IV. La boca del lobo #2
Reconocí su descripción al instante por las historias de Esperanza. Era "El Beto". El tipo que se había cogido a mi amiga por detrás mientras ella le mamaba la verga.
A su lado, sentadas en el sillón, había dos mujeres.
Jóvenes, de veintitantos años. Llevaban vestidos de antro minúsculos, uno rojo y otro negro, llenos de lentejuelas, pero estaban descalzas.
Estaban sentadas con las piernas abiertas, muy borrachas, riéndose a carcajadas de algo. Eran vulgares. Eran putas.
Y yo... simplemente era Mercedes, la mujer de Gonzalo. La señora decente de enfrente.
Si daba la media vuelta y me iba, Dionisio se iba a reír de mí. Iba a saber que yo era tan cobarde como Gonzalo. Que yo también era solo palabras. Y peor aún, me perdería la oportunidad de... de algo que mi cuerpo pedía a gritos, aunque mi mente lo rechazara con asco.
"Hazlo", me susurró mi morbo. "Mira cómo viven. Mira lo que hacen".
Tragué aire, levanté la barbilla en un intento inútil de mantener mi dignidad intacta, y crucé el umbral.
Entré al departamento.
En el momento en que mis tenis pisaron la alfombra mugrosa de su sala, Dionisio cerró la puerta a mis espaldas.
El clic del cerrojo sonó definitivo, como la puerta de una celda.
Me sobresalté, volteando a verlo. Él simplemente sonrió, pasó por mi lado rozando mi brazo con su pecho sudado, y caminó hacia la sala.
—¡Miren nomás, raza, quién nos vino a visitar! —gritó Dionisio por encima de la música de banda que seguía sonando de fondo—. ¡La vecina ofendida de enfrente! ¡La señora de Gonzalo!
El gordo Beto abrió los ojos pesadamente, intentando enfocarme. Cuando me vio, su mirada se iluminó con una lujuria sucia, grosera. Se pasó la lengua por los labios.
—A la verga, Dioni... —balbuceó Beto, con voz pastosa—. No me habías dicho que tenías una delicia de hembra allá enfrente, cabrón. Qué culazo se carga la doña.
—Fíjate cómo me hablas, cabrón —dije.
Las dos prostitutas me barrieron con la mirada de arriba a abajo. Una de ellas, la del vestido rojo, soltó una risita burlona.
—Uy, qué persignada —dijo la puta, dándole un trago a su cerveza—. ¿Se le perdió el rosario, señora, o por qué anda en paños menores a estas horas?
Sentí que la sangre me hervía de humillación, pero estaba atrapada.
—Solo vine a pedirles que bajen el volumen —dije, mi voz sonando estúpidamente formal en ese chiquero—. Hay gente que trabaja mañana.
Dionisio caminó hasta el estéreo y, sorpresivamente, lo apagó por completo. El silencio repentino fue ensordecedor. Solo se escuchaba la respiración pesada de Beto y el zumbido del refrigerador.
—Ya está, vecinita. Apagado —dijo Dionisio, girándose hacia mí.
Caminó lentamente, rodeando la mesa de centro, hasta quedar frente a mí, a menos de un metro de distancia.
Me superaba por más de veinte centímetros de altura.
Era una montaña de músculo y carne amenazante—.
¿Contenta? ¿Ya puedes irte a dormir con tu maridito?
—Sí. Gracias —dije, tajante. Giré sobre mis talones, dispuesta a salir corriendo de ahí. Había demostrado mi punto. Tenía que irme antes de que perdiera el control.
Pero Dionisio dio un paso rápido y me agarró del brazo izquierdo.
Su agarre no fue doloroso, pero fue firme como tenazas de hierro. Un calor brutal me subió por todo el cuerpo desde el punto donde sus dedos callosos me tocaban la piel desnuda.
—Pérate, pérate. ¿Tan rápido te vas, Meche? —murmuró, su voz bajando a un tono íntimo que no encajaba con el ambiente de burdel—. No seas descortés. ¿Un tequilita, por el susto?
—Suéltame, Dionisio. No bebo, y mucho menos con... desconocidos.
—Ay, por favor, Meche. Si tú y yo nos conocemos rebien —Dionisio tiró de mi brazo, obligándome a girar de nuevo hacia él.
Estábamos tan cerca que tuve que echar el cuello hacia atrás para mirarlo a la cara.
Su pecho ancho subía y bajaba rítmicamente—.
Nos conocemos a través de Esperanza. Ella, de algún modo, me contó todo de ti.
El nombre de mi amiga cayó como una bomba atómica en la habitación.
Se me paró el corazón. Mis ojos se abrieron de par en par. ¿Él lo sabía? ¿Sabía que Esperanza me contaba todo?
—¿Q-qué dices? —tartamudeé, perdiendo toda mi fachada de altivez—, ¿a qué te refieres con que ella te contó todo de mí?
Dionisio soltó una carcajada suave, perversa. Me soltó el brazo, pero en su lugar, deslizó su mano enorme por mi costado, deteniéndose justo en mi cintura, agarrándome la cadera sobre la licra gris.
—No te me hagas la santa, Meche. La Esperanza era bien chismosa contigo, pero también me chismeaba a mí —se inclinó, acercando su boca asquerosa y deseable a mi oreja.
Su aliento caliente me puso la piel de gallina—.
Me decía cómo se te abrían los ojos cuando te contaba lo que le hacía, las cogidas que le ponía.
Me decía que te cruzabas de piernas bien apretadas abajo de la mesa.
Me decía que seguramente te mojabas de nomás imaginarte las folladas que le daba, a la cabrona.
Sentí que las rodillas me fallaban. El pánico me asfixiaba, pero la excitación era un fuego líquido que me recorría las entrañas. Estaba expuesta. Todo este tiempo, el monstruo sabía que yo fantaseaba con él.
—Estás loco... eres un asqueroso, suéltame... —intenté empujarlo poniendo mis dos manos en su pecho desnudo y sudado.
Pero fue como intentar mover una pared de ladrillos. Sentí el vello áspero bajo mis palmas, el calor de su piel, la dureza de sus pectorales. En lugar de alejarlo, sentí el impulso enfermo de acariciarlo.
—¡Ay, cabrón, se puso brava la fiera! —gritó Beto desde el sillón, riéndose, aplaudiendo como si estuviera viendo un espectáculo—. ¡Domestícala, mi Dioni, échale la soga a esa potranca!
Dionisio me ignoró los empujones. Su mano en mi cadera bajó descaradamente, agarrándome media nalga. Apretó la carne con fuerza. Solté un gemido ahogado de dolor y placer mezclados.
—Mira nomás, tremenda cola te cargas, Mechita.
No cabe duda que tu marido es un pendejo, Meche.
Un puto eunuco —murmuró Dionisio, mirándome a los ojos, su mirada perforándome el alma—.
Venir y decirme a mí "por favorcito, vecino, bájale a la música".
Puta madre. Si tú fueras mi mujer... si tú fueras mía y alguien te faltara al respeto, yo le rompo las piernas.
Le meto un tiro en las rodillas. Yo protejo lo mío.
Sus palabras eran exactamente lo que yo le había gritado a Gonzalo minutos antes. Eran el veneno que necesitaba escuchar.
—Pero tu maridito al parecer no es un hombre —continuó él, frotando mi nalga descaradamente frente a todos—.
Es un cobarde. Un tipo pusilánime que te tiene aquí, desperdiciada.
Mírate nomás. Vestida como una cualquiera a la una de la mañana, mendigando que alguien te haga sentir mujer, porque el flaco no te da la talla.
—¡Yo no sé quién mierdas te crees, pero te advierto que te va a pesar si sigues faltándome al respeto! —intenté gritar, pero mi voz salió como un susurro roto. Yo misma estaba traicionando a Gonzalo en mi mente en ese mismo instante—. Me iré a casa, y le diré a mi marido que…
—¿Qué le dirás a quien ni siquiera sirvió para cogerte bien hoy? Porque andas de mala, andas amargada, quiere decir que no te la metió bien, ¿verdad? —Dionisio bajó la mirada a mis pechos.
Levantó su mano libre y, con una lentitud que me hizo cerrar los ojos, pasó su dedo pulgar áspero por encima de la tela de mi blusa, rozando mi pezón derecho.
—¡Ahhh! —Un jadeo largo, húmedo y miserable escapó de mis labios. Todo mi cuerpo se arqueó hacia su mano. No pude evitarlo. Llevaba horas caliente, frustrada, y el toque de este hombre rudo, prohibido y dominante cortocircuitó mi cerebro—. ¡Animal! ¡Bestia!
Las putas en el sillón se rieron a carcajadas.
—¡Ay no, si salió bien puta la señora decente! —gritó una de ellas—. ¡Nomás le tocaste la chiche y ya se le cayeron los calzones!
—¡Tú cállate, pendeja entrometida! —grité.
Pero la humillación pública me hizo sentir una puta. Abrí los ojos, con lágrimas de rabia y excitación nublándome la vista. Estaba siendo denigrada frente a un policía gordo y dos prostitutas. Era peor de lo que Esperanza había vivido.
Y yo no sabía por qué no me iba, por qué no daba la media vuelta y salía de allí.
—Eres una perra, Meche. Igualita a la Esperanza, pero más tapada —Dionisio me agarró por la cabeza con su mano enorme, entrelazando sus dedos en mi cabello rubio.
Tiró de mi cabeza hacia atrás, obligándome a exponer mi cuello y a mirarlo—.
Confiesa. Dile aquí al compa Beto a qué viniste. No viniste por la música, ¿verdad?