VI. El descenso #4
Me levanté temblando como un perro apaleado. Me junté los pedazos rotos de la blusa sobre el pecho con las manos llenas de vergüenza, intentando taparme los pechos embarrados. Mis rodillas casi no me sostenían, sentía que me iba a desmayar del vértigo.
—¡Eres un hijo de puta! —le grité, al caer en la cuenta de lo que había pasado.
Caminé hacia la puerta dando traspiés. Cuando iba a agarrar la perilla metálica, Dionisio se acercó y me agarró la barbilla por detrás, deteniéndome.
—La cosa está así, Meche —murmuró al oído, su aliento a tabaco pegándome en la cabeza, mandándome un último escalofrío de terror y lujuria—.
Cuando a mí se me hinchen los huevos, y tenga la verga parada, y se me antoje una puta, yo te mandaré un mensaje, tengo tu número aunque tú no lo creas.
Saldrás de tu casita, vas a cruzar ese pasillo y sin rezongar, vendrás.
Y si te veo con ganitas... a lo mejor, te hago el favor de cogerte y quitarte esa comezón. ¿Entendiste, perra?
Me quedé cuadrada, y sentí que el alma se me iba a los pies.
—¡Imbécil! —susurré.
Me dio una nalgada fuerte, que sonó como un balazo en mis mallones grises, y me abrió la puerta.
Salí al pasillo como un zombi. Escuché su cerradura hacer clic a mis espaldas. Estaba marcada. El frío de la madrugada me pegó en la cara pegajosa y en la mancha mojada y apestosa de mi pantalón.
Entré a mi departamento cerrando rápidamente. La oscuridad de mi casa me recibió.
Ahí estaba Gonzalo.
No recuerdo bien si estaba en la sala, en el cuarto de mi hijo en nuestra recámara, así de traumada me quedé esa noche por culpa de Dionisio. Lo único que recuerdo es que levantó la vista cuando escuchó mis pasos, y me vio.
Recuerdo que sus ojos se abrieron con un horror que mee dejó tensa.
Me observó de arriba abajo. Mi blusa rasgada sostenida por mis manos.
Vio mis pechos asomando, manchados. Vio mi maquillaje escurrido por las lágrimas, mi cabello enredado.
Y vio, con total claridad bajo la luz amarilla de la lámpara, la enorme, oscura y asquerosa mancha de fluidos cruzando la entrepierna de mis pantalones de yoga.
—Meche... —balbuceó él, temblando, retrocediendo en el suelo como si yo fuera un fantasma—. Dios mío... ¿Qué te pasó? ¿Te lastimó? ¿Llamo a la policía?
Sentí un asco inmenso por él. Una repulsión que me revolvió el estómago. ¿Llamar a la policía? ¿Después de que me dejó ir sola, a exponerme frente a esos cabrones, solo porque él tenía miedo?
Su cobardía monumental me dio asco, sí. Pero también, de una manera perversa, me dio la excusa perfecta para hundirme en la mierda que Dionisio me ofrecía sin sentir un solo gramo de culpa por mi marido. Gonzalo no merecía respeto. No merecía mi fidelidad.
—No llames a nadie —le dije, con una voz helada, rasposa y ajena que ni yo misma reconocí—. Ya lo arreglé. Todo está bien.
Me di la vuelta y me encerré en el baño. Puse el seguro.
Me miré al espejo bajo la luz blanca. Vi al fantasma de una puta. Tenía la mejilla, el cuello y un pecho manchados de pegotes blancos de semen seco, brillando horriblemente. El labio inferior hinchado y rojo. Mis ojos eran los de una loca.
Tiré la blusa destrozada al cesto de la basura y me bajé los mallones con prisa. El olor a su falo, a semen salado, a tabaco y a mi propio flujo descontrolado apestó el bañito cerrado de inmediato. Me quité la tanga empapada, que ya no servía de nada.
Me metí a la regadera. Abrí la llave y dejé que el agua casi hirviendo me cayera encima. Me tallé la cara, el cuello y los pechos con furia, usando jabón, llorando bajo el agua. Lloraba de estrés, lloraba por mi hijo, por la hipocresía de mi vida, por mi matrimonio de cartón…
Pero entonces, mientras el agua se llevaba los rastros de leche por el desagüe... bajé la mano derecha para lavarme entre las piernas.
Al tocarme el chocho, hinchado, rojo y doliendo por la falta de alivio, mi cuerpo me traicionó con una brutalidad que me asustó. Cerré los ojos. Y en lugar de pensar en Gonzalo... vi la cara de Dionisio.
Recordé el grosor de su verga aplastándome la lengua. El sabor acre de su preseminal. La fuerza de sus manos agarrándome el pelo. Cómo me insultaba llamándome perra y cómo me restregaba su polla en la ropa.
Empecé a masturbarme. Me froté el clítoris con desesperación bajo el chorro de agua, rápido, sucio, con dos dedos.
—Dioni... oh, Dioni, sí... —susurré, llorando de terror por mi propia perversión, mientras metía un dedo en mi vagina, imaginando que era él quien me estaba partiendo.
Me vine ahí, parada en la regadera, apoyada contra los azulejos fríos, con las piernas temblando y los pulmones ardiendo. Me vine llorando de terror. Terror a mí misma.
Porque en el fondo de mi alma podrida, sabía una cosa con absoluta certeza: si ese monstruo hijo de puta me mandaba un puto mensaje mañana por la noche, o al día siguiente...
yo iba a buscar cualquier excusa, iba a mentirle a mi marido en su cara, y cruzaría el pasillo corriendo para volver a hincarme y rogarle que ahora sí, por piedad, me la metiera hasta el fondo.