VII. El llamado
El puto ruido de las máquinas de coser industriales me estaba taladrando la cabeza.
Traca-traca-traca. Atravesaba los cristales de la oficina de Compras como si me estuvieran perforando los tímpanos con un picahielos.
Frente a mí, el monitor de la computadora me escupía el brillo blanco de una hoja de cálculo de Excel.
Filas, columnas, proyecciones de hilo de algodón y poliéster para el trimestre. Pura basura irrelevante.
Llevaba dos horas sentado en mi silla de tela gastada, con las manos sobre el teclado, sudando frío. No había metido ni una sola puta cifra.
Mi mente estaba trabada. Congelada en la madrugada.
Cuando cerraba los ojos, no veía la oscuridad, veía la silueta de mi esposa dándome la espalda en la cama.
Y peor aún, escuchaba su voz. Ese gemido ronco, ahogado, rasposo, saliendo de su garganta mientras se metía los dedos hasta el fondo de su propio coño.
“¡Ahh... Dioni... Dioni...!”
El nombre del vecino pervertido de enfrente.
El gorila que nos estaba destruyendo. Mi mujer se había corrido en nuestras propias sábanas pensando en la verga de ese animal.
Y yo, el gran hombre de la casa, me había quedado ahí, escuchando, con el pito duro dentro de los calzones, llorando de pura cobardía y excitación enfermiza.
—Gonza, ¿estás bien? Llevas rato pasmado, cabrón.
Di un respingo tan violento que mi rodilla chocó contra la madera del escritorio. ¡Pum! Un vaso con plumas salió volando y se estrelló contra el piso. Giré la cabeza, desorientado, con el corazón latiéndome a mil por hora, sintiendo que me faltaba el aire.
Frente a mi cubículo estaba el ingeniero Márquez. Un tipo cincuentón, canoso, panzón, supervisor de almacén. Me miraba con el ceño fruncido, dándole un sorbo a su pinche taza de café humeante.
—Ah... sí, sí, ingeniero. Perdón. Es que... no dormí muy bien anoche —balbuceé.
Me agaché rápido para recoger las plumas, agradeciendo tener una excusa para esconder mi cara roja de la puta vergüenza que sentía.
—Ya me imagino —Márquez soltó una risita cómplice, de esas que usan los "machos" en las oficinas—.
Ya es fin de semana, la señora seguro andaba caliente, ¿eh?
Así pasa, mi Gonza. A tu edad uno todavía tiene que cumplirle a la fiera en la casa, dejarla bien saciada, para que lo dejen a uno ver el futbol el domingo en paz.
Échale ganas, cabrón, que si no, ya sabes lo que dicen...
si no le das mantenimiento a la tubería en tu casa, el plomero de la cuadra te hace el favor.
Sentí como si me hubieran pateado los huevos con botas de casquillo.
El plomero de la cuadra te hace el favor.
Y, por lo que sabía, el plomero de mi cuadra era Dionisio, el puto policía salvaje ese.
Márquez se echó a reír, me dio un par de palmadas fuertes en el hombro por encima de la mampara de tela del cubículo, y se fue caminando hacia su oficina arrastrando los zapatos.
Me quedé congelado. Las plumas apretadas en mi puño se me encajaban en la piel hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
Tragué saliva. Tenía un nudo de bilis ácida quemándome la garganta.
El aire acondicionado de la oficina estaba a veintidós grados, pero yo estaba sudando a mares.
Sentía las gotas frías resbalando por mi nuca, mojando el cuello de mi camisa arrugada.
Mantenimiento a la tubería.
Cerré los ojos con fuerza. Y entonces, la represa de mi cordura se rompió por completo.
Las palabras de Dionisio en el estacionamiento volvieron a golpearme como un bate de béisbol en la cara. "Quedó muy, muy satisfecha con mis disculpas... llegó a un acuerdo muy profundo... se fue temblando... se fue vaciada..."
Me había estado mintiendo a mí mismo. Quería pensar que tal vez ella se asustó, que tal vez solo discutieron. Pero la realidad me escupía en la cara. Mi mujer había entrado a esa casa.
Mi mente enferma, retorcida y masoquista empezó a proyectar la película. No podía detenerla.
Imaginé a Mercedes cruzando ese pasillo con sus putos mallones grises de yoga.
Esos que se le meten en la raya del culo y le marcan la panocha abultada.
Imaginé a Dionisio abriéndole la puerta.
Un tipo que mide casi dos metros, que pesa más de cien kilos de puro músculo, con esa barba negra, oliendo a sudor, a testosterona pura, a macho alfa.
Y yo... yo soy un puto flaco que cuenta hilos en un escritorio.
Vi, en mi cabeza, cómo Dionisio la agarraba del brazo. No con cuidado. La jalaba hacia adentro y cerraba la puerta. Me imaginé a Meche intentando hacerse la digna al principio. "Bájale a la música", diría ella, con esa voz mandona que usa conmigo. Pero con él no funciona. Con él no hay reglas.
Lo imaginé acorralándola contra la pared mugrosa de su sala.
Vi sus manazas, enormes y callosas, agarrando la blusa de tirantes de mi esposa.
¡Rrrrrip! El sonido de la tela desgarrándose.
Los pechos de Mercedes, pesados, blancos, con esos pezones grandes y oscuros que a mí me vuelve loco chupar, quedando al aire.
Las miradas de los policías borrachos y las putas riéndose de ella.
Oh, Dios mío... no...
Mi respiración se volvió superficial. Aaaah... fshhh... Empecé a jadear por la boca.
Y entonces, pasó. Bajo el escritorio, sentí el calor morboso bajando a mi entrepierna. Mi verga empezó a latir. Primero fue un cosquilleo, y luego, una erección violenta, dura como una maldita piedra, que me apretó contra la tela de mis pantalones de vestir grises.
Me dolía.
Me excitaba mi propia humillación. Me excitaba imaginar que otro hombre, un hombre de verdad, un animal salvaje, tomaba a mi mujer y le enseñaba su lugar.
Me imaginé a Dionisio bajándole los mallones a tirones. Meche llorando, pero no de miedo. Llorando de un morbo asqueroso.
Imaginé a Dionisio sacando su verga. Por su tamaño, seguramente era una tranca enorme que yo jamás podría igualar.
Imaginé a ese gorila obligando a mi esposa a ponerse de rodillas en esa alfombra asquerosa.
"Ábrela", le diría. Y ella abriendo la boca, babeando, tragándose entera esa monstruosidad.
Gluck, gluck, glurp. El ruido de la boca de mi mujer llenándose de otra leche, atragantándose, los ojos llorosos, suplicando que se la metiera por la vagina.
—Me lleva la puta madre... —susurré, apretando las piernas debajo de la mesa para intentar disimular el bulto obsceno que me deformaba el pantalón.
No aguantaba más.
Me levanté de la silla de golpe. La silla de rueditas chocó contra el archivero metálico de atrás con un golpe sordo. ¡Clac! Un par de secretarias levantaron la vista por encima de los cubículos, mirándome con cara de susto.
Agaché la cabeza, agarré unas hojas en blanco a lo pendejo para disimular, y caminé rápido hacia el pasillo, encorvado, intentando que mi camisa ocultara la carpa que traía en la entrepierna.
Me metí a los baños de los hombres al fondo de la planta baja. Estaban vacíos. Empujé la puerta del último cubículo, el que está pegado a la ventana opaca, y le pasé el pestillo de metal.
Me recargué contra la puerta fría, cerré los ojos y dejé caer los papeles al suelo.
Me desabroché el cinturón de cuero. Bajé el cierre. Metí la mano bajo la tela de mis bóxers y saqué mi polla. Estaba hirviendo, roja, palpitando de una manera enfermiza, soltando una gotita de preseminal.
La agarré con la mano derecha. Empecé a pajearme.
Lento al principio, frotando el prepucio de arriba a abajo. Fsssh, fsssh. El roce de mi propia mano me producía escalofríos, pero mi mente no estaba ahí en el baño. Mi mente estaba en el departamento número cuatro.
En mi fantasía autodestructiva, Dionisio agarraba a Mercedes por las caderas. La empujaba contra el respaldo de ese sofá roto de cuero. La ponía en cuatro patas. El culo blanco y gordo de mi esposa apuntando hacia atrás, mojado, escurriendo flujo por la calentura de ser dominada.
En mi cabeza imaginé a Dionisio escupiéndose en la mano, frotando su verga gruesa, y clavándosela de un solo putazo.
—¡Aaaaahhh! —Gemí en voz baja dentro del baño de la fábrica, apretando los dientes, acelerando el movimiento de mi mano sobre mi pito. Fap, fap, fap, fap.
Imaginé el choque de la panza sudada de Dionisio contra las nalgas de mi mujer. ¡Plas, plas, plas! El ruido húmedo de sus cuerpos chocando.
Imaginé a Mercedes gritando, gimiendo como una perra callejera. "¡Sí, papi, sí, cógeme, métemela toda!". Ella, la mujer que me rechazaba a mí porque estaba "cansada", exigiéndole a gritos al vecino que la partiera por la mitad.
La vi mirando hacia atrás, por encima de su hombro, con el maquillaje escurrido y la cara de loca, sintiendo el palo inmenso abriéndola por dentro, estirándole las paredes de su chocho, tocándole puntos que mi verga promedio jamás había rozado.
Me ardía la polla por la fricción rápida de mi mano.
—Dioni... se la está cogiendo el puto de Dioni... —balbuceé, sintiendo cómo los testículos se me contraían.
El morbo de saberme cornudo, de saberme un inútil, fue el puto gatillo. Sentí el fuego subir desde la base de mi pito. Las piernas me temblaron.
—¡Me vengo, ahhh, mierda, me vengo!
El orgasmo me reventó las entrañas. Me corrí como un puto cerdo. Chorros gruesos de leche caliente salieron disparados, manchando la taza del inodoro y salpicando mis propios zapatos de vestir y el filo del pantalón gris.
Me quedé ahí, con la polla aún palpitando en mi mano manchada, jadeando con la boca abierta, escuchando cómo el zumbido del extractor de aire del baño llenaba el silencio.
Y en menos de tres segundos, la excitación desapareció.
Lo que cayó sobre mí fue una tonelada de asco. Un asco negro, denso y paralizante.
Me miré la mano cubierta de semen. Miré mis zapatos salpicados.
¿Qué carajos me pasaba? ¿En qué pinche monstruo me había convertido?
Mi esposa, la mujer de mi vida, me estaba traicionando (o siendo abusada, ya no sabía qué era peor) con un animal, y yo estaba aquí, encerrado en un baño público, pajeándome con la idea de verla ser destruida.