Mi mujer y el vecino de Enfrente XII. El descenso total #3
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XII. El descenso total #3

La vergüenza me hizo estremecer. Al mismo tiempo el deseo me subió otra vez. Ver mi cuerpo sumiso en el espejo, ver lo grande que se veía él detrás de mí, me hizo latir el clítoris. El flujo me volvió a escurrir por los labios.

Dionisio bajó la mano derecha. La deslizó por mi vientre hasta mi coño hinchado. Metió los dedos índice y medio de golpe. Me dilataron la entrada todavía sensible. Entraron profundamente. Jadeé. Arqueé la espalda contra su pecho. Abrí un poco más las piernas.

—Repite lo que eres. Dilo al espejo —me ordenó, moviendo los dedos con ritmo fuerte, frotándome la pared frontal, presionando el punto G. El sonido húmedo se escuchó claro.

Squelch… squelch…

—Soy una puta… —susurré. Las lágrimas me bajaron. La fricción de sus dedos ásperos me ardía y me gustaba.

—Más alto. Y di mi nombre —ordenó. Sacó un poco los dedos y me aplastó el clítoris con el pulgar. Aplicó fuerza. El ardor placentero me subió por el vientre.

—¡Soy una puta, Dionisio! ¡Soy tu puta! —grité. Cerré los ojos. El orgasmo se me estaba acumulando otra vez. El chocho me apretaba los dedos. Mis pechos se movían con cada temblor. El corazón me latía desbocado.

—Sí, vaya que lo eres —se burló.

Retiró los dedos de mi interior. Apoyó sus manos en mis caderas nuevamente y me empujó hacia adelante.

Mi cuerpo se dobló por la cintura. Apoyé mis manos, palmas abiertas, directamente contra el cristal del espejo.

Mi rostro quedó a pocos centímetros de la superficie fría, empañando el vidrio con el vapor de mi respiración rápida.

Dionisio se posicionó detrás de mis glúteos. Separó mis nalgas con sus manos, dejando mi entrada completamente expuesta y húmeda.

Y entonces introdujo la totalidad de su miembro en un solo movimiento violento, penetrándome por detrás.

—¡AAAAAAAHHHH!

El ángulo me dio una profundidad mayor. La verga me dilataba el agujero vaginal en otra dirección.

Me frotaba la pared frontal con cada centímetro de su polla.

El glande me frotaba fuertemente por dentro.

El cosquilleo caliente me subió desde el fondo hasta el estómago.

Mis ubres enormes se aplastaron contra el cristal frío.

Los pezones duros me picaron con el roce.

Dionisio me agarró las caderas y empezó a embestir con fuerza. Cada impacto de su pelvis chocaba contra mis nalgas. Me empujaba el cuerpo contra el espejo. La frente y las tetas me rebotaban en el cristal.

¡Plas! ¡Plas! ¡Plas!

—¡Mira tu cara en el vidrio, perra! —rugió, sudando, respirando pesado—. ¡Mira cómo se descompone tu carita de perra mientras te dilato la panocha!

Abrí los ojos. Vi mi rostro aplastado contra el espejo. La boca abierta. Los gemidos salían altos, guturales.

—¡AAAHHHH!¡AHHHHH!

El dolor en las piernas y las rodillas por la postura se mezclaba con el placer de la verga penetrándome. Cada embestida me movía adelante y atrás. El chocho me dilataba más con cada metida. El flujo espeso hacía ruido viscoso.

Squelch… plas… squelch…

Lloré del placer. La fricción constante me generó un ardor hirviente en las entrañas. Las contracciones empezaron otra vez. El clítoris me latía hinchado. El corazón me golpeaba el pecho.

—¡Dioni, sí… sí… me vengo… me vengo otra vez! —grité, apretando los dientes. Arañé el espejo con las uñas. El cristal chilló bajo los dedos.

El orgasmo me llegó largo y fuerte. La respiración se me cortó.

Las contracciones succionaron la verga, apretándola, exprimiéndola.

Dionisio aceleró. Me dio embestidas cortas y profundas, golpeándome el cérvix una y otra vez mientras yo todavía me venía.

Usó los espasmos de mi chocho para frotarse más.

Mis pechos seguían rebotando contra el cristal.

El placer me temblaba en oleadas por las piernas y el vientre.

Se detuvo. Sacó la verga. Un hilo espeso de mis fluidos quedó colgando de su glande y luego se escurrió por mis muslos hasta las rodillas. El chocho me quedó abierto, dilatándose todavía, latiendo, caliente y vacío. Me temblaban las piernas.

Me deslicé por el espejo, cayendo de rodillas sobre el piso laminado de la recámara, experimentando cansancio muscular generalizado, temblores en las pantorrillas y lagrimeo incontrolable.

Dionisio agarró una playera vieja de una silla, se secó el rostro y el pecho, y me miró desde arriba.

—Vamos a descansar un momento, y quítate ese puto vestido.

Me ayudó a sacar el vestido por la cabeza.

Quedé completamente desnuda. Me tomó de la mano y me llevó a la cama.

Nos acostamos. Él se puso de lado y me jaló contra su pecho.

Mis ubres enormes se aplastaron contra su torso sudado.

El corazón todavía me latía rápido. El chocho me seguía latiendo, abierto, dilatado, escurriendo.

Dionisio bajó la mano entre mis piernas. Metió dos dedos y los sacó llenos de mis fluidos espesos y calientes. Me los mostró.

—Mira cómo estás de mojada todavía, putita —dijo—. Abre la boca.

Abrí los labios. Y entonces el animal pervertido me metió los dedos. Los chupé. El sabor era salado, un poco ácido, el mío. La textura era viscosa, pegajosa. Me tembló el vientre. El clítoris me latía otra vez por estarme tragando mis flujos vaginales.

—Trágalos, perrita —ordenó.

Y yo los tragué. Él volvió a meter los dedos en mi chocho, sacó más flujo y me lo untó en el vello púbico. Me lo frotó despacio, mojándome todo el monte venus. El líquido caliente se me pegó a los pelos.

—Ahora prueba esto —dijo, y me pasó los dedos otra vez por los labios—. Bebe tus jugos, puta. Quiero que sepas a qué sabes cuando te cojo.

Chupé otra vez. El sabor me llenó la boca. La vergüenza me carcomía por dentro, pero el placer era superior. Él se inclinó y me besó. Su lengua entró y revolvió la saliva con mis fluidos. El sabor se mezcló entre los dos. Me chupó el labio inferior. Un gemido se me escapó.

—¿Te gusta el sabor de tu propia concha? —preguntó contra mi boca.

—Sí… me gusta… —susurré.

—Dilo.

—Me gusta beber mis jugos… me gusta que me los des a probar…

Nos quedamos un rato así, abrazados. Él me acariciaba el chocho de vez en cuando, metiendo y sacando los dedos, sacando más flujo y untándomelo en los labios o en mis pechos. Yo le chupaba los dedos cada vez que me los ofrecía. El cuerpo me temblaba todavía. El ardor entre las piernas no se iba.

Más tarde se levantó.

—Levántate. Vamos a la sala.

Hice fuerza para ponerme de pie. Las piernas me temblaban. Me apoyé en las paredes del pasillo, caminando con las piernas abiertas. El ardor en el chocho me recordaba cada paso cómo me había dilatado.

Dionisio ya estaba parado frente al gran ventanal de la sala, que daba hacia la calle. La luz de la tarde entraba fuerte.

—Acércate al vidrio —dijo.

Me detuve. El corazón me empezó a latir muy rápido.

—No… Dioni, no… —susurré—. Me da miedo. Si alguien me ve… si Gonzalo pasa y levanta la vista…

Él se rio bajo.

—¿Miedo? Si hace rato estabas gritando que eras mi puta. Ahora resulta que te da pena. Ven. O te jalo yo.

Me acerqué con pasos lentos. Él me agarró de la nuca y me empujó de frente contra el cristal.

El choque me sacó el aire. El vidrio estaba frío.

Mis tetas desnudas se aplastaron contra la superficie.

Los pezones se me endurecieron y me dolieron del frío.

Apoyé las palmas en el cristal. Las nalgas me quedaron apuntando a él.

—Mira hacia abajo —ordenó.

Obedecí. Vi la calle, la banqueta, un taxi pasando, gente caminando por ahí. El terror me apretó el estómago. Cualquiera que levantara la vista me vería desnuda, con las ubres aplastadas contra el vidrio del tercer piso.

—Dionisio… por favor… alguien puede verme…

—Que te vean —se burló, pegándome más fuerte contra el cristal—. Que vean a la señora decente de Gonzalo con el culo al aire. ¿Qué va a pensar tu marido si te encuentra así, eh? ¿Le vas a decir que te estoy dilatando la concha frente a toda la colonia?

El pánico me subió. Al mismo tiempo el chocho me latió con fuerza. Un chorro espeso de flujo me bajó por el muslo izquierdo y manchó el cristal. El riesgo de que me descubrieran me estaba prendiendo.

Dionisio me agarró las caderas. Metió la verga de un solo empujón. Me dilató hasta el fondo otra vez.

—¡AAAAAHH!

El grito me rebotó contra el cristal. No pude retroceder. La verga me abría las paredes calientes mientras el vidrio frío me aplastaba las tetas y la cara. La fricción por dentro contrastaba con el frío en el pecho.

Cualquiera que mirara hacia el ventanal vería a una puta con las tetas aplastadas contra el vidrio.

Y mi semental empezó a embestir. Sus caderas chocaban contra mis nalgas. El marco de aluminio crujía.

¡Plas! ¡Plas! ¡Plas!

—Abre la boca, perra. Lame el cristal —ordenó, poniendo la mano en mi nuca y apretándome la mejilla contra el vidrio—. Que te vean la cara de puta. Gime fuerte. Quiero que la gente escuche a la señora casdasa abriendo las patas en el tercer piso.

—No… no… no —jadeé, pero abrí la boca.

El vapor de mi respiración empañó el cristal. Saqué la lengua y lamí la superficie fría. El sabor a polvo y vidrio me llenó la boca. Gemí alto, sin poder contenerlo. El chocho me apretaba la verga con cada embestida. El miedo y el placer se me juntaban en el vientre.

—Más fuerte —se burló—. Que te oigan. Diles quién te está cogiendo.

—¡Dionisio… el policía, me está cogiendo Dionisio…! —grité, arañando el cristal. Las lágrimas me bajaban. El clítoris me latía hinchado. El flujo me seguía escurriendo por los muslos.

El orgasmo me llegó rápido, empujado por el terror de que alguien levantara la vista.

Grité. Me temblaron el abdomen y las piernas.

Las contracciones me succionaron la verga.

Dionisio aceleró, apretándome las caderas con fuerza, usando mis espasmos para seguir metiéndomela mientras yo todavía me venía.

—¡Me vengo, perra, me voy a correr adentro de ti! —rugió él, deteniendo su movimiento de fricción, hundiendo su miembro hasta el tope absoluto.