X. La advertencia
El claxon de un camión de carga me devolvió a la realidad con un sobresalto que me hizo dar un brinco.
Estaba parado en la banqueta, frente a la inmensa puerta de lámina de la fábrica de textiles, aferrando el asa de mi maletín con tanta fuerza que los nudillos me dolían.
A pesar del calor vespertino, yo sentía un frío glacial, un puto hielo recorriéndome la médula espinal.
Mi mente era un torbellino de imágenes asquerosas, de dudas que me carcomían el alma, y de un dolor tan profundo, tan sordo en el pecho, que sentía que me costaba trabajo jalar aire.
Todo había comenzado a desmoronarse, ya sin puto retorno, el día de ayer.
El domingo fue un día rarísimo. Un día que, por encimita, intentó disfrazarse de normalidad, pero que por debajo todo parecía podrido, sobre todo porque mi esposa había estado todo el día rarísima.
Mercedes se despertó pasadas las once de la mañana.
Eso, en sí mismo, ya era una anomalía que me puso los pelos de punta.
Meche era una mujer de rutinas estrictas; a las ocho de la mañana de cualquier domingo normal, ella ya estaba levantada, haciendo el desayuno, barriendo, organizando nuestro día. Pero este domingo no.
Cuando finalmente salió de la recámara, parecía un fantasma. Llevaba una bata de algodón abotonada hasta el cuello, arrastraba los pies descalzos por el mosaico del pasillo, y su cara estaba demacrada. Tenía unas ojeras moradas, hundidas, y la piel bien pálida, como si no hubiera dormido nada.
Pero lo que más me revolvió las tripas fue su mirada. Sus ojos que normalmente desbordaban energía o andaban siempre buscando qué regañarme, estaban vacíos. Desconectados. Parecía estar procesando un pinche trauma, o asimilando una culeada tan salvaje que la había dejado fundida de la cabeza.
—¿Estás bien, Meche? —le pregunté, con la voz temblorosa, mientras yo le servía Zucaritas a Pablito en la barra de la cocina.
—Sí. Solo no dormí bien —respondió, con un hilito de voz, sin mirarme a la cara.
Se sirvió un vaso de agua de la jarra y se lo tomó lentísimo, tragando grueso, como si le doliera la garganta por dentro. Mi mente enferma me recordó de inmediato las horas que había pasado metida con Dionisio.
¿Le dolía por haber estado mamando la verga de ese animal? Tragué bilis.
No quise presionarla. El recuerdo de nuestra espantosa pelea del viernes en la madrugada, y su regreso triunfal el sábado por la tarde con los mallones manchados y la actitud fría, seguía estando entre nosotros como un gas tóxico.
Yo había decidido fingir demencia. Mi cobardía era tan grande, tan miserable, que prefería fingir que mi matrimonio seguía intacto antes que hacerle las preguntas que me iban a lastimar.
Habíamos acordado días atrás que ese domingo haríamos una carnita asada en la azotea del edificio con Roberto y Carmen, los vecinos del segundo piso. Roberto era contador, un tipo tranquilo, y Carmen una ama de casa bien amable, aunque algo argüendera.
Era un intento desesperado de mi parte por aferrarme a la imagen de la "familia feliz". Quería que Meche viera a otras parejas normales, quería jalarla de regreso a mi mundo aburrido.
Subimos a la azotea a las dos de la tarde. El sol quemaba feo. Yo me puse a prender el carbón en el asador de ladrillo, sudando la gota gorda, mientras Roberto destapaba las primeras cervezas frías. Los niños corrían por ahí, riendo y mojándose.
Por un par de horas, la ilusión funcionó. El olor a carne asada, a cebollitas y a humo enmascaró la pudrición de mi hogar. Yo bromeaba con Roberto sobre el partido de las Chivas, tomábamos cerveza Victoria, y la brisa nos refrescaba.
Pero Mercedes estaba... distinta.
Estaba sentada en una de las sillas de plástico blanco, bajo la sombrilla, con un vaso de Coca-Cola que ni tocaba.
Llevaba puestos unos jeans súper holgados y una blusa de manga tres cuartos. No participaba en la plática a menos que le preguntaran directamente. Miraba hacia los techos de las casas vecinas, con cara de idiota.
Y lo que más me perturbaba: a cada rato la veía apretar los muslos, frotar las piernas por debajo de la mesa y removerse en la silla de plástico con una incomodidad cabrona.
Como si le doliera estar sentada. Como si trajera la panocha o el culo tan adoloridos, tan estirados, que ni siquiera podía descansar el peso de su cuerpo sin hacer muecas.
El desastre cayó cerca de las cinco de la tarde, cuando ya estábamos comiendo tacos de asada.
Carmen, la esposa de Roberto, se limpió la grasa de la boca con una servilleta, se acomodó en su silla, y bajó la voz, con ese tonito morboso de vieja chismosa a la que le quema la lengua.
—Oigan, vecinos... —empezó, mirándonos a Meche y a mí, acercándose un poco más a la mesa de plástico—. Con todo respeto y la confianza que nos tenemos, yo quería preguntarles algo. Ustedes que lo tienen ahí, frente a frente.
Se me hizo un nudo ciego en el estómago. Sabía hacia dónde iba la flecha.
—¿Qué pasó, Carmen? —pregunté, forzando una sonrisa de pendejo, masticando un pedazo de carne que de pronto me supo a puro cartón seco.
—¿Qué onda con el policía gogó de su piso?
El tal Dionisio —soltó la mujer, pelando los ojos, moviendo las manos—.
Es que, fíjense, la señora del primero "A" me contó unas cosas barbarísimas.
Dicen que el tipo, desde que se le largó la esposa, agarró su depa de cantina. Y peor tantito... de putero barato.
El aire se congeló en la azotea. Dejé mi taco sobre el plato de unicel. Miré de reojo a Mercedes.
Meche se tensó de pies a cabeza. Su mano apretó el vaso de plástico con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. No dijo ni madres, pero sus ojos, antes vacíos, de pronto brillaron con un chispazo animal.
—Ah... sí, pues, es un vecino medio complicado, a decir verdad —balbuceé, limpiándome las manos sudadas en el pantalón de mezclilla—. Pero tanto así, no sé. Ya ves cómo son los chismes de los edificios, Carmen. La gente le pone de más siempre.
—¡Ay, Gonzalo, pero dicen que no es exageración!
—insistió Carmen, inclinándose sobre la mesa, bajando más la voz, disfrutando el morbo de la plática—.
Dicen que mete a unas golfas de la calle...
vestidas de putas, a las dos, tres de la mañana.
Y que se escucha una de cosas... gritos, música agropecuaria, y unas ordinarieces que, válgame Dios.
Y luego, que mete a otros policías grandotes, todos armados y borrachos.
Dicen que arman unas orgías ahí adentro que pa' qué te cuento.
—Es puro chisme de vecindad —intervino Roberto, dándole un trago a su chela—.
Aunque la verdad, el tipo sí tiene facha de malandro.
Si un fulano de esos me llega a faltar al respeto a mí o a mi Carmen, te juro por Dios que le rompo su madre, sea policía o sea el Papa.
A los hombres de casa se nos tiene que respetar.
Las palabras de Roberto me cayeron como ácido. Él hablaba con la seguridad de un hombre que no estaba castrado por el miedo. Yo me hice chiquito en la silla de plástico. Mi esposa me miró de reojo, como un gesto burlón.
—Pero espérense, no les he contado lo peor —siguió Carmen, abriendo más los ojos—.
La señora del primero dice que las paredes son tan delgadas que una noche escuchó cómo las trataban.
Que el policía no hace el amor, ¡las humilla, las domina!
Que se escuchan los nalgadones bien feo, los azotes contra la pared...
¡plas, plas, plas! Y que las hace tragar y ahogarse, y las fulanas esas chillando como perras.
¡Imagínense la cochinada! ¡Qué puto asco de mujeres, de verdad!
Rebajarse a revolcarse con esos puercos asquerosos, dejarse humillar así por unos pesos o nomás por puta calentura.
Yo no sé cómo pueden caminar al día siguiente con tanta ver...
bueno, con tanto daño. Qué asco de viejas.
Tragué saliva gruesa. El terror me secó la boca. La descripción de Carmen era dolorosamente exacta. Era la realidad. Lo que yo me imaginaba, lo que yo sospechaba que mi propia esposa había visto, o peor, en lo que había participado hacía apenas unas horas.
El silencio que cayó en la mesa fue el más pesado y asfixiante que he sentido en mi vida.
Miré a Mercedes, aterrorizado. ¿Qué iba a decir? ¿Iba a darle la razón? ¿Iba a explotar ofendida por la vulgaridad de la plática?
Meche levantó la vista despacito. Sus ojos se clavaron en Carmen.
No había indignación por el vocabulario.
No estaba defendiendo la decencia que siempre pregonaba en nuestra casa.
Su cara era una máscara de hielo, pero debajo de esa frialdad, vi algo que me revolvió el estómago.
Había un brillo oscuro. Defensivo. Desafiante.
—No hay que juzgar sin saber, Carmen —dijo Mercedes, con una voz baja, plana, pero con una dureza que nos calló a todos.
Carmen parpadeó, sacada de onda.
—¿C-cómo? No, bueno, Meche, yo no juzgo, nomás digo lo que se escucha... —quiso excusarse.
—Cada quien hace en su casa lo que quiere —la interrumpió Meche, dándole un sorbito a su refresco, sin quitarle la mirada—. ¿Tú qué sabes si a esas mujeres les pagan o no? A lo mejor esas mujeres no cobran un peso. A lo mejor simplemente... les gusta. Les fascina que las traten así.
—¡Ay, Meche, por Dios! —se escandalizó Carmen, llevándose la mano al pecho—. ¿A quién le va a gustar que la agarren a nalgadas, la ahoguen y la traten de puta? ¡Eso es violencia, es denigrante! Una mujer así tendría que estar loca.
Meche sonrió. Fue una sonrisa ladeada, perversa, que no reconocí. Una sonrisa que me puso a temblar.