Mi mujer y el vecino de Enfrente X. La advertencia #2
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X. La advertencia #2

—A las mujeres a veces les aburre el mismo sexo vainilla y aburrido de siempre con sus maridos —soltó Mercedes, y al decir la palabra "maridos", me miró de reojo a mí por una fracción de segundo.

Una puñalada directa al corazón—. Habrá mujeres que quieren que las traten así.

Quieren un macho de verdad que las domine.

Y él... Dionisio está en su derecho de invitar a quien quiera a su cama y hacerles lo que quieran si ella se deja.

Mientras no hagan escándalo afuera, no somos nadie para llamarlas putas ni para estarnos metiendo en las cogidas ajenas de la gente.

Me quedé con la boca abierta. Pendejo. Mudo. La mesa de plástico blanco vibró un poquito; bajé la vista y vi que la pierna de Meche estaba temblando de forma rítmica, frotando sus muslos por debajo de la mesa. Estaba excitada. Defender a esas "putas" en público la estaba calentando.

Mi esposa, la que semanas antes quería crucificar a las rameras que subían por las escaleras. Ahora... estaba ahí sentada, justificando las orgías de Dionisio. ¡Se estaba defendiendo a ella misma en nuestra puta cara!

Carmen se puso roja como tomate, intercambiando una mirada súper incómoda con Roberto.

—Sí, claro, Meche. Supongo que... que cada cabeza es un mundo. Una disculpa. Mejor... ¿qué les parece si partimos un pastelito para los niños? —cambió de tema rápido Roberto, cortando la tensión radiactiva que apestaba la azotea.

El resto de la tarde fue un funeral. Roberto y Carmen se despidieron temprano, recogiendo sus cosas casi huyendo.

Bajamos al depa en silencio. Mercedes se metió a bañar de inmediato.

Yo bañé a Pablito y lo acosté a las nueve.

La ansiedad me devoraba por dentro. Las palabras de Meche en la azotea eran la prueba definitiva de que algo se había roto en su cabeza.

Dionisio no solo la estaba seduciendo, sino que también la estaba reconfigurando la moral por completo.

A las diez y media de la noche, me metí a la recámara.

Mercedes ya estaba acostada. Me daba la espalda, tapada hasta la cintura. Llevaba una playera holgada de algodón.

Me acosté a su lado. El miedo al rechazo era paralizante, pero yo necesitaba saber que todavía era mi esposa, necesitaba sentirla mía, tratar de borrar la marca invisible que ese animal le había dejado en las nalgas y en la matriz.

Me acerqué a ella. Deslicé mi brazo por su cintura y pegué mi pecho a su espalda. Mi mano bajó con timidez por su cadera, intentando acariciar su pierna bajo las sábanas.

—Meche... mi amor... —susurré, dándole un beso suavecito en la nuca. Sentí que mi pito se empezaba a despertar. Yo quería ser tierno, quería recordarle quién era su esposo.

Pero en cuanto mis dedos le rozaron el muslo, su cuerpo pegó un brinco, como si le hubiera metido un toque de corriente eléctrica de cien voltios.

No fue un "no, ahorita no". Fue un manotazo violento. Me golpeó la mano con fuerza, quitándomela de encima con puro asco.

—Gonzalo, por favor, hoy no —gruñó, con una voz ronca, hastiada. Ni siquiera volteó a verme.

El rechazo me dolió más que una puñalada en el pecho. Tragué el puto nudo de mis lágrimas.

—Solo... solo quería abrazarte, Meche. Quería que estuviéramos juntos.

—Estoy exhausta, Gonzalo. Me duele todo el cuerpo. Me das hueva —me cortó. No había ni un gramo de cariño—. Tal vez mañana, o pasado, no sé. Descansa, cariño.

Me hice bolita en mi lado del colchón, sintiéndome la mierda más inútil del universo.

Apagué la lámpara. Lloré en silencio, dejando que las lágrimas me mojaran la almohada.

La mujer que yo amaba me daba la espalda y de algún modo me decía que no sentía deseo por mí, mientras seguro soñaba con el olor a macho y pólvora del cabrón de enfrente.

El agotamiento mental me tumbó y me quedé profundamente dormido.

Pero no duró mi sueño a profundidad.

Me desperté de golpe. El cuarto estaba a oscuras. El reloj rojo del buró marcaba las 3:15 a.m.

Me había despertado un sonido. Y un movimiento.

El colchón estaba vibrando. Un temblorcito rítmico, rápido.

Pensé que Meche estaba llorando o soñando feo. Me giré despacio hacia su lado, conteniendo la respiración para no asustarla.

Lo que vi, y lo que escuché, me frió el cerebro. Me destruyó lo poquito que me quedaba de dignidad.

Mercedes no estaba dormida. Estaba boca arriba. Se había quitado la cobija. La playera estaba enrollada hasta arriba, dejando sus pechos enormes al aire bajo la penumbra. Sus piernas estaban abiertas de par en par.

Y su mano derecha estaba metida entre sus propios muslos, moviéndose con una furia asquerosa, desesperada.

Estaba masturbándose.

El ruido era brutal en el silencio del cuarto.

Squelch, squelch, fsssh.

Era un sonido denso, chicloso, mojado. Estaba inundada de fluidos. Yo nunca en la vida la había escuchado sonar tan mojada por su propia cuenta. Se estaba metiendo los dedos sin piedad, frotándose el clítoris, dedeándose.

Y de su boca salían gemidos. Jadeos ahogados, ruidosos, cargados de una puta lujuria enferma y sucia que me aterrorizó.

—Mmmm... sí... ahhh... —susurraba, con la cabeza echada para atrás, mordiéndose el labio inferior con fuerza.

Me quedé tieso. Congelado. Mi esposa, que me acababa de rechazar con asco diciendo que estaba "exhausta" y que yo le daba "hueva", se estaba dando placer a sí misma con una lujuria que parecía animal.

Pero eso no fue lo que me aniquiló.

En el clímax de su paja, su cuerpo se puso duro como una tabla. Apretó los muslos, clavando los talones en el colchón.

—¡Ahh... Dioni... Dioni, métemela, métemela toda, hasta el fondo...! —gimió en un susurro soltando el nombre del puto vecino mientras se venía a chorros sobre nuestra sábana matrimonial, convulsionando, con los dedos enterrados en su propia carne escurriendo agua.

Sentí que me daban un batazo de béisbol directo en la nuca. El mundo dejó de girar.

Había gritado su nombre. Se estaba corriendo pensando en cómo el gorila se la metía.

El asco, la rabia, la humillación total me ahogaron. Quería prender la luz, agarrarla de los pelos y pedirle que me explicara qué mierdas le pasaba. Quería correrla a patadas a la calle.

Pero mi cobardía me volvió a encadenar. Me quedé inmóvil, mudo, con la respiración cortada.

Y debajo de ese terror... mi propio instinto asqueroso llenó de pavor.

Al escucharla gemir por Dionisio, al verla retorcerse escurriendo de placer por el recuerdo de esa verga monstruosa profanándola...

mi propio pene se puso duro como piedra.

Empezó a latir violentamente contra la tela de mi calzón.

Estaba llorando de dolor y, al mismo tiempo, me estaba excitando con mi propia destrucción.

Con verla convertida en la puta de otro.

Meche sacó los dedos babeados de su coño, respiró pesado un par de minutos, se limpió el jugo en mi sábana, se acomodó de lado y se quedó profundamente dormida. Satisfecha por una fantasía donde yo no existía.

Y así había llegado al pinche lunes.

En la mañana, actuó como un robot. Ni me miró a los ojos al servirme café. Todo el puto día en la fábrica estuve a punto de vomitar frente al Excel.

Y ahora, a las seis de la tarde, había sonado la chicharra. Salí por el portón de la fábrica, arrastrando los pies hacia donde vendían tacos de canasta.

—¿Gonzalo?

La voz de mujer me sacó de mi trance. Venía de un ladito, bajo la sombra de un árbol de guamúchil, en la banqueta sucia.

Me giré, desorientado.

Era Esperanza. La ex esposa de Dionisio. La amiga íntima de Meche.

Llevaba unos lentes oscuros, jeans y una blusita equis. Se quitó los lentes. Se veía acabada. Demacrada, con ojeras moradas, envejecida diez años en solo un mes de haberse largado del edificio.

—Esperanza... —balbuceé, acercándome—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo supiste dónde trabajo?

—Meche me lo dijo hace tiempo, me acuerdo de la fábrica —dijo ella, con una sonrisa triste, nerviosa—. Gonzalo, ocupo hablar contigo. Ahorita. Es de vida o muerte. Te juro que es urgente.

El nudo en la panza me apretó. Si Esperanza me buscaba a mí y no a su amiga... era porque estaba pasando algo. Algo malo.

—Vamos a una fondita de aquí a la vuelta —dije, sintiendo que las patas me temblaban.

Nos sentamos en una mesa de plástico blanca al fondo del local. Pedí dos cafés de olla. Esperanza se frotaba las manos sobre el mantel de hule, nerviosísima, midiendo lo que me iba a soltar. Le temblaban los dedos.

—Gonzalo... no me voy a andar con rodeos, no tenemos tiempo —empezó, clavándome los ojos llorosos—. ¿Cómo está Meche? ¿Cómo están las cosas con... con él?

Tragué en seco. Quise poner mi muro de mentiras pendejas de oficinista.

—B-bien. Todo bien. El vecino hace su desmadre, ya sabes. Fiestas, ruidos. Pero yo ya hablé con él de frente y... y se calmó. Me prometió que iba a parar.

Esperanza cerró los ojos y negó con la cabeza, con una lástima tan profunda que me dolió más que si me hubiera escupido.

—No es necesario que mientas, Gonzalo. A mí no me mientas.

A mí no —susurró, inclinándose hacia adelante, bajando la voz—.

Yo sé exactamente la clase de monstruo que es Dionisio.

Sé cómo opera el muy hijo de perra. Conozco todos sus putos trucos.

Y sé perfectamente por qué agarró la fiesta y el ruido apenas me fui yo.

—¿P-por qué? —pregunté, sintiendo un escalofrío.

—Porque Dionisio ha estado enfermo, obsesionado con Mercedes desde el día que ustedes se mudaron enfrente —soltó la bomba.

Sin anestesia. Sin piedad—. Me lo decía en la cama, Gonzalo.

Me lo restregaba. Pensaba en tu mujer mientras me lo hacía a mí…

a veces… hasta jugábamos a que yo era ella y… bueno, ya te imaginarás.

Sentí un vértigo en el cuerpo. El café caliente se me tiró un poco al agarrar la taza, manchando el hule. Me agarré del borde de la mesa de plástico.

—¿O-obsesionado? P-pero... no lo entiendo, Esperanza, si ni le hablaba. Y Meche lo odiaba. Decía que era un naco, un cavernícola apestoso...