VIII. La fractura
Estaba pegado a la madera de nuestra puerta principal, con la mejilla aplastada contra la superficie barnizada, conteniendo la respiración hasta que los pulmones se me secaron.
Mis manos temblaban tan violentamente que tuve que meterlas en los bolsillos de mi pantalón de vestir de la oficina para intentar detener el espasmo.
Quería abrir la puerta. Quería asomarme por la mirilla de cristal.
Quería cruzar esos dos pinches metros de pasillo, golpear la puerta de Dionisio con los puños cerrados y exigir que mi mujer saliera.
Era mi derecho. Era mi puto deber como esposo, como el cabrón de la casa, como el padre de la criatura que estaba a tres metros de mí, hipnotizado por la televisión.
Pero mis pies estaban soldados al piso de mosaico. No me podía mover.
Mi mente enferma, masoquista y podrida me torturaba, amplificando cualquier micro-sonido que se filtraba a través de las paredes de cartón del edificio.
¿Eso que acababa de escuchar era el rechinido de los resortes del sofá del vecino? Iiiik, iiik. ¿Ese chasquido húmedo, rítmico, casi imperceptible... era mi imaginación jugándome la peor de las pasadas, o era el sonido real de la panza de ese gorila chocando contra las nalgas blancas de mi esposa?
—Oh, Dios... —susurré, cerrando los ojos con tanta fuerza que vi luces blancas, sintiendo que una lágrima caliente, gorda y patética resbalaba por el puente de mi nariz.
La imagen mental me estaba trastornando, sacándome todo el aire. Visualicé a Mercedes. Mi Meche, con ese vestidito de tirantes pegado al culo, arrodillada en la alfombra mugrosa de ese chiquero, sometida, babeando, con los ojos en blanco.
Imaginé las manazas enormes de Dionisio, esas manos grandes que horas antes habían lavado la patrulla y que me habían apretado el hombro con tanta superioridad, ahora abriéndole los muslos a mi mujer, metiéndole los dedos, preparando su chocho para ensartarle esa verga de animal que seguro se cargaba.
El nudo en mi garganta se apretó hasta casi asfixiarme, pero debajo de la tela de mis pantalones, pasó lo que más me daba asco de mí mismo.
La erección que me había humillado en el baño de la fábrica regresó con una violencia devastadora.
Mi pene empezó a latir, inflándose, poniéndose duro como una puta piedra contra el cierre.
Era un castigo de mi propia humillación.
El terror, la castración psicológica y los celos se estaban fusionando en un coctel venenoso de excitación cruda.
Estaba parado en mi propia sala, con mi hijo viendo caricaturas a mis espaldas, sintiendo cómo una gota de líquido preseminal me manchaba los calzones por la simple idea de que mi mujer estaba siendo penetrada, abierta y destruida por el hombre al que yo le tenía pánico.
Me excitaba saber que yo no le servía, y que el vecino la estaba detonando.
—Papi, ¿qué haces ahí pegado? —La voz inocente de Pablito me hizo dar un brinco.
Me separé de la puerta como si la madera estuviera hirviendo.
Me pasé la manga de la camisa por los ojos rápidamente, intentando borrar el rastro de mis lágrimas de cornudo, y me giré hacia él forzando una sonrisa que debió parecer una mueca macabra.
Me encorvé un poco hacia adelante para ocultar la carpa de circo que traía en la entrepierna.
—Nada, campeón. N-nada. Nomás estaba checando si ya venía tu mami.
—Dijo que se tardaba cinco minutos con la vecina. Ya pasó mucho —Pablito hizo un puchero, balanceando su carrito de plástico azul en la alfombra—. Tengo hambre, papi.
Tragué saliva gruesa. Miré el reloj de pared de la cocina. Las 2:32 p.m.
Habían pasado casi quince minutos desde que yo llegué de la fábrica. Y Dios sabe cuánto tiempo llevaba ella ahí adentro antes de que yo metiera la llave en la cerradura.
—Ahorita viene, mi amor. Ahorita le... le hablamos. Ven, vamos a la cocina a ver qué te preparo —balbuceé, caminando hacia él con pasos torpes, apretando las piernas para disimular la calentura que me hervía en las tripas.
Me metí a la cocina. Abrí el refrigerador sin ver realmente lo que había adentro. Mi cerebro estaba desconectado de la realidad. Todo mi ser estaba enfocado en la puerta del pasillo.
¿Estaría llorando? ¿Estaría suplicando? O peor aún... ¿estaría gimiendo de placer como una perra callejera, pidiéndole que se la metiera más profundo?
El sonido metálico de la cerradura de nuestra puerta principal me taladró los tímpanos.
Clic. Clac.
Solté la jarra de agua de jamaica que acababa de agarrar.
El plástico golpeó contra la repisa del refrigerador, derramando un charco rojo, pero me valió madre.
Cerré la puerta del electrodoméstico de un golpe y me quedé congelado en el umbral de la cocina, mirando hacia la entrada, con el corazón latiéndome en la garganta.
Y entonces la puerta se abrió despacio.
Y Mercedes entró.
El aire se esfumó de mis pulmones. Parecía haber regresado de otra dimensión, de un inframundo oscuro y perverso que yo no podía comprender.
Llevaba ese vestido de algodón gris perla. Un vestido que parecía inofensivo en un gancho, pero la forma en que lo llevaba puesto, la forma en que su cuerpo vibraba debajo de él, era todo menos inocente.
Sus pezones estaban duros como piedras, marcando la tela delgada con un descaro que me revolvió el estómago. Se notaba a kilómetros que no traía brasier.
Su cabello rubio, normalmente impecable, estaba alborotado, salvaje, con un mechón pegado a la frente por el sudor. Su piel estaba roja, caliente, irradiando un calor que se sentía a dos metros de distancia. Pero lo que más me perturbó fue su rostro y su caminar.
Sus labios estaban ligeramente hinchados, despintados, y caminaba con una rigidez extraña en las caderas, apretando los muslos, frotándolos como si la entrepierna le ardiera a cada paso.
Cerró la puerta a sus espaldas, recargándose contra la madera por un segundo. Cerró los ojos y soltó un suspiro profundo. Ahhh... fsssh.
El olor llegó a mí un segundo después.
El aire acondicionado de la sala arrastró la esencia que ella traía pegada a la piel. Era un aroma extraño… ¿a sexo? Un rastro agrio, alcalino y brutalmente masculino la envolvía como un aura asquerosa.
Y ella estaba un tanto ida, como distraída, miraba sin mirar.
—Meche... —Mi voz fue apenas un susurro quebrado, un hilo de sonido patético que escapó de mis labios temblorosos.
Abrió los ojos de golpe. No esperaba encontrarme ahí tan temprano.
Por una fracción de segundo, vi el pánico cruzar por sus pupilas amieladas, el terror de ser descubierta en pleno escurrimiento.
Pero ese pánico desapareció casi instantáneamente, tragado por una frialdad glacial, por un muro de superioridad y desprecio que me paralizó por completo.
—¡Mami! —Pablito saltó del sofá, corriendo hacia ella, ajeno a la tensión radiactiva que llenaba el departamento—. ¡Tengo hambre! ¡Mi papi no me hace nada!
El rostro de Mercedes cambió mágicamente. La frialdad se desvaneció, reemplazada por una sonrisa dulce, maternal, casi angelical. Se agachó, flexionando las rodillas con una lentitud extraña, apretando las piernas juntas, y abrazó al niño.
—Hola, mi amor hermoso. Perdón que me tardé. Ahorita mismo mami te sirve tu comida, ¿sí? Vete a lavar las manitas.
—¿Fuiste allá afuerita, mami? —preguntó el niño.
—Sí, mi cielo. Fui con... con la vecina del piso de arriba. Me prestó un líquido para limpiar. Ándale, córrele al baño.
En cuanto Pablito desapareció por el pasillo hacia el cuarto de baño, la sonrisa de Mercedes se borró de tajo. Se puso de pie y me miró. No había culpa en sus ojos.
Tampoco había el “líquido para limpiar”
Sólo vi Había a una esposa que parecía estar esperando a ver si el cornudo de su marido tenía los huevos de llamarla mentirosa.
Caminé hacia ella con pasos cortos, arrastrando los zapatos en la alfombra, sintiéndome como un hombre caminando hacia la horca.
—No fuiste con ninguna vecina de arriba, Meche —balbuceé, la voz temblándome tanto que soné como un niño llorón—. Yo... yo te escuché. Yo estaba aquí, pegado a la puerta. Te fuiste allá enfrente. Te fuiste al departamento del policía.
Mercedes se cruzó de brazos bajo sus pechos. El movimiento hizo que el vestido se estirara, resaltando aún más los botones duros de sus pezones. Su expresión no vaciló ni un milímetro. Era un bloque de hielo.
—Fui al segundo piso… —respondió, con una naturalidad pasmosa, sin inmutarse—. La del dos "A" me prestó el desengrasante.
—¡No me mientas, por favor, te lo suplico, no me hagas esto, ni siquiera traes el puto desengrasante!
—Mi voz se rompió en un sollozo ahogado.
Me detuve a un metro de ella, incapaz de acercarme más.
La evidencia física era tan aplastante que su negación me parecía una burla sádica—.
Hueles a él, Meche. Hueles a Dionisio. Apestas a su sudor.
Y mírate la boca... ¡y estás sudando! No traes tu sostén puesto. ¡Dime la verdad!
—¿De qué puta verdad hablas, Gonzalo? —Mercedes soltó una risita seca, echando la cabeza hacia atrás, exasperada—.
La verdad es que estás tan paranoico, tan enfermo de la cabeza, que ya alucinas olores, Gonzalo.
Fui al segundo piso. Subí rápido por las escaleras porque Pablito estaba solo, por eso estoy sudando.
—¡Es mentira! —Grité, la frustración rompiendo mi timidez. Di un pisotón en el suelo—. ¡Te escuché entrar ahí! ¡Estuviste ahí adentro con él todo este tiempo! ¿¡Qué te hizo, Meche!? ¿¡Por qué regresas caminando así, rozándote las piernas!? ¿Fuiste a ofrecértele?
El rostro de Mercedes se endureció. Desapareció cualquier rastro de la mujer paciente. Dio un paso hacia mí, y su presencia física, imponente, segura de sí misma, me hizo retroceder instintivamente como un perro apaleado.
—Ah, ¿así que estabas escuchando? —siseó ella, bajando la voz a un susurro lleno de veneno, clavando sus ojos en los míos. Parecía un depredador—. ¿Estabas pegadito a la puerta, Gonzalo? ¿Escuchando cómo supuestamente yo entraba al departamento del vecino?