V. Entre líneas
No había pegado un solo ojo. Mi cuerpo estaba destrozado, entumecido por haber pasado las últimas horas acurrucado en el borde del colchón, de espaldas a Mercedes. La noche había sido un infierno de silencio.
Después de que ella salió del baño, casi a las dos de la mañana, se metió en la cama dándome la espalda y se envolvió en las sábanas hasta el cuello, como si yo estuviera contagiado de la peste.
No se movió. No suspiró. Pero yo sabía, por el ritmo irregular de su respiración y por la tensión rígida de sus hombros bajo la cobija, que ella tampoco estaba durmiendo.
Estábamos dos extraños compartiendo la misma cama, separados por un abismo de verdades que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar.
No me atreví a tocarla. No me atreví a hablarle.
La tensión en nuestra recámara era tan denso, tan cargado de una vibración extraña, que casi costaba respirar.
Cada vez que intentaba cerrar los ojos, la oscuridad me proyectaba la misma imagen: la blusa rota de mi esposa, su cabello revuelto, la mancha húmeda en su entrepierna.
Mi mente trabajaba como una máquina de tortura autogestionada, reconstruyendo segundo a segundo lo que había ocurrido en el departamento número cuatro durante esos eternos cuarenta minutos.
Me levanté despacio, sintiendo que los huesos me pesaban cien kilos.
Mis músculos protestaron; la tensión de estar alerta toda la noche me había dejado la espalda hecha un nudo.
Fui al baño con pies de plomo, intentando no hacer crujir las tablas del piso.
El baño era el mismo santuario donde ella se había encerrado durante media hora la noche anterior, el lugar donde se había lavado apresuradamente para borrar el rastro de la calle antes de meterse en mi cama.
Al entrar, percibí una mezcla del jabón floral y dulce que ella usaba para ducharse, vapor condensado que aún flotaba levemente en las esquinas del techo, y algo más.
Un trasfondo extraño, agrio, denso. Un aroma penetrante que no pertenecía a nuestro baño.
Era el aroma de la testosterona y del sudor masculino mezclado con alcohol y humo de tabaco.
El olor de Dionisio, el vecino de enfrente.
El cesto de la ropa sucia, de plástico blanco y desgastado, estaba tapado, pero la prisa de Mercedes la había traicionado.
Alcancé a ver el borde negro de la blusa de tirantes asomando bajo una toalla húmeda.
Con el corazón martillándome en las costillas y una sensación de asco insoportable subiéndome por la garganta, me acerqué.
Mis manos temblaban tanto que me costó sujetar la tapa del cesto.
Retiré la toalla húmeda. Ahí estaba.
La blusa negra de tirantes estaba al fondo del cesto, hecha un revoltijo.
La agarré con dos dedos. Estaba destrozada.
No se había enganchado ni se había roto por el uso.
Alguien le había jalado de los dos lados con una fuerza bestial.
La tela de algodón estaba abierta de arriba abajo, justo por en medio de donde le quedan los pechos a Mercedes.
Se veía claramente cómo la habían abierto a la fuerza para sacársela o para dejarle las tetas al aire.
La acerqué a la nariz. El perfume de orquídeas de mi mujer casi no se sentía. Encima había un olor fuerte a cigarro y a esa colonia y picante que usa Dionisio. El olor del puto policía estaba impregnado en la ropa de mi esposa.
La solté y rebusqué más abajo. Encontré los mallones grises de yoga. Los estiré bajo la luz del baño y se me revolvió el estómago. En la entrepierna había una mancha grande, ya seca. La licra estaba tiesa, acartonada, con los bordes blanquecinos. No era sudor. No era nada normal.
Acercé esa parte a la nariz y aspiré fuerte.
No olía a cerveza. Olía a semen. A semen espeso, concentrado, mezclado con el flujo de Mercedes. El olor a sexo de otro hombre metido en la ropa interior de mi mujer.
Me dio un calambre en toda la espalda. Sentí asco de mí mismo, una vergüenza que me quemaba la cara…
pero debajo de los calzoncillos se me paró la verga al instante.
Una punzada traicionera, caliente, asquerosa.
Solté los mallones como si me quemaran y los tiré otra vez al fondo del cesto, tapándolos con la toalla.
Me eché agua helada en la cara varias veces, frotándome hasta que me dolió la piel. Me miré en el espejo. Estaba pálido, con unas ojeras moradas de muerto. Parecía un cobarde. Un cornudo que además se excitaba oliendo la leche del otro en la ropa de su esposa.
Salí a la cocina fingiendo que no pasaba nada. Mercedes ya estaba ahí.
Llevaba un pantalón negro formal y, a pesar del calor de julio, una blusa de manga larga y cuello alto que le tapaba hasta el cuello. El cabello lo traía recogido en una cola de caballo tirante, sin un solo pelo suelto. Se movía de forma rígida, mecánica, preparando el desayuno de Pablito.
La vi estirarse para agarrar un vaso de la alacena y soltó un quejido bajito, llevándose la mano al costado izquierdo como si le dolieran las costillas.
Cuando caminaba hacia la estufa arrastraba un poco los pies y mantenía las piernas más abiertas de lo normal.
Se notaba que tenía la entrepierna jodida, adolorida, como si la hubieran usado durante horas.
—Buenos días —murmuré, arrastrando una silla del comedor para sentarme. El ruido de las patas de madera contra el mosaico sonó estridente en el silencio.
—Buenos días —respondió ella, sin voltear, dándole la vuelta a un sándwich en el sartén. Su voz sonaba ronca, más grave y cansada de lo normal, desprovista de cualquier calidez.
—Meche... —empecé, sintiendo que el corazón me latía con tanta fuerza que me ahogaba la garganta—. Sobre lo de anoche... sobre cómo regresaste...
El sonido de la espátula golpeando el metal del sartén se escuchaba como un disparo en la cocina. Fue un golpe seco, cargado de una violencia contenida. Ella apagó la estufa con un movimiento brusco, sirvió el sándwich en un plato de plástico azul para el niño, y finalmente se giró hacia mí.
Su rostro estaba impecable, maquillada a la perfección.
Había usado una capa gruesa de base y corrector para ocultar cualquier rastro de desvelo, pero no solo eso: en su mejilla izquierda, justo donde yo recordaba haber visto una sombra anoche, el maquillaje se veía ligeramente más denso, como si intentara cubrir la marca de un golpe o de una bofetada.
Sus ojos amielados, esos que normalmente me miraban con altivez, con reproche o con esa chispa de inteligencia que siempre me había cautivado, ahora estaban completamente vacíos. Eran dos pozos fríos, planos, que no transmitían absolutamente nada. Era como mirar a una extraña de plástico.
—Ya te dije anoche que no quiero hablar de eso, Gonzalo —me cortó, tajante, cruzándose de brazos.
Al hacerlo, el movimiento pareció molestarle y volvió a acomodar su postura con sutil incomodidad—.
El problema está resuelto. Fui, le puse un alto al vecino, le bajaron a la música y pudimos dormir en paz. Fin de la historia.
—¿Fin de la historia? —Mi voz tembló, mezclando la indignación con el pánico .
Me levanté de la silla, apoyando las manos en la mesa—.
Meche, por amor de Dios, no me trates como a un idiota.
Tardaste cuarenta minutos. Cuarenta minutos metida en ese departamento.
Y cuando regresaste... Dios mío, traías la blusa rota por la mitad del pecho.
Tus mallones estaban... estaban manchados, Meche.
Hueles a él. ¡Dime qué te hizo ese animal!
¡Si te tocó, si te lastimó, si esos borrachos te faltaron al respeto, tenemos que ir al Ministerio Público ahorita mismo! ¡Tenemos que denunciarlo!
Me acerqué un paso, intentando buscar su mirada, tocarle el hombro, pero Mercedes dio un paso atrás con una agilidad defensiva, interponiendo la barra de la cocina entre nosotros como una barrera infranqueable.
—No inventes telenovelas en tu cabeza para justificar que me dejaste ir sola —siseó entre dientes, destilando un veneno tan puro que me congeló la sangre—. Nadie me violó, Gonzalo. Nadie me tocó de esa manera.
—¡Pero tu ropa, Meche! ¡La blusa está destrozada en el cesto de la basura! ¡Yo la vi!
—¿Ahora estás revisando mi ropa, puto enfermo?
¡Me atoré! —exclamó ella, levantando la voz un poco, pero controlándose de inmediato, mirando de reojo hacia el pasillo para no despertar a Pablito—.
Te lo dije anoche. Cuando me abrieron la puerta, estaban todos borrachos, apestosos.
Me empujaron sin querer al querer cerrarme la puerta en la cara, me tropecé en el pasillo estrecho, y la blusa se me rasgó con el filo del marco metálico de la puerta.
Es tela delgada, Gonzalo, de esa de tirantes que se rompe con cualquier cosa.
Y en cuanto a la mancha de mi pantalón...
uno de sus amigotes idiotas tiró una cerveza de bote y me salpicó las piernas cuando estaba discutiendo con ellos. Eso fue todo.
Me quedé paralizado, procesando sus excusas.
Eran absurdas. Eran endebles, infantiles.
Y ella lo sabía perfectamente. Nadie se rompe una blusa de algodón justo por la mitad del pecho, de arriba a abajo, tropezando con un marco.
Una mancha de cerveza no huele como olía nuestro pasillo anoche, ni deja la licra acartonada de esa manera.
—No me mientas, Meche... por favor, no me hagas esto —supliqué, y sentí que una lágrima de impotencia me rodaba por la mejilla—.
Fui al baño. Agarré tu ropa del cesto. La olí, Meche...
la toqué. Eso... eso no era cerveza. La cerveza no se pone tiesa así, no se queda de un color blanquecino en las orillas.
Y no huele... Dios mío, no huele a cloro ni a semen.
Huele a hombre, Meche. Huele a Dionisio. ¡Apesta a él!