VIII. La fractura #4
El estómago se me encogió. Mis manos sudaban. Mi primer instinto intentó rebelarse. "No voy a hacer esto," pensé. "Gonzalo está en el cuarto de al lado. No voy a mandarle fotos a un vecino borracho."
Escribí en el teclado: No puedo. Gonzalo está aquí.
Pero antes de darle a enviar, llegó otro mensaje.
“Sácate una de esas tetotas que tienes. Apachúrratela fuerte y muérdete el pezón duro. Quiero ver tu cara de puta calentona. Y quiero que de fondo se vea a tu pendejo marido dormido en su cama. Tienes dos minutos o voy yo a tumbarte la puerta a patadas, y te cogeré ahí mismo en la alfombra.”
El terror me heló la sangre. Pero ese terror fue reemplazado al instante por un vibración de fuego líquido en mi vientre. Me estaba ordenando profanar mi propio lecho matrimonial. Quería humillar a Gonzalo a través de mí, usándome como un trofeo visual mientras mi esposo dormía confiado.
Me estaba retando. Me estaba dominando a distancia.
Borré el mensaje que había escrito. Mi rebeldía murió ahogada en el flujo espeso que ya empezaba a manchar mi pantaleta gris.
“Tienes un minuto”, llegó un tercer mensaje, seguido del emoji de un reloj de arena.
El pánico a que ese animal cruzara el pasillo, combinado con la puta sumisa que ya me dominaba, venció cualquier resistencia.
Me levanté del sofá. Caminé descalza por el pasillo, sin hacer el menor ruido, sintiendo que el corazón me iba a estallar en las costillas.
Empujé la puerta de mi recámara.
El cuarto estaba en penumbra. Gonzalo estaba acostado de lado, dándome la espalda, tapado hasta la cintura. Respiraba profundamente. Dormido. El hombre que se suponía que debía protegerme estaba roncando.
Caminé lentamente hasta el borde de la cama, del lado de Gonzalo.
Con la mano derecha, levanté mi celular, abriendo la cámara frontal. El brillo de la pantalla iluminó mi rostro en la oscuridad. Ajusté el ángulo. En el encuadre se veía mi cara, con los ojos dilatados de morbo, y detrás de mí, enfocado perfectamente, se veía la nuca de Gonzalo.
Con la mano izquierda libre, agarré el dobladillo de mi camiseta y tiré de ella hacia arriba, enrollándola por encima de mis pechos. Mis senos pesados saltaron a la luz de la pantalla.
Me mordí el labio inferior, sintiendo un escalofrío de adrenalina. Llevé mi mano izquierda a mi seno derecho. Lo agarré desde la base, amasando mi propia carne, empujándolo hacia arriba, hacia mi propia boca. La piel se estiró, el pezón oscuro rozó mis labios.
Abrí la boca y, frente a la lente del celular, cerré los dientes sobre mi propio pezón, mordiéndolo con fuerza. Un gemido mudo, ahogado se atoró en mi garganta por el dolor. Puse mi mejor cara de sumisión, de perra obediente, humillando a mi marido en su propia cara, y presioné el botón.
Clic.
Revisé la foto. Era grotesca. Era pornografía casera. Era la traición máxima.
Se la envié.
La respuesta de Dionisio llegó a los cinco minutos, que fueron los más eternos que viví.
“Ah, qué buena perra eres. Se me paró la verga nomás de verte la cara. Ahora va la segunda. Bájate esos pants. Quiero verte metiéndote los dedos en tu panocha empapada. Enséñame cómo te escurren los jugos por mi culpa, ahí mismo, a un lado del dormilón de tu marido.”
Mis piernas amenazaron con doblarse. Tragué saliva.
No lo dudé. Ya estaba corrompida hasta la médula.
Bajé el celular un poco. Con la mano izquierda, enganché el elástico de mis pants y de mi ropa interior, tirando de ambos hacia abajo hasta los muslos.
Mi sexo quedó expuesto al aire frío del cuarto. Estaba empapada. Un hilo espeso de baba transparente conectaba mis labios hinchados con la tela bajada.
Miré a la cámara de nuevo, asegurándome de que el cuerpo de Gonzalo siguiera viéndose al fondo, como testigo silencioso de mi putería.
Con un movimiento sucio, hundí dos dedos directamente en mi propia vagina, hundiéndolos hasta el fondo.
Slurp, fsssh. El sonido húmedo resonó en el cuarto. Me estremecí de pies a cabeza.
Froté mi clítoris con el pulgar mientras mis otros dedos bombeaban mi interior, dejando que mi rostro en la pantalla reflejara el placer sucio de profanar mi matrimonio.
Presioné el botón. Tomé la fotografía.
Me subí los pantalones con prisa, bajé la camiseta, y salí de la recámara de puntitas, encerrándome en el baño con el corazón a doscientos latidos por minuto.
Envié la segunda foto.
El teléfono vibró en mi mano.
“Qué rica estás, cabrona. Eres una degenerada de lo peor. Me encanta. Ahora ven. Ven a chupar mi verga.”
¿Qué? ¿Qué estaba diciéndome? ¿Qué me escapara en este momento, para ir a chuparle la verga a su casa?
Cerré los ojos, sintiendo un fuego denso en el estómago. Guardé el celular en el bolsillo. Me miré en el espejo del baño, arreglándome el cabello revuelto.
Mi matrimonio estaba pendiendo en un hilo, y yo acababa de firmar mi propia sentencia de degradación con dos fotografías. Y entonces, miré a mi marido que dormía plácidamente, luego fui a ver a mi hijo. Y entonces, después, fui a la puerta de entrada de mi casa.
Y giré el picaporte, lista para cruzar el pasillo y entregarme al vulgar vecino de enfrente, en plena madrugada.