XI. La rendición #3
—Te digo que sí… hablamos ya de esto. De hecho ella ya no quiere que te le acerques.
Dionisio soltó una carcajada seca y dio un trago a su vaso.
—¿Te estás burlando de mí?
—No, no… solo… se me hace raro que te haya dicho eso.
—¿Que me haya dicho qué, exactamente?
Dionisio inclinó la cabeza, como si le resultara graciosa mi insistencia.
—Pues que yo voy detrás de ella… —repitió, saboreando las palabras—. Porque yo no voy detrás de ella…
—Pues ella me lo dio a entender —dije.
—Qué conveniente. Entonces dime, Gonzalo…
si yo no voy detrás de nadie, ¿por qué tu mujer baja la mirada cada vez que me cruza en las escaleras?
¿Por qué se pone colorada cuando le digo “buenas noches, vecina”?
¿Por qué el otro día, cuando salió a tirar la basura en short y camiseta, se quedó parada tres segundos de más mirándome antes de entrar corriendo?
Sentí que la sangre me subía a la cara.
—Eso no significa nada. Mercedes es… es nerviosa. Tú la asustas.
—¿La asusto? —Dionisio sonrió de lado y dio otro trago—. A ver si entendí: tu mujer, la misma que según tú quiere “salvar el matrimonio”, se asusta tanto de mí que se queda mirándome el cuerpo cuando cree que nadie la ve. Interesante teoría.
Me tragué saliva.
—Ella me prometió que te va a ignorar. Que si te ve, va a mirar al piso.
—¿Y tú le creíste? —preguntó él, acercándose un paso más—. Porque yo sí la he visto mirar al piso… pero solo después de haberme mirado primero. Y no al piso exactamente. Más bien a la entrepierna.
El silencio se alargó un segundo demasiado.
—No tienes derecho a hablar así de mi esposa —dije, aunque la voz me salió más débil de lo que pretendía.
Dionisio soltó una risa baja, casi paternal.
—Tranquilo, no estoy hablando mal de ella.
Al contrario. Las mujeres como Mercedes son las que más me gustan.
Las que aman a su marido, las que tienen valores, las que se sienten culpables…
esas son las que después se ponen de rodillas más fácil.
Porque cuando por fin se rompen, lo hacen completo. No a medias.
Me miró directo a los ojos.
—Y te voy a decir algo más, para que no te hagas ilusiones: yo no necesito perseguir a nadie. Cuando una mujer ya tiene la semilla plantada… solo es cuestión de esperar. Y si tu Mercedes viene a mi casa, ¿quién soy yo para rechazarla?
Escuchar esas palabras me provocó una opresión dolorosa en el pecho. Sentí una punzada en el estómago y el ácido gástrico subió por mi esófago.
—Te lo suplico, Dionisio —dije. El agua llenó mis ojos y unas lágrimas resbalaron por mi cara. Junté las manos frente a mi rostro—. Te traje la botella en son de paz. No quiero tener problemas. Deja a mi esposa en paz. Si ella te busca, dile que se vaya. Recházala. Ciérrale la puerta. Por favor.
Dionisio me observó por varios segundos en silencio. Su expresión se relajó, mostrando lástima, lo cual me hizo sentir un dolor profundo en mi autoestima.
Se incorporó. Caminó hacia mí y me dio un par de palmadas pesadas en el hombro.
—Levántate, Gonzalo. Vete a tu casa y lávate la cara —me ordenó.
Me puse de pie, secándome las lágrimas con el dorso de la mano.
—¿Pero me prometes lo que te estoy pidiendo? —pregunté, necesitando escuchar su confirmación.
Dionisio cruzó los brazos sobre su pecho.
—Te hablo claro, Gonzalo. Yo no voy a ir a buscarla. No le voy a mandar mensajes, ni le voy a ir a tocar tu puerta. Si ella se queda en su casa, por mí no hay ningún problema. Yo tengo muchas mujeres.
Sentí una relajación inmediata en los músculos de mi espalda. Solté el aire acumulado en mis pulmones.
—Gracias... te lo agradezco.
—Pero escúchame bien —su voz se volvió áspera, y dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio—.
El problema es tu vieja. Si ella cruza esta puerta por su cuenta...
si ella viene a mi casa a buscar la verga que tú no le puedes dar...
yo no la voy a correr. Si entra, le voy a dar exactamente lo que venga a suplicar. ¿Te queda claro?
El miedo regresó, provocándome un temblor en las rodillas. Tragué saliva y asentí con la cabeza en silencio.
Ella jamás iría a ese inmundo departamento por su propia voluntad. Y eso, la verdad, me llenó de tranquilidad.
Así que salí al pasillo y cerré la puerta. Había logrado que él prometiera no buscarla. Si Mercedes cumplía su promesa del lunes, estaríamos a salvo.
Mercedes Miércoles (Horas antes)
Estaba sentada en el sofá de la sala. Mi teléfono vibró sobre la mesa de cristal. Era un mensaje de mi hermana Andrea. Teníamos planeado salir a tomar café.
“Hubo un choque fuerte en López Mateos. El tráfico está parado. No voy a poder llegar, Meche, cancelamos hoy, ¿va?”
Leí el texto. Mi frecuencia cardíaca aumentó drásticamente. Sentí un calor fuerte subir desde mi estómago hasta mi cara. Mis manos empezaron a temblar al sostener el celular.
Las condiciones eran perfectas. Pablito estaba vestido y Doña Rosa lo cuidaría un par de horas. Gonzalo salía a las cinco y media de la fábrica y llegaba después de las seis. Tenía dos horas sola en el edificio, con Dionisio a un pasillo de distancia.
La culpa oprimió mi pecho. Pensé en la promesa que le hice a Gonzalo el lunes por la noche. Pensé en sus lágrimas. Pero la punzada eléctrica en mi clítoris y la humedad entre mis muslos eliminaron mi capacidad de raciocinio. La adicción física dominó mi cerebro.
Escribí la respuesta en la pantalla: "No te preocupes. Nos vemos la próxima semana."
Dejé el celular en la mesa. La decisión estaba tomada.
Fui al cuarto de Pablito, lo agarré de la mano y lo llevé al primer piso.
Se lo dejé a Doña Rosa y subí las escaleras corriendo, sintiendo la fricción de mis muslos rozándose, mojados por mi propio flujo.
Entré a mi departamento y fui directo a la recámara. Me quité la ropa frente al espejo de cuerpo entero. Mi piel estaba enrojecida por el calor. Mis pezones se endurecieron al contacto con el aire del cuarto. Respiraba rápido por la boca.
Abrí el clóset. Elegí un vestido ajustado, color gris perla, de tirantes muy finos. La tela se amoldaba a la piel. Evité usar brasier de manera deliberada. Quería que mis pezones se marcaran en la tela y que Dioni viera mi excitación.
Me quité las bragas humedecidas y saqué una tanga de hilo de encaje negro.
Me la puse. Tiré del hilo trasero hacia arriba para que se encajara profundamente entre mis nalgas.
Logré que la tira delgada de encaje frotara directamente contra mi clítoris.
El roce me causaba pequeños dolores eléctricos al caminar, incrementando mi secreción de flujo.
Me dejé el cabello suelto. Me apliqué un brillo labial rojo y me rocié perfume floral en el cuello.
A las 4:25 p.m., salí al pasillo del tercer piso.
El hilo de la tanga frotó mi vulva. Sentí un líquido tibio empapar la tela negra por completo. Llegué a la puerta número cuatro.
Mi entrepierna palpitaba con un ritmo constante.
El deseo sexual se manifestaba como un dolor físico. Sentía un ardor persistente en mis labios vaginales, segregaba un flujo espeso que manchaba el encaje negro, y experimentaba una pulsación en el bajo vientre.
El orgasmo solitario del lunes por la noche había empeorado mi sensibilidad.
—Necesito detener esta ansiedad —me dije en voz alta apretando las manos.
Di los tres pasos hacia la puerta número cuatro. Sentí los latidos de mi corazón golpeando contra mi pecho. Levanté la mano y toqué tres veces a la puerta.
Escuché el sonido del agua de una regadera cerrándose al fondo, y luego pasos lentos acercándose.
La puerta se abrió.