V. Entre líneas #2
Esperaba que se desmoronara, que llorara, que me confesara entre sollozos que ese animal la había sometido, que la había violado para castigarnos.
Necesitaba que fuera una violación. Dios mío, qué enfermo estaba, pero prefería mil veces que hubiera sido un crimen horrible antes que aceptar la otra posibilidad.
Si había sido un abuso, ella seguiría siendo, de algún modo, mía, seguiría siendo la víctima decente, la dama que yo debía proteger y consolar.
Pero Mercedes no se desmoronó. Al contrario. Sus ojos se entrecerraron, y una expresión de asco profundo, mezclada con una frialdad soberbia, le endureció las facciones del rostro maquillado.
—¿Entonces sí te pusiste a hurgar en el cesto de la ropa sucia para oler mis calzones? —preguntó, y su voz bajó a un tono tan gélido que me caló hasta los huesos—. ¿Eso hiciste mientras yo preparaba el desayuno de tu hijo? Qué enfermo estás, Gonzalo. De verdad... qué pinche asco me das.
—¡No desvíes el tema, Mercedes! —grité, dando un golpe en la mesa de madera que hizo tintinear el plato de plástico de Pablito—.
¡No me quieras voltear las cosas! Te estoy preguntando por qué tu ropa huele a semen de otro hombre.
¡Contéstame! ¿Te... te obligaron? ¿Te hicieron algo entre todos esos cerdos?
Dime la verdad... te lo suplico, Meche...
si te amenazaron con la pistola, si ese maldito policía abusó de ti...
—¡Nadie abusó de mí! —estalló ella, dando un paso al frente, apoyando sus manos en la barra de la cocina, encarándome con una autoridad que me obligó a retroceder un milímetro—.
¡Ya bájale a tus fantasías cochinas, Gonzalo!
¿Quieres saber qué huele así? El baño de Dionisio estaba inundado porque se les rompió una tubería anoche.
El piso de su pasillo estaba lleno de agua sucia, lodo y fluidos de los perros que tienen ahí.
Cuando me empujaron y me caí al suelo, me arrastré para levantarme.
Toda esa porquería de agua estancada y mugre de días se me pegó a la licra.
¿Y sabes qué más? Me limpié con una toalla que tenían tirada en el piso para secar el desmadre, una toalla que apestaba a cloro de la limpieza que según ellos habían hecho antes.
Eso es lo que oliste, pedazo de imbécil.
Agua puerca, lodo y cloro de lavandería.
Se cruzó de brazos, y vi cómo sus ojos me barrían de arriba a abajo con una superioridad aplastante.
—Pero claro... tu mente calentona y enferma prefiere imaginarse que me abrieron las piernas en la sala, ¿verdad?
—continuó, destilando un desprecio que me destrozó el alma—.
Prefieres pensar que me hicieron de todo porque así te ahorras la culpa.
Así no tienes que pensar en el hecho de que me mandaste sola a las doce de la madrugada a resolver un problema que a ti te daba pánico enfrentar.
Es más fácil pensar que soy una víctima o una puta, antes de aceptar que eres un pinche cobarde que se quedó temblando bajo las sábanas.
Sus palabras eran como clavos oxidados enterrándose en mi pecho. Me quedé sin aire, con la boca abierta, incapaz de articular una sola palabra coherente.
¿Podía ser verdad su explicación?
Mi mente, desesperada por encontrar cualquier salida de escape que me salvara del dolor , empezó a aferrarse a su mentira como un náufrago a una tabla con astillas. "Sí... claro... cloro de lavandería... agua sucia... lodo... el olor de los perros...".
Sí, tal vez el olor alcalino del semen se parecía un poco al del cloro concentrado. Tal vez mis celos y mi desvelo me habían hecho alucinar. Tal vez la rigidez de la licra era solo mugre seca del suelo del pasillo, mezclada con cerveza y desinfectante de pisos.
“Por favor, que sea eso. Dios mío, por lo que más quieras, que sea una mentira real”, rezaba mi cerebro en silencio.
Pero otra parte de mí, la parte racional se reía de mi estupidez. Mercedes era una dama. Una mujer que se persignaba cada vez que veía a las muchachas del table dance salir a la tienda en la esquina de la cuadra.
Una licenciada con honores que odiaba la vulgaridad, que siempre usaba suavizante de telas costoso, que no soportaba que yo entrara al baño sin encender el extractor de aire.
¿Cómo una mujer tan pulcra, tan estricta con la limpieza y el decoro, iba a dejarse caer en el lodo de un pasillo, limpiarse con una toalla asquerosa del piso y luego meterse a mi cama sin bañarse, dándome la espalda con esa rigidez de muerta?
No tenía sentido. Nada de lo que decía tenía sentido.
¿Cómo pudo Mercedes, mi Mercedes, la que se quejaba a gritos de que el pasillo apestaba a "perfume y sudor", permitir que Dionisio o cualquiera de sus amigotes le pusieran una sola mano encima?
—Meche... pero tu cuello —alcancé a murmurar, con la voz rota—. Anoche... te vi una mancha en la mejilla, y... y hoy te pusiste una blusa de cuello alto. Estamos a casi treinta grados en la sombra, Meche. Tú nunca usas cuello alto en julio. Déjame ver... déjame ver qué traes ahí abajo.
Hice el amago de acercarme para bajarle un poco el cuello de la blusa negra, pero Mercedes me soltó un manotazo seco en las muñecas que sonó fuerte en el espacio de la cocina.
—¡No me toques! —rugió, y esta vez vi una chispa de pánico real cruzar por sus pupilas antes de ser sepultada por la ira—.
¡No tienes ningún derecho a revisarme como si fuera de tu propiedad!
Me puse esta blusa porque tengo frío, Gonzalo.
Pasé toda la noche temblando por tu culpa, por la pinche corriente de aire que entra por la ventana y porque me dejaste sola en ese pasillo frío.
Y si tengo marcas en la piel, es por el forcejeo que tuve al querer zafarme de la puerta cuando se enganchó la blusa.
¿Entendiste? ¡Me enganché con el cerrojo!
—¿El cerrojo te rompió la blusa de arriba a abajo por el centro del pecho, Mercedes?
—insistí, las lágrimas nublándome la vista de nuevo—.
¡No mames! El cerrojo te jala un tirante, te rasga un costado...
pero no te abre la ropa en dos dejando tus pechos descubiertos.
Eso... eso lo hace alguien que mete las manos por el escote y jala con fuerza.
Alguien que quiere ver lo que traes abajo. Alguien como... como Dionisio.
Mercedes tragó saliva de forma visible. Vi cómo la tensión de su mandíbula apretaba los músculos de su cuello cubierto por la tela. Dio una media vuelta violenta, dándome la espalda para recoger un trapo y limpiar la barra de la cocina que ya estaba limpia.
—Entonces cree lo que se te pegue la gana, Gonzalo —dijo, con una voz extrañamente monótona, apagada—.
Si quieres pensar que me dejé violar por el vecino para castigarte, adelante.
Llena tu cabeza de esa basura. Pero a mí déjame en paz.
Tengo que atender a mi hijo, tengo que trabajar, y no tengo tiempo para tus escenas de celos de adolescente herido.
El problema de la música está resuelto. Ya no va a haber más ruido.
Deberías estar agradecido de que alguien en esta casa sí tiene los pantalones para hacerse respetar.
Me quedé ahí parado, sintiéndome como el ser más miserable sobre la faz de la tierra.
La incredulidad me carcomía. ¿Cómo era posible? ¿Cómo es que una mujer tan correcta, tan recta, tan estricta en su moralidad, se había transformado en esto en cuestión de cuarenta minutos? Su manera de hablarme, su desprecio glacial, la rigidez adolorida de su cuerpo...
—¿Tú... tú le pediste que lo hiciera? —pregunté en un susurro casi inaudible.
Mercedes se detuvo en seco. El trapo en su mano quedó inmóvil sobre la barra.
—¿Qué dijiste? —preguntó, sin voltear.
—Que si tú... si tú fuiste con esa intención —las palabras salieron de mi boca como un veneno que me quemaba la garganta, alimentado por el recuerdo febril de nuestra intimidad interrumpida en la cama—.
Anoche... en la cama... me pediste cosas raras, Meche.
Me pediste que te tratara como a una cualquiera, que te pegara, que te jalara el pelo...
me dijiste que querías dolor. Y luego...
luego saliste vestida así. Sin brasier. Con los mallones más apretados.
¿Fuiste por Dionisio? ¿Fuiste a buscar lo que yo no pude darte?
Mercedes giró la cabeza despacio. Su rostro maquillado parecía una máscara de porcelana agrietada. Me miró con una mezcla de lástima profunda y un asco tan inmenso que sentí que me encogía bajo el suelo.
—¿Me estás diciendo que fui adrede a ese puto policía de mierda, Gonzalo? —susurró, con una naturalidad pasmosa—. ¡A lo que has llegado, cabrón!
—Mami... —La voz adormilada y tierna de Pablito nos interrumpió, rompiendo la tensión asfixiante de la cocina. El niño salió al pasillo frotándose los ojos con sus puñitos, arrastrando sus piececitos descalzos.
El rostro de Mercedes cambió de una manera instantánea, casi aterradora.
La frialdad desapareció en un parpadeo y una sonrisa forzada, dulce y maternal apareció en sus labios pintados.
Corrió hacia él, agachándose —noté de nuevo esa extraña y dolorosa rigidez al flexionar las rodillas, apoyando una mano en la pared para no perder el equilibrio— y lo abrazó, cargándolo en sus brazos.
—Hola, mi amor. Buenos días. Ya está listo tu desayuno, mi cielo. Lávate las manitas y vente a comer —le dijo con una ternura impecable, arrullándolo contra su pecho.
—¿Ya no hay ruido, mami? —pregunté el niño de forma inocente, recargando su cabecita en el hombro de Mercedes—. Anoche oí que gritaban muy fuerte en la pared.
Mercedes me dedicó una última mirada por encima del hombro del niño. Una mirada cargada de un hielo tan profundo que me caló hasta los huesos.
—Ya no, mi amor. Ya no hay ruido. Tu papá y yo ya arreglamos todo para que puedas dormir tranquilo siempre —mintió ella, con una naturalidad pasmosa, antes de llevarse a Pablito al comedor, dándome la espalda por completo.