Mi mujer y el vecino de Enfrente XIII. La transformación
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XIII. La transformación

Cerré la puerta del departamento de Dionisio a mis espaldas. Escuché el seguro metálico. Solté todo el aire que tenía guardado en los pulmones. Los músculos de mi cuello y mis hombros dejaron de dolerme. Sentí un alivio muy grande en el pecho.

Creí que había logrado un acuerdo. Me sentí bien conmigo mismo. Le había entregado la botella de whisky al policía, le había hablado de frente, y él me había asegurado que iba a dejar a mi esposa en paz.

El sudor frío se me secó en la nuca. Caminé hacia las escaleras y empecé a bajar hacia el primer piso. En mi cabeza, yo ya proyectaba un futuro tranquilo. Me sentí un buen marido, un hombre capaz de resolver los problemas hablando frente a frente.

Llegué a la puerta del departamento de la planta baja. Toqué el timbre.

Escuché los pasos lentos acercándose. Doña Rosa abrió la puerta con una sonrisa muy grande en su cara arrugada.

—¡Buenas tardes, don Gonzalo! Qué milagro que viene usted temprano por la criatura —me saludó la señora, limpiándose las manos en su mandil a cuadros.

—Buenas tardes, Doña Rosita —le contesté, manteniendo un tono de voz amable—. Sí, tuvimos menos trabajo en la fábrica y me dejaron salir antes. Vengo por Pablito. ¿Se portó bien?

—Ay, un pan de Dios, don Gonzalo. Se la pasó dibujando en la mesita. Ahorita le estaba dando unas galletas con leche mientras veía la televisión. Pase, pase, ahorita se lo traigo.

Me quedé en la entrada. Saqué mi cartera de la bolsa trasera del pantalón para sacar los billetes de su pago.

—Muchas gracias, Doña Rosa. Le agradezco mucho el apoyo. Mercedes tuvo que salir a la plaza a tomar un café con su hermana Andrea como todas las semanas. Me avisó por mensaje que se iba a tardar un poco.

La señora se detuvo a medio camino de la sala. Se giró hacia mí, juntando las cejas, mostrando mucha confusión en su cara.

—Oiga, don Gonzalo... ¿a poco ya terminó doña Meche de hacer sus cosas en la casa?

Sentí un dolor fuerte en la boca del estómago. Se me cerró la garganta. Dejé de respirar por dos segundos completos.

—¿Sus cosas en la casa? Doña Rosa, Meche se fue a tomar un café con su hermana Andrea a la plaza. Seguro llega más al rato, el tráfico está pesado a estas horas —le expliqué. Intenté sonreír, pero sentí un escalofrío bajándome por la espalda.

La señora negó con la cabeza, moviendo la mano.

—Ay, don Gonzalo. Su esposa bajó a dejarme al niño a las cuatro y cuarto de la tarde.

Me dijo clarito que su hermana le canceló la salida.

Y me pidió el favor de cuidarle al niño un par de horas.

Me explicó que iba a limpiar unas cosas ahí arribita, en su departamento.

Subió rápido por las escaleras. Yo la vi.

Esas palabras me golpearon directo en la cabeza. Mis manos empezaron a temblar. Los billetes se me resbalaron de los dedos y cayeron al suelo. Me quedé sin aire. Sentí un mareo muy fuerte, una pérdida de equilibrio que me obligó a apoyar la mano en el marco de la puerta para no caerme al piso.

Mi corazón empezó a latir rapidísimo. Las sienes me palpitaron con dolor.

Cuatro y cuarto de la tarde. Limpiar unas cosas ahí arribita.

—¿Don Gonzalo? ¿Se siente usted bien? Está bien pálido —me preguntó Doña Rosa, dando un paso hacia mí, mirándome con preocupación.

—Sí... sí, Doña Rosita. Me bajó la presión. Hacía mucho calor en el camión —balbuceé, agachándome con movimientos torpes para recoger los billetes—. Aquí tiene lo de la tarde. Tráigame a Pablito, por favor. Necesito subir a descansar.

Tomé a Pablito de la mano. El niño me platicaba sobre sus dibujos. Mi cerebro bloqueó su voz por completo. Mi mente estaba enfocada únicamente en los horarios. Me giré hacia las escaleras. Cada escalón me costaba un esfuerzo inmenso. Me pesaban las piernas.

Llegué al tercer piso. Eran las 6:45 p.m. El pasillo estaba en silencio.

Metí la llave en mi cerradura. Abrí la puerta. El departamento estaba oscuro. El aire acondicionado estaba apagado. Caminé rápido hacia la recámara principal. La cama estaba tendida. Fui al baño. Todo estaba seco. Mercedes estaba ausente.

Si Mercedes estaba en el edificio desde las 4:15 p.m., y estaba ausente en nuestro departamento a las 6:45 p.m., la respuesta estaba cruzando el pasillo. La evidencia apuntaba directamente a la puerta de madera número cuatro.

Había estado ahí todo el tiempo.

El pánico me dominó el cuerpo. Caminé hacia la sala.

Metí a Pablito a su cuarto, le prendí la televisión a un volumen alto y le pedí que viera sus programas.

Apagué todas las luces de mi casa. Caminé hacia la puerta principal.

Apoyé mis palmas sudorosas contra la madera fría y pegué mi ojo derecho a la mirilla de cristal.

Observé el pasillo de afuera. La puerta de Dionisio permanecía cerrada.

Mi mente empezó a torturarme. Empecé a imaginarme escenas horribles, alimentadas por todo lo que Esperanza me había contado en la fonda.

Me imaginé a Mercedes arrodillada en la alfombra de Dionisio.

Me imaginé las manos de ese policía apretando la piel blanca de mi esposa.

Me imaginé el cuerpo de Mercedes siendo penetrado, abierto, estirado al límite por el hombre al que yo le acababa de llevar una botella de whisky hace media hora.

Recordé la charla en la sala de Dionisio. Me dolió el pecho. ¿Y si Mercedes había estado ahí adentro todo el tiempo mientras yo platicaba con este cabrón?

Escondida en la recámara. Escuchando mi voz temblorosa.

Escuchando cómo yo le rogaba al vecino que la dejara en paz, mientras ella seguramente estaba desnuda, escurriendo de fluidos en su cama.

Dionisio se había burlado de mí en mi puta cara, sabiendo que mi mujer estaba a pocos metros de distancia, desnuda, abierta de todos los orificios, tal vez, lista para abrirle las piernas en cuanto yo cerrara la puerta.

—¡Puta madre! ¡No! ¡No!

El dolor emocional me hizo llorar. Las lágrimas resbalaron por mis mejillas y me mojaron el cuello de la camisa. Solté un sollozo ahogado, tapándome la boca con la mano para no hacer ruido. Me sentí el hombre más insignificante, humillado y estúpido del mundo.

Pero en medio de mi llanto y de mi terror, mi cuerpo reaccionó de la peor manera posible.

La sangre se me bajó a la entrepierna. Mi pene se endureció rápidamente. Una erección dura y palpitante empujó contra el cierre de mi pantalón de vestir. El roce de mi ropa interior me provocó un escalofrío de excitación.

El morbo de saber que mi esposa se había entregado voluntariamente a ese animal, humillándome por completo, me generó un líquido preseminal que me mojó el bóxer.

Me quedé pegado a la mirilla, llorando y excitándome con mi propia ruina.

A las 7:10 p.m., el seguro de la puerta número cuatro hizo clic.

Dejé de respirar. Apreté los dientes.

Dionisio salió al pasillo. Tenía el pecho descubierto. La piel morena le brillaba por el sudor fresco. Sus pantalones de mezclilla estaban desabrochados. Respiraba por la boca. Miró hacia ambos lados del pasillo, comprobando que nadie estuviera afuera. Se hizo a un lado.

Mercedes salió de su departamento.

Verla me provocó un retortijón violento en el estómago.

Llevaba puesto un vestido gris perla. La tela estaba muy arrugada, estirada en el área del pecho, mostrando sus pezones duros.

No llevaba sostén. Su cabello rubio estaba enredado, pegado a su nuca por el sudor.

El maquillaje de sus ojos estaba corrido, formándole manchas negras en las mejillas.

Caminaba lento. Las rodillas le temblaban. Mantenía las piernas separadas al dar cada paso, mostrando una postura evidente de dolor en la entrepierna, de alguien a quien acaban de abrir a la fuerza.

Dionisio levantó su mano derecha y le dio una nalgada fuerte en el glúteo izquierdo.

El golpe sonó fuerte en el pasillo.

Mercedes se detuvo. Cerró los ojos y suspiró por la boca. Recargó su peso hacia atrás, apoyando su espalda contra el pecho sudado de él por un par de segundos, rindiéndose a su tacto.

Dionisio bajó la cara, rozando la oreja de mi esposa. Le susurró palabras inaudibles. Luego se metió a su departamento y cerró la puerta de un golpe.

Mercedes se quedó sola en el pasillo. Caminó hacia nuestra entrada. Tenía las mejillas rojas. Sus labios estaban inflamados, hinchados por tanta succión y fricción.

Retrocedí tres pasos. Me alejé de la puerta. Me limpié las lágrimas de la cara con las dos manos. Acomodé mi erección dentro del pantalón, intentando ocultar mi excitación.

El picaporte de mi puerta giró.

Mercedes entró a la sala. Cerró la puerta a sus espaldas. Apoyó la espalda contra la madera y dejó caer la cabeza hacia atrás. Exhaló mucho aire por la boca, cerrando los ojos.

Un olor muy espeso y penetrante llenó la sala de inmediato. Percibí el olor fuerte, quizá a sexo y a algún rastro salado del semen fresco impregnado en su cuerpo y en su ropa.

Alcancé el interruptor de la pared y encendí la luz de la sala.

El foco iluminó el espacio de golpe.

—Bienvenida a casa, Meche —dije. Mi voz sonó delgada, temblorosa.

Ella abrió los ojos rápidamente. Sus pupilas se abrieron por el susto de verme ahí. Sus músculos de la cara se tensaron. Sus manos bajaron rápido hacia el borde de su vestido gris, jalando la tela hacia abajo para intentar cubrirse los muslos, intentando ocultarse. Su respiración se aceleró.

—¿Gonzalo? —dijo. Su voz sonaba ronca, congestionada—. ¿Qué haces aquí? Pensé que llegabas más tarde de la fábrica... apenas iba a ir por el niño.

El miedo me apretó la garganta. El enfrentamiento me aterraba.

Si le decía la verdad, si le decía que la había visto por la mirilla, si la acusaba de estar cogiendo con el vecino, el matrimonio se iba a terminar en ese mismo instante.

Yo tendría que ir a pelear con el policía.

Las consecuencias de una pelea física con él representaban un riesgo de terminar muy golpeado en el hospital.

Mi instinto de supervivencia, mi dependencia hacia ella y mi miedo a quedarme solo me hicieron callar. Opté por fingir ignorarlo todo.