V. Entre líneas #3
Salí del departamento media hora después.
Mercedes ni siquiera se despidió; se quedó en la cocina lavando los platos, ignorando mi existencia como si yo fuera un mueble más del departamento.
Pablito me dio un abrazo rápido en la entrada y yo agarré mi maletín de lona gastado, sintiendo que llevaba plomo en los zapatos y un yunque sobre el pecho.
Al salir al pasillo, la puerta de madera oscura de Dionisio estaba cerrada.
Todo estaba en un silencio sepulcral, pero la superficie maltratada de su entrada parecía burlarse de mí, como si guardara el eco de los jadeos de mi esposa.
Pasé casi corriendo por el pasillo estrecho, bajando los escalones de cemento de dos en dos, desesperado por salir a la calle, por respirar el aire de la mañana y alejarme de ese edificio maldito.
Pero mi tormento apenas iba a comenzar.
Llegué a la planta baja, al área de estacionamiento que estaba justo frente a la puerta principal del edificio, pegado a la banqueta de la calle. Era un espacio pequeño, al aire libre, y ahí estaba él.
Dionisio.
Estaba lavando su patrulla, una camioneta Ford enorme, imponente, con los logos de la policía municipal pintados en las puertas.
A pesar de que eran apenas las siete de la mañana y de la tremenda borrachera que se había metido la noche anterior, el tipo parecía fresco, lleno de una energía brutal que me hacía sentir aún más insignificante.
—Simio hijo de puta —susurré para que no me oyera.
Llevaba puesto el pantalón azul marino del uniforme de la corporación, pero sin la camisa de cargo.
Solo traía una camiseta blanca de tirantes, de esas ajustadas, que estaba empapada de agua y jabón en el pecho, pegándose a su cuerpo ancho y revelando sus pectorales macizos y su estómago abultado pero firme.
Sus brazos, gruesos como troncos de árbol, estaban al descubierto, llenos de vello negro, venas saltadas y tatuajes deslavados de tinta oscura que subían hasta sus hombros anchos como defensas de camión.
Tenía una manguera en la mano derecha, de la cual salía un chorro de agua a presión, y una esponja enorme llena de espuma en la otra.
El agua escurría por la lámina metálica de la camioneta, haciendo charcos grises y espumosos en el cemento del estacionamiento.
El sol de la mañana empezaba a calentar el ambiente, haciendo que el vapor subiera del pavimento húmedo.
Intenté pasar desapercibido. Agaché la cabeza, apretando el asa de mi maletín contra mi costado, y pegué mi cuerpo a la pared de ladrillos del edificio, caminando rápido hacia la banqueta para perderme en la parada del camión.
—¡Quiúbole, mi Gonza! —retumbó su voz ronca, grave y potente en todo el estacionamiento vacío.
Me quedé congelado en seco, como si una descarga eléctrica me hubiera entrado por los talones. Sentí que el estómago se me caía al piso, convirtiéndose en un nudo de bilis. Giré lentamente hacia él, forzando una expresión de tranquilidad que claramente no tenía.
Dionisio cerró la llave de la manguera con un movimiento pausado de su mano enorme. Se acercó a mí dando pasos lentos, pesados, exprimiendo la esponja con sus manazas callosas. El agua jabonosa cayó al suelo con un chapoteo sordo.
Se limpió el sudor de la frente con el dorso del brazo velludo y me miró desde arriba. Tenía esa misma sonrisa arrogante, ladeada, soberbia y perversa que me había dedicado la mañana anterior en el pasillo.
Pero esta vez, había algo diferente en sus ojos oscuros.
Había una burla descarada en su semblante.
Había victoria, un triunfo que no se esforzaba por ocultar.
Me miraba desde su altura no solo como alguien físicamente superior, sino como el hombre que acababa de arrebatarme lo más sagrado de mi hogar y que sabía que yo no haría nada para evitarlo.
—Buenos días, vecino —logré balbucear.
Mi voz sonó delgada, patética, sin un ápice de autoridad.
—Tempranito a chingarle a la fábrica, ¿eh? Eso es todo, cabrón. El que es proveedor, es proveedor. Hay que ganarse la papa para mantener contenta a la familia —Dionisio dio dos pasos largos hacia mí, invadiendo por completo mi espacio personal hasta quedar a menos de un metro.
—Sí... ya, ya me voy. Se me hace tarde para el checador —dije, aferrando mi maletín de lona frente a mi pecho como un escudo ridículo.
—Oye, mi Gonza... —Dionisio se apoyó de espaldas contra la batea de su patrulla Ford, cruzando sus brazos enormes sobre el pecho, haciendo que sus bíceps tatuados se marcaran aún más—. Mis respetos, de verdad. Qué bárbara. Qué mujerona tienes en casa, cabrón.
El corazón me dio un vuelco salvaje, golpeando contra mi pecho como un pájaro enjaulado.
—¿D-de qué hablas, Dionisio? —tartamudeé, odiando la debilidad evidente de mi propia voz.
Dionisio soltó una carcajada corta, ronca, rascándose la barba negra y tupida con las uñas.
—Pues de tu señora, cabrón. De la Meche. Uf... no me habías dicho que tenía un genio de los mil demonios. ¡Puta madre! Ayer en la noche nos puso una cagada a todos que pa' qué te cuento. Nos dejó mudos a la raza y a mí.
Sentí que el aire me faltaba. La confirmación explícita de su presencia allí anoche, saliendo de la boca de este gorila, era como un balazo en el estómago.
—Sí... ella me comentó que fue a reclamarte por el ruido de la bocina —murmuré, intentando mantener la dignidad, aunque mis piernas temblaban bajo mis pantalones .
—Y vaya que reclamó, mi Gonza. Fuerte, la cabrona.
Con unos pinches ovarios bien puestos que ya los quisiera la mitad de los cabrones de mi batallón —Dionisio me guiñó un ojo con una complicidad asquerosa, lamiéndose los labios gruesos—.
Entró hasta adentro de la casa, fíjate. Hasta la sala nos metió a ponernos orden a todos. No se anduvo con rodeos la señora.
"Entró hasta adentro". "Hasta la sala".
Cada una de sus palabras era un alfiler clavándose en mis tímpanos, torturándome el cerebro. Mi esposa, mi Mercedes decente, estricta y pulcra, metiéndose voluntariamente a la madriguera llena de policías ebrios y prostitutas de la calle a las doce de la noche.
—Te juro que yo nomás agaché la cabeza y dejé que se desahogara a gusto —continuó Dionisio, su tono burlón subiendo de nivel, arrastrando las palabras con una cadencia hipnótica y sádica—.
Tu mujer es muy dominante, ¿verdad? Le gusta que uno la obedezca, que uno se la ponga difícil un ratito al principio para que se enoje más, pero que al final se rinda ante ella.
Ah, qué mujer. Dejó a todos mis compas...
agotados, cabrón. Calladitos y bien contentos.
Mis rodillas temblaron tanto que temí caerme sobre el pavimento húmedo. ¿Agotados? ¿Cuántos tipos había en su cuarto anoche? ¿Por qué estarían agotados los policías borrachos simplemente por el regaño de una vecina?
Cerré los ojos un segundo, y la imagen de Mercedes con la blusa rota por la mitad, con los pezones duros expuestos ante las miradas sucias de esos hombres en la alfombra, acribilló mi mente.
Me imaginé a Dionisio sujetándola del cabello, al gordo del policía Beto ayudándolo a sostenerle las piernas...
me imaginé a mi esposa abriéndose de piernas para ellos, disfrutando de la brutalidad de esos animales, dejándolos "agotados".
—¿Pero te digo algo, vecino? —dijo Dionisio—, no vuelvas a dejar ir sola a tu mujer a mi casa… ya te la sabes, ya vez como son los putos borrachos, a veces no los puedo controlar. Con todo respeto, tu mujer tiene unas señoras nalgas, un mega culo, que alguien le podría faltar al respeto.
—Te juro que no volverá a pasar, Dionisio, ya le dije que no vuelva a ir sola a tu departamento.
—Haces bien, haces bien… y es que… no mames, cabrón, tu mujer con esas tremendas tetazas que tiene, ufff, antoja a cualquiera… y te digo que alguien podría sobrepasarse con ella. Desde luego yo podría intervenir, pero qué tal si ella un día… pues no quiere que intervenga.
—¿Qué quieres decir?
—No, nada, nada, no te esponjes, mi estimado Gonza, solo digo que una hembra como la tuya, hay que tenerla lejos de machos que exudan testosterona.
—Sí, tienes razón, como te digo, ya no permitiré que vuelva a tu casa, porque anoche, por ejemplo, Mercedes... ella regresó con la ropa rasgada a la casa —las palabras salieron de mi boca en un hilo de voz, antes de que pudiera frenarlas.
Dionisio levantó las cejas gruesas, fingiendo una sorpresa exagerada que era una burla directa a mi inteligencia.
Dio un paso hacia mí, invadiendo el último centímetro de mi espacio, y dejó caer su mano enorme, pesada y húmeda de agua jabonosa sobre mi hombro izquierdo.
Di un respingo violento, pero su agarre fue firme, apretándome el hueso con una fuerza que me advirtió que no intentara moverme.
—Uy, mi Gonza, sí. Qué pena con eso, de verdad —dijo, acercando su rostro al mío hasta que pude sentir el calor de su aliento que apestaba a alcohol viejo y menta—.
Es que te digo que se puso bien brava la fiera.
Forcejeamos un poquito ahí en la puerta de la entrada, ya ves cómo somos de toscos los policías, yo andaba medio entonado por los tequilas, ella andaba bien alterada, tirándome manotazos...
se enganchó la blusa con mi mano, o no sé con qué, de y se rompió.
Pero te prometo de caballero que fue sin querer.
Cosas de vecinos, gajes del oficio, ya sabes cómo es esto.
Estaba mintiendo. Se estaba riendo de mí en mi propia cara, disfrutando de mi humillación. Estaba admitiendo que la había tocado, que habían forcejeado, que sus manos habían estado sobre el cuerpo de mi esposa, y lo estaba enmascarando todo como un accidente ridículo que solo un estúpido creería.
Yo era ese estúpido. El estúpido que tenía que callar y aceptar la mentira porque no tenía la hombría de soltarle un puñetazo en esa maldita cara de matón que tenía.