Mi mujer y el vecino de Enfrente XII. El descenso total #4
82%

XII. El descenso total #4

Sentí espasmos fuertes en la punta de su glande, inyectando su semen caliente y denso en el fondo de mi útero. El líquido espeso llenó mi cavidad, mezclándose con mis propios fluidos. La sensación de llenura y calor interno produjo otra pequeña ola de contracciones en mi cuerpo.

Dionisio respiraba pesadamente sobre la piel de mi espalda. Me alejó del ventanal. Observé la marca de condensación, saliva y sudor que dejé en el cristal transparente de la sala.

Mis piernas colapsaron. Dionisio me sostuvo por los brazos y me arrojó boca arriba sobre la alfombra de la sala. Mi espalda chocó contra el piso áspero.

Se posicionó entre mis rodillas, las empujó hacia arriba y hacia atrás, exponiendo completamente mi vulva enrojecida, inflamada y manchada con el semen blanco y espeso que comenzaba a escurrir hacia mis glúteos.

Se inclinó sobre mí e introdujo su miembro nuevamente en posición frontal, sin darme tiempo de recuperación, descargando el peso de su torso sudado sobre mi estómago y mis pechos.

—¡Ahhhg! —exclamé ante la sensación de llenura total inmediata.

Las embestidas en la alfombra fueron lentas pero aplastantes.

El peso de su cuerpo dificultaba mi respiración.

Dionisio presionó su boca contra mis labios, besándome con intensidad violenta, aplastando mi boca, introduciendo su lengua y chupando mi labio inferior hasta causarme dolor, para luego separarse y observarme directamente a los ojos mientras continuaba el movimiento de fricción en mis entrañas.

—Eres mía, Meche. Eres mi puta personal —afirmó, mirándome fijamente.

Logré alcanzar un cuarto orgasmo por acumulación extrema de estímulos físicos y psicológicos. Mis músculos pélvicos se tensaron, abrazando su espalda ancha con mis piernas, sintiendo el calor invadir mis terminales nerviosas una vez más.

Dionisio paró sus movimientos, jadeando copiosamente, y retiró su miembro de mi cuerpo con un sonido húmedo y viscoso.

Me jaló de los brazos, obligándome a ponerme de pie.

—Son las 5:50 p.m. —dijo de pronto, observando el reloj de pared de la cocina.

El dato horario me provocó un aumento repentino y violento en el ritmo cardíaco.

El pánico inundó mi pecho. Gonzalo terminaba su turno en la fábrica a las 5:30 p.m. Estaba cerca.

Probablemente ya estaba caminando hacia el edificio.

Si me observaba en mi estado actual, con marcas físicas evidentes en la piel, chupetones en el cuello, los muslos húmedos escurriendo semen y el olor penetrante a fluidos corporales, mi matrimonio finalizaría irrevocablemente en ese mismo instante.

—Necesito ir a mi departamento para ducharme, Dionisio —pedí. La voz me salió temblando. Empecé a buscar la tanga rota en la alfombra con la mirada y levanté el vestido gris para cubrirme—. …o mi marido…

—No. Ahora eres mi puta y mando yo.

—¡Pero Dioni, ni siquiera he ido por mi hijo!

—Te quedas hasta que yo diga —declaró, sujetándome la barbilla con fuerza—. Quiero que me limpies la verga.

Me empujó de rodillas otra vez. Separó las piernas. Su pito seguía completamente duro, brillante de fluidos, de mi saliva y de lo que había salido de mí. No entendía cómo seguía así después de haberse corrido.

Abrí la boca. Saqué la lengua y me lo metí entero. Chupé con fuerza, moviendo la cabeza arriba y abajo lo más rápido que pude. Quería hacerlo eyacular ya para escapar antes de que Gonzalo llegara a casa. Tragué saliva una y otra vez. El glande me rozaba el paladar.

Dionisio me agarró la cabeza con la mano grande y empezó a empujar él mismo. Me metía la verga hasta la garganta a su ritmo. El reflejo me subió de inmediato. Me lloraron los ojos sin parar. La saliva se me desbordaba por las comisuras y me caía en los pechos.

El reloj seguía avanzando. Las 6:05. Las 6:10.

El terror me dolía ya en el estómago. Las rodillas me ardían contra la alfombra. La vagina me seguía latiendo, dilatada y mojada, pero el miedo era más fuerte.

Entonces Dionisio se tensó. Las piernas se le pusieron duras. La respiración se le hizo un silbido. Me apretó el cabello con más fuerza y me inmovilizó la cabeza. Ya no me dejaba retroceder.

—Me voy a venir en tu boca ahora, puta —dijo, acelerando los empujes contra mi campanilla.

Cerré los ojos. Abrí la garganta lo más que pude. Contuve la respiración. Me preparé para tragar su leche. Y entonces Dioni se corrió en mi boca.

Y en ese segundo exacto…

TOC. TOC. TOC.

Tres golpes secos en la puerta.

Se me paró el corazón. La sangre se me fue de la cara. La piel se me enfrió de golpe.

Dionisio se quedó quieto. La verga seguía metida hasta el fondo de mi garganta. El silencio se hizo espeso. Solo se oía mi respiración ahogada por la nariz.

Abrí los ojos y lo miré hacia arriba. Él tenía la cara tensa, alerta.

El reloj marcaba las 6:15.

TOC. TOC.

—B-buenas tardes, Dionisio… —dijo una voz nerviosa, agudita, asustada, desde el otro lado de la puerta.

Esa voz me dio un calambre de terror en las entrañas.

Era Gonzalo.

Mi esposo estaba a dos metros de distancia. Y yo seguía de rodillas, desnuda, con las ubres manchadas de saliva y fluidos, y con la verga de Dionisio latiéndome adentro de la garganta… con su leche inundándome la garganta.