VIII. La fractura #2
Tragué saliva, sintiendo que había caído en una trampa de la que no podía salir.
—S-sí... —tartamudeé.
—Y dime una puta cosa, mi valiente marido...
—Mercedes ladeó la cabeza, esbozando una sonrisa cruel—.
Si estabas ahí, escuchando, pegadito a la puerta...
¿Por qué chingados no saliste? ¿Por qué no cruzaste el pasillo a sacarme de ahí?
¿Por qué te quedaste aquí encerrado, temblando, tocándote los huevos, mientras tu esposa estaba, según tú, metida en la cueva del lobo?
Las rodillas me fallaron. Sus palabras fueron navajazos directos a mi orgullo castrado. Tenía razón. Ella lo sabía. Me estaba destrozando con mi propia debilidad.
—Yo... yo estaba cuidando a Pablito... porque alguien tenía que hacerlo, ¿no? —intenté balbucear la excusa más patética de mi vida—. ¡En cambio tú tuviste la desfachatez de dejar solo al niño para largarte con ese cabrón!
—Eres un puto cobarde, Gonzalo —sentenció ella, con un desprecio que me quemó el alma—.
No te atrevas a interrogarme ni a hacerme escenitas de machito celoso cuando no tienes los huevos para defenderme.
Fui al segundo piso. Y si huelo a él, es porque hoy en la mañana, cuando salí a tirar la basura, ese idiota se me acercó para burlarse de ti, y me agarró del brazo.
Me dejó su apeste impregnado. Ya te había explicado que es un animal, ¿ahora me vas a armar un teatro cada vez que yo regrese de hacer algo en este edificio?
Me estaba manipulando. Estaba retorciendo los hechos.
Pero lo hacía con tanta convicción, con tanta indignación, que mi mente desesperada y rota se aferró a su mentira.
Yo necesitaba creerle. Si aceptaba que acababa de venir de revolcarse con Dionisio, mi matrimonio se acababa ahí mismo, yo tendría que ir a pelear y él me mataría a golpes.
—No puedo creer que te estes convirtiendo en una mujer tan mentirosa —lloriqueé, arrastrándome en mi propia miseria, las lágrimas resbalando por mis mejillas, cayendo a mi camisa de vestir—.
Dime la verdad, Meche. ¿Te tocó? ¿Ahorita...
o en la mañana? ¡Por favor, sácame de esta angustia! ¿¡Te metió la mano!?
Mercedes cerró los ojos un segundo, exasperada por mi llanto, y luego me miró con una frialdad que me congeló la sangre.
—¿Y si sí me metió la mano, qué vas a hacer, Gonzalo? —soltó la bomba, sin pestañear.
El mundo me dio vueltas. Sentí que el piso se abría bajo mis pies. Me llevé las manos a la cara.
—Dios mío... —solloce, sintiendo que me desmayaba, que me faltaba el aire—. Meche... ¿por qué...?
Al ver que yo me rompía por completo, que no había ni un gramo de agresividad o defensa en mí, Mercedes pareció ajustar su estrategia. Suspiró, puso los ojos en blanco y cambió su tono a uno de indignación total, volviendo a su fachada de víctima de mi paranoia enferma.
—¡Ay, por Dios, Gonzalo, estás enfermo! —exclamó, alzando las manos—. ¡Nadie me tocó! ¡Era una puta pregunta para ver si así reaccionabas, pero ni para eso sirves! Deja de imaginarte cochinadas. Te dije que no pasó nada. Si no me quieres creer, es tu maldito problema. Pero ya me tienes harta.
Tragué el nudo de mis lágrimas, asintiendo lentamente. Me aferré a su excusa como un náufrago.
—E-está bien, Meche... está bien —balbuceé, acercándome a ella con pasos cortos, intentando tomarle las manos.
Ella se apartó con brusquedad, dándome un manotazo—.
Perdóname. Perdóname por dudar de ti. Es que...
es que estoy perdiendo la cabeza. Este tipo nos está destruyendo. Yo no puedo más con esta angustia.
La miré a los ojos, suplicante. Me sentía el hombre más pequeño del mundo, rogándole a la mujer que claramente traía la panocha latiendo de otro hombre.
—Necesitamos arreglar esto, Meche. Nuestro matrimonio.
Te lo ruego —le pedí, sintiendo que me humillaba hasta el subsuelo—.
Por Pablito. Él no merece vernos así. No merecemos vivir en este infierno.
Prometo cambiar, Meche. Prometo que voy a ser más fuerte.
Voy a buscar otro departamento, nos vamos a ir de aquí.
Pero hay que reconciliarnos, mi amor. Olvidemos al vecino, dejémoslo en paz.
No te le acerques más. Vamos a enfocarnos en nosotros. Por favor.
Mercedes me miró desde arriba. Sus ojos fríos y calculadores, me escanearon de pies a cabeza. Estaba evaluando mi nivel de sumisión. Por un momento, vi la conveniencia práctica en su rostro: mantener la paz en la casa mientras ella vivía su doble vida sin que yo estorbara.
Suavizó ligeramente su expresión y asintió, aunque su postura seguía siendo rígida.
—Está bien, Gonzalo —suspiró, con un tono cansado—. Tienes razón. Por el niño. Vamos a intentar arreglar las cosas. Pero ya deja tus celos enfermos en paz, porque de verdad me asfixias. No voy a tolerar que me sigas interrogando cada vez que salgo. ¿Entendido?
—Sí, mi amor. Sí, te lo prometo. Cero celos. Solo nosotros —dije rápidamente, sintiendo un alivio patético y mentiroso en el pecho.
—Bien. Voy a servirle de comer a tu hijo. Lávate esa cara, das pena.
Se dio la vuelta y empezó a caminar por el pasillo hacia la cocina.
Me quedé solo en la entrada, respirando hondo, pasándome las manos por la cara húmeda. Había evitado el colapso final de mi matrimonio. Habíamos acordado reconciliarnos.
Y entonces, mientras ella se alejaba, el dobladillo de su vestido de algodón gris se levantó ligeramente por el movimiento exagerado de sus caderas al caminar. Un destello de piel pálida, blanca y carnosa asomó.
Se me cortó la respiración.
La luz que entraba por la ventana de la sala iluminó sus piernas por detrás, y a través de la tela delgada y suelta del vestido...
la silueta era inconfundible. La hendidura de sus nalgas se marcaba sin la interrupción de ninguna costura, sin la marca de ningún puente de algodón, ni siquiera el hilo de una tanga.
No traía calzones.
El terror, la verdad cruda y el morbo más asqueroso volvieron a estrellarse contra mí.
Mi esposa, la mujer que acababa de jurarme indignada que no había pasado nada y que acababa de aceptar reconciliarse conmigo por nuestro hijo, había cruzado el pasillo, a plena luz de las dos de la tarde, con un vestido corto, sin sostén y completamente desnuda de la cintura para abajo, con la raja al aire.
Me apoyé contra la pared, sintiendo que me asfixiaba. Y bajo mis pantalones, el bulto palpitó de nuevo, duro, hirviente, alimentándose de mi destrucción. Lloré en silencio, sabiendo que la había perdido para siempre, y que mi propia cobardía me obligaba a excitarme con mi ruina.
Mercedes Sábado, 2:40 p.m.
Serví la sopa de fideos en el platito hondo de plástico de Pablito con movimientos mecánicos.
Mis manos aún temblaban. Era un temblor que venía desde adentro, desde el útero, un residuo de la adrenalina, de la humillación brutal y de la frustración aplastante que acababa de vivir en el departamento de Dionisio.
Me ardía la panocha. Era un dolor sordo, constante, una comezón caliente en las paredes de mi vagina. El recuerdo de lo que me había hecho minutos atrás me quemaba el cerebro.
Yo había entrado, dispuesta a que me desfondara.
Y el muy cabrón, después de obligarme a sentarme a verlo sudar, a verlo hacer ejercicio mientras a mí me escurrían los jugos en la tanga, se me había acercado.
Me había levantado el vestido gris, me había roto la tanga de un jalón, y me había metido dos de sus dedos gigantescos y callosos.
Squelch, squelch.
Recordé el sonido húmedo. Me había frotado con una rudeza que me hizo llorar, estirándome la entrada, preparándome...
y cuando yo ya estaba babeando, suplicándole que me metiera su macana enorme, él simplemente sacó los dedos.
Se limpió mi baba en mi propio vestido, se rió en mi cara y me corrió de su casa.
"Hoy no, perra. A ver si aprendes a no venir a tocar si yo no te llamo."
El rechazo físico me dolía mil veces más que la fricción. Me estaba castigando. Me estaba condicionando como a un animal. Quería que yo me volviera adicta a rogarle, a suplicarle por lo que él tenía el poder de darme o negarme.
Y maldita sea, lo estaba logrando. Sentía el clítoris inflamado, ardiendo bajo el roce de la tela de mi vestido, exigiendo la penetración gruesa que se me había negado.
Dejé el plato frente a Pablito en la mesita de centro.
—Come, mi amor. Sopla que está caliente —le dije, acariciándole el pelito.
Miré hacia el pasillo. Gonzalo venía saliendo del baño.
Se había lavado la cara. Tenía los ojos rojos, hinchados, de llorar como un pusilánime, y caminaba con los hombros hundidos.
Recordé sus súplicas patéticas de hace unos minutos.
"Necesitamos arreglar esto, Meche... por Pablito... hay que reconciliarnos".
Claro que sentía culpa por él. Lo amaba, no sé cómo, pero lo amaba.
Y aun así me sentía decepcionada por su cobardía.
Había aceptado su estúpida tregua por pura conveniencia.
Sabía que Gonzalo necesitaba tragarse mis mentiras para seguir funcionando, y yo necesitaba que él funcionara para mantener mi fachada de madre y esposa respetable mientras el cabrón del vecino me destruía por dentro.
—Ya le serví al niño —dije, sin mirarlo, apretando las piernas al caminar hacia mi recámara—. Voy a cambiarme de ropa. Descansa un rato.
—S-sí, Meche. Gracias. Yo... yo lavo los trastes al rato —balbuceé él desde la sala, con voz sumisa, aferrándose a la ilusión de nuestra "reconciliación".
Me metí a la recámara. Cerré la puerta y le pasé el seguro. Clic.
Me recargué contra la madera, cerré los ojos y dejé escapar un jadeo tembloroso por la boca. Toda la fachada de mujer dura se desmoronó.
Caminé hacia el espejo de cuerpo entero del clóset.
Me miré. El vestido gris estaba húmedo en el bajo vientre, manchado por el sudor de las manos de Dionisio y mis propios fluidos. Me lo quité por la cabeza de un jalón y lo tiré al piso.