Mi mujer y el vecino de Enfrente Gonzalo, Sábado, 1245 a.m.
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Gonzalo, Sábado, 1245 a.m.

Oí el eco del portazo al salir a mi mujer. El ruido seco de la cerradura fue engullido casi al instante por el estruendo de la banda sinaloense que traspasaba la pared.

Me quedé tirado en el suelo de la recámara, exactamente donde ella me había empujado. Completamente desnudo.

Mi sexo, que minutos atrás había estado duro como piedra, a punto de estallar de placer dentro de mi esposa, ahora no era más que un pene arrugado y minúsculo, escondido entre mis piernas temblorosas.

El olor de nuestros fluidos interrumpido seguía en el cálido cuarto, una burla cruel a la hombría que acababa de perder.

—Meche... —susurré hacia la puerta cerrada, con un nudo asfixiante en la garganta.

Tenía que ir por ella. Es lo que haría un marido de verdad.

Pero yo estaba temblando. Los dientes me castañeaban de pánico.

Una parte de mi cerebro, la voz racional del hombre que siempre buscaba la lógica, me decía que me levantara, que me pusiera unos pantalones, saliera al pasillo, agarrara a Mercedes del brazo y la metiera a rastras a la casa.

Era mi esposa.

Era la madre de Pablito.

Pero no podía moverme. Mis músculos estaban paralizados por el terror y duro.

"Si salgo... me va a romper la cara", pensé, recordando los brazos como troncos de Dionisio, su uniforme, su arma. "¿Y si están sus amigos? ¿Y si me golpean entre todos?".

Pensé en arrastrarme hasta el teléfono. Llamar a la policía.

Marcar el 911. Pero la frase de Mercedes me llegó en mi cabeza como una campana fúnebre: "¿De qué carajos ha servido llamar a la policía, Gonzalo?

Él es policía". Si llegaba una patrulla, se iban a saludar de compadres.

Y cuando se fueran, Dionisio me iba a hacer la vida imposible.

BUM. BUM. BUM.

El bajo seguía retumbando. De repente, noté que la música bajó un poco de volumen. Alguien le había bajado del otro lado.

El estómago se me revolvió. Ella ya estaba adentro. Había cruzado el umbral.

—Dios mío, qué hice, qué pendejo soy... —lloriqueé, llevándome las manos a la cabeza, tirándome del pelo—. Sal de ahí, Meche, por favor, date la vuelta y sal... cómo puedes ser tan loca.

El tiempo se detuvo. Cada segundo que pasaba era una eternidad de tortura. Me quedé ahí, sentado en la alfombra, con la mirada clavada en la puerta de mi cuarto, esperando verla entrar, esperando escucharla gruñir que el cabrón de enfrente era un idiota pero que ya lo había arreglado.

Y entonces me armé de valor, y me dije que tenía que ir por ella, no importaba lo que pudiera pasarme a mí.

Pero de pronto, un llanto agudo rompió el silencio de mi propio departamento.

—¡Papá! ¡Papá, tengo miedo!

Era Pablito. El niño se había despertado por culpa de mis gritos o por la música.

El instinto paterno logró lo que el valor no pudo: me sacó del suelo. Me puse los bóxers a trompicones, tropezando con mis propias piernas, y corrí por el pasillo oscuro hasta su cuarto.

Empujé la puerta. Pablito estaba sentado en su camita, frotándose los ojos hinchados por el sueño, con la cobija hasta la barbilla. Las luces intermitentes de unos faros de un coche en la calle iluminaban a medias su carita asustada.

—¿Qué pasa, campeón? —Mi voz salió ronca, artificial, intentando ocultar el terror que me devoraba por dentro.

—Hace mucho ruido la pared, papi —lloriqueó Pablito, señalando hacia el muro compartido—. ¿Dónde está mi mami?

La pregunta fue como un balazo en el centro del pecho.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

¿Dónde estaba su mami? Su mami, semidesnuda bajo esa ropa tan provocadora que le marcaba sus tetas y su culo, con los pezones duros y el vientre caliente, estaba metida en un nido de lobos, rodeada de hombres ebrios.

Tragué saliva, forzando la sonrisa más falsa de mi puta vida.

—Tu mami... tu mami fue allá afuera un ratito, hijo. Fue a decirle al vecino que le baje a la música, para que tú puedas dormir bien. Ya ves que tu mami es muy valiente.

—¿Y por qué no fuiste tú, papi?

Cerré los ojos. El niño no lo decía con malicia, pero me acababa de destruir el alma en mil pedazos. Tenía cinco años y ya intuía mi cobardía.

—Yo me quedé a cuidarte a ti, mi amor —mentí, sintiendo que la garganta me ardía—. Acuéstate, yo me acuesto aquí contigo hasta que regrese.

Me metí a la pequeña cama individual, abrazando el cuerpecito tibio de mi hijo, tapándole los oídos con mis manos para amortiguar los putos metales de la banda sinaloense que seguían sonando bajito desde el otro lado.

Y así comenzó la verdadera tortura.

La espera.

El reloj de pared de Pablito marcaba la 1:00 a.m. Habían pasado quince minutos.

Quince minutos. ¿Cuánto tiempo se necesita para decirle a un vecino: "Bájale a la música"? Un minuto. Tal vez dos si discuten. Quince minutos significaba que estaba pasando algo más.

Mi mente empezó a trabajar a mil por hora, pintando los escenarios más horribles en la oscuridad de la recámara. ¿Se estarían gritando? ¿La estaría insultando?

O peor... ¿Y si Dionisio la había agarrado?

Me imaginé las manos gigantes de ese gorila sujetando a mi Meche de los brazos.

¿Estaría ese amigo gordo con Dionisio, habría putillas en esa fiesta nocturna?

Imaginar a mi esposa siendo ultrajada me llenó los ojos de lágrimas amargas.

Jadee en silencio, apretando a Pablito, odiándome, odiándome con cada fibra de mi ser por no haber ido yo, por no tener un arma, por ser un puto oficinista inútil.

1:15 a.m. Media hora.

Media hora de silencio de nuestro lado, mientras del otro la fiesta parecía continuar. La música de repente se detuvo, pero no hubo paz. Escuchaba voces apagadas, un golpe sordo, y risas masculinas cruzando las paredes del edificio.

Mi imaginación dio un giro mucho más oscuro, más enfermo.

Recordé la manera en que Meche me miró antes de salir. Recordé cómo se subió los mallones grises, cómo no se puso brasier. Recordé que ella misma me dijo, hace unos momentos en la cama: "Cógeme como a una cualquiera. Trátame como a tu perra".

Las piezas empezaron a encajar en mi cabeza con una lógica retorcida que me dio náuseas. Meche sabía cómo la miraba Dionisio, cómo la sabroseaba en las mañanas. Si fue vestida así... no fue a hablar civilizadamente.

¿Iría a provocarlo, mi esposa? No. Imposible.

El terror al abuso se transformó lentamente en algo mucho más humillante y devastador. ¿Y si ella no estaba forcejeando? ¿Y si las manos de Dionisio no la lastimaban, sino que la desnudaban con su consentimiento perverso?

Visualicé a la bestia. Dionisio, con su barba negra, su olor a macho alfa, su pecho sudado.

Lo imaginé acorralando a mi esposa contra la pared mugrosa de su departamento.

Imaginé a Meche respirando agitada, ofendida al principio, pero luego...

derritiéndose. Sucumbiendo a la brutalidad de un hombre de verdad.

Imaginé las manazas callosas del vecino arrancando esa blusita negra, exponiendo los senos blancos y pesados de mi mujer frente a sus amigos de borrachera.

No... Dios mío, no... Meche, no lo hagas.

Las lágrimas me corrían por el rostro, empapando la almohada de mi hijo.

Pero lo más enfermo, lo más maldito y retorcido de toda mi miseria, fue que mientras imaginaba a Dionisio abriéndole las piernas a Mercedes, penetrándola violentamente, haciéndola gritar de un placer sucio y lleno de lujuria que yo jamás le había podido dar...

sentí cómo la sangre corría hacia mis genitales.

Me acomodé de espaldas en la camita, sintiendo una punzada de asco hacia mí mismo al notar que mi pene se empezaba a endurecer debajo de los bóxers, alimentado por la imagen de mi propia humillación.

1:25 a.m. Cuarenta minutos.

Cuarenta malditos minutos de agonía, de imaginar a mi esposa convertida en la ramera del vecino.

De pronto, escuché un ruido en el pasillo.

Mis oídos se agudizaron al máximo. Pasos. Unos pasos de tenis blancos que se arrastraban lentamente. Y luego, el sonido metálico de una llave entrando en nuestra cerradura.

Clic.

Me paré de la cama de Pablito de un salto, como impulsado por un resorte, ignorando la estúpida erección que tenía. Corrí hacia la puerta del cuarto del niño y me asomé al pasillo de la sala.

La puerta principal de nuestro departamento se abrió. Y ahí estaba ella.

Casi me caigo de espaldas.

Mercedes cerró la puerta despacio tras de sí. Su apariencia me dejó anonadado, me resultó casi la confirmación de mis peores y más oscuras pesadillas.

Ya no caminaba con la postura altiva y recta de la señora de la casa. Sus hombros estaban caídos. Su cabello rubio, que siempre llevaba impecable, ahora era un completo desastre, revuelto y apelmazado por el sudor.

Y su ropa... Dios mío, su ropa.

Su blusa negra de tirantes estaba rasgada por la mitad, justo en el escote. Meche cruzaba los brazos sobre su propio pecho, sujetando la tela rota con ambas manos en un intento desesperado por cubrir sus senos desnudos, pero yo podía ver partes de su piel blanca asomando por la hendidura.

Sus mallones grises, antes inmaculados, tenían una enorme y evidente mancha húmeda oscura justo en el puente de la entrepierna, una mancha que escurría ligeramente por el muslo interno.

El pasillo de nuestra casa se llenó de golpe con un olor denso y mareante: humo de tabaco, sudor agrio, alcohol , y un inconfundible y almizclado rastro a sexo crudo. El olor de Dionisio.

Tragué saliva, sintiendo que me ahogaba.

—Meche... —balbuceé, dando un paso hacia ella, temblando de pies a cabeza—. Por Dios... ¿qué te pasó? ¿Estás bien? ¿Qué te hizo ese puto animal? ¡Llamaré a la policía!

Ella detuvo su andar lento. No levantó la cara de inmediato. Cuando lo hizo, sus ojos amielados estaban vidriosos, perdidos. Sus labios, antes pintados, ahora estaban hinchados, despintados y enrojecidos, como si se los hubieran mordido con saña y chupado durante horas.

Me miró, pero no vi furia ni asco en su expresión. Solo noté una frialdad en su semblante, una lejanía aterradora que me hizo sentir que esa mujer que tenía enfrente ya no era mi esposa. Algo dentro de ella se había roto para siempre. O se había despertado.

—No llames a nadie —su voz salió misteriosa, un poquito ronca, como si tuviera la garganta lastimada—. Ya lo arreglé yo.

—¿Que lo arreglaste? —solté un sollozo de angustia, señalando su blusa rota, su estado lamentable—. ¿Arreglaste qué? ¡Mírate cómo estás, Meche! ¡Ese animal te lastimó! ¡Dime qué te hizo ese cabrón, ahorita mismo voy y lo mato!

Hice el amago de caminar hacia la puerta, una muestra de valentía inútil, tardía y patética.

Mercedes no me detuvo. Simplemente suspiró, apretó los brazos contra su pecho para sostener sus jirones de ropa, y pasó de largo a mi lado, caminando directamente hacia el pasillo del baño.

—¿Ahora te sale el valor?, por favor, Gonzalo, no seas ridículo, porque al final, al parecer que la tiene huevos en esta casa soy yo —dijo, con su tono desprovisto de cualquier emoción, frío como el hielo—. Y no me preguntes nada. No ahora. No quiero hablar.

El seguro de la puerta del baño hizo clic.

Me quedé solo en el pasillo oscuro de mi casa, escuchando cómo, segundos después, se abría la llave de la regadera. El ruido del agua golpeando los azulejos llenó el ambiente, intentando lavar lo que fuera que el vecino de enfrente le hubiera hecho a mi mujer durante esos cuarenta minutos.

Yo me deslicé por la pared, lentamente, hasta quedar sentado en el piso frío, abrazándome las rodillas.

El silencio del otro lado de la pared, en el departamento de Dionisio, era ahora total y .

Todo parecía indicar que el lobo, es decir, el vecino de enfrente, ya había comido.

Y la cena había sido mi esposa.