Mi mujer y el vecino de Enfrente V. Entre líneas #4
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V. Entre líneas #4

—Pero no te me apures ni te me agüites, mi Gonza —Dionisio apretó mi hombro con sus dedos callosos, hundiéndomelos en la carne, obligándome a sostenerle la mirada—. Ya nos entendimos muy bien la vecinita y yo. Llegamos a un acuerdo muy... muy profundo en la sala.

"Profundo".

Se me revolvió el estómago de una manera tan violenta que sentí el sabor amargo de la bilis en la garganta.

Quería vomitar ahí mismo, sobre sus botas.

Quería gritar, levantar los puños y destrozarle esa sonrisa arrogante.

Pero la parálisis del miedo físico, el terror a su fuerza y a lo que representaba su placa y su arma, me mantuvo inmóvil, pequeño, miserable.

—Pero note preocupes, vecino, que tu mujer 1uedó muy, muy satisfecha con mis disculpas personales, te lo juro —prosiguió Dionisio, soltándome finalmente el hombro con un empujón leve que me hizo dar un paso atrás.

Me dio dos palmaditas sonoras en el pecho con su mano húmeda, justo sobre mi corbata , en el lugar de mi corazón roto—.

Hasta se fue temblando del coraje que traía la cabrona, pero contenta.

Se fue bien vaciada, limpia de todo su estrés, te lo firmo donde quieras.

Ya somos compas la Meche y yo. Vas a ver que de aquí en adelante ya no va a haber más pedos de ruido en las noches.

Para servirle a la señora en lo que ocupe, mi Gonza.

De verdad... en lo que ocupe, a la hora que ocupe, aquí está su vecino el Dioni.

Dionisio se dio la vuelta de una manera displicente, ignorándome por completo.

Recogió la manguera del suelo, abrió la llave de nuevo y continuó lavando la carrocería de su patrulla, silbando alegremente una melodía de banda sinaloense, como si yo hubiera dejado de existir.

Como si yo ya no fuera un hombre, sino un simple espectador de su conquista.

¡Perro maldito!, le grité en mi mente.

Caminé hacia la parada del camión como un zombi, arrastrando los pies sobre la banqueta caliente.

Las calles de Guadalajara pasaban a mi lado, el tráfico del sábado por la mañana, la gente yendo a sus trabajos, los puestos de tacos de barbacoa echando vapor...

pero yo no veía nada de eso. Estaba ciego, sordo y mudo, atrapado en un bucle mental de agonía y destrucción .

Me subí a la ruta del autobús. Estaba casi vacía. Me senté en la última fila de asientos, pegué la frente contra el vidrio frío y vibrante de la ventana, y me derrumbé por dentro.

Las lágrimas empezaron a resbalar por mis mejillas de forma silenciosa, calientes y amargas.

Dionisio no me había dicho directamente: "Me cogí a tu mujer".

No había necesitado hacerlo. Su relato, salpicado de dobles sentidos y burlas crueles, lo dejaba todo claro.

Lo había descrito todo como una conquista consentida, como una sumisión voluntaria.

"Quedó satisfecha", "llegamos a un acuerdo profundo", "se fue temblando", "se fue vaciada".

Mi esposa. Mi Meche. La madre estricta, la mujer pulcra y mandona que me regañaba a diario por ser débil, por no tener carácter, había ido a buscar la fuerza bruta, la dominación y la lascivia en la cama del vecino de enfrente.

Y lo peor es que lo había disfrutado. Se había entregado al monstruo que tanto criticaba.

Recordé con una claridad dolorosa su actitud fría en el desayuno.

Su postura rígida, ocultando marcas y moretones bajo esa blusa de cuello alto que nunca usaba en julio.

Su manera extraña de sentarse en la silla, separando ligeramente las piernas, como si tuviera la entrepierna lastimada por una penetración brutal y despiadada, algo que yo jamás, en diez años de matrimonio dócil y rutinario, le había provocado.

Y entonces, el recuerdo más repulsivo, enfermizo y oscuro de todos se apoderó de mi mente con la fuerza de un huracán.

Meche en nuestra cama, apenas unas horas antes de bajar al departamento de Dionisio, exigiéndome con desesperación que la tratara como a una puta. Pidiéndome dolor, insultos, rudeza.

Exigiéndome que le jalara el cabello, que le pegara, que la tomara como si la odiara.

Todo eso... todo eso no era para mí. Todo eso era su cuerpo clamando, gritando por la versión real de lo que el monstruo de enfrente le podía dar.

Y cuando yo fallé, cuando mi erección murió ante el primer retumbo de la música...

ella fue a buscar al verdadero dueño de sus fantasías.

Mientras el autobús avanzaba dando tumbos por las avenidas de la ciudad, apreté los puños en mi regazo hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

Lloraba de dolor, de una humillación tan inmensa, tan profunda, que sentía que no podría volver a mirarla a los ojos sin sentir que me asfixiaba.

Había perdido una parte de mi mujer. Mercedes ya no era solamente mía; ahora también pertenecía al gorila de enfrente porque yo no tuve los pantalones para defender mi hogar.

—Por qué, Meche, por qué me hiciste esto…

Pero bajo mis manos temblorosas... bajo la tela delgada de mis pantalones... noté, con un asco y una vergüenza que me desgarraba el alma, que mi miembro volvía a ponerse duro. Una erección dura, dolorosa y violenta se abría paso entre mi ropa interior.

La imagen mental de Dionisio arrancándole los mallones grises a mi esposa, de sus manos gigantescas estrujándole sus nalgas enormes y carnosas con fuerza, penetrándola por detrás con esa brutalidad descomunal mientras ella lloraba de placer y humillación...

me estaba excitando de una manera incontrolable.

Mi destrucción total, mi humillación como hombre cornudo, se estaba convirtiendo en la fantasía más enferma, adictiva y destructiva de toda mi vida.

Mi destrucción total, mi humillación como hombre, se estaba convirtiendo en la fantasía más enferma, adictiva y destructiva de toda mi vida.

La mujer recta y decente que yo creía conocer había muerto anoche en ese pasillo mugroso, reemplazada por alguien a quien no reconocía, pero que me excitaba hasta la locura. Y yo... yo no quería detenerla