Mi mujer y el vecino de Enfrente VII. El llamado #2
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VII. El llamado #2

Arranqué papel higiénico del dispensador y empecé a limpiarme desesperadamente. Lloré. Lágrimas gruesas y calientes de pura vergüenza resbalaron por mis mejillas y cayeron al suelo. Me limpié el pantalón, me guardé la verga flácida y me subí el cierre.

Me lavé la cara en el lavabo con agua helada, mirándome en el espejo. Mis ojos estaban rojos. Parecía un muerto.

Había tocado fondo. Ya no tenía salvación.

El resto del turno fue un hoyo negro.

Cuando sonó la chicharra a las 2:15 p.m. por ser sábado, salí de la fábrica como un zombi. Agarré mi maletín viejo y me subí al camión de la ruta 622.

El camión iba hasta la madre. Olía a sudor agrio de obreros, a garnachas, a escape de diésel.

El calor de julio en Guadalajara derretía el asfalto.

Me agarré del tubo de metal, balanceándome con los frenazos.

Miraba a los hombres a mi alrededor. Tipos rudos, albañiles con brazos fuertes, traileros.

Me descubrí pensando: "¿Este también se cogería a mi mujer mejor que yo? ". La paranoia me estaba enloqueciendo.

Cada cuadra que el camión avanzaba hacia el sur, hacia mi colonia, el pánico me apretaba más el pecho. ¿Qué iba a encontrar en mi casa?

Me bajé en mi parada. Caminé las dos cuadras hasta los condominios. Subí las escaleras de cemento sintiendo que pesaba mil kilos.

Llegué al tercer piso. Todo estaba en silencio. La puerta número cuatro, la del vecino, estaba cerrada.

Metí la llave en mi puerta. Clic. Entré.

El departamento estaba en penumbra. El aire acondicionado estaba prendido. Todo olía a Pinol y a limpio.

Pablito estaba acostado en el sofá, tapado con su cobijita de Spiderman, viendo Bob Esponja en la tele. Tenía un carrito de plástico en la mano.

—¡Hola, papi! —me dijo, sin quitar los ojos de la caricatura.

—Hola, campeón —intenté sonreír, dejando mi maletín sobre la mesita—. ¿Y tu mamá? ¿Está trabajando?

Pablito ni volteó. Siguió balanceando el carrito.

—Mami no está, papi.

El corazón se me paró. Dejó de latir por completo.

—¿Cómo que no está? —Mi voz salió como un chillido ahogado—. ¿Se fue a la tienda? ¿Al mercado?

—No sé. Me dijo que se iba a bañar. Y luego, hace un ratito, me dijo que iba a salir ahí arribita, que le iban a prestar unas cosas para limpiar. Que no me moviera.

El frío me recorrió la columna vertebral.

Ahí arribita.

En un edificio de tres pisos, arriba solo hay azotea. Mercedes no sube a la azotea a pleno sol de las dos y media de la tarde.

—¿Y viste cómo se fue, hijo? ¿Llevaba bolsa? —pregunté, acercándome a él, temblando.

—No. Se fue sin bolsa. Traía un vestido bonito. De los de tirantitos.

Un vestido de tirantitos. Para pedir prestado un trapo de limpieza.

La sangre se me fue a los pies. Me di media vuelta como un sonámbulo. Caminé hacia la puerta de mi propio departamento, pero no salí. Me pegué a la madera. Pegué la oreja, cerré los ojos y aguanté la respiración.

El pasillo estaba en silencio. Pero mi mente me torturaba. Juraría que, a lo lejos, atravesando las capas de madera y yeso, escuché un golpe seco. Un ¡plas! ahogado. Y luego, un quejido.

Mi mujer. Mi Mercedes. Con un vestidito de tirantes. A menos de tres metros de distancia, metida en el departamento del gorila.

Y otra vez... el puto cosquilleo en mi entrepierna. Me llevé las manos a la cabeza, deslizándome por mi propia puerta hasta quedar sentado en cuclillas en la entrada, mientras Pablito reía por un chiste de Bob Esponja.

¿Mi esposa estaba metida en el departamento del vecino de enfrente?

Mercedes Sábado, 10:00 a.m.

Me ardía el chocho.

Era un ardor sordo, constante, una fricción que me quemaba entre los labios vaginales cada vez que daba un paso.

Estaba en la cocina, con una esponja en la mano, lavando mecánicamente los platos del desayuno de Gonzalo, pero mi cabeza estaba en otro puto planeta y no podía dejar de mover las piernas.

Las cruzaba, las descruzaba, apretaba los muslos. Sentía la humedad viscosa pegada en el puente de mi calzoncito. Estaba escurriendo sin control. La tela delgada de mis mallones grises rozaba contra mis labios inflamados, y cada maldito roce me mandaba una sensación eléctrica hasta el bajo vientre.

Llevaba horas viviendo en un puto manicomio dentro de mi propia cabeza.

Desde que había regresado la madrugada pasada del departamento de Dionisio, humillada, con los pechos de fuera y con los mallones manchados de su leche asquerosa y pegajosa tras aquella mamada frente a Beto y las putas, mi cuerpo no había dejado de exigirme más.

El dolor que sentía era real. Me dolían las mandíbulas de una manera brutal de tanto chuparla.

Me dolía el fondo de la garganta al pasar saliva.

Dionisio me había tratado peor que a una ramera barata.

Me había agarrado del pelo, me había forzado a mamársela frente a un público, y me había ahogado hasta dejarme babeando.

Y el final... Dios, el final me volvía loca. Se había limpiado la verga mojada restregándomela en la entrepierna de mis pantalones, usándome de trapo. Y me había corrido. Y aunque no me había cogido, me había dejado con el útero palpitando, vacío, castigada, diciéndome que no me merecía su verga.

Y eso me estaba enloqueciendo. En lugar de asquearme y odiarlo, su rechazo me había convertido en una adicta. Quería que me la metiera. Necesitaba sentir ese tamaño, esa brutalidad desfondándome, rompiéndome por dentro. Mi chocho palpitaba pesado, exigiendo que lo rellenaran con fuerza bruta.

Terminé de lavar los platos y cerré la llave del fregadero con violencia. El grifo rechinó. Gonzalo se había ido a la fábrica en la mañana, con su maletín de lona, sus hombros encorvados y su actitud de cobarde sumiso después de haberse tragado mi mentira estúpida del "lodo y el cloro".

Estaba decepcionada. Cada vez que me acordaba de él temblando en el pasillo, lloriqueando, me daban ganas de vomitar. No podía creer que fuera tan poco hombre.

Yo necesitaba a un macho, alguien que me defendiera, sin embargo, con Gonzalo eso no podía esperar.

Lo peor es que me sentía cachonda.

Fui al cuarto de baño a paso rápido, apretando las nalgas. Cerré la puerta y le pasé el seguro por si el niño se acercaba.

Me desnudé frente al espejo de un jalón.

Tiré la blusa al cesto. Me bajé los mallones y mis braguitas.

Mi aroma con los fluidos y olor a hembra en celo, me subió directo a la nariz.

Mi cuerpo estaba caliente, rojo. Vi el rastro de flujo espeso, transparente y brillante en el puente de algodón.

Estaba empapada. Mis pezones se pararon al instante al contacto con el aire frío, duros como botones, doliendo.

Abrí la regadera. El agua salió casi hirviendo. Me metí bajo el chorro.

El agua me golpeó la espalda, humeando, pero el fuego verdadero estaba adentro, quemándome las tripas.

Me apoyé con una mano contra los azulejos mojados, abrí las piernas y bajé mi mano derecha. Me la metí entre las piernas sin pensarlo dos veces. Slurp, squelch.

Mis propios dedos se hundieron con una facilidad asquerosamente húmeda en la entrada de mi vulva. Estaba tan lubricada, tan abierta, que sentí que dos dedos se me iban enteros sin resistencia. Empecé a frotarme el clítoris inflamado, rápido, con furia, usando las yemas para raspar un poco.

Intenté pensar en mi marido. Intenté obligarme a ser la esposa fiel, la que se tocaba pensando en hacer el amor tierno con el hombre de su vida.

—Gonza... —intenté susurrar.

Pero la cara de Gonzalo se borró. Su pene blando y su mirada asustada desaparecieron.

En su lugar, apareció la cara tosca, morena y sudada de Dionisio. Vi esa sonrisa sádica. Vi su verga oscura, enorme, venosa, brillante por su propia baba, apuntándome a la cara. Recordé el sabor de su preseminal amargo en mi lengua.

Me imaginé que él abría la puerta del baño de una patada.

Que el seguro volaba en pedazos. Que entraba a la regadera vestido con su uniforme de policía, con las botas puestas.

Que me agarraba del pelo mojado, dándome un jalón brutal que me hacía echar el cuello hacia atrás.

Me imaginé que me tiraba contra los azulejos fríos, me abría las piernas a la fuerza con su rodilla áspera y me miraba con desprecio.

—Vamos, puta calentona... —susurré bajo el ruido del agua, imitando su voz ronca en mi cabeza, metiendo dos dedos profundos dentro de mi chocho y estirando las paredes—. Suplícame que te la meta... chilla de placer, perra, ábrete más.

—¡Mmmmh... ahhh! —Gemí en voz alta, sin poder contenerme, moviendo los dedos como loca. Fssh, fssh, fssh.

Me imaginé sus manazas gigantescas agarrándome las tetas, amasándolas, apachurrándolas hasta dejarme moretones morados.

Y luego, me imaginé que se sacaba el pollón, erecto, duro como una macana de hierro, y me daba una cachetada con él en la cara antes de empujármelo por el coño.

El impacto seco y brutal abriéndome de un solo putazo.

—¡Sí, Dioni... métemela... destrózame toda, papi, sí!

El orgasmo me reventó. Fue un espasmo violento que me subió desde los muslos.

Las paredes de mi vagina se contrajeron, chupando mis propios dedos en espasmos dolorosos, calientes y rítmicos.

Las rodillas me temblaron tanto que me resbalé.

Me tuve que agarrar a dos manos de la jabonera, llorando, jadeando, con los ojos en blanco de puro terror y placer al mismo tiempo.

Me quedé ahí, bajo el chorro de agua, con los dedos aún metidos en mi propia carne, sacudida por las réplicas del clímax.

Pero en cuanto el orgasmo pasó, el vacío regresó peor que antes.

Mis dedos no eran suficientes. Era patético.

Me estaba perdiendo. Ya no quedaba nada de la licenciada Mercedes, la vecina persignada y estirada del tercer piso.

Solo quedaba esta puta hambrienta, esta ramera arrastrada que solo vivía para fantasear con ser rellenada por el vecino.

1:45 p.m.

Después de bañarme, me puse crema, y me senté en el borde de la cama en ropa interior. Sentía las piernas de gelatina. Agarré mi celular del buró.