Mi mujer y el vecino de Enfrente XI. La rendición #2
72%

XI. La rendición #2

Mercedes se quedó de pie frente a la cama.

El sostén de encaje blanco apenas contenía aquellas tetas enormes.

Siempre habían sido grandes, pero esa noche, con el maquillaje corrido y el cabello suelto, se veían todavía más pesadas, más obscenas.

Cuando me arrodillé y le bajé el calzón, sus pechos cayeron libres y pesados sobre su pecho.

Los tomé con ambas manos. No cabían del todo.

La carne se desbordaba entre mis dedos. Apreté fuerte y ella soltó un gemido gutural, casi animal.

Me subí encima. Separé sus muslos con las rodillas. Entre las piernas de Mercedes se abría una vulva carnosa. El vello púbico era rubio oscuro, recortado en un triángulo prolijo pero denso, lo bastante cerrado como para que se notara el contraste con la piel blanca de sus muslos.

Los labios mayores estaban hinchados, gordos, casi hinchados de excitación; se entreabrían solos y dejaban ver los labios internos, rosados y brillantes de humedad. Del centro de aquel boquete salía un hilo transparente que ya le había manchado el pliegue del muslo.

Agarré mi verga y la froté dos veces contra aquella ranura resbaladiza. El calor era inmediato. Empujé.

—¡Ahhhh!

El glande se hundió de un solo golpe en un agujero caliente y excesivamente mojado. La sensación fue como meterse en un puño de carne empapada, sin resistencia real, solo una presión suave y resbaladiza que me tragó hasta la base.

El sonido fue húmedo, obsceno: un plop sordo seguido de un chapoteo cuando mis caderas chocaron contra las suyas.

—Ahhh… sí… —gimió ella.

Mercedes no esperó. En cuanto me sintió completamente adentro empezó a mover las caderas con una violencia que no le conocía. Levantaba la pelvis y embestía hacia arriba, buscando que le llegara más profundo, más duro. Cada embestida producía un sonido sucio y rítmico:

Glup… glup… glup…

Sus tetas enormes rebotaban con cada movimiento, pesadas, golpeándose una contra la otra. El ruido de carne contra carne se mezclaba con el chapoteo de su coño chorreante. Ella gemía sin freno:

—Ahh… ahh… así… más fuerte… fóllame… métemela más adentro.

Pero por mi propia longitud de mi pene, no podía metérsela más adentro.

Entonces la agarré de las caderas y empecé a darle con todo.

El colchón se movía. Ella seguía levantando el culo y dejándolo caer contra mis caderas con fuerza, abriendo más las piernas, ofreciéndome aquel boquete empapado.

Los labios gordos de su vulva se aplastaban y se separaban alrededor de mi verga cada vez que entraba hasta el fondo.

El jugo le corría por el culo y manchaba las sábanas.

—¡Aaaah! ¡Ahhhhhh! —gritaba ella, pero no estaba seguro de si lo hacía porque sentía placer… o porque quería que sus gritos se oyeran en el departamento de enfrente.

—Vas a despertar al niño —le dije entre dientes, intentando taparle la boca.

Mercedes me apartó la mano. Sus ojos estaban vidriosos.

—Ahhh… quiero que me destroces este coño —jadeó, y giró la cadera de forma vulgar, casi circular, frotándose el clítoris hinchado contra la base de mi verga. El sonido se volvió todavía más húmedo:

Schlick… schlick… schlick…

Yo no iba a aguantar.

Mientras la escuchaba gemir como una perra y sentía cómo aquel agujero empapado me exprimía, la pregunta me atravesó la cabeza otra vez: ¿cuánto mediría la verga de Dionisio?

¿Mercedes ya se la había visto? ¿Ya se la había metido?

¿Había sentido una verga más gruesa, más larga, abriéndole estos mismos labios gordos hasta el límite?

El pensamiento me empujó al borde en segundos.

—Meche… me vengo —avisé, casi avergonzado.

Empujé tres veces más, rápido, y me corrí. Mi semen salió débil, prematuro. Me vacié dentro de aquel boquete empapado y me quedé temblando encima de ella, con la verga todavía dando espasmos.

Mercedes no se había corrido.

Me miró desde abajo. Sin decir nada, metió dos dedos entre sus labios gordos, justo al lado de mi verga flácida, y empezó a masturbarse con movimientos rápidos y sucios. El sonido de sus dedos chapoteando en el semen y en su propio jugo llenó el cuarto:

Schlick-schlick-schlick…

Seguí encima de ella, con mi pene flácido, viendo cómo mi esposa se tocaba a falta de mi vigor. Entonces ella cerró los ojos y se frotó el clítoris hinchado con furia, las tetas enormes temblando con cada sacudida de su brazo. Gemía bajito ahora, concentrada solo en ella:

—Mmm… ahh… así…

Cuando por fin se corrió, lo hizo apretando los muslos contra su propia mano, con un temblor largo y un gemido ahogado. Un chorrito extra de fluido le salió entre los dedos y se mezcló con mi semen.

Me retiré. Los labios gordos de su vulva quedaron entreabiertos, rojos, brillantes, dejando escapar un hilo espeso que le corría hacia el culo.

Yo me senté al borde de la cama, con la verga blanda y la cabeza llena de la imagen de Dionisio abriendo ese mismo coño.

Luego me quedé mirando el techo, sintiendo el dolor punzante en el pecho. Sabía que su intento de volver a la normalidad estaba fracturado por una necesidad física y psicológica que yo no podía satisfacer.

El martes transcurrió en una tensa calma.

Mercedes actuó con total rectitud. Llevó al niño al kínder, regresó rápido, trabajó en su computadora, preparó la comida y me recibió con un abrazo cuando llegué de la fábrica.

No hubo música de banda por la noche. No hubo cruces en el pasillo.

Creí que el amor y la razón de mi esposa eran suficientes para mantener a raya el peligro.

Pero la angustia persistía en mi estómago de manera constante.

Sabía que Dionisio no se iba a detener solo porque ella lo ignorara.

Si mi esposa estaba dispuesta a luchar por nuestra familia, yo, como su esposo, tenía que hacer mi parte para garantizar que él no la provocara más.

Tenía que ir a hablar con él, de hombre a hombre, y exigirle que la dejara en paz definitivamente.

Por eso, el miércoles, tomé mi decisión definitiva en la oficina.

Salí de la fábrica a las cinco y media de la tarde. Caminé dos cuadras hasta una vinatería y compré una botella de Buchanan's. Me subí al camión y bajé en mi colonia. Subí las escaleras de mi edificio con la bolsa de plástico en la mano.

El miedo a enfrentar a Dionisio me provocaba un temblor visible en los dedos de las manos y un dolor agudo en la boca del estómago. La presión en mi pecho dificultaba mi respiración.

Me paré frente a la puerta número cuatro. Levanté la mano. Toqué la madera con los nudillos tres veces.

—B-buenas tardes, Dionisio… —dije, y esperé un rato.

Escuché pasos pesados. El seguro de metal hizo un chasquido fuerte. La puerta se abrió hacia adentro.

Dionisio apareció en el umbral. Llevaba puestos unos pantalones cortos deportivos grises. Su torso estaba desnudo y la piel de su pecho y hombros brillaba por el sudor. Respiraba de forma profunda y rápida, con el pecho expandiéndose.

¿Qué era ese aroma tan fuerte allá adentro? ¿Por qué él estaba tan rojo?

Me miró desde su altura. Sus cejas se juntaron, formando una expresión hostil.

—¿Qué quieres, Gonza? —preguntó, con voz ronca—. ¿Vienes a joder con el ruido otra vez, o qué chingados quieres a esta hora?

—Buenas tardes —dije primeramente. Mi voz salió débil. Sentí la garganta seca. Levanté la bolsa de plástico—. Traje esto. Quería platicar contigo. Unos minutos. De hombre a hombre.

Dionisio miró la botella. Se hizo a un lado lentamente.

—Pásale, pues. Sirve que descanso cinco minutos de las putas pesas.

Entré al departamento. Caminé hacia la sala. Me indicó con la barbilla que me sentara en el sofá de cuero negro rasgado. Me senté en la orilla, manteniendo las rodillas juntas. Él fue a la cocina, trajo dos vasos de vidrio, abrió la botella que le entregué, sirvió las bebidas y me dio un vaso.

Se recargó en la pared frente a mí, cruzando los brazos sobre su pecho, y bebió la mitad del licor de un solo trago.

—Bueno, habla —exigió Dionisio, mirándome fijo.

Tomé aire. El ritmo de mi corazón era muy rápido.

—Vine a pedirte que dejes a mi esposa en paz —dije, directo.

Mis manos apretaban el vaso de vidrio con tanta fuerza que mis nudillos dolían—.

El lunes hablé con Esperanza, tu mujer. Me buscó.

Me dijo todo lo que hacían. Me detalló cómo la tratabas, cómo la insultabas, y cómo destruyes el matrimonio de otras personas para tu propio beneficio.

Sé que le dijiste a Esperanza que Mercedes era tu nuevo objetivo.

Dionisio dejó de recargarse en la pared. Su cuerpo se puso rígido. Noté una contracción en los músculos de su mandíbula. Soltó el aire por la nariz y empezó a reír. Fue una risa ruidosa. Caminó hacia la mesa y se sirvió más whisky.

—Mi querida Esperanza... —dijo, dándome la espalda por un segundo—.

No puedes creer todo lo que te dice una mujer despechada, ¿sabes por qué se fue ella?

, porque descubrió que no era la única mujer que me follaba.

Se fue por celos, no por todas esas mierdas que me te dijo.

Se va por celos y ahora anda echando culpas por todos lados.

Se giró hacia mí. Su mirada mostraba una superioridad que me causó un dolor real en el orgullo.

—Te voy a explicar cómo funcionan las cosas en la vida real, Gonza —Dionisio se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus piernas anchas—.

Yo no obligo a ninguna mujer a que venga a mi casa, se quite la ropa y me chupe la verga.

Las ganas de putería ya las traen ellas metidas en la cabeza desde hace años.

Dio un paso hacia mí, apuntándome con el dedo índice.

—Yo solamente les abro la puerta —continuó, con voz firme—. Yo solamente les doy mi polla, la fuerza y la violencia que sus mariditos blandos no tienen los huevos de darles. Ellas vienen solitas a rogarme.

—Eso por supuesto no sucede con la mía —me apronté a responder. De hecho, mi mujer y yo hemos arreglado nuestras cosas, y ella misma, Meche, ha dicho que quiere salvar nuestro matrimonio.

—¿En serio? —me dijo Dionisio, y por un segundo vi que con una mueca trataba de burlarse.