café, le daba un beso en la mejilla y salía a la fábrica como si todo estuviera bien.

Pero por dentro me estaba pudriendo. El miedo, la humillación y esa excitación enferma se mezclaban hasta volverse una sola cosa.

Empecé a buscar pruebas sin querer admitirlo: olía sus bragas cuando ella se duchaba, revisaba el historial de su teléfono cuando se descuidaba, me detenía en el pasillo frente a la puerta de Dionisio solo para escuchar si había alguien adentro.

Y lo peor era que, cada vez que imaginaba lo que le hacía… mi cuerpo respondía.

Dos semanas después de aquella tarde en que la vi salir del departamento de Dionisio con el vestido arrugado y las piernas temblando, Mercedes ya no era la misma mujer que había jurado salvar nuestro matrimonio.

Ya no intentaba fingir tanto. Ya no se esforzaba por ocultar las marcas.

Y yo… yo ya no fingía tan bien que no sabía.

Solo esperaba.

Esperaba el siguiente clic de la puerta en la madrugada. Esperaba el siguiente olor a sexo ajeno en las sábanas. Esperaba el día en que ya no pudiera seguir callando.

Porque algo dentro de mí sabía que ese día llegaría. Y que, cuando llegara, ya no habría marcha atrás.

-

Un mes después…

Había pasado casi un mes.

Treinta días exactos desde aquella tarde en que vi a Mercedes salir del departamento de Dionisio con el vestido gris arrugado, las piernas temblando y el olor a semen impregnado en la piel.

Treinta días en los que el matrimonio que yo creía estar salvando se deshizo en silencio, sin gritos, sin portazos, sin una sola confrontación real.

Solo se fue pudriendo, día tras día, mientras yo fingía que todavía existía.

Mercedes ya no era la misma mujer.