XII. El descenso total #2
Me la volví a meter de un empujón. Él me sujetó la cabeza y aceleró. Me follaba la boca. Cada embestida me sacaba más saliva. El hilo viscoso me caía en las tetas, me resbalaba por el vientre. Me temblaban las rodillas contra la alfombra. El placer y la vergüenza se me juntaban en el pecho.
De pronto me sacó la verga con un tirón. Un hilo grueso de saliva se quedó un segundo entre su glande y mi boca antes de romperse y caerme en el pecho.
Tosí fuerte. Inhalé aire hondo. Los pulmones me ardían. La saliva me escurría por la barbilla. El clítoris me seguía latiendo, hinchado, sensible, pidiendo más.
—Ponte de pie —me ordenó, agarrándome por los bíceps.
Me levanté, apoyando mis manos temblorosas en sus muslos para estabilizarme. Dionisio me hizo girar y me empujó hacia el sofá de cuero negro rasgado de su sala.
Mi espalda chocó contra los cojines. Dionisio agarró mis tobillos, levantó mis piernas en el aire y las empujó hacia atrás, doblando mis rodillas hacia mi pecho. Mi vulva quedó expuesta por completo, orientada directamente hacia su rostro.
—Para la otra te quiero depilada de esa concha, puta.
Asentí con la cabeza. El corazón me latía fuerte. Mi vagina me seguía escurriendo.
Entonces se posicionó entre mis muslos. Colocó las manos sobre mis rodillas y las abrió al máximo.
Sentí el estiramiento doloroso en los músculos internos de los muslos.
Las piernas me temblaron. Mis tetas enormes se movieron con el cambio de postura, pesadas, los pezones duros apuntando hacia arriba.
Dionisio bajó el rostro. Inhaló cerca de mi entrepierna.
—Hueles a perra en celo —dijo, mirando la cantidad de flujo que me salía—. Estás empapada. Tu marido es un inútil. Él jamás te hace escurrir estos jugos.
Pasó un dedo calloso directo sobre mi clítoris hinchado. La fricción me hizo arquear la espalda. Un gemido se me escapó.
—¡Penétrame, por favor! —exclamé. Las contracciones en la vagina me pedían que me metiera algo—. ¡Quiero sentirte adentro!
Alineó el glande ancho y morado con mi entrada.
La humedad de mi chocho facilitó el contacto.
Empujó las caderas despacio. La cabeza de la verga me abrió.
Sentí cómo el glande grueso empezaba a dilatar la entrada.
El ardor agudo me recorrió los labios. Las paredes se abrieron centímetro a centímetro alrededor de ese falo caliente y duro.
Me temblaron las piernas. El corazón me latía muy fuerte en el pecho.
Seguí sintiendo cómo la verga entraba. Cada milímetro me dilataba más.
El grosor me abría por dentro de una forma que nunca había sentido con Gonzalo.
Las paredes de mi vagina se tensaban y se aflojaban alrededor de él, intentando adaptarse.
El ardor se mezcló con un placer denso que me subía desde el fondo del chocho hasta el estómago. Me salió un gemido largo.
—¡AAAAAAAHHHH!
Grité. Apreté los puños en el cuero. Mis ubres enormes rebotaron con el movimiento de mi cuerpo.
Dionisio siguió empujando sin prisa. La verga me dilataba cada vez más profundamente.
Sentí las venas rozarme por dentro. El calor de su carne me quemaba las paredes.
El flujo me salía a montones, facilitando que entrara, pero el tamaño seguía ardiendo.
Y entonces llegó hasta el fondo. El glande me pegó en el cérvix.
Una sacudida me recorrió toda la columna.
El dolor profundo se convirtió en un ardor eléctrico que me irradió el abdomen.
Mi vagina se apretó sola alrededor de él, contrayéndose, intentando acomodar ese grosor que me tenía completamente dilatada.
Me costaba respirar. El clítoris me latía hinchado. Las piernas me temblaban sin control.
Entonces Dionisio se quedó quieto, con su verga ensartada dentro de mí hasta la base. Sentí cada latido de su miembro por dentro. Mi hendidura me seguía dilatando a su alrededor, las paredes calientes y húmedas apretándolo.
—Mírame a los ojos, Meche —ordenó, respirando pesado sobre mi cara. Abrí los ojos—. ¿Sientes el tamaño? ¿Sientes cómo te dilato las paredes por dentro?
—¡Sí… la siento enorme! ¡Me duele y me tienes toda dilatada! —jadeé. Las lágrimas me bajaban por las sienes. El placer me temblaba en el vientre junto con la vergüenza de lo mucho que me gustaba.
Mis tetas se movían con cada respiración agitada. Los pezones me hormigueaban.
—Dime la verdad, putita. Dime qué prefieres —bajó el rostro, rozando su nariz con la mía, sin sacar la verga—. ¿Prefieres la cosita de tu marido o prefieres mi verga partiéndote el coño? Dilo en voz alta.
La humillación me apretó el pecho. El placer me temblaba en el vientre.
—¡Prefiero tu verga, Dionisio! ¡Prefiero tu enorme verga! —lloré. Las lágrimas me bajaron por las sienes. El chocho me apretaba más fuerte alrededor de su pito.
Él sonrió. Agarró una de mis ubres con la mano grande, la apretó, la estrujó. El dedo le rozó el pezón duro.
—Estas ubres también son mías mientras te la estoy metiendo —dijo—. Muévelas. Quiero verlas rebotar cuando te empiece a coger.
Él sonrió, mostrando satisfacción total.
Y entonces inició los movimientos de fricción.
Retiró su miembro casi en su totalidad. El vacío resultante en mi interior me provocó una sensación de abandono físico doloroso.
Luego, empujó con una fuerza violenta, penetrando hasta el fondo en una fracción de segundo.
¡PLAS!
El choque de su cadera sudada contra mis nalgas y el cuero del sofá emitió un ruido contundente.
Dionisio aumentó la velocidad. Las estocadas se volvieron una secuencia ininterrumpida de impactos duros y profundos. El ardor inicial desapareció, dejando paso a una estimulación constante y extrema en mis terminaciones nerviosas.
—¡Dioni, sí, ahhh, Dioni, más fuerte! —grité, perdiendo el control de mis cuerdas vocales, moviendo la cabeza de un lado a otro sobre el cojín.
Agarró mi teta derecha con su mano gigante.
La apretó muy fuerte. Clavó las yemas de los dedos en la piel y me dejó marcas rojas.
Encontró el pezón endurecido, lo pellizcó y tiró de él hacia arriba.
El dolor punzante se me fue directo al clítoris.
Me arqueé. El chocho se me apretó solo alrededor de su verga.
Mis piernas se aferraron a su cintura. Crucé los tobillos detrás de su espalda baja. Quería más fricción. Quería que me llegara todavía más hondo. La lubricación espesa producía ruidos viscosos, chiclosos, con cada embestida.
Squelch… fssh… squelch…
—Dile a tu amo lo que piensas de tu marido —ordenó Dionisio, golpeándome el cérvix una y otra vez, sin soltar el pellizco en el pezón—. Insúltalo. Insulta al pendejo.
—¡Mi marido es un inútil! ¡Es un cobarde! ¡Tú eres mi amo, mi macho, mi semental! —grité. La voz se me quebró—. ¡Me gusta cómo me dilatas por dentro! ¡Me gusta tu enorme verga!
Las embestidas se volvieron más rápidas y cortas.
La fricción caliente en mi agujero me generó un cosquilleo eléctrico que subió desde el fondo del útero hasta el estómago.
Los músculos de la pelvis se contrajeron solos, apretando su verga con fuerza.
La presión en el bajo vientre subió rápido.
Mis ubres rebotaban con cada golpe. El pezón que me pellizcaba me ardía y me excitaba al mismo tiempo.
—¡Me voy a venir… me voy a venir! —exclamé, clavando las uñas en sus hombros sudados.
El orgasmo estalló. Las contracciones rítmicas succionaron la verga en espasmos seguidos.
Lloré del placer. Se me escaparon chorros calientes de flujo que le mojaron los huevos y el sofá.
Me temblaron las piernas y los brazos sin control.
La respiración se me cortó. Solo lograba inhalar en jadeos cortos, ahogados.
—¡Así, puta, córrete como lo que eres, una esposa infuel y puta!
Dionisio siguió metiéndomela a través de las contracciones. Usó los espasmos de mi chocho para frotarse más. El glande me rozaba las paredes que lo apretaban una y otra vez. Cada embestida me dilató un poco más mientras aún me venía. El placer me seguía temblando en oleadas.
De pronto sacó la verga. El sonido húmedo del vacío se escuchó claro en la sala. Un hilo espeso de mis fluidos quedó colgando de su glande antes de caer sobre el cuero. El chocho me quedó abierto, dilatándose todavía, latiendo, vacío y caliente.
Me quedé tirada en el sofá, respirando por la boca, experimentando un agotamiento muscular generalizado y lagrimeo abundante. Mi vulva palpitaba dolorosamente. Un hilo espeso de mis propios fluidos caía sobre el cuero negro.
-
Dionisio me agarró por los brazos, me levantó del sofá con fuerza y me puso de pie. Las piernas me temblaban. Me sostuvo la cintura para que no me cayera.
—Camina —ordenó, empujándome por la espalda.
Caminamos por el pasillo hasta su recámara. La habitación era grande. Frente a la cama matrimonial deshecha había un espejo de cuerpo entero pegado a la puerta del clóset.
Me puso frente al espejo. Se colocó detrás de mí.
—Mírate —dijo, apoyando las manos pesadas en mis caderas y pegándome el cuerpo al suyo. Su verga, todavía dura y caliente, me rozó entre las nalgas.
Levanté la vista al cristal. El reflejo me mostró el cabello rubio enmarañado y mojado de sudor.
El maquillaje me corría en manchas negras por las mejillas.
Mis senos enormes tenían marcas rojas de sus dedos.
El vestido gris seguía enrollado en el cuello.
Los muslos internos brillaban con una capa gruesa de mis fluidos mezclados con su precum.
El chocho se me veía rojo, hinchado, todavía abierto.
—Tienes cara de puta, Meche. De ramera que acaba de ser usada por un macho —me dijo al oído, con el aliento caliente en la nuca—. Todo ese teatro de señora decente que haces es mentira. Esta es tu verdadera cara. Eres una puta reprimida. Una zorra con ganas de un macho de verdad.