Mi mujer y el vecino de Enfrente IX. El abismo #2
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IX. El abismo #2

—¡Tú cállate el puto hocico, ramera de quinta! —estallé, dando un pisotón en la alfombra, con los puños apretados, llorando de rabia—. ¡No me hables! ¡Tú cobras por abrir las patas, eres escoria! ¡Yo soy una madre de familia, no soy basura como tú!

Valeria ni se ofendió. Soltó una risa estridente, vulgar, que me taladró los oídos.

—¡Uy, la gran señora! —se burló, acomodándose las tetas falsas en el sostén rojo—.

Mucha madre ejemplar, pero ahí estabas hace media hora, metiéndote los dedotes hasta el fondo, escurriendo jugos de perra en celo y mandándole fotos a Dioni porque el meco de tu marido no te sabe ni tocar.

Seré puta, doñita, pero yo cobro por mi ello y lo acepto.

A ti, el Dioni te trae de su gata de a gratis, babeando por él. ¿Quién da más pena?

Sus palabras me hicieron arder por dentro. Eran verdades crudas, afiladas como navajas. Y es que era verdad, yo estaba ahí, a la una de la mañana, peleando con una golfa por la verga de un cabrón que me trataba como basura de la calle.

Lloré. Las lágrimas me escurrieron por las mejillas, calientes, patéticas. Mi dignidad se había desintegrado.

—Dionisio, por favor... —sollocé, mirándolo a él, rogándole con la mirada rota—. ¿Por qué me humillas así? Yo vine porque te deseo, cabrón. Vine porque quiero que me cojas. Pero… no lo haré estando esta pendeja de aquí.

Dionisio sonrió. Vi el triunfo sádico, oscuro, en sus ojos de matón. Me había quebrado la voluntad sin tocarme, nomás usando mis propios celos y mi morbo enfermo.

—A ver, putita —dijo, parándose lentamente del sillón.

Su cuerpo inmenso y sudado se acercó a mí.

Me quedé temblando, esperando el golpe o el jalón.

Se paró a medio metro. Emanaba un calor que me asfixiaba—.

Yo no te pedí que vinieras aquí para cogerte, en primer lugar.

Hoy te traje para que aprendas. Para que veas de lo que te pierdes por andar jugándole a la digna.

—¿Qué quieres decir? —susurré, sorbiéndome los mocos, sintiendo un escalofrío de pánico.

—Quiero que me veas cogerla —sentenció, señalando a Valeria con la cabeza.

Sentí un vacío en el estómago.

—¡No! —grité, cerrando los ojos, sacudiendo la cabeza—. ¿Por quién carajos me tomas, al querer ver cómo te cojes a esa puta? ¡No lo acepto!

—No te estoy preguntando, Meche —gruñó Dionisio.

Su mano enorme se cerró en mi cuello de golpe. No me ahorcó, pero apretó lo suficiente para obligarme a abrir los ojos y mirarlo, cortándome la respiración. Sentí sus callos raspándome la piel delicada de la garganta, su pulgar presionando mi vena.

—O te quedas ahí paradita viendo cómo le rompo el chocho a Valeria, y aprendes cómo le abre las patas un hombre de verdad, o te largas a tu casita y te olvidas de mí. Tienes tres pinches segundos.

Uno.

Claro que pensé en mi marido. En mi hijo. Pensé en los próximos veinte años de mi vida lavando platos y pajeándome a escondidas en la regadera, frustrada, vacía, llorando por un fantasma.

Dos.

Bajé los ojos y vi el bultazo monstruoso que se le marcaba en los pants deportivos a Dionisio, a un centímetro de mí. Mi chocho dio un latido doloroso, una contracción violenta. Un chisguete de agua caliente me empapó los calzones de golpe. Quería eso. Quería esa perversión.

Tres.

—Me quedo —susurré, derrotada por mi propio instinto prohibido, rindiéndome al placer.

—Buena perra —sonrió él, soltándome el cuello y dándome una palmadita denigrante en el cachete mojado por mis lágrimas—. Pero antes de que me divierta con mi visita... te toca hacer lo que mejor sabes. Arrodíllate.

Las rodillas se me aflojaron solitas. Caí de golpe sobre la alfombra del lugar. Quedé con la cara a la altura exacta de su entrepierna. El olor a macho se volvió más intenso, más pesado.

—Ensalívame la verga —ordenó, cruzándose de brazos, mirándome desde arriba como a un gusano—. Valeria es muy fina, no le gusta que entre seca. Llénamela de saliva bien, y pónmela dura. Y hazlo bien, porque si me aburres o me lastimas con los dientes, te sacaré arrastras de mi casa a medio palo.

El nivel de degradación era inaudito. Iba a ser su sirvienta sexual.

Iba a babearle la verga al vecino para que luego él se fuera a coger a la puta que se estaba burlando de mí en mis narices.

Y lo más enfermo, lo más pútrido del puto asunto...

es que me ponía chandoda la idea. El morbo de servirle me estaba volviendo loca.

Con las manos temblando como gelatina, agarré el elástico de sus pants de felpa y se los bajé hasta las rodillas junto con los calzones negros.

Ahí botó el monstruo.

¡Plop!

La enorme manguera de carne saltó hacia mi cara. Me pegó en la nariz, caliente, pesada, oscura y venosa. Estaba medio dormida, pero ya lo suficientemente gruesa y larga como para asustarme de nuevo. El glande asomaba morado, inmenso.

Tragué saliva. Se me salieron las lágrimas de nuevo por el tamaño de la humillación, pero abrí la boca.

—¡Ándale, doñita, que no tenemos toda la madrugada! —se carcajeó Valeria desde el sillón, cruzando sus piernas enfundadas en red—. Déjasela bien babosita, que hoy el papi Dioni me la va a meter por el culo. ¡Sírvele de algo a la sociedad en vez de andar nomás barriendo tu pasillo!

Cerré los ojos con fuerza para no verla, no quería ver su sonrisa asquerosa. Abrí los labios hasta que me dolieron las comisuras, saqué la lengua húmeda y me tragué la enorme cabeza morada de Dionisio.

¡Ñam, slurp!

El sabor salado, alcalino y fuerte de su piel contra mi lengua me mandó un corrientazo directo al clítoris.

A pesar del asco y la humillación de ser observada por la ramera, mi cuerpo reaccionó con una calentura bestial.

Solté un gemido sordo por la nariz, mmmmh, sintiendo cómo el glande ancho me topaba en el paladar blando, estirándome la garganta.

Agarré la base gruesa con mis dos manos, intentando abarcar su grosor. Le clavé un poquito las uñas pintadas en los muslos llenos de pelos, y empecé a mamársela con ganas, subiendo y bajando la cabeza.

—Eso, perra... chúpale —gruñó Dionisio.

Metió sus dedos pesados en mi pelo suelto, agarrándome la cabeza como si fuera una pelota de básquetbol, guiando el ritmo a la fuerza, empujándome hacia adelante.

—Límpiamela toda. Échale más baba. Trágatela, señora casada.

El ruido húmedo, asqueroso y morboso de mi boca se oía entre el silencio de la sala.

Slurp, gluck, fsshh, slurp.

Aceleré mis mamadas. Empecé a bombear con la cabeza arriba y abajo desesperada, tragando el exceso de saliva, hundiendo mi nariz en su vello púbico oscuro.

Quería demostrarle a la golfa de allá atrás que yo era mejor que ella, que mi boca de señora le daba más placer.

Quería que Dionisio se pusiera tan caliente conmigo, que sintiera lo estrecho de mi garganta, y cambiara de opinión.

Que me tumbara del piso y me la ensartara a mí.

—¿Ves, Vale? —le dijo Dionisio a la tipa, ignorando por completo mis intenciones, hablándole a ella mientras yo me ahogaba con su verga—.

Las casadas frustradas son las que maman mejor.

Traen tanta hambre atorada de años que le echan más ganas que ustedes las putas de profesión. Mírala cómo babea la pendeja.

—Pues la neta sí le sabe la doñita, Dioni —se rió Valeria, aplaudiendo cortito—. Hasta me está mojando ver cómo se atraganta. Súbele la cabeza, se está ahogando.

Me dolían las mandíbulas por lo ancho que la tenía.

La saliva se me escurría por las comisuras de los labios, haciéndome hilos gruesos y calientes que caían a la alfombra.

Un hilo espeso de líquido preseminal amargo salió de su punta y me inundó la lengua.

Lo tragué. Dionisio se puso durísimo en un puto minuto bajo el calor de mi boca.

Era una macana de carne hirviente latiéndome en la garganta.

Thump, thump.

Empezó a darme de golpes suavecitos, empujándome la campanilla.

Gluck, gluck.

Me estaba usando de calentamiento. Solo era un puto pedazo de carne lubricador para él. Me dolía el alma, lloraba por los ojos, pero mi chocho palpitaba de placer sucio con cada estocada en mi garganta.

De pronto, cuando yo estaba más entregada, chupándole los huevos, con los ojos en blanco, babeando como loca, me jaló del pelo para atrás con violencia.

Sacó la polla de mi boca de un tirón.

¡Pop!

Tosi fuerte, jadeando por aire, agarrándome la garganta con una mano. ¡Cof, cof! Tenía los labios embarrados de mi propia baba mezclada con sus jugos. Lo miré desde abajo, suplicante, con la verga reluciente, venosa y monumental apuntándome a la cara, vibrando de la tensión.

—Suficiente —dijo él, acomodándosela, mirándola con orgullo, ignorándome por completo—. Ya quedó lista. Párate y vete a aquella esquina.

Me señaló un rincón de la sala, al lado de un librero de madera mugroso.

—P-pero... ¿ya? —pregunté, sintiendo un dolor horrible en el pecho, arrodillada, frustrada hasta la médula. Quería que me la metiera. Sentía la vagina doliendo de lo vacía que estaba.

—Al rincón, Meche. No te lo repito —su voz fue hielo , cortante.

Me paré temblando. Me limpié la boca con el dorso de la mano, manchándome la muñeca de saliva pegajosa, y caminé hasta la esquina arrastrando los pies, con la cabeza agachada.

Sentía la humedad escurriéndome por las piernas bajo los pants.

Pegué la espalda a la pared, abrazándome a mí misma, sintiéndome como un perro regañado, un traste sucio que acaban de usar y botar.

Dionisio ni me volteó a ver. Se fue directo sobre el sofá. Sobre Valeria.

—Ábrete de patas, puta —le ordenó.

Valeria soltó una sonrisa sardónica y le hizo caso. Echó la espalda hacia atrás en el sillón y abrió las piernas de par en par. La lencería roja tenía el puente completamente abierto, así que su chocho depilado, carnoso y empapado de babas quedó a la vista de todos.

Y lo que vi ahí me paró el corazón. Me quedé sin aire.