XI. La rendición #4
Dionisio estaba parado en el umbral. Acababa de salir de bañarse.
Llevaba puestos unos pantalones sueltos, colgados abajo de la cadera.
Estaba descalzo. Su torso ancho y lleno de vello negro estaba descubierto, húmedo por gotas de agua.
Emanaba un olor a jabón neutro. Traía una toalla pequeña colgada del cuello.
Me miró de arriba a abajo con sus ojos oscuros. Su rostro mantuvo una expresión neutral.
—Buenas tardes, vecina —dijo con voz grave y profunda—, qué milagro.
Tragué saliva. Mi postura era rígida. Crucé los brazos bajo mis pechos.
—Dionisio. Necesito hablar contigo seriamente.
Él ladeó la cabeza, dio un paso hacia atrás y dejó la puerta abierta de par en par.
—Pásale. Adentro platicamos.
Sentí una contracción muscular en las piernas. El pánico y la excitación guiaron mis pasos hacia adelante. Crucé el umbral. Dionisio cerró la puerta a mis espaldas y le pasó el cerrojo. El sonido metálico resonó en la sala, provocándome un calambre en el estómago.
El departamento olía a humedad de baño reciente. La sala estaba ordenada.
Dionisio caminó hacia el centro del espacio, se quitó la toalla del cuello y se secó el cabello corto antes de tirarla sobre una silla. Se giró hacia mí, cruzándose de brazos sobre su pecho musculoso.
—Te escucho, Meche.
Mantuve la mirada fija en sus ojos. Utilicé un tono de voz bajo y controlado.
—Vine a detener esto, Dionisio. Tengo mucho miedo. Siento una angustia constante en el pecho. Amo a mi esposo. Amo a mi hijo Pablito. Llevo diez años construyendo mi familia y me aterra perder mi hogar por el deseo sexual que siento.
Dionisio asintió lentamente, manteniendo su expresión neutral.
—Hablas muy bonito, Mercedes —Dionisio usó un tono sereno, analítico—. Mencionas a tu familia, tus diez años de matrimonio. Tienes un discurso moral muy elaborado. ¿Pero eso a mí qué?
Dionisio bajó los brazos y dio dos pasos hacia mí.
—Si tienes tanta culpa, explícame la razón de tu visita.
—Necesitaba decírtelo a la cara —dije, sintiendo la garganta apretada—. Necesitaba que entendieras que esta situación me está destruyendo psicológicamente. Quería que tú me rechazaras.
Dionisio inclinó un poco la cabeza.
—¿Quieres que yo tome la decisión por ti? Quieres que yo te obligue a salir por esa puerta para sentir tu conciencia limpia.
—Tengo miedo de mí misma, Dioni. Siento un malestar físico. Mi cuerpo me exige cosas que mi mente rechaza.
—Tu mente está llena de culpas. Tu cuerpo sabe perfectamente lo que necesita —Dionisio señaló mi pecho con la barbilla—. Mírate las tetas, Meche. Tus pezones están completamente duros, marcando la tela del vestido. Estás respirando por la boca.
—Me vestí así por el calor de la tarde —respondí, sintiendo un bochorno subiendo por mis mejillas.
—Te vestiste como una puta porque quieres que te folle.
—Por favor, sólo quiero que me lo hagas más fácil. Me duele escuchar eso que me dices —sollocé.
—Te duele porque sabes que tengo razón —Dionisio me miró directo a los ojos—. Si de verdad quisieras salvar tu matrimonio, habrías permanecido en tu casa. Cruzaste el pasillo buscando excusas. Me estás pidiendo a gritos que te meta la verga.
—¡Yo solo quiero que me pongas todo más sencillo, Dioniosio! ¡No quiero perder a mi familia!
—Mírame a los ojos y dime que te satisface volver a la cama con tu marido.
Tragué saliva, intentando formular una respuesta coherente.
—Él me ama. Él me trata bien.
—Te pregunté sobre tu satisfacción sexual —Dionisio acortó la distancia, quedando a medio metro de mi rostro. El calor de su cuerpo chocó contra mi piel.
—A ti no te importa mi vida sexual con mi marido.
—Es que ni siquiera tienes qué decirme cómo es tu vida sexual con ese pobre diablo. Es evidente que es patética tu vida sexual con ese imbécil. Tan es así, que buscas cualquier excusa para venir a exhibirte conmigo tal y como lo hacen las putas.
—¡Por eso mismo… necesito… que te alejes de mí!
—¡Pero eres tú la que has venido a mi casa a ofrecérteme como una prostituta de esquina!
—¡Porque te deseo! —le confesé al fin, sintiendo las lágrimas escurrir por mi cara—. ¡Dime qué hago con esta culpa!
—No tienes que hacer nada con la puta culpa, solo asume la responsabilidad de tus actos. Deja de usar a tu marido como escudo —Dionisio bajó la voz a un susurro denso—. Confiesa lo que quieres de mí.
Mi respiración producía un sonido alto en la sala silenciosa. Mi vulva latía con una punzada dolorosa.
—Tengo ganas de ti. ¡Me excitas… cada vez que pienso en ti me mojo y me pongo cachonda! —me humillé.
—Dilo claramente. Dime qué quieres que te haga.
Levanté la mirada, rindiendo mi voluntad por completo.
—Quiero que me penetres. Necesito sentir tu verga adentro de mi vagina. Te deseo sexualmente, Dioni.
Dionisio sonrió. Mostró una expresión de satisfacción absoluta.
—Eso era todo lo que tenías que hacer desde el principio, preciosa.
Y entonces, Dionisio extendió sus manos, me agarró de la cintura con una fuerza firme y me pegó por completo a su cuerpo desnudo.
—Te voy a poner la follada de tu vida… y te vas a olvidar de tu hijo y de tu marido para siempre…