X. La advertencia #3
—¡Puta madre, Gonzalo, despierta! Esa era la trampa —Esperanza sonrió con una amargura que le deformó la cara—.
Dionisio es un animal, sí, pero no es idiota.
Él es un depredador. Él disfruta quebrando a las mujeres por dentro.
Su fetiche, su puto morbo más grande, no son las rameras que cobra en la calle o en los antros.
A él le gustan las mujeres "decentes". Las señoras alzadas, presumidas, abnegadas, las profesionistas que lo ven con asco, las que se creen superiores.
Le excita agarrar esa superioridad, arrastrarla por el fango a nalgadas, insultos y cogidas brutales, hasta convertirlas en las perras más sumisas, babosas y asquerosas del mundo.
Me quedé sin aire. Me acordé de Meche justificando a las putas en la azotea, pajeándose en la madrugada.
—¿A t-ti... a ti te hizo eso? —pregunté, tartamudeando, sintiendo que el corazón me iba a estallar.
Esperanza asintió, y una lágrima gruesa se le escurrió por el rímel corrido.
—Me hizo mierda la cabeza, Gonzalo. Me pudrió el alma —confesó, llorando quedito, sin importarle quién nos viera en la fonda—.
Yo era igual que tu esposa. Educada, seria, una mujer con ética y con moral.
Pero él empezó con detallitos. Luego me insultaba cogiéndome.
Me decía que era su gata. Luego me lastimaba...
¿sabes lo que me obligaba a hacer, Gonzalo?
Me ponía en cuatro patas en la sala, encuerada, abría la puerta del pasillo de par en par, y me decía que si me movía mientras me la ensartaba, iba a gritarles a ustedes para que me vieran escurriendo de su leche.
Me tapé la boca con la mano. El terror me invadió por completo.
—¿T-te pegaba? —pregunté, imaginándome a Meche sufriendo eso.
—Me pegaba donde no se veía —dijo ella, con la voz rota—.
Me dejaba las nalgas moradas de los putazos.
Y me obligaba a ir al súper así, sin calzones, con la panocha escurriendo de su semen para que me rozara la ropa de mezclilla y me acordara de él con cada maldito paso que daba.
Te hace adicta al dolor, a la humillación, a sentir que no vales nada sin su puta verga.
Yo me estaba volviendo una ninfómana asquerosa.
Por eso hui de ese edificio antes de que cumpliera su última fantasía: me quería amarrar en un callejón y dejarme violar por diez cabrones vagabundos, y lo peor...
es que yo sé que se lo iba a terminar pidiendo de rodillas.
Las lágrimas me brotaron a mí también. Era demasiado. Me sentía físicamente enfermo, con ganas de vomitar, pero a la vez, el puto morbo de escuchar las atrocidades del vecino me estaba endureciendo el miembro contra la silla.
—Cuando yo agarré mis maletas y me fui...
el cabrón se rio en mi cara —siguió Esperanza, implacable, clavándome las uñas en mi mano sobre la mesa—.
Me dijo textualmente: "Lárgate, ya me aburriste, perra.
Ahora voy a pervertir a la fresita de enfrente.
A la señora de Gonzalo". Me advirtió que iba a usar el ruido de la bocina para volverlos locos.
—¿E-el ruido? ¿Era un plan?
—¡Todo es un puto plan, Gonzalo! Él sabía que tú no tienes los huevos para pararte a romperle la madre.
Te vio débil desde el día uno. Me decía: "Mira a ese oficinista pendejo, le voy a robar a su mujer y me la voy a follar en su puta cara".
Sabía que la desesperación por no dormir y tu falta de pantalones iban a empujar a Meche a ir ella solita a reclamarle en la noche.
Y eso quería. Que cruzara su puerta. Porque en el pasillo ella manda, pero allá adentro...
en su cueva, el juego es suyo. Las somete hasta… transformarlas.
Las piezas encajaron como navajazos en mi cerebro.
La música, las burlas en el estacionamiento, la risa de Dionisio mientras se lavaba la patrulla...
todo fue una trampa diseñada para exhibir mi cobardía y quebrar la resistencia de Meche.
Y yo, con mi miedo de mierda, le había servido a mi esposa en bandeja de plata.
—Ella... ella ya fue, Esperanza —sollocé, tapándome la cara de la pura vergüenza, rindiéndome, confesando mi miseria absoluta en la fonda—.
Ella fue la semana pasada al departamento de tu marido.
El viernes en la madrugada. Y luego... no sé si ha ido otra vez sin que yo lo sepa, pero… ella está transformada. No es la misma.
Esperanza ahogó un grito. Se tapó la boca. El terror, un pánico genuino, le brilló en los ojos. Soltó mi mano como si quemara.
—¡No puede ser, Gonzalo! —susurró, pálida como un muerto—. Te aseguro que si tu mujer le dio entrada… Dionisio no parará hasta destruirla mentalmente.
—¿Es posible todo eso que me dices, Esperanza?
—¡Por supuesto que es posible, te lo digo yo!
—me siseó Esperanza, furiosa, golpeando la mesa—.
Gonzalo, escúchame bien. Si Meche ya se le metió dos veces por su propio pie...
Dionisio ya la empezó a romper. Usa dolor, semen, celos y la humillación de saber que su marido es un cobarde para quebrarles la voluntad.
Si ella te comienza a ocultar cosas… pfff…
—Ella... anoche incluso se estaba pajeando en nuestra cama... y gimió su puto nombre, Esperanza... dijo "Dioni" y no sé qué cosas más... —escupí la verdad más asquerosa, sintiéndome destrozado, humillado ante su amiga.
Esperanza cerró los ojos, derrotada, recargándose en el respaldo de plástico.
—Pues entonces tienes que hacer algo pronto.
Estás a un pelito de perderla para siempre —sentenció, con una voz que sonaba a funeral—.
Dionisio no se las coge a la primera. Primero las hace dependientes a él.
Las humilla. Las rechaza. Las hace rogar de rodillas para que ellas mismas se sientan como rameras baratas.
Y para rematar, tiene a otras ahí adentro para darles celos. Hasta a su propia hijastra, a Valeria.
—¿Una hijastra? ¿Este enfermo mental se está fornicando a su propia hijastra?
—Sí, la niñita bien de familia, hija de su primera esposa —Esperanza soltó una risa amarga—. Inclusa la tatuó, igual que como me tatuó a mí.
—¿Que te tatuó, dices? —me llevé las manos a la cara.
—Es un enfermo, Gonzalo, te lo estoy advirtiendo de verdad.
La revelación fue asquerosa. Todo tenía sentido.
Ahora entendía el desapego, el rechazo, el asco con el que Meche me veía.
Dionisio probablemente no solo le estaba metiendo el pito; le estaba metiendo su veneno tóxico para que ella misma se ofreciera como esclava, movida por un morbo asqueroso y una competencia enferma.
Mi esposa decente estaba peleando con putas y estudiantes por la atención de un simio.
—¿Q-qué hago, entonces, Esperanza? —supliqué, llorando a moco tendido en la fonda, sorbiéndome los mocos, valiéndome madre que los comensales de al lado nos miraran—. ¡Dime qué hago! ¿Le reclamo a Mercedes? ¿La corro?
Esperanza me vio con una lástima tan inmensa que me hizo querer morirme ahí mismo.
—No le vayas a reclamar a lo pendejo, Gonzalo, porque si le haces un pedo y la obligas a elegir horita...
se va a ir con él —me advirtió, apuntándome con el dedo—.
La adicción que les produce Dionisio es mil veces más fuerte que la puta razón o el amor de un marido como tú.
Te va a odiar por querer alejarla de lo que le excita.
Y Dionisio te va a romper la cara a ti si te cruzas en su puto juego.
—¡Pero es mi esposa! ¡Pablito, mi hijo, está ahí de por medio! ¡No me la puede quitar así! —lloriqueé.
—Lo mejor que puedes hacer, Gonzalo, es poco a poco hablar con ella, pero sin reclamarle nada.
Y con el tiempo, tal vez empacar llevártela de ese edificio lo más pronto posible.
Sácate a Pablito de la escuela. Pide un traslado en tu fábrica.
Váyanse a otro estado. Haz lo que quieras, pero hazlo progresivamente, para que ella… lo pueda comprender.
Se levantó de golpe, agarrando su bolsa.
—Porque te lo juro por Dios, Gonzalo... si dejas pasar esto...
si Dionisio le truena los dedos y la sigue manipulando...
ya nunca, pero nunca, vas a poder recuperarla.
Y vas a tener que vivir en ese pasillo viendo cómo tu señora sale en tanga a gatas a rogarle al policía para que la folle, mientras tú cuidas al niño en la sala.
Sálvala de su propia putería ahorita, Gonzalo. O tu matrimonio terminará muy mal.
Esperanza dejó cincuenta pesos en la mesa, se puso sus lentes oscuros y se largó rápido del local, huyendo de los fantasmas que ella misma acababa de revivir.
Me quedé solo. Congelado en la silla.
La campana fúnebre de mi matrimonio me estaba reventando los oídos. Lo que me había dicho Esperanza era peor que mis pesadillas. Mi esposa no era una víctima, era una adicta en proceso. Y yo era el facilitador cobarde.
Saqué mi celular con la mano temblorosa. Eran las siete de la noche. Mi esposa, intoxicada por su propia destrucción, estaba en mi casa, a una pared de distancia del diablo. Y yo, el marido pusilánime, tenía que encontrar los huevos que nunca tuve para obligarla a huir.