Mi mujer y el vecino de Enfrente VII. El llamado #4
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VII. El llamado #4

—Y tienes los putos huevos de venir a decirme que "no quieres problemas" y que exiges discreción —Dionisio se rió de nuevo, una risa cruel, áspera—.

Usas la discreción como excusa barata para venir a pararte a mi puerta vestida como gata de esquina.

Eres una perra calentona, Meche. No viniste a pedir silencio.

Viniste a provocarme. Viniste a buscar riata.

—¡Claro que no! —chillé, la vergüenza y el coraje peleando en mi pecho, sintiéndome humillada por haber sido descubierta tan fácilmente—. ¡Eres un animal, un egocéntrico de mierda! ¡Yo no te deseo! ¡Me das asco!

Fue la mentira más estúpida que pude haber dicho.

El rostro de Dionisio se transformó. La burla desapareció, reemplazada por una sombra oscura, depredadora y violenta.

Sin darme tiempo a reaccionar, su mano derecha, enorme y pesada, se disparó hacia adelante. Me agarró del brazo, justo arriba del codo, clavándome los dedos con una fuerza descomunal que me sacó un quejido.

—¡Ay! ¡Suéltame! —intenté jalarme, pero era como pelear contra una grúa.

De un solo tirón brutal, me jaló hacia el interior de su departamento. Mis tenis blancos resbalaron en el mosaico. Choqué contra su pecho desnudo y sudado, ahogándome en su olor a hombre.

Dionisio me empujó hacia adentro, cerró la puerta principal con la mano libre, y pasó el cerrojo doble. ¡Clac, clac!

Estaba encerrada. Y Gonzalo no llegaría en casi dos horas.

Dionisio no me soltó el brazo. Me empujó hacia el centro de la sala mugrosa, donde estaban sus pesas de hierro fundido. Yo trastabillé, intentando mantener el equilibrio.

—¿Te doy asco? —gruñó, caminando hacia mí, acorralándome—. ¿A poco te da asco el cabrón que te ahogó en leche anoche?

—¡Sí! —le grité, llorando de rabia, mi respiración agitada, mis pechos rebotando libres—. ¡Eres un vulgar de mierda!

—Vamos a ver si es cierto —Dionisio se lanzó sobre mí.

No me golpeó. En su lugar, agarró la falda de mi vestido gris perla con ambas manos y me la subió de un solo jalón violento hasta la cintura.

El aire frío del aire acondicionado chocó contra mi entrepierna desnuda. Mi tanga negra de encaje quedó expuesta.

Y no solo eso. El puente de la tanga estaba blanco, brillante, pesadamente empapado por el flujo espeso y resbaladizo que había estado segregando desde que salí de mi departamento. Era una mancha innegable de excitación extrema.

Dionisio miró mi tanga empapada, y luego me miró a los ojos con una sonrisa de victoria absoluta que me destrozó el alma.

—Mírate nomás —susurró, señalando mi sexo húmedo—. Estás escurriendo como una perra en celo, Meche. Apestas a sexo. Te mueres de ganas de que te desfonde, pero te haces la mustia. Cómo te gusta hacerte a tonta, vienes a buscar excusas porque no tienes el valor de aceptar que eres una cualquiera.

La humillación de mi propio cuerpo traicionándome me dejó sin palabras. Lloré, bajando la cabeza, rindiéndome a la evidencia de mi propia perversión.

—Y como eres una mentirosa y una mustia, te vas a chingar —sentenció Dionisio.

Me agarró del brazo, me hizo girar bruscamente y sentí su manaza gigantesca y pesada chocando contra mis nalgas descubiertas.

¡PLAS!

Fue una nalgada durísima, un impacto seco, caliente y ardiente que resonó en toda la sala como un disparo. El dolor me sacó un chillido agudo.

—¡Ay! —brinqué, llevándome las manos a las nalgas blancas, que ardían bajo la tela. El dolor se transformó en un fuego líquido en mi vientre al instante, lubricándome aún más.

—¡Siéntate ahí en el sofá roto y cállate el puto hocico! —me ordenó, señalando el sillón de cuero rasgado y negro con el dedo índice, su voz vibrando de autoridad pura, sin una pizca de juego—. Te me quedas quietecita viendo cómo entreno.

—¿Qué? —Lo miré, confundida, sobándome la nalga roja bajo el vestido, sintiendo que mi cerebro hacía cortocircuito.

—Lo que oíste, perra. Viniste a provocarme con tus putas excusas.

Pues ahora te aguantas. Si te portas bien, y te me quedas bien calladita, sentadita con las patas cruzadas...

a lo mejor cuando termine de hacer mis series y sude un rato más, me compadezco de tu panocha urgida y te doy lo que viniste a rogar. ¡Siéntate!

Me senté de golpe al borde del sofá, asustada por su tono de voz implacable, pero temblando de un morbo incontrolable.

El cuero del sillón raspó mis muslos desnudos.

Apreté las rodillas. Mi coño estaba latiendo tan fuerte que sentía que la tanga negra se me iba a empapar por completo en segundos.

El castigo de tenerme ahí, lista, caliente, dispuesta y húmeda, y obligarme a esperar y mirar su cuerpo sudado sin poder tocarlo, era la tortura psicológica más perversa y excitante del mundo.

Dionisio se giró, ignorándome por completo, caminó hacia la barra de la cocina, levantó los brazos y se colgó.

Empezó a hacer dominadas lentas y pesadas.

Sus músculos de la espalda se tensaban como cuerdas de acero bajo la piel morena, el sudor le escurría por la columna, y con cada movimiento hacia arriba, el bulto monstruoso en sus pantalones cortos grises cabeceaba y rozaba la tela, asomando la forma gruesa, oscura y pesada de su verga semidormida.

Yo me quedé ahí, sentada al borde del sofá de cuero, callada, frotando mis muslos juntos, escurriendo flujo en la tanga de hilo, esperando mi castigo.

Esperando, en un suplicio de fuego, que el animal terminara su maldita rutina para ver si, por fin, se dignaba a meterme su enorme verga en mis entrañas.