IV. La boca del lobo #3
—S-sí... —balbuceé, intentando zafarme, pero el jalón de pelo me dolía y me excitaba en proporciones iguales.
—¡Que no me mientas, puta madre! —rugió él de repente, su voz retumbando en la sala.
Me dio una sacudida violenta que me hizo traquetear los dientes.
Me asusté de verdad. La fuerza física de este hombre era abrumadora. Si quería, me partía el cuello en dos segundos.
—¡No, no! —chillé, llorando, rindiéndome—. ¡Bueno, en parte no sólo vine por la música!
—¿A qué viniste, entonces, perra? —preguntó, bajando la voz, acercando su rostro al mío hasta que nuestras narices se rozaron. Su mirada era lascivia.
Beto se levantó del sillón, acomodándose su erección grotesca que se marcaba en el pantalón, y se acercó a nosotros, mirándome el culo con lujuria. Estaba rodeada.
—V-vine... —Tragué saliva. La dignidad ya no existía. Solo quedaba la sumisión a la bestia. Solo quedaba la ninfómana que llevaba reprimiendo años.
—¿Viniste a que te enseñe cómo trataba a Esperanza?
Miré a Dionisio a los ojos y dejé salir toda la basura que llevaba dentro.
—En parte…
Dionisio sonrió. Mostró los dientes como un lobo satisfecho.
—Eso quería oír, cabrona —murmuró.
Sin soltarme del cabello, bajó su mano derecha desde mi nuca hasta mi cuello, y con un movimiento rápido y brutal, metió los dedos por el escote de mi blusa de tirantes. Agarró la tela delgada y tiró hacia abajo con violencia.
¡Rrrrrrip!
El sonido de la tela rasgándose me ensordeció. Mi blusa se rompió por la mitad, dejando mis pechos pesados, carnosos y turgentes completamente expuestos al aire frío de la sala. Mis pezones oscuros, duros como piedras, apuntaban desafiantes.
—¡Ay, mierda, qué pinches ubres tiene la putilla! —gritó Beto, aplaudiendo, sus ojos desorbitados.
Las prostitutas chiflaron, burlándose.
Yo crucé los brazos instintivamente para taparme, temblando de vergüenza, sintiéndome la mujer más sucia y denigrada del universo.
—¡No te tapes, perra! —me ordenó Dionisio.
Me agarró las muñecas y las jaló hacia los lados, obligándome a exhibirme ante ellos.
Me sentía como ganado en una subasta—. Mírala, Beto.
Mírala bien. Esta es la vieja del flaquillo de enfrente.
El pendejito se cree muy decente, y mira a su señora, con las tetas de fuera, rogando que un hombre de verdad se la coja.
—Yo no pido que... —intenté defender mi último rastro de honor.
—¡Cállate! —Me soltó una muñeca, levantó la mano y me dio una bofetada.
No fue un golpe con el puño cerrado, pero su mano era tan grande y pesada que me giró la cara por completo. Un dolor agudo y caliente me estalló en la mejilla izquierda.
El impacto me desorientó; me había mordido el interior del labio.
Cuando menos acordé, estaba de rodillas sobre la alfombra mugrosa, aturdida, sosteniéndome la mejilla.
Jamás en mi vida Gonzalo me había levantado la voz, mucho menos la mano. Y sin embargo, mientras estaba ahí, arrodillada a los pies de ese policía borracho, con los pechos desnudos balanceándose frente a desconocidos, sentí la contracción más fuerte en mi vientre.
Mi clítoris palpitó tan fuerte bajo la licra gris que solté un gemido largo y lastimero. El hilo de la tanga estaba clavado entre mis nalgas; el flujo resbaladizo manchaba el puente de mi pantalón de yoga.
Levanté la vista. Dionisio me miraba desde arriba. Se llevó las manos al cinturón de su pantalón de mezclilla y desabrochó la hebilla con un sonido metálico. Bajó el cierre lentamente.
—¡Qué haces, no, no! —exclamé horrorizada, y su vez, sumamente excitada.
—Viniste a buscar riata, Meche —dijo, su voz ronca estaba llena de autoridad.
Y entonces se sacó su miembro de entre la ropa interior.
Y yo casi me desmayo. Era exactamente como Esperanza me lo había descrito. Enorme, oscuro, venoso, grueso como mi propio antebrazo, palpitando, pesado, brutal. Era un pollón destinado a domar mujeres casadas y mustias como yo, para abrir boquetes vaginales, para causar placer, para dominar.
—¡Dios! —exclamé.
Esto... esto era una monstruosidad… no se le parecía en nada a lo que tenía mi marido entre las piernas. Y quise que parara. O algo terriblemente mal podría ocurrir.
—¡Guárdate eso y en tu vida vuelvas a tocarme o te juro que te mato hijo de puta! —grité casi llorando.
Pero Dionisio solo sonrió.
—No digas pendejadas, putita, que sabes bien lo que quieres —me gritó Beto desde atrás, dándome una sobada en la cabeza—. ¡Chúpale la verga al jefe! ¡Gánate el perdón por venir a joder con tu musiquita!
Las putas reían a carcajadas.
Miré a Dionisio. Su mirada no dejaba lugar a dudas. Si quería salir de ahí, iba a ser a su manera. Había cruzado la puerta, había buscado a la bestia, y ahora la bestia exigía su tributo.
Y lo peor de todo, lo que me hacía llorar de asco y de placer, es que no quería salir de ahí. Quería ser degradada. Quería que destruyera a la Mercedes decente para siempre.
Quería chuparle esa enorme verga, tan gruesa y tan grande como nunca había tenido una en la boca.
Pero estaba casada. Tenía hijo y tenía marido…
Y yo no quería ser la puta del vecino de enfrente.