Mi mujer y el vecino de Enfrente VI. El descenso #3
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VI. El descenso #3

Sentí que me caía un valde de agua fría. El rechazo físico me dolió más que una patada. El calor de mi vientre se convirtió en una punzada de frustración insoportable.

—P-pero... Esperanza dijo que tú... —intenté defender mi calentura, buscando una excusa lógica, sintiéndome la mujer más estúpida y barata del mundo.

—¡Tú no eres Esperanza! —me gritó en la cara, soltándome la barbilla de un manotazo—.

¡Tú eres la vieja tipa alzada que me ve con asco en las mañanas!

¡La que me hace caras! Mírate las mallas, perra.

Estás escurriendo agua como llave rota. Te mueres de ganas de sentir cómo te desgarro la matriz mientras el pendejo de tu marido llora en el cuarto de al lado, ¿verdad? Es lo que te prende.

—¡Yo… yo no…! —lloré, con mi orgullo hecho polvo, la saliva cayéndome al piso.

—Pues te vas a quedar con las putas ganas, Meche —me empujó la frente con dos dedos, haciéndome tambalear hacia atrás hasta caer sentada de culo en la alfombra—.

Para que yo te la meta y te quite esa comezón, me vas a tener que rogar mucho más.

Vas a tener que arrastrarte. Hoy, solo viniste a servir de trapo.

¡Ponte de rodillas y chupa, que ya voy a soltar la leche!

El castigo psicológico era brutal. Me estaba negando lo que mi cuerpo, húmedo, tembloroso y febril, pedía a gritos.

Me usaba solo como un hoyo de carne, como un basurero para sus fluidos.

Lloré de coraje, de humillación, y de una excitación frustrada que me retorcía los ovarios, y sin embargo, obedecí.

Me volví a hincar. No podía parar. Parecía una perra domada.

Me volvió a agarrar de la cabeza y me ensartó su polla de un solo golpe, tan profundo que sentí que me iba a sacar el desayuno.

¡Ggghh! Me volví a ahogar, pateando la alfombra con las puntas de mis tenis.

Dionisio empezó a temblar. Sus piernas se pusieron tensas, los músculos de sus muslos se marcaron como rocas bajo mis manos.

—Eso... trágatela, perra... —gruñó, respirando rápido, enterrándome los dedos en el cuero cabelludo, tirando de mí hacia su pubis—. ¡Chupa, Meche, me voy a venir, me voy a correr, chupa más que ya me vengo! ¡Me vengo, cabrona!

Su pelvis chocó contra mi cara con toda su fuerza, aplastándome la nariz contra su vello púbico.

De repente, justo cuando sentí que el glande latía dentro de mi garganta, me jaló del pelo y la sacó de mi boca. Agarró su polla ardiente con el puño y me apuntó directo a la cara, como si fuera una manguera.

¡Splat!

El primer chorro de leche, espeso, hirviendo y ridículamente abundante, me golpeó la mejilla izquierda y el ojo cerrado.

Era muchísima. Un segundo chorro, denso, blanco y pegajoso, me manchó los labios hinchados; otro más me cayó en el puente de la nariz, y un par de chorros pesados aterrizaron en mi cuello, resbalando calientes hasta caer justo encima de mi pezón izquierdo desnudo.

—¡Uuufff, a la verga! —Dionisio gemía con voz ronca, los ojos cerrados, soltando toda su leche, sacudiendo la verga para vaciar las últimas gotas espesas, marcando a la "señora decente" del edificio como si fuera un pedazo de papel higiénico, un puto pañuelo desechable.

Me quedé quieta, arrodillada, sentada sobre mis talones.

Tenía los ojos cerrados. Sentía lo pegajoso y caliente de su semen escurriendo lentamente por mi piel, secándose con el aire acondicionado, saboreando lo salado que se me metía por la comisura de los labios.

Sentía mis tetas subir y bajar, manchadas, sucias.

Él respiró hondo un par de veces, recuperando el aliento.

—Eso es. Quedaste limpiecita, vecina —se burló, mirándome desde arriba. Las putas soltaron una última risita burlona.

Y luego, Dionisio hizo lo que me terminó de quebrar la mente.

Agarró su pito, que todavía estaba medio duro, oscuro y escurriendo de mi baba mezclada con restos de su propia leche, dio un paso al frente...

y en lugar de limpiarse con la mano o pedir una toalla, lo restregó descaradamente contra la licra gris de mis mallones, justo en el centro de mi entrepierna.

Frotó la cabeza mojada contra mi pubis. La tela de algodón gris absorbió sus fluidos de inmediato, creando una mancha oscura, helada y pesada contra mis labios vaginales calientes.

Me usó de jerga. De toalla. Dejó su olor a semen crudo, su marca física, impregnado directamente en mi ropa, en mi sexo, sabiendo que yo iba a tener que caminar así hasta mi casa.

Se guardó la verga, se subió el cierre del pantalón de mezclilla con una calma de hielo, y prendió un cigarro que agarró de la mesa. Me miró desde arriba, echando humo.

Yo estaba hecha bolita, llorando en silencio, con las tetas de fuera manchadas de leche, la cara embarrada, los ojos ardiéndome, y el coño latiéndome de dolor por la calentura no resuelta, empapado ahora de mis jugos y de sus babas.

—Bueno, vecina... —dijo Dionisio, arrastrando las palabras—. Problema resuelto. Ya le bajamos a la música. Puedes irte a dormir con tu marido. Misión cumplida.