Mi mujer y el vecino de Enfrente IX. El abismo #4
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IX. El abismo #4

—¡Dios Santo! —chillé, intentando empujarlo del pecho, pateando al aire—. ¡Eres un enfermo, más perverso de lo que me imaginaba, eres un puto monstruo! ¡Suéltame!

—Tranquilita, no te me espantes, preciosa —siguió él, inmovilizándome contra su cuerpo sudado, con una voz arrulladora y psicópata—.

Su mamá se largó cuando Valeria tenía quince.

Se fue con un pendejo con más dinero. Pero Valeria se quedó conmigo.

Yo siempre fui su figura paterna, su protector.

Hasta que cumplió los dieciocho... y le enseñé lo que era ser mujer de a de veras.

Le enseñé a obedecer. Le enseñé que debajo de esa faldita de niña fresa, de sus libros de arquitectura y sus dieces en la escuela, era una perrita sucia que necesitaba que un macho la agarrara a vergazos le dijera qué hacer.

Volteé a ver a Valeria. La estudiante de arquitectura, la niña bien de sociedad, la futura esposa de un abogado, sentada en calzones rojos de puta barata, escurriendo de la leche caliente de su padrastro, marcada con tinta negra en la piel como ganado.

Valeria agarró su celular, lo desbloqueó y me enseñó la pantalla luminosa.

Era un chat de WhatsApp. El contacto decía "Mi amor ??". El último mensaje, de hace una hora: "Descansa, princesa hermosa. Te amo muchísimo, ya quiero que seas mi esposa para cuidarte siempre".

Valeria sonrió, apagó la pantalla y tiró el celular al sillón como si no valiera nada.

—Mi prometido jura que soy casi virgen, una santa intocable —se encogió de hombros, sin una gota de culpa en los ojos, acomodándose un mechón de pelo—.

Cree que soy su princesita de cristal. Pero mi único dueño, mi único macho, es papi Dioni, ¿ahora ves por qué le digo papi?

Siempre que tengo ganas, o cuando él me lo ordena, yo vengo a que me use como su putita, a que me llene los hoyos de leche cada que él truena los dedos.

Y me fascina, Meche. Si no me coge por lo menos tres veces por semana, si no me arrastra de los pelos y me coge así de puerco, no soy feliz.

La vida de señora me aburre a muerte. Te veo a ti y me das lástima.

El pánico que sentí dentro de mi corazón se me clavó en el pecho como una estaca.

Las piezas del rompecabezas hicieron clic en mi cabeza loca.

Esperanza. La señora tan elegante, educada y recta, que terminó prostituyéndose en baños de bares mugrosos nomás por placer, rogándole que la lastimara.

Valeria. La niña fresa de buena familia, con un futuro brillante, que se tatúa el nombre del padrastro abusivo en la panza y viene a que la desfonde fingiendo ser una ramera callejera.

Dionisio no era sólo un policía calenturiento que hacía orgías en su casa. Este inmundo hombre era un arquitecto del infierno. Un monstruo sádico que agarraba a mujeres decentes, con vidas de revista, aburridas o reprimidas, y las desarmaba a martillazos psicológicos en la cabeza.

Las humillaba, las usaba, hasta convertirlas en esclavas sexuales adictas a su propia perversión, a su propia destrucción. Las transformaba mentalmente desde la raíz, y ellas le agradecían.

Y ahorita... yo estaba sentada en sus piernas. Mojada con mis propios jugos por haberlo visto follar.

O sea que si decidía continuar con esto… llegaría el día en que terminara igual que ellas, ¿eso era de verdad lo que yo quería, ser una perra obediente a Dionisio, sin importarme mi marido y mi hijo?

¡NOO!

—¿Ahora entiendes lo que te espera, Meche?

—me susurró Dionisio, dándome un beso profundo en el cachete mojado por mis lágrimas, su barba áspera raspándome la piel—.

Yo no te quiero coger nomás por meterla.

Yo no busco un hoyo, para eso me sobran viejas.

Yo quiero lo que traes ahí en la cabecita.

Quiero a la licenciada altiva. Quiero a la mamá estricta de Pablito.

Quiero a la esposa de Gonzalo, quiero a la señora indignada por la música, la que hace muecas de asco en el pasillo.

Quiero romperte en mil pedazos, aplastar tu dignidad, hasta que lo único que sobre de ti sea una ramera vacía que viva nomás para esperar a que yo me baje el cierre del pantalón.

Y lo voy a lograr, vecinita. Ya casi eres mía.

Decidiste quedarte cuando te lo advertí.

Y entonces lloré. Lloré con un berrido desgarrador, escondiendo la cara en su pecho apestoso a sudor y tabaco, manchándome la mejilla de la leche que se le había salido a Valeria y que él se había embarrado.

Lloraba de terror. Lloraba porque sabía que el cabrón tenía razón. Porque sabía que el proceso ya había empezado. Porque sabía que lo que les hizo a las otras, ya me lo estaba haciendo a mí. Ya me había convertido en una mirona que se masturbaba viéndolo destrozar a otra mujer.

Y la peor parte, la pesadilla de la que sabía que nunca, jamás en mi puta vida iba a despertar... era que mientras chillaba asustada por cómo me iba a destruir la vida, el matrimonio y la mente... mis brazos lo estaban abrazando bien fuerte.

Y mi chocho adolorido, adicto y enfermo, seguía palpitando húmedo contra su pierna, rogando en silencio que por fin, después de toda esta tortura, fuera mi turno de que me fornicara.