IX. El abismo
El piso de mosaico del pasillo estaba completamente helado bajo mis pies descalzos, pero a mí me sudaban las manos.
Estaba parada frente a la puerta número cuatro, la puerta de Dionisio, respirando cortito y rápido por la boca.
Sentía el pulso retumbándome en la garganta y un hormigueo caliente bajándome por la espalda hasta pararse justo ahí, en medio de mis nalgas, donde el hilo de la tanga se me encajaba, húmedo y pegajoso.
Llevaba puestos los mismos pants grises de algodón holgados y la camiseta vieja con los que había estado en mi sala.
No me había arreglado, no me había maquillado.
Acababa de salir corriendo de mi propia recámara, huyendo de las dos fotos que le acababa de enviar por WhatsApp.
Las fotos de mí misma mordiéndome un pezón y metiéndome los dedos en la panocha con el cornudo de mi marido roncando de fondo.
"No se la voy a poner fácil", me repetía en la cabeza, apretando los puños, clavándome las uñas en las palmas.
"Voy a entrar, sí, porque el muy cabrón me lo ordenó.
Pero no voy a llegar como perra rogona. Le voy a dejar claro que soy una señora, y que si me va a coger, me tiene que tratar como a una reina que decidió bajar a su nivel nomás por curiosidad".
Era una mentira pendeja. Una excusa perfecta que mi cerebro de "esposa decente" intentaba armar para no desmoronarse. En el fondo, en mi vientre y en mi chocho que ya estaba escurriendo baba por los muslos, sabía que era una gata en celo arrastrándose al chiflido de su dueño.
Levanté la mano y di tres toquecitos en la madera.
Toc, toc, toc.
La puerta se abrió casi de inmediato. Clac. Como si el cabrón hubiera estado ahí pegado, esperándome, respirando del otro lado, esperando a que su presa cayera solita en la trampa.
Dionisio estaba enorme el marco de la puerta. Llevaba unos pantalones deportivos negros, sueltos, y nada arriba. Su pecho moreno, ancho y lleno de pelos brillaba bajo la luz amarillenta del pasillo.
El vecino de enfrente me observó de arriba a abajo con esos ojos oscuros, pesados, que me hacían sentir que me estaba arrancando la ropa a tirones con la pura mirada.
—Pásale, vecinita —gruñó, con esa voz ronca que me hacía vibrar las pinches entrañas, y se hizo a un lado—, así me gusta, que mis perras obedezcan.
—Yo no soy tu perra —dije.
Y aun así crucé el umbral levantando la barbilla, tragando saliva, intentando caminar derecha. Él cerró la puerta a mis espaldas y le pasó el cerrojo doble. Clic. Clac. Ese ruidito metálico me dio un calambre de terror en el estómago. Estaba encerrada con policía en la madrugada.
Me giré, me crucé de brazos sobre los pechos y puse mi mejor cara de encabronada, inflando el pecho.
—Pues bien —dije, y maldije mentalmente que la voz me temblara un poquito—.
Me mandaste mensaje y vine. Pero que te quede bien clara una cosa, Dionisio.
Yo no soy tus amiguitas de la esquina. No soy una de esas golfas que metes a hacer tus cochinadas.
Si crees que voy a llegar a tirarme al piso o a rogarte por...
por verga, estás pero si bien pendejo. Soy una mujer casada.
Dionisio ladeó la cabeza. Una sonrisa lenta, sádica, empezó a estirarle los labios gruesos. Se metió la manaza al bolsillo del pantalón, sacó su celular, lo desbloqueó con el pulgar y me lo puso a cinco centímetros de la cara.
El brillo de la pantalla me deslumbró un segundo.
Ahí estaba yo. Mi cara de puta loca, con los ojos pelones, mordiéndome mi propio pezón desnudo, con el bulto de Gonzalo dormido bajo las sábanas atrás de mí.
Deslizó el dedo gordo. Y salió la segunda foto: mi mano metida hasta los nudillos en mi chocho empapado y rojo, escurriendo flujo sobre las sábanas de mi matrimonio.
—¿Esta es la mujer casada que no viene a rogar? —se burló, bajando el teléfono, mirándome con un desprecio que me quemó la cara de vergüenza—. Porque a mí me parece la cara de una ramera hambrienta que acaba de profanar su propia cama nomás porque el vecino de enfrente se lo ordenó por mensajito.
Sentí que me hervía la sangre. Me había destruido mi discursito de señora digna en dos pinches segundos.
—Lo hice porque... porque tú me amenazaste, cabrón... porque dijiste que ibas a tumbar la puerta... —balbuceé, retrocediendo un paso, sintiendo que me encogía.
—Yo no te amenacé con ni madres, Meche —me cortó, dando un paso hacia mí, acorralándome hasta que mi espalda chocó contra la pared rasposa de su entrada.
Su calor corporal me asfixiaba—. Yo te dije que quería ver qué tan puta eras.
Y me demostraste que eres la más golosa de todas.
Pero sabes qué... tienes razón. No quiero que me ruegues. Hoy no.
El corazón se me paró. ¿Qué quería decir? ¿Me iba a agarrar ahí mismo? ¿Me iba a bajar los pants y me la iba a ensartar contra la pared fría? Un calor hirviente me inundó el vientre bajo. Apreté los muslos instintivamente, sintiendo un latigazo de pura lujuria.
Pero entonces, desde el fondo de la sala, escuché una voz.
—Dioni... papi... ¿ya llegó la vieja ridícula que se siente una señora y no es más que una zorra como yo?
El aire se me esfumó de los pulmones. Me quedé de hielo.
Giré la cabeza de golpe, asomándome por el pasillo hacia su sala.
En el sofá de cuero, bajo la luz amarilla de una lámpara, había una mujer.
La reconocí al instante y la bilis me subió a la garganta.
Era una de las prostitutas que estaban aquí el viernes en la madrugada, la del vestido negro que se había reído de mí cuando Dionisio me rompió la blusa y me ahogó con su leche.
Pero ahora no traía vestido. Traía puesto un conjunto de lencería roja de encaje vulgarísimo. Unas tiras finitas que no le tapaban absolutamente nada, con los pezones erectos al aire. Llevaba medias de red negras hasta los muslos y unos tacones de plataforma de charol de puta barata.
Tenía el pelo agarrado en una cola de caballo alta y los labios pintados de un rojo chillón. Estaba echada en el sofá, con las piernas abiertas de par en par, exhibiendo su chocho depilado, fumando un cigarro electrónico y mirándome con una cara de superioridad que me hizo hervir la sangre.
—¿Qué... qué hace esta golfa aquí? —chilló mi voz, mirando a Dionisio con los ojos abiertos, los celos reventándome el pecho como si me estuvieran quemando viva.
—Te presento a Valeria —dijo Dionisio, sin inmutarse, caminando con toda la calma del mundo hacia su sala, dejándome arrinconada en la pared—. Mi invitada de honor. Pásale, Meche, no te quedes ahí como perra asustada.
Caminé hacia la sala con las piernas temblando, cruzada de brazos.
Sentía una punzada de celos tan enfermiza, tan violenta, que me asustó.
¿Cómo podía yo, una mujer casada, estar celosa de una puta de esquina por el policía borracho?
Sí. La quería matar. Quería arrancarle las extensiones de pelo y sacarla a patadas del departamento.
—¿Me hiciste venir a la una de la mañana, me obligaste a tomarme esas putas fotos denigrantes en mi propia cama, nomás para que te viera con una... con una golfa? —le grité a Dionisio, la rabia borrando el miedo—. ¡Eres un puto enfermo! ¡Me largo a la mierda!
Me di media vuelta, haciendo el teatro. Quería que corriera tras de mí. Quería que me agarrara del brazo, que me amenazara con decirle a Gonzalo, que me arrastrara de los pelos. Quería que peleara por mí, que demostrara que me deseaba a mí y no a esa plástica de allá.
Pero Dionisio no movió ni un solo dedo.
Se sentó en el brazo del sofá, al lado de la tal Valeria, le pasó el dorso de su manaza callosa por el cachete a la tipa, y me clavó una mirada de hielo , sin un gramo de interés.
—Vete —dijo, seco, sin ninguna emoción.
Me paré en seco. Se me doblaron las rodillas.
—¿Q-qué?
—Que te vayas a la verga, Meche. Ahí está la puerta, ábrela y lárgate a dormir con el pusilánime de tu marido. Vete a secarte la panocha escurriendo con el edredón de tu cama aburrida.
Mi cabeza hizo cortocircuito. No había ruegos. No había amenazas de ir a buscar a Gonzalo. Me estaba abriendo la puerta. Me estaba desechando.
—¿No vas a... no me vas a detener? —balbuceé, sintiendo que me encogía, que me hacía del tamaño de una hormiga en esa sala apestosa.
—No —Dionisio se encogió de hombros, recargándose hacia atrás, acariciándole el pelo a Valeria—.
Pero que te quede bien clara una cosa, vecinita.
Si tú sales por esa puerta ahorita, te juro por lo más sagrado que no te vuelvo a dirigir la puta palabra en lo que nos quede de vida.
Para mí, tú y tu pendejo marido dejarán de existir.
No los miraré, no los saludaré. Y jamás...
escúchame bien, Meche... jamás vas a saber lo que se siente tener esta verga bien metida adentro de ti, inundándote la matriz.
El mundo se me vino abajo.
—Esta es tu oportunidad, vecinita, para que vuelvas a ser la esposa fiel y madre abnegada, y que yo deje de perturbar tu vida.
Es tu oportunidad de deshacerte de mí. Luego no digas que yo te obligué a convertirte en lo que pretendo convertirte…
Si te vas, no te vuelvo a molestar, pero si te quedas, te convertirás en una más de mis perras, y no me importará tu matrimonio ni tu familia en absoluto.
Porque si te quedas, entenderé que eres más perversa de lo que te puedes imaginar.
Esas palabras, esa simple idea de que me iba a ignorar, de que me iba a dejar con esta calentura asquerosa quemándome el útero para siempre, para regresar a mi vida gris con la cosita blanda y aburrida de Gonzalo... me dolió mil veces más que si me hubiera dado un balazo.
El terror a no ser desfondada por él me paralizó las piernas. No podía moverme. El hilo de baba que caía de mi chocho a mi pantaleta se sintió más frío.
—Mírala, Dioni —se carcajeó Valeria, echando el humo con sabor a cereza de su cigarro directo al aire—. La señora de enfrente, parece que se está planteando olvidar sus votos matrimoniales con tal de que te la cojas. Es una vieja patética.