VI. El descenso
Horas antes…
Estaba de rodillas. Así de simple y así de patético. Yo, la señora Mercedes, la licenciada, la mamá de Pablito, estaba hincada sobre la alfombra mugrosa del departamento número cuatro, con la mejilla izquierda ardiendo como si me hubieran pegado con un fierro caliente.
Mi blusa negra de tirantes colgaba en dos pedazos inútiles a los lados.
Me la había rasgado de un solo tirón, dejando mis tetas completamente al aire.
Sentía el frío del aire acondicionado pegándome directo en los pezones, poniéndolos duros, casi doliendo de lo erizados que estaban, mientras mi pecho subía y bajaba por el pánico.
Pero el pánico no era lo peor. Lo peor era lo que tenía enfrente.
A escasos centímetros de mi cara, apuntándome directo a los labios, estaba la verga de Dionisio.
Era una monstruosidad. Una bestialidad de carne oscura, pesada, que latía con una fuerza que parecía tener vida propia.
La piel se veía tensa, a punto de reventar, cruzada por unas venas gruesas, abultadas, que subían hasta llegar a una cabeza morada, ancha y brillosa por una gotita de líquido transparente.
El olor a macho, a sudor rancio de horas, a testosterona y a sexo crudo me dio de lleno en la nariz.
Era un olor fuerte, espeso, casi asfixiante, pero que de alguna manera enfermiza me hizo pasar saliva.
—¿Qué esperas, pendeja? —me gritó Beto, el policía gordo que estaba atrás, dándome un empujoncito con la punta de su bota táctica en el muslo—. ¡Chúpale la polla al jefe! ¡Gánate el perdón por venir a chingar con lo de la musiquita!
Escuché las risas de las dos putas que estaban en el sillón. El sonido del hielo chocando en sus vasos de plástico. Se reían de mí. De la vecina estirada, la que no las saludaba en las mañanas, que ahora estaba en cuatro patas como un perro.
Ese sonido me cayó como una cubeta de agua con hielos.
La realidad me aplastó. Mi hijo estaba a unos metros, dormido al otro lado de la pared.
Mi marido, el cobarde de Gonzalo, estaba temblando bajo las sábanas en nuestro cuarto.
Y yo estaba a punto de mamársela al vecino frente a un público de borrachos.
Un asco profundo, un vértigo asqueroso se apoderó de mí.
—¡No! —grité. Me eché para atrás, cayendo sentada sobre mis propios talones, levantando las manos temblorosas para taparme los melones desnudos—. ¡Guárdate eso, cerdo! ¡No me la acerques, hijo de la chingada!
Intenté pararme. Me temblaban tanto las piernas que mis tenis resbalaron en la alfombra. Iba a salir corriendo, iba a encerrarme en mi casa y llamar a la patrulla.
Pero no pude ni enderezar la espalda.
Dionisio se movió rapidísimo. Su mano derecha, gigantesca, callosa y pesada, se cerró sobre mi cabeza.
Sus dedos se enredaron en mi cabello rubio con una fuerza brutal, tirando de mi cabeza hacia atrás hasta que sentí que el cuello me iba a tronar.
El dolor me hizo soltar un chillido y abrir la boca.
—Tranquila, tranquila... ¿a dónde vas con tanta prisa, vecinita? —murmuró.
Ya no estaba gritando. Su voz era un susurro denso, peligroso, un tono ronco que me hizo vibrar toda la espina dorsal y que me mandó un calambre eléctrico directo al bajo vientre.
—¡Suéltame, Dionisio, me lastimas! —lloré, forcejeando como loca, arañándole la muñeca con mis uñas pintadas, pero era como rasguñar una tubería de acero—. ¡Mi esposo sabe que estoy aquí! ¡Si no regreso pronto, va a venir a buscarme!
Dionisio soltó una carcajada suave, y el cabrón de Beto se atacó de risa atrás de mí.
—¿Tu esposo? ¿El flaco pusilánime que se meó en los pantalones hoy en la mañana?
¿Crees que vendrá por ti el vil cobarde?
—Dionisio bajó la mirada, clavándome esos ojos oscuros, inyectados en sangre.
Con su otra mano agarró la base de su enorme pito, frotándolo despacio frente a mi cara, haciéndolo cabecear de arriba abajo—.
Mírate nomás, preciosa. Mírate qué rica te ves así, de rodillas, toda putota.
Despeinada, chillando un poquito, rogando, con esas chichotas tan ricas de fuera...
Me descolocó. Me había dado una cachetada, me había roto la ropa frente a dos rameras, me tenía agarrada del pelo, y ahora me decía "preciosa" con una voz que destilaba un morbo tan negro que me hizo aflojar los hombros sin querer.
—Eres un monstruo... un puto enfermo... —sollocé, negando con la cabeza lo poco que me permitía su agarre, cerrando los ojos para no ver esa carne oscura que me palpitaba rozando la nariz.
—Abre los ojos, Meche. Mírame —ordenó.
Como no le hice caso, dio un jalón más fuerte a mi cabello. El tirón en el cuero cabelludo me sacó una lágrima y me obligó a abrir los ojos de golpe.
—Tu marido te mandó aquí, preciosa —me susurró, inclinándose hasta que su aliento a cerveza y tabaco me pegó en la cara—.
Él sabe qué clase de cabrón soy. Sabe lo que hago.
Él vio a estas mismas putas subir a mi casa.
Y aun así, te dejó cruzar ese pasillo sola.
Te aventó a los lobos para salvar su propio pellejo, porque no tiene los huevos para venir a defender a su mujercita.
—¡Cállate! ¡No hables de él! —grité, pero se me quebró la voz porque sabía que tenía razón.
Las palabras me dolieron más que la cachetada. Gonzalo me había dejado sola.
—No llores, putita hermosa —Dionisio aflojó un poco el agarre de mi pelo, pero no me soltó.
Usó su pulgar para limpiarme una lágrima, rozando la piel caliente donde me había golpeado—.
Eres mucha vieja para ese pendejo. Mírate qué cuerpo te cargas.
Señor culo tienes. Esas tetas que parecen melones enormes, que están pidiendo a gritos que las muerdan.
Apuesto a que el flaco ni siquiera sabe cómo usarte, ¿verdad?
Te coje a oscuras, calladito, para no despertar al niño.
Sus palabras eran verdad asquerosa y morbosa que se me entró por los oídos y me bajó directo al coño como plomo derretido.
Mi cabeza estaba colapsando. Una parte de mí se horrorizaba por la humillación, por estar semidesnuda, exhibida como un trozo de carne frente a un policía gordo y dos putas que me grababan con la mirada.
Pero la otra parte... la parte que llevaba meses escuchando las cochinadas que Esperanza me contaba en mi sala, la parte que se masturbaba a escondidas en la regadera imaginando que este mismo animal me agarraba así... empezó a despertar con una fuerza aterradora.
Allá abajo, entre mis piernas, mi chocho empezó a escurrir de excitación.
Sentí cómo una punzada caliente, casi dolorosa, me recorrió el clítoris.
La humedad se soltó de golpe. No fue a gotitas.
Sentí un hilo de flujo espeso, hirviendo, que salió de mi entrada y resbaló por mis labios vaginales, empapando de inmediato el puente de mi tanga y mojando la licra de mis mallones grises.
Estaba escurriendo. Me estaba calentando en medio de mi propia degradación.
—¡Ay, ya, Dioni, no le hables tan bonito a la doña persignada! —se quejó la puta del vestido negro desde el sillón, cruzándose de piernas y haciendo rechinar el cuero—. Mírala, está toda asustada la pobrecita. Si no quiere la vieja, yo te la mamo, papi. Trae pa' acá esa polla.
Dionisio ni la volteó a ver.
—Cállate el hocico, perra —le soltó, mirándome fijamente a mí, con sus ojos devorándome—. La señora Meche y yo estamos hablando. Ella tiene que aprender modales.
Había una intensidad en su mirada que me hipnotizó. Quería quebrarme. Quería que la señora decente, madre de familia y “esposa ejemplar”, se arrastrara en su perversidad. Y lo más aterrorizante es que mi cuerpo le estaba respondiendo a sus estímulos.
Mis pezones dolían de lo parados que estaban, rozando el aire frío, y mi vulva latía con un ritmo incontrolable, latiendo contra la costura de mis pantalones. Pum, pum, pum.
—Yo sé lo que quieres, Meche —susurró él, bajando su mano libre por mi cuello, rozando mi clavícula, hasta agarrarme la teta derecha—, quieres verga, porque eres una guarra, una zorra infiel.
Me amasó las tetas con fuerza, sin ninguna delicadeza, apretándome el pezón oscuro entre dos dedos callosos.
Yo di un respingo, soltando un jadeo ahogado. Un corrientazo me bajó hasta el útero.
—Como te dije, la Esperanza me lo contó todo —continuó, amasando mi pecho—. Sé cómo te mojabas cuando ella te decía cómo me la cogía. Cómo le metía los dedos. Desde entonces andas en celo, Meche. Andas como perra fina deseando que la agarren a la mala y la traten como callejera, ¿verdad, vecinita?
—¡No voy a dejar que me hables así! —balbuceé, sintiendo que me faltaba el aire.
La vergüenza me quemaba la cara, pero no podía dejar de mirar su verga oscura que se balanceaba frente a mi boca, ni apartar la vista de sus labios. Quería que me soltara, pero quería que me apretara más fuerte.
—¿Vas de decente pero estás de rodillas frente a mi puta polla escurriendo jugos en tus mallones?
Demuéstramelo —me retó. Volvió a agarrarme de la cabeza, esta vez con una firmeza que no admitía réplica.
Tiró de mi cabeza hacia adelante—. Si dices que nomás viniste por la música, el pacto es este, preciosa.
Te vas a poner a trabajar con esa boquita de señora bien.
Me vas a mamar la verga como la puta que sé que eres.
Y si lo haces bien... si me dejas bien vaciado...
prometo ir y apagar el estéreo. Y tu hijito va a poder dormir.
La mención de Pablito fue el gancho perfecto. Mi mente enferma y arrinconada se agarró de ahí. "Lo hago por mi hijo", me dije para calmar la poca conciencia que me quedaba. "Gonzalo no pudo, no sirvió para nada. Me sacrifico por la familia, para que ya no haya ruido".
Pero era una reverenda mentira. Una mentira asquerosa. Lo hacía porque el morbo me poseyendo. Porque la curiosidad, la calentura y la humillación de estar frente a esos espectadores me estaban degradando mi ética y mi moral.