IX. El abismo #3
Justo arribita del monte de Venus, en la piel blanca y plana de su panza, Valeria tenía un tatuaje. La tinta negra se veía fresca, casi recién curada. Eran unas letras cursivas, bien claritas y ostentosas:
"Propiedad de D".
La tenía marcada. Literalmente marcada como ganado de su rancho.
Dionisio no la besó. No la acarició. No le dijo ni una palabra bonita. Agarró a la chica por las caderas con sus dos manazas, la levantó un poco del cuero del sillón, y sin avisar, sin echarle saliva, le metió el pollón oscuro y grueso de una sola estocada hasta el fondo.
—¡¡Ahhhg!! —bramó Valeria, abriendo los ojos de golpe, arqueando la espalda, clavándole las uñas largas en los hombros a Dionisio.
El sonido del impacto fue brutal, asquerosamente fuerte. ¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!
Empezó a follársela con un salvajismo asqueroso, callejero.
Parecía que la quería romper. Su cadera, movida por músculos gruesos de la espalda y los glúteos, chocaba contra las nalgas y la pelvis de la tipa con la fuerza de un martillo hidráulico.
El sofá rechinaba como si se fuera a quebrar en mil pedazos.
Iiiik, squelch, fsssh, iiiik.
Y Valeria no lloraba de dolor. La pendeja gemía como loca, gritándole cochinadas, echando la cabeza para atrás, pidiéndole más con una voz que derramaba lujuria barata.
—¡Desmádramela toda, Dioni! ¡Sí, papi, métemela hasta el fondo, dame duro, duro, así, así! —chillaba, con las tetas de plástico saltando fuera del encaje rojo, rebotando en todas direcciones por las embestidas que le estaba dando.
Yo estaba en el rincón. No podía quitarles los ojos de encima. Estaba petrificada. Veía la verga venosa de Dionisio saliendo casi por completo, brillante, y volviendo a entrar a la vagina roja de Valeria, embarrada de flujos blancos, estirándole la entrada hasta un límite que parecía inhumano.
—¡AHHHHHHHHHH!
Veía la fuerza bruta de sus músculos tensándose. Veía la humillación de la mujer marcada. Veía exactamente lo que mi maldito cuerpo me exigía a gritos, y se lo estaban dando a otra en mis propias narices.
Las piernas se me aflojaron. No aguanté mi propio peso.
Me resbalé por la pared, despacito, hasta quedar sentada de culo en el piso frío de mosaico, con las rodillas abiertas.
La calentura me había vuelto completamente loca.
El morbo de estar ahí arrumbada, de ser una simple espectadora, de escuchar los malditos aplausos de la piel sudada chocando, de ver la dominación total sobre una vieja que traía su nombre tatuado, me rompió la mente por completo.
Metí la mano temblorosa por el resorte de mis pants grises. Mis braguitas estaban hecha un charco, arruinadas. Metí dos dedos directo a mi chocho inflamado, que latía pidiendo pito. Me empecé a masturbar ahí mismo, tirada en la esquina como basura, viéndolos follar.
Squelch, squelch.
—¡Eso, aguántame la verga, puta! —rugía Dionisio, sudando a mares.
Agarró a Valeria del pelo falso, le dio un tirón, la paró del sillón y la tiró de rodillas en la alfombra. La puso en cuatro patas, dándome la espalda a mí, ofreciéndome la vista perfecta de cómo la penetraba. Agarró sus caderas anchas y se la volvió a ensartar por atrás de un solo golpe.
—¡Ayyyy, me vas a partir en dos, cabrón! —chocaba Valeria contra el piso, aplastando los pechos contra la alfombra.
¡Plas, plas, plas!
Squelch, fssh, squelch.
Mis dedos se movían rapidísimo en mi propia agua caliente.
Me frotaba el clítoris sin piedad, frotándome, imaginando que yo era la que estaba en cuatro patas.
Que yo era la que sentía ese pedazo de carne hirviendo y grueso abriéndome las entrañas por detrás, desgarrándome la matriz.
Imaginaba que yo tenía ese tatuaje denigrante en la panza, que yo era su esclava.
Los celos, la envidia y el puto morbo me envenenaron la sangre y me frieron el cerebro.
—Dioni... Dioni... ¡Ahhh! —susurraba yo, retorciéndome en el piso del rincón, frotando mis talones contra el mosaico, llorando de placer enfermo, viendo cómo los huevos peludos y pesados de Dionisio chocaban contra el culo de Valeria, sacando ruidos asquerosos de fricción.
Fap, fap, fap.
De pronto, el cuerpo inmenso de Dionisio se puso duro como piedra. Dio tres embestidas lentas, agónicas, metiéndosela hasta el alma de Valeria, dilatándole la rajita al máximo, y soltó un grito ronco, animal, desde el fondo del pecho.
—¡¡Me vengo, cabrona, te voy a llenar de leche!! —rugió, agarrándola de la cintura, apretando los dientes y clavando los pies en la alfombra.
La rellenó con espasmos violentos. Sus caderas bombeaban rápidas y cortitas. Valeria se desplomó de boca en la alfombra, temblando, gimiendo, jadeando como perro atropellado mientras él la inundaba.
Y ahí, en mi rincón asqueroso, el orgasmo me estalló en la matriz con una violencia que me dejó ciega por un segundo.
—¡Mmmmmgggh! —Me mordí la manga de mi propia camiseta con todas mis fuerzas para no gritar, convulsionando, apretando las piernas, chorreando mis propios jugos tibios y espesos sobre mis dedos.
Fue una descarga sucia, culpable, que me hizo ver luces blancas, perdiendo la noción del tiempo por unos segundos de pura agonía placentera.
Me quedé ahí tirada. Respirando por la boca, con el pecho subiendo y bajando rápido, con los ojos llorosos y la cara roja, sintiéndome una pinche basura.
La peor escoria. Me había venido pajeándome viendo cómo el vecino le llenaba el coño a una puta.
Yo, la señora intachable. La licenciada Mercedes.
El silencio se hizo pesado, solo interrumpido por las respiraciones agitadas. Escuché los pasos descalzos de Dionisio acercándose a mí.
Me quité el brazo sudado de la cara y lo vi.
Estaba parado frente a mí, inmenso, limpiándose la verga flácida pero aún gruesa con la misma playera roja de lencería de Valeria, embarrando los restos de su leche y los fluidos de la tipa.
Me miraba desde su altura. Sus ojos ya no tenían lujuria, eran fríos, calculadores y oscuros.
—Ya te viniste, ¿verdad, Meche? —me preguntó bajito, con una calma que me dio terror—. Tremendo putón estás hecha.
Asentí con la cabeza, arrinconada, sin poder hablar de la puta vergüenza, con los mocos y las lágrimas secándose en mis mejillas calientes, mis dedos aún oliendo a mi propio sexo.
—Bien, perrita. Párate. Ven acá.
Me estiró la manota gigante. La agarré con mi mano temblorosa, la misma mano sucia de mis babas vaginales.
Me jaló del piso con una fuerza que me levantó en vilo y me llevó hacia el sillón.
Valeria se estaba sentando en la alfombra, acomodándose las tiras rojas, respirando agitada, con las piernas temblando y un hilo de semen escurriéndole por el muslo.
Dionisio se sentó en el sofá, me jaló del brazo con brusquedad y me sentó a la fuerza en sus piernas, de lado. Yo estaba petrificada. Mis piernas chocaban con las suyas.
Me recargué en su pecho sudado porque no tenía fuerza. Aspiré el aroma de sus flujos penetrantes de la otra. Me dio asco, un asco visceral que me revolvió el estómago, pero la perra sumisa adentro de mí no me dejó quitarme. Me quedé ahí, abrazada a su calor.
Valeria se subió al sillón y prendió un cigarro normal. Me miró, pero ya no con cara de golfa burlona. Su mirada era extraña, plana, casi de lástima.
—Dime algo, Meche —Dionisio me empezó a acariciar el pelo rubio, suavecito, pasando sus dedos callosos por mi nuca, un pinche contraste de locos comparado con cómo acababa de follar a la otra—.
¿Qué piensas de Valeria? Piensas que es una puta barata de esquina, ¿verdad? ¿Crees que es basura para ti?
Tragué el nudo de la garganta, recargando mi cabeza en su hombro, mirando el tatuaje de "Propiedad de D" en la panza de la chava.
—Pues... sí. Es lo que es, ¿no? —susurré, con la voz rota, pegándome más a su pecho por inercia—. Una inmunda puta de porquería.
Valeria sonrió.
Dionisio soltó una carcajada y Valeria sacó el humo por la nariz, sonriendo de lado con los labios rojos.
—Pobre Meche. Tienes el cerebro bien cuadradito, igual de pendejo e inútil que el cornudo de tu marido —suspiró Dionisio, pasándome el brazo por los hombros, abrazándome como si fuera su novia—. A ver, Vale, preséntate como Dios manda con la señora vecina.
La tipa asintió. Se enderezó en el sillón, se apagó el cigarro en el cenicero y su voz cambió por completo. Fue un shock. Ya no sonaba arrastrada, ni vulgar, ni ñera. Sonaba a niña fresa, educada, de esas que van a escuelas de paga.
—Hola. Me llamo Valeria —me dijo, viéndome a los ojos con una claridad que me dio escalofríos—. Tengo veintitrés años. Estudio Arquitectura en el Tec de Monterrey. Y me casaré en diciembre con un muchacho súper lindo de Providencia, de muy buena familia, un abogado.
Me quedé de piedra. Sentí que se me paraba la respiración y que la sangre huía de mi cara.
—¿Q-qué? —balbuceé, sintiendo que me daba vueltas el cuarto, parpadeando rápido—. P-pero... tú le estabas cobrando... tú dijiste que tu trabajo era...
—Yo no cobro ni un puto peso, Meche —se rió Valeria, pero fue una risa apagada, oscura, perturbadora—.
Todo el teatrito de hace rato y la última vez que me viste de puta corriente fue actuado.
El papi Dioni me pidió que fingiera para calarte, para darte celos, para picarte el orgullo y ver cómo reaccionabas.
Y caíste redondita, te tiraste al piso a llorar.
Miré a Dionisio, aterrorizada, intentando levantarme de sus piernas, pero su brazo se cerró sobre mi cintura como una barra de hierro. Él asintió, sonriendo como el puto diablo, frotándome el brazo con ternura sádica.
—Valeria no es prostituta, Meche —me susurró al oído, su aliento caliente metiéndome terror en las venas, un terror negro y helado—. Valeria es la hija de mi primera esposa. Es mi hijastra. Yo la crie desde que era una chiquilla.
El mundo se rompió en pedazos. La realidad se fragmentó en mi cabeza. La sangre se me bajó a los talones y sentí unas náuseas horribles subirme por la garganta.