Mi mujer y el vecino de Enfrente VI. El descenso #2
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VI. El descenso #2

Ni siquiera me fijé si alguien me grababa, si alguien se burlaba, ni siquiera pensé en si alguna de esas putas sería capaz de decir lo que estaba haciendo, a mi marido, a mis vecinos. Lo cierto es que la calentura me cegó, e hice lo impensable.

Cerré los ojos, me tragué mi último gramo de dignidad, y abrí la boca, temblando, mostrando los dientes, con la respiración entrecortada.

—Eso es, mi niña... así me gusta... perrita obediente... —ronroneó Dionisio.

No me dio tiempo de acercarme despacio. Este puto gorila de mierda empujó mi cabeza hacia adelante con fuerza, directamente hacia su miembro.

Su glande ancho y morado chocó entonces contra mis labios.

Estaba caliente. Irradiaba un calor que me quemó los labios.

Y me forzó la boca a abrirse más de lo normal, estirándome las comisuras hasta que sentí que se iban a rasgar.

En cuanto entró su pene, sentí su grosor enorme aplastándome la lengua contra el maxilar inferior.

¡Glup!

Me atraganté al instante. La cabeza de su verga no se detuvo en mis labios; Dionisio la empujó con la cadera y me llegó directo hasta la campanilla, golpeando el fondo blando de mi garganta con un impacto seco.

El reflejo nauseabundo me sacó las lágrimas de golpe.

Mis ojos se aguaron, mi estómago dio un vuelco.

El sabor de su falo me inundó la boca por completo: a sal, a sudor de hombre, a líquido preseminal amargo y a macho . Era un sabor denso, espeso, que se me pegó en el paladar y en la lengua. Intenté respirar por la nariz, aspirando aire desesperadamente, pero su olor sexual me mareó.

Dionisio no se tentó el corazón. No le importó que yo fuera novata en semejantes tamaños. Me agarró más fuerte del pelo, enredándome sus dedos, y siguió metiéndomela, más y más adentro.

—Mmmmghh... gggkk... —gemía yo, ahogándome, sintiendo cómo esa barra de carne dura y palpitante me invadía por completo. Mis manos, instintivamente, fueron a su abdomen, empujándolo débilmente, tratando de separarlo porque no podía meter aire a mis pulmones.

—Mmmmghh... gggkk...

Su enorme pene me frotaba la boca con una presión brutal contra las paredes internas de mis mejillas y el paladar. La piel de su verga estaba tan tensa, tan llena de sangre, que sentía cada vena gruesa deslizándose sobre mi lengua como si fueran cables calientes.

—Mmmmghh... gggkk...

Era demasiado grande. Gonzalo, con su tamaño promedio y sus movimientos tímidos, nunca me había preparado para algo así; esto que tenía tragándome ahora, era un bulto pesado, gordo, que reclamaba mi boca como si fuera un agujero cualquiera, hecho a su medida.

—Más... abre la boquita bien, putita. Relaja la garganta —gruñó él, mirando hacia abajo, viendo mi sufrimiento con placer—. Nunca te habían metido una así, ¿verdad? Se te nota cómo se te estira la trompa. Tienes los ojos pelones.

Tenía razón. Nunca había tenido nada así en la boca.

Cada vez que él la sacaba un poco, rozando mis labios, y la volvía a hundir hasta el fondo, la mezcla de mi saliva abundante y sus propios jugos hacían un sonido húmedo, asqueroso y tremendamente morboso en la sala silenciosa.

Slurp... plop... slurp.

—¡Mírala, cabrón, se está ahogando la doñita!

—chifló Beto desde el sillón, acercándose un paso.

Sentí la presencia del gordo detrás de mí.

Escuché el sonido pesado de sus botas en la alfombra—.

¡Aguanta la verga, señora! ¡Respira por la nariz y abre el tragadero!

¡Aprende a mamar como las verdaderas golfas!

Las putas se reían a carcajadas.

—¡Ay, se le va a correr el maquillaje caro! —se burló una—. ¡La mujer indignada resultó más puta que una gata de feria!

La humillación era total. Se estaban burlando de mí.

Y yo estaba babeando. Un hilo de saliva mezclada con baba espesa se me escapaba por la comisura derecha, resbalando por mi barbilla, goteando caliente sobre mis pechos desnudos.

Mis ojos lloraban, mi garganta ardía por el esfuerzo de no vomitar, y mi mente se retorcía de vergüenza.

Yo era la burla de todos. El entretenimiento de la madrugada.

Y sin embargo mi concha estaba ardiendo, me hormigueaba por el miedo y por el morbo.

—¡Chupa, perra, chupa!

El contraste entre la humillación mental y la verga del policía en mi boca me estaba enloqueciendo.

Y para terminar de sentirme peor, a su vez quería que me la metiera por el chocho. Sentía el útero contraído, palpitando dolorosamente, apretándose en espasmos, pidiendo a gritos que esa misma bestialidad de carne me rellenara la vagina.

—Mmmmghh... gggkk...

Con cada embestida que Dionisio me daba en la garganta, sintiendo su grosor abriéndome, yo sentía un calambre de placer rebotándome en el clítoris.

El flujo me escurría tan abundante que sentía la licra de mis mallones pegarse a mi piel como si me hubiera orinado.

Me daba asco de mí misma, me sentía una basura, la peor de las rameras, pero no podía dejar de excitarme. La perversión me había ganado.

Mis manos, que al principio se apoyaban en su abdomen para empujarlo y buscar aire, de pronto cambiaron. La resistencia murió. La puta que llevaba dentro, la que envidiaba a Esperanza, tomó el control absoluto de mi cuerpo.

Deslicé mis palmas sudorosas por sus muslos duros, llenos de vello áspero, y me agarré de sus nalgas apretadas. Lo jalé hacia mí. Empecé a succionar por voluntad propia.

—¡Ah, cabrona! —Dionisio arqueó la espalda, sorprendido, soltando un jadeo ronco.

Aceleré el ritmo yo sola. Acomodé mi mandíbula adolorida, junté los labios con fuerza alrededor de su tronco, chupando, creando un vacío que hizo que mis mejillas se hundieran.

Y empecé a tragar el exceso de saliva, pasaba la lengua por la parte inferior de su glande cada vez que salía, saboreando sus fluidos, y luego me dejaba penetrar hasta el fondo, recibiendo el impacto en la garganta sin quejarme.

Ñam, slurp... gluck, gluck.

—¡Mírala, Beto, nomás mírala! —Dionisio se rió, jadeando, empujando mi cabeza—. ¡La señora decente resultó ser la perra más hambrienta de la pinche cuadra! ¡Le encantó la riata!

—¡Esas son las peores, jefe! ¡Las tapaditas son las más golosas! —gritó el gordo, aplaudiendo.

Dionisio dejó de guiarme y empezó a follarme la boca de verdad. Perdió la paciencia. Plantó los pies firmes en la alfombra y empezó a embestir con fuerza, con un ritmo pesado y demoledor.

¡Plas, plas, plas!

Sus huevos pesados, sudados y peludos chocaban con fuerza contra mi barbilla.

El impacto me sacudía toda la cabeza. Mi cuello iba de atrás hacia adelante.

La saliva se me desbordaba por completo, escurriendo en hilos largos y gruesos que me caían por el cuello y manchaban mis pechos desnudos, dándoles un brillo obsceno bajo la luz amarilla del foco.

Estaba entregada. Rota. De rodillas, con las tetas al aire, babeando, con el rímel escurrido por las lágrimas pintándome ojeras negras, atragantándome con un cabrón frente a otros. Y me estaba fascinando.

Mi clítoris me punzaba con tanta violencia que ya no pude contenerme; empecé a restregar mis propios muslos, cerrando y abriendo las rodillas, frotando la costura empapada de mis mallones grises contra mis labios vaginales, buscando fricción contra la tela áspera, gimiendo por la nariz mientras mi boca seguía llena.

—¡Así, así, chupa, puta, chupa, cómetela toda!

Lo miré desde abajo, levantando la vista. Mis ojos estaban llorosos, suplicantes. Solté una de sus nalgas, bajé mi mano temblorosa a la cinturilla de mis mallones grises y metí el pulgar por el resorte.

Hice el movimiento hacia abajo, dispuesta a encuerarme ahí mismo.

Quería bajármelos. Quería enseñarle mi chocho rojo y empapado a él, a Beto, a las putas, a quien fuera.

Quería que Dionisio me volteara, que me abriera las piernas en esa alfombra mugrosa y me la metiera delante de todos, antes de que me arrepintiera, antes de que la vergüenza me hicieran volver en sí y darme cuenta de las idioteces que estaba haciendo…

Pero entonces Dionisio vio lo que iba a hacer. Mis intenciones. Vio mi mano en el resorte del pantalón. Vio la necesidad enferma, la desesperación en mi cara manchada de lágrimas y rímel, de que me la metiera.

Y de pronto, se paró en seco.

Me agarró del pelo con ambas manos, dio un tirón brutal hacia atrás, y sacó su verga de mi boca con un ¡pop! sonoro y grueso. Un puente espeso de saliva brilló entre la punta de su glande morado y mis labios rojos antes de romperse y caer sobre mi blusa desgarrada.

Me quedé tosiendo, aspirando bocanadas de aire frío, apoyando mis manos en la alfombra, con la respiración entrecortada. El pecho me subía y bajaba. Levanté la cara, babeando, esperando que él se dejara caer sobre mí y me arrancara los pantalones a la fuerza.

Pero él no lo hizo. Solo se quedó ahí, de pie, acomodándose la verga reluciente de babas, y se rió. Una risa fría, seca y cruel.

—¿Qué haces, Meche? —preguntó, levantando una ceja poblada, mirándome la mano que aún aferraba la cinta de mi pantalón—, ¿por qué te quieres quitar la ropa, putilla?

—Yo... —balbuceé, tosiendo, con la voz ronca, raspada por el grosor de su carne que me había frotado las cuerdas vocales—... pensé que… me la ibas a meter…

Se lo dije. Lo solté frente a todos. Había cruzado la línea de no retorno. La señora intachable le estaba suplicando por una cogida a un vecino borracho.

Beto y las putas se quedaron callados un segundo, procesando mi humillación, y luego estallaron en la carcajada más burlona, estridente y denigrante de toda la noche.

—¡Ay, cosita! —Dionisio se agachó frente a mí, apoyando una rodilla en el suelo.

Me agarró la barbilla manchada de babas y me miró con un desprecio absoluto, un asco que me congeló la sangre—.

¿Creíste que venías, te hincabas, dabas una chupadita babosa de cinco minutos y ya te ibas con la panocha llena de verga?

¿En verdad creíste que iba a follar? ¿Crees que te mereces mi verga así de fácil, nomás porque me la estás mamando? No seas tontita.