Mi mujer y el vecino de Enfrente XII. El descenso total
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XII. El descenso total

—Te voy a poner la follada de tu vida... y te vas a olvidar de tu hijo y de tu marido para siempre —pronunció Dionisio.

Sus palabras produjeron una vibración física en mi pecho. Agarró mi cintura con sus dos manos. La fuerza de sus dedos callosos se hundió en mi cuerpo, apretando los músculos de mis costados a través de la tela del vestido gris perla.

Experimenté un dolor agudo y repentino en la piel, seguido inmediatamente por una pulsación caliente en mi clítoris.

Tiró de mi cuerpo hacia adelante con violencia. Mis tetas chocaron de lleno contra su torso desnudo. La humedad de su sudor mojó la tela de mi vestido al instante. Percibí el olor fuerte a testosterona.

Mi respiración se aceleró.

Dionisio bajó el rostro y me aplastó la boca con la suya.

Sus labios gruesos se pegaron a los míos y me abrieron la boca.

Metió la lengua mojada, caliente, de textura áspera.

La revolvió contra mi paladar, contra mis dientes, contra el interior de las mejillas.

La saliva de él se mezcló con la mía. Sentí el líquido espeso y tibio recorrer toda la lengua, pegajoso, salado, con el rastro amargo del tabaco que me llegó hasta la garganta.

Mis rodillas temblaron. Se me aflojaron solas.

El peso de mi cuerpo cayó sobre las manos que me apretaban la cintura.

Esos dedos callosos se hundieron en mi cuerpo y me sostuvieron.

El corazón me latía fuerte, rápido, golpeándome el pecho por dentro.

La piel se me puso de gallina en los brazos, en la nuca, en los pezones.

La saliva se nos escapó por la comisura. Un hilo viscoso y caliente me bajó por la barbilla y me resbaló hasta el cuello. El ruido de las bocas era húmedo, lento, profundo.

Mmmh… glup…

Se me calentó la entrepierna de inmediato.

El clítoris empezó a latir, hinchado, sensible.

Sentí la humedad salir de mi chocho, espesa, caliente, y mojar la tanga negra.

La tela se me pegó a los labios. Las piernas me temblaban.

El placer me subió por el vientre al mismo tiempo que la vergüenza me apretaba el pecho: me gustaba el sabor de su saliva, me gustaba cómo me revolvía la boca, me gustaba lo sucio que se sentía.

Le chupé la lengua. Se me escapó un gemido nasal, ahogado.

Él respondió metiéndome la lengua todavía más adentro, hasta rozarme la garganta.

La textura áspera me raspaba por dentro.

El calor de su saliva me llenó la boca otra vez.

Mis tetas se apretaron contra su pecho sudado.

Los pezones, duros, me picaban con cada roce.

El deseo me temblaba en las piernas. El chocho me latía. La tanga ya estaba empapada.

Levanté mis manos, colocándolas sobre sus pectorales anchos y cubiertos de vello oscuro. Sentí los latidos rápidos de su corazón bajo mi palma derecha.

Entonces Dionisio soltó mi cintura, bajó sus manos hacia el dobladillo de mi vestido gris y lo agarró con los puños cerrados. Tiró de la tela hacia arriba con un movimiento rápido y brusco.

El vestido se deslizó por mis muslos y mi estómago, enrollándose alrededor de mi cuello. Mis senos enormes, libres de cualquier sostén, quedaron expuestos. Mis pezones se contrajeron instantáneamente, endureciéndose y doliendo por el cambio de temperatura.

Dionisio separó su boca de la mía. Respiraba por la boca, exhalando aire caliente sobre mi rostro. Bajó la mirada hacia mi entrepierna.

Mi tanga de encaje negro estaba completamente mojada. El flujo transparente y espeso había empapado el puente de la prenda. La mancha oscura y brillante se extendía hasta los bordes. El líquido caliente resbalaba por la cara interna de mis muslos, pegajoso, lento.

Sentí el hilo espeso bajar hasta casi la rodilla. El clítoris me latía contra la tela mojada. El corazón me golpeaba fuerte en el pecho. La piel se me puso de gallina en los brazos mientras sentía cómo el hilo de mi tanga se clavaba en mi culo.

—Eres una putota —me dijo Dionisio, con esa voz densa, mirándome la entrepierna—. Estás escurriendo flujos. Tienes las piernas todas mojadas. Tus gajos deben de estar chorreando…

—Es que… estoy… estoy muy caliente… te deseo mucho —confesé, mirándolo a los ojos. El calor me subió por el cuello y las mejillas. Me dio vergüenza lo mojada que estaba, pero el chocho me seguía latiendo.

—¿Sí? ¿Desde cuándo me deseas así? ¿Desde que me viste la verga la primera vez o desde antes?

—Desde… desde que te vi en las escaleras la primera vez —confesé, con la voz temblando—. Desde que te sentí cerca…

Dionisio enganchó el dedo índice en el elástico lateral de mi tanga.

Tiró con fuerza hacia afuera y hacia abajo.

El encaje chasqueó y se rompió con un sonido seco.

Tiró el pedazo de tela negra sobre la alfombra.

Sentí el flujo espeso escurrir más rápido, libre, resbalando por los labios hinchados.

Me temblaron las piernas. El clítoris me picaba, expuesto, sensible.

Mi vulva quedó al descubierto. Estaba enrojecida, inflamada, cubierta por una capa gruesa de lubricación. Los labios se me veían abiertos, brillantes, chorreando. Un hilo de saliva me colgaba de la boca entreabierta.

—Mira cómo te quedó el chocho, tremendo putón —dijo él, agachándose un poco para ver mejor—. Todo rojo, todo baboso. ¿Así te lo deja el cornudo de tu marido, o solo lo tienes así porque fantaseas conmigo?

—Solo tú… solo tú me pones así —admití, sintiendo otro chorro caliente salir de mí.

La vergüenza me hacía temblar de placer en el vientre.

Dionisio bajó las manos a la cinturilla de sus pants grises. Los empujó hacia abajo junto con la ropa interior. Las prendas cayeron hasta los tobillos. Las pateó hacia un lado.

Su verga quedó libre frente a mi rostro.

Era gruesa, oscura, pesada. Las venas se le marcaban gruesas y latían con cada golpe de su corazón.

El glande ancho, morado, brillaba con una capa de líquido preseminal espeso.

El olor a sexo masculino me llegó directo, fuerte, caliente.

Se me contrajo el estómago. El pánico y la excitación me subieron juntos. El coño me latió más fuerte.

Otro hilo de flujo me bajó por el muslo.

—Mírala bien, Meche —ordenó—. ¿Ves el tamaño de mi verga? ¿Ves cómo está de gruesa?

—Sí… está… está muy grande —susurré, sin poder apartar la vista. La saliva se me juntó en la boca. Me temblaban las manos.

—Más grande que la de tu marido, ¿verdad?

—Sí… mucho más…

—Dilo entonces. Dime que prefieres esta verga.

—Prefiero tu verga… es más gruesa… me gusta más… —confesé, con la cara ardiendo. El clítoris me dolía de lo hinchado que estaba. El flujo me seguía escurriendo, caliente, pegajoso, bajando por las piernas.

—Ponte de rodillas —me ordenó, cruzando los brazos sobre su pecho musculoso.

La instrucción me llegó directo al cuerpo. Flexioné las rodillas despacio. Quedé frente a su pelvis. Mi rostro quedó a la altura de su verga. El calor de ese rabo me calentó las mejillas. El corazón me latía fuerte. Mi panchita me seguía latiendo contra el piso.

—Abre la boca y chúpamela —exigió.

Abrí los labios. Saqué la lengua. El primer contacto con la piel lisa del glande me dio una sacudida caliente en el bajo vientre.

Probé el líquido preseminal: espeso, salado, un poco amargo.

Cerré los labios alrededor de la cabeza morada y chupé.

La textura era suave y caliente. Se me juntó más saliva en la boca.

—Usa las manos, Meche. Trágatela toda —dijo, abriendo un poco las piernas.

Agarré la base con la mano derecha. El grosor no me dejaba juntar el pulgar y el índice.

Acomodé la mandíbula, estiré las comisuras de los labios y empujé la cabeza hacia adentro de mi boca.

La verga dura y caliente me llenó la boca.

Me aplastó la lengua contra el paladar. Sentí las venas latir contra mis mejillas por dentro.

Y entonces el glande me llegó hasta la garganta. El cabezón me golpeó la campanilla. Me dio el reflejo de inmediato. Me lloraron los ojos. Retrocedí un poco, respirando por la nariz con dificultad. El clítoris me latía contra la alfombra. El flujo me seguía saliendo, caliente, pegajoso.

—Métela más. Abre todo lo que puedas esa boquita —me ordenó Dionisio, mirándome desde arriba—. Quiero sentir cómo te estiras por dentro. Demuéstrame las ganas que me tienes. ¿Te gusta o no?

—Sí… me gusta… —logré decir entre jadeos, con la voz congestionada por tener su verga en la boca.

Me agarró la nuca. Enredó los dedos en mi cabello rubio y empujó hacia abajo.

La verga entera se me metió. Se me tapó la respiración.

El pánico me subió por el pecho, pero el clítoris me latía más fuerte y el placer me temblaba en las piernas.

La fricción en la boca y la garganta me sacó más saliva.

El líquido espeso se me escapó por las comisuras, me bajó por la barbilla y me goteó en las tetas.

Sentí las gotas calientes resbalar por los pezones.

Dionisio empezó a mover las caderas. Empujaba hacia adelante, metiéndome la verga hasta el fondo, y luego sacaba un poco. El sonido húmedo llenó la sala.

Slurp… gluck… slurp… gluck…

—Trágate la saliva. Muévete más rápido —jadeó, apretándome el cabello—. ¿Te gusta tener la boca llena de mi pito, verdad? Contesta.

—¡Mmmmgh! —gemí, asintiendo con la cabeza mientras chupaba. La saliva me hacía glup cada vez que tragué.

Aceleré. El cuello se me flexionaba arriba y abajo. Sus huevos pesados, cubiertos de vello, me golpeaban la barbilla con un ruido sordo. La mandíbula me empezó a doler. El ardor se me extendió hasta las sienes. El coño me latía sin parar. Otro hilo de flujo me bajó por el muslo.

—Mírame mientras me la chupas —ordenó—. Quiero ver tu cara de puta. Dime si la de tu marido te atraganta la boquita de zorra que tienes, como la mía.

Saqué la verga un segundo para responder, con la baba colgando de los labios:

—No… la de Gonzalo no… la tuya sí… me llega más hondo…