VII. El llamado #3
Miré el chat de WhatsApp con mi hermana Andrea. Se suponía que iba a venir hoy por la tarde para dejar al niño e irnos a una plaza comercial por un café. Hacía calor, el cielo de julio en Guadalajara estaba despejado.
Su mensaje decía:
“Hermana, nos salieron unas broncas con el negocio de mi suegro y tengo que ayudarle a cuadrar cuentas. No voy a poder salir. Lo dejamos para la próxima semana, ¿va?”
Leí el mensaje de mi hermana. Una, dos, tres veces.
El corazón se me aceleró de golpe. Un pálpito de adrenalina me bajó al estómago. Sentí un zumbido agudo en los oídos.
Estaba libre.
Gonzalo salía a las dos y cuarto de la fábrica hoy sábado, lo que significaba que, entre que cobraba y tomaba el camión, no llegaría a la casa hasta pasadas las tres y media.
Tenía casi dos horas. Dos malditas horas de impunidad total.
Y sabía que Dionisio estaba ahí enfrente.
Lo había escuchado toser, escupir y abrir su puerta temprano en la mañana.
Le contesté a mi hermana, con los pulgares temblando tanto que me equivoqué en las letras: "No te apures, nena. Nos vemos luego."
Tiré el celular a la cama. Me levanté como si estuviera poseída por un demonio. El morbo me dictaba que tenía que cruzar el pasillo. Quería sexo. Me urgía ser penetrada y humillada.
Pero la señora Mercedes, esa voz estirada y clasista en mi cabeza, necesitaba una excusa. Una cuartada. Un pretexto para no llegar a tocarle la puerta como una vulgar ramera pidiendo limosna, sino como la dueña de la situación.
"Voy a ir a ponerle las cosas claras", me mentí a mí misma. "Le voy a decir que necesito que el asqueroso de su compañero Beto y sus golfas sean discretas. Que no quiero problemas. Que lo de anoche fue un error y que busco discreción absoluta."
Esa era mi mentira. Mi justificación para ir a tocarle a su puerta. No obstante, mi cuerpo... mi cuerpo se preparó para la guerra de otra manera.
Fui directo al clóset y abrí las puertas de par en par.
La decencia no aplicaba para exigir "discreción".
Quería provocarlo. Quería que al abrirme la puerta, se diera cuenta de lo que se había negado a cogerse anoche.
Quería que se volviera loco y me arrancara la ropa a tirones.
Usaría la psicología inversa: le diría que no quería problemas, mientras mi cuerpo le invitaba para que me partiera en dos.
Busqué en mis ganchos, empujando perchas con desesperación, y saqué un vestido de algodón ajustado.
Era de color gris perla, de esos que se amoldan a cada curva como si te los hubieran pintado encima.
Tenía tirantes muy delgados, como espaguetis, y un escote peligrosamente bajo. Me lo puse por la cabeza.
El algodón frío rozó mi piel recién bañada. Me miré en el espejo de cuerpo entero que estaba pegado en la puerta del clóset. El vestido se me pegaba a las caderas, al vientre plano, y se detenía a mitad de los muslos, cortísimo.
No me puse brasier. Era una decisión consciente, sucia y desesperada.
Mis senos, grandes y pesados, rebotaban libres con cada movimiento.
Y mis pezones, duros por la pura anticipación del morbo y el frío del aire acondicionado, empujaban la tela gris formando dos botones obvios, descarados e insolentes.
Se me notaba a leguas que iba encuerada por debajo.
Fui al cajón de la ropa íntima. Metí las manos bajo la tela de la falda y me puse una tanga negra de hilo de encaje.
Acomodé el hilo con los dedos, jalándolo hacia arriba a propósito para que se me metiera bien profundo en la raya del culo y frotara mis labios vaginales, que ya estaban sensibles, con cada paso que diera. Quería estar lista. Quería escurrir.
Fui al tocador. Me solté el cabello rubio, alborotándolo con las manos para que se viera salvaje, como si acabara de salir de la cama.
Me eché mi perfume caro de orquídeas en el cuello y en el escote, justo en la división de mis pechos, donde quería que él metiera la nariz y me oliera.
Me pinté los labios con un rojo brillante, carmín, recordando cómo se me habían corrido la noche anterior.
Me miré de nuevo. Era la combinación perfecta: la excusa de una vecina enojada exigiendo respeto, empaquetada en el cuerpo de una puta fina lista para ser usada.
Salí a la sala caminando despacio, intentando controlar la respiración. Mi chocho ya estaba latiendo.
—Pablito, mi cielo —le dije a mi hijo, que estaba tirado en la alfombra viendo Bob Esponja en la tele, jugando con un carrito.
Me temblaba la voz, pero intenté sonar dulce—.
Mami va a ir aquí arribita, con la vecina del piso de arriba, a pedirle prestado un líquido para limpiar, que se me acabó.
No te muevas de aquí, ¿sí? No le abras a nadie. Me tardo un ratito.
—Sí, mami —El niño ni siquiera despegó los ojos de la televisión.
Tragué saliva. La culpa me pegó un pinchazo, pero el fuego en mis ovarios la apagó al instante.
Salí de mi departamento y cerré la puerta con cuidado.
El pasillo del tercer piso estaba en un silencio sepulcral. Caminé los tres putos pasos que separaban mi puerta de la puerta de madera oscura del número cuatro.
El hilo de la tanga me rozaba el clítoris inflamado, lubricándome al instante. Para cuando llegué a su puerta, ya estaba mojada de nuevo, sintiendo un hilito espeso bajar por mi labio interno.
Acomodé mi postura. Crucé los brazos bajo mis pechos, empujándolos ligeramente hacia arriba, fruncí el ceño y levanté la barbilla. "Exigir discreción", me repetí, lista para mi papel.
Levanté el puño y toqué la madera con los nudillos, fuerte, decidida.
Toc, toc, toc.
Casi de inmediato, escuché los seguros abrirse por dentro. Clac, clac. El corazón se me subió a la garganta.
La puerta se abrió hacia adentro, despacio.
Dionisio estaba ahí.
Me quedé sin aliento. Se me cortó la respiración de golpe. Llevaba puestos solo unos pantalones cortos deportivos grises muy sueltos, colgados peligrosamente por debajo de su cadera. Estaba descalzo.
Su torso enorme, ancho como una maldita puerta, estaba completamente desnudo. Estaba cubierto de una capa brillante de sudor, reflejando la luz del pasillo. El vello negro de su pecho y su abdomen estaba mojado, pegado a la piel.
Llevaba una toalla blanca de gimnasio colgada al cuello. Apestaba a macho, a sudor espeso, a ese olor alcalino y hormonal que me mareaba el cerebro al instante. Estaba haciendo ejercicio en su sala.
Sus ojos oscuros se clavaron en mí. Me barrió de arriba a abajo. Fue un escrutinio de dos segundos, pero sentí que me desnudaba, que me arrancaba el vestido con la mirada. Vio mi vestido gris perla embarrado a las caderas, vio mi cabello alborotado, vio el maquillaje.
Y sobre todo, vio la ausencia de mi sostén. Sus ojos se detuvieron, pesados y lascivos, en mis pezones parados que empujaban la tela gris, marcando la aureola.
Pero no sonrió. Cruzó sus manazas sobre su pecho sudado y levantó una ceja poblada, mirándome con una mezcla de fastidio y burla.
—¿Tú otra vez, vecinita? —me gruñó, su voz era un trueno bajo, amenazante—. ¿No te dije anoche bien claro que no me estuvieras chingando si yo no te llamaba?
El rechazo inicial me dolió, pero me aferré a mi escudo psicológico. Apreté más los brazos bajo mis pechos.
—No te equivoques, Dionisio —dije, con un tono afilado, intentando sonar ofendida y dueña de la situación—. No vengo a rogarte nada. Vine a dejarte las cosas claras. Lo de anoche... fue un error. Una pendejada por el puto coraje que traía, me agarraste en mis cinco minutos.
Dionisio soltó una risita seca, echando la cabeza hacia atrás, pero no me interrumpió. Me dejó hablar, saboreando mi patético intento de mantener el control.
—Y quiero tu palabra —continué, alzando la voz ligeramente—, tuya, y la de ese cerdo de Beto y las mujerzuelas que tenías ahí, de que nadie va a abrir el hocico.
No voy a permitir que arruines mi reputación en el edificio.
Quiero discreción absoluta. No quiero problemas, Dionisio. Así que asegúrate de que se callen.
El silencio que siguió a mis palabras fue pesado, sofocante. Dionisio me miró fijamente por unos segundos. Su mirada bajó desde mis ojos, paseándose deliberadamente por el escote de mi vestido, bajando hasta mis muslos descubiertos, y luego volvió a subir, mirándome con un desprecio absoluto.
Se soltó los brazos, se acercó al marco de la puerta y se recargó, acercando su rostro sudado al mío. El olor a testosterona pura casi me hace cerrar los ojos.
—Si tu problema es que Beto o las putitas vayan a ir por ahí diciendo que la mujer casada de enfrente se puso de rodillas y me comió la polla como una reverenda puta.
—¡Yo solamente vine a decirte eso y ya!
—Déjate de mamadas, Meche, y mejor dime la verdad —murmuró, su voz ronca vibrando en mi cara—. ¿Según tú viniste solo a advertirme? Vienes vestida como una ramera, mejor dime que quieres que te folle.
—¿De qué hablas? Yo vengo a exigirte...
—¡Cállate el puto hocico! —me cortó de tajo, con una voz tan autoritaria que di un respingo, soltando mis brazos por inercia, dejando mis pechos bambolearse libres bajo la tela.
Dionisio dio un paso fuera de su puerta, invadiendo el pasillo, acorralándome. Instintivamente retrocedí un paso, sintiendo el pánico, pero también un corrientazo eléctrico en el clítoris.
—No te me hagas pendeja a mí, Mercedes —me siseó, apuntándome con un dedo gigante y calloso al pecho—.
Vienes a mi casa a las dos de la tarde, sabiendo que vivo solo, sabiendo lo que te hice anoche.
Vienes oliendo a puta fina, con el pelo suelto.
Te pones un pinche vestido embarrado que te llega al culo.
¡Y no traes sostén! Mírate los pezones, perra, los traes parados como perra preñada.
Tragué saliva, sintiendo que la cara me ardía. Me había leído como a un libro abierto. Había destruido mi fachada de "señora indignada" en tres segundos.