VIII. La fractura #3
Me quedé completamente encuerada. Mis pezones seguían oscuros y dolorosamente parados, pidiendo a gritos que unas manos rudas los apachurraran. Mi pecho subía y bajaba con rapidez. Alcé ligeramente la barbilla.
Y abajo... mis muslos internos brillaban con una capa gruesa de flujo transparente y espeso. Tenía los labios mayores enrojecidos, hinchados por la forma en que Dionisio me había metido los dedos sin piedad, abriéndome.
No aguantaba más la calentura en el bajo vientre.
Fui al baño de nuestra recámara. Me metí a la regadera y abrí la llave.
El agua casi hirviendo me mojó la espalda, relajándome los músculos, pero no pudo apagar el fuego de mi cabeza.
Mientras me enjabonaba la entrepierna, el roce de mis propios dedos sobre mi sexo encharcado me hizo soltar un quejido agudo.
Me toqué el clítoris inflamado bajo el chorro de agua. Cerré los ojos.
“Te mueres por que te la clave, ¿verdad, perra?”
Su voz ronca hizo eco en mi cabeza. Un gemido sordo, mmmmh, escapó de mi garganta. Empecé a masturbarme ahí mismo, de pie bajo el agua. Llorando de asco hacia mí misma y de una lujuria negra e incontrolable.
Y es que me sentía culpable porque deseaba que no hubiera parado.
Deseaba que me hubiera tumbado en su alfombra, que me hubiera levantado las piernas y me hubiera penetrado con esa verga monstruosa hasta volverme loca de placer, hasta romperme por la mitad y quitarme toda esta angustia que me asfixiaba.
Metí dos dedos en mi propia vagina, intentando imitar la rudeza de Dionisio.
Slurp, squelch.
Estaba tan abierta y lubricada que entraron sin resistencia. Froté mi clítoris con el pulgar con fuerza, rápido, salvaje.
El orgasmo llegó rápido, sucio, violento y triste. Mis rodillas casi ceden. Me apoyé a dos manos contra los azulejos mojados, arqueando la espalda, llorando silenciosamente mientras mi útero se contraía en espasmos dolorosos y el agua se llevaba mis fluidos por el desagüe.
El resto de la tarde fue monótona y contenida y juegos de poder patéticos con mi esposo.
Me vestí con unos pants holgados y una camiseta vieja.
Quería esconderme de mis propios demonios.
Pero Gonzalo estaba decidido a actuar su papel de "marido en reconciliación".
Y lo peor, estaba intentando recuperar una falsa autoridad, dándome pequeñas "órdenes" domésticas para probarse a sí mismo que él mandaba.
—Meche, ven a sentarte aquí a mi lado —me dijo a las seis de la tarde, palmeando el sofá mientras veíamos una película con Pablito.
Lo miré con repulsión. Quería decirle en la cara que apenas hace unas horas, yo había estado en el departamento del vecino de enfrente con la esperanza de que me fornicara hasta saciarme.
Sin embargo, me quedé en silencio, y no le dije nada.
Sabia que si me rebelaba, la tregua se rompería. Y yo necesitaba la tregua para seguir cruzando el pasillo sin que Gonzalo explotara y arruinara mi morbo.
Así que cedí. Me tragué mis palabras. Caminé hacia el sofá, rígida, y me senté a su lado. Él me pasó el brazo por los hombros. Me sentí enferma. Su toque era suave, tibio, débil, flácido. No había fuerza en sus manos.
—Sírveme un vaso de agua, mi amor, por favor —me pidió más tarde en la cena, con ese tonito de jefe de familia que me daba arcadas.
Apreté los dientes. Me levanté en silencio, serví el agua y se la puse enfrente con un golpe seco. Gonzalo sonrió, creyendo que su masculinidad estaba restaurada porque su esposa le servía el agua. Qué ciego, qué soberano idiota era.
A las ocho de la noche, bañé a Pablito y lo acosté a dormir.
Mi celular, que llevaba en el bolsillo del pants todo el día como si fuera una extensión de mi brazo, seguía en silencio. Ni un solo mensaje de Dionisio. Me estaba dejando podrirme en mi propia calentura, olvidándose por completo de mí, dejándome rota y urgida en mi jaula.
Me senté en el sofá de la sala, prendí la televisión a bajo volumen, pero no miraba la pantalla. Miraba el reloj.
9:00 p.m.
10:30 p.m.
11:45 p.m.
La ansiedad me devoraba por dentro. Me mordía las uñas.
Revisaba WhatsApp cada cinco minutos. Nada.
¿Se habría ido de fiesta? ¿Estaría con otras mujeres?
¿Habría llevado putas a su casa? Los celos, enfermizos e irracionales, me retorcían las tripas.
Yo era su puta, él lo había dicho. ¿Por qué no me reclamaba?
A las 12:15 a.m., Gonzalo se levantó del comedor en silencio.
—Meche... voy a dormirme ya —murmuró, mirándome con esperanza de perrito, tal vez esperando que nuestro "acuerdo" incluyera sexo de reconciliación—. ¿Vienes? Podemos... platicar. Estar juntos.
—Adelántate. Ahorita voy, solo termino de ver esto —respondió seca, sin apartar los ojos de mi teléfono oscuro. La sola idea de que el pito blando de Gonzalo me tocara hoy me revolvía el estómago.
Gonzalo asintió, derrotado por mi frialdad, y se metió a la recámara. Cerró la puerta sin ponerle seguro.
Me quedé sola en la sala a oscuras. El silencio del edificio era pesado.
De pronto, a las 12:40 a.m., escuché la notificación.
Bzzzt.
El corazón se me saltó un latido. Desbloqueé la pantalla con dedos temblorosos. Era un mensaje de WhatsApp de un número sin registrar. Dionisio.
No era una invitación. Era una prueba de fuego, diseñada para destruir el último centímetro de respeto que le tuviera a mi matrimonio y a mi propia dignidad de mujer.
“Ando bien caliente, Meche. Quiero ver si de verdad eres mi perra o si te andas haciendo la digna con tu maridito el oficinista. Tómate una foto.”