Mi mujer y el vecino de Enfrente XI. La rendición
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XI. La rendición

Llegué a mi departamento después de hablar con Esperanza en la fonda.

Mis manos presentaban un temblor constante al meter la llave en la cerradura.

Sentía una tensión muscular fuerte en la parte frontal de mi cabeza y una rigidez dolorosa en los músculos del cuello y los hombros.

El miedo y la ansiedad dominaban mi estado mental.

Abrí la puerta y caminé hacia el comedor.

Mercedes estaba sirviendo la cena. La mesa de madera estaba arreglada con cuidado.

Había un plato grande con pasta, un corte de carne asada y una botella de vino tinto abierta con dos copas de cristal.

Pablito ya estaba dormido en su cuarto; la televisión estaba apagada y el departamento estaba en completo silencio.

Me detuve a mirarla. Llevaba puesto un vestido azul marino de tela suave que le llegaba a las rodillas, ajustado en la cintura, resaltando la forma de sus caderas.

Estaba peinada con el cabello rubio recogido en una pinza, y noté el maquillaje en sus ojos y el labial rojo en sus labios.

Se veía hermosa. Verla ahí, arreglada para cenar conmigo en nuestra casa, me generó un alivio temporal y una necesidad profunda de abrazarla.

Quería protegerla. Quería creer en ella.

—Hola, Gonza —me dijo, notando mi presencia. Su voz sonó tranquila, con un tono amable. Dejó las pinzas de servir sobre la mesa y me dedicó una sonrisa—. Lávate las manos. Ya serví la cena. Hice tu pasta favorita y compré carne.

Dejé mi maletín en la silla. Caminé hacia ella, rodeé la mesa y la abracé por la cintura. Ella me devolvió el abrazo, apoyando su cabeza en mi pecho. Respiré profundo, sintiendo el contacto de su cuerpo contra el mío.

—Te ves hermosa hoy, Meche —le dije, mirándola a los ojos. Sentí un aumento en mi frecuencia cardíaca por el amor que le tenía—. Muchas gracias por preparar todo esto. Huele muy bien.

—Quería que tuviéramos una cena bonita los dos solos —respondió ella, acariciándome la mejilla con su mano derecha—. Has andado muy estresado por el trabajo. Siéntate, te sirvo el vino.

Me senté en la cabecera de la mesa. Ella se sentó a mi lado derecho. Tomó la botella y vertió el líquido oscuro en mi copa. El sonido del cristal me dio una sensación de normalidad. Empezamos a comer. Masticaba la carne, disfrutando el sabor, mirándola constantemente.

—La carne está en su punto perfecto —le comenté, tomando un trago de vino—. ¿Cómo se portó Pablito hoy en la tarde?

—Muy bien. Lo puse a hacer unos dibujos en la sala mientras yo terminaba de mandar unos correos de una campaña. Cenó temprano y cayó rendido a las ocho —dijo ella, enrollando un poco de pasta en su tenedor—. ¿Tú cómo estuviste en la fábrica? Te noto cansado de la cara.

—Tuvimos mucho trabajo. El ingeniero Márquez me pidió revisar los inventarios de todo el mes pasado. Me la pasé frente a la computadora casi todo el turno —expliqué, bajando la mirada a mi plato.

La conversación fluyó sobre temas cotidianos durante unos quince minutos. Hablamos de los gastos del mes, de las colegiaturas del kínder y de la despensa. Mercedes me escuchaba con atención.

Su actitud era completamente receptiva. Quería alargar ese momento de paz, disfrutar a mi esposa, pero la información que Esperanza me había dado en la fonda me oprimía el pecho con un dolor físico real.

Tenía que hablar con ella. Tenía que advertirle del peligro que corríamos viviendo frente a Dionisio.

Dejé los cubiertos sobre el plato. Tragué saliva. Junté mis manos sobre la mesa y la miré directamente.

—Meche, necesito platicar contigo sobre algo muy serio —dije. Mi voz salió con un tono grave.

Mercedes detuvo su tenedor a medio camino de su boca. Sus músculos faciales se tensaron. Bajó la mano lentamente y me sostuvo la mirada.

—¿Qué pasa, Gonzalo? Me estás asustando —preguntó, frunciendo ligeramente el ceño.

—Hablé con Esperanza hoy por la tarde —dije, directo.

Mercedes soltó el tenedor sobre el plato de cerámica.

El ruido metálico fue agudo. Su cuerpo entero se quedó inmóvil.

Vi cómo los músculos de su mandíbula se apretaron y su respiración se detuvo por completo durante varios segundos.

Sus pupilas se dilataron. La piel de su rostro perdió color, poniéndose pálida.

—¿Qué haces hablando con ella? —preguntó.

Su voz salió aguda, con un volumen muy bajo.

—Me buscó afuera de la fábrica —respondí, manteniendo el contacto visual.

Empecé a sentir un dolor agudo en el estómago, un retorcijón de pánico—.

Me contó con mucho detalle todo lo que Dionisio le hacía.

Me explicó sus métodos... para seducir a mujeres decentes…

Me dijo que él la obligaba a hacer cosas denigrantes, que la insultaba mientras tenían relaciones.

Me dijo que él destruye a las mujeres a propósito para su propio placer.

Y le conté todo, incluso exagerando en algunas cosas. También le hablé de la tal Valeria, la hija de su primera esposa, y Mercedes me escuchaba con atención.

El agua empezó a acumularse en los ojos de mi esposa rápidamente a medida que avanzaba la conversación.

Las lágrimas escurrieron por sus mejillas, arruinando su maquillaje.

Lloraba con una frustración absoluta. Sus lágrimas demostraban pánico.

Se llevó ambas manos a la cara y empezó a sollozar, haciendo ruidos ahogados con la garganta, respirando por la boca con dificultad.

—Y me dijo algo más, Meche —continué, acercando mi silla hacia ella, sintiendo una angustia asfixiante en la garganta—. Me dijo que Dionisio le advirtió que ahora quería hacerte lo mismo a ti. Que te había elegido como su nuevo objetivo. Que el ruido de la música era un plan para desestabilizarte.

—¡Basta, Gonzalo! ¡Por favor, ya cállate! —gritó ella, llorando, dando un manotazo en la mesa. Se levantó de la silla rápidamente y dio dos pasos hacia atrás—. No quiero saber de él. No quiero escuchar su nombre. Tengo mucho miedo en mi cabeza.

Me levanté, caminé hacia ella y la abracé. Apreté su espalda con mis manos. Su cuerpo temblaba con violencia. Sentir su vulnerabilidad me dio valor.

—Dime la verdad, Meche —le pedí, bajando la voz, acercando mis labios a su oído—. Necesito saberlo para poder protegerte. ¿Él te obligó a algo cuando fuiste a reclamarle aquella noche? ¿Haz ido en otras ocasiones con él? No me enfadaré, no ahora que sé que ese era el objetivo del hijo de puta.

Ella frotó su rostro contra la tela de mi camisa. Lloraba con desesperación.

—Tengo pensamientos que me dan terror, Gonza... me siento muy mal de mi cabeza —sollozaba ella, apretando la tela de mi espalda con sus manos—. No me dejes sola. Yo te amo a ti. Yo amo a Pablito. Quiero salvar nuestra familia. Te lo juro por mi vida.

Escucharla decir que me amaba hizo que la presión en mi pecho disminuyera.

Ella estaba consciente del peligro. Estaba asustada de la manipulación de ese policía.

Evitó responder a mi pregunta directa sobre si se había acostado con él, pero su llanto y su declaración de amor me bastaron en ese momento.

—Tenemos que irnos de aquí —le dije, separándola un poco para mirarla a la cara.

Le limpié las lágrimas de las mejillas con mis pulgares—.

Mañana mismo hablo con un agente inmobiliario.

Traspasamos el crédito del Infonavit. Nos vamos a otra colonia.

Lejos de este edificio, lejos de él. Podemos buscar un departamento en otro lugar.

Tenemos que hacer las maletas cuanto antes, cariño.

Mercedes abrió los ojos, parpadeando rápido. Negó con la cabeza, sorbiéndose la nariz.

—No, Gonzalo. Renunciar a la casa es una locura —dijo, mirándome con los ojos rojos—.

Llevamos diez años pagando este departamento.

Pablito ya tiene su lugar en el kínder a dos cuadras y le gusta mucho su maestra.

Tú haces media hora a la fábrica desde aquí.

No tenemos dinero ahorrado para pagar mudanzas y depósitos nuevos.

Nuestras tarjetas de crédito están saturadas.

Y no podemos irnos solo porque un hijo de puta nos está destruyendo la vida.

—Pero Meche, el dinero es secundario ahorita. Si nos quedamos, ese tipo va a seguir insistiendo, va a seguir hostigándote, te va a seguir buscando.

—¡Yo no voy a huir como una cobarde! —levantó un poco la voz, mirándome con fijeza, con las lágrimas aún cayendo—.

No podemos abandonar nuestro propio hogar por culpa de un vecino.

Yo no voy a dejar que un policía borracho nos deje en la ruina económica.

Todo va a estar bien, Gonzalo. Yo me voy a encargar de eso.

—¿Qué me prometes? —pregunté, sintiendo que la inseguridad volvía a apretarme el estómago.

—Prometo que yo me voy a controlar —dijo ella, agarrándome las manos, apretándolas con fuerza—.

Te juro que lo voy a ignorar por completo.

Si me lo topo en las escaleras, voy a mirar al piso.

Si pone música, me voy a poner tapones en los oídos y me voy a encerrar en el cuarto.

Te lo juro por ti y por nuestro hijo, Gonzalo. Él no va a lograr destruirme.

—¿Estás segura, Meche? Esperanza me dijo que él sabe cómo quebrar la voluntad de las personas.

—Estoy segura —Mercedes me abrazó de nuevo, rodeando mi cuello con sus brazos, pegando su rostro a mi pecho—. Perdóname, Gonza. De verdad, perdóname por todo lo que te he hecho sufrir estos días. Yo quiero estar bien contigo. Vamos a la recámara, ¿sí?

La miré a los ojos. Vi un deseo desesperado en sus pupilas. Asentí con la cabeza.

—¿Te refieres a…?

—Sí, quiero que me hagas el amor…por favor.

Sonreí, sorprendido, feliz.

Dejamos la cena a medias. Caminamos hacia nuestra recámara. Cerramos la puerta.