IV. La boca del lobo
El pasillo estaba helado. Mis tenis blancos rechinaron contra el piso de mosaico, un sonido patético que fue instantáneamente devorado por el estruendo que provenía de la puerta número cuatro.
Cerré mi propia puerta a mis espaldas con un golpe seco.
Sabía que del otro lado, arrastrándose por el suelo de nuestra recámara como un gusano aplastado, estaba Gonzalo.
Desnudo. Llorando. Pidiendo perdón. La imagen de mi esposo, el hombre que se suponía debía ser mi pilar, acobardado, flácido y derrotado en la alfombra, me provocó una arcada de repulsión tan violenta que tuve que tragar saliva para no vomitar ahí mismo.
Me abracé a mí misma por un segundo. No traía sostén. El aire frío del pasillo chocó contra el algodón delgado de mi blusa negra de tirantes, endureciendo mis pezones al instante, convirtiéndolos en dos botones dolorosos y protuberantes.
Abajo, la situación era aún más caótica.
Llevaba puestos mis mallones grises más entallados, esos que me compré específicamente para que me levantaran las nalgas.
Pero debajo de la licra, seguía llevando esa minúscula tanga de hilo negro de encaje.
La tanga que estaba empapada de mis propios fluidos y de la excitación interrumpida que había tenido con mi esposo minutos antes.
Cada paso que daba hacia el departamento de Dionisio me recordaba lo mojada que estaba. El hilo negro se deslizaba entre los labios de mi vulva hinchada, rozando mi clítoris hipersensible, mandando descargas eléctricas a mi cerebro.
"¿Qué estoy haciendo?", me preguntó una voz muy pequeña, muy lejana en mi cabeza. La voz de la madre de Pablito. La voz de la licenciada en marketing. "Regresa. Estás enojada, no pienses con el coraje. Llama a la policía, métete a tu cama, ignóralo".
Pero el bajo de la bocina industrial retumbó, haciendo vibrar la pared del pasillo. BUM. BUM. BUM. Era una canción de banda sinaloense, pesada, arrastrada, machista. Y con cada golpe del bajo, la voz de la decencia se apagaba un poco más.
Estaba furiosa. Quería matar a alguien. Quería gritar. Pero debajo de esa furia, latiendo con una fuerza primitiva y oscura, había un deseo enfermo que amenazaba con volverme loca. Esperanza tenía razón. La puta que llevaba dentro había despertado, y el pánico de Gonzalo solo la había alimentado.
Me detuve frente a la puerta de madera oscura de Dionisio. El olor a humo de cigarro y a alcohol se filtraba por las rendijas. Era el mismo olor que Esperanza me había descrito tantas veces. El olor de la perdición.
Levanté el puño derecho. Temblaba. Me di cuenta de que mi respiración era errática, superficial. Cerré los ojos, visualicé la cara cobarde de Gonzalo para llenarme de coraje de nuevo, y golpeé la madera con los nudillos.
Tres golpes fuertes.
Nada. La música estaba tan alta que dudo que un disparo se hubiera escuchado.
Apreté los dientes. "Si no lo hago ahora, volveré a ser la esposa frustrada del oficinista toda mi perra vida", pensé.
Levanté la mano y empecé a golpear la puerta con la palma abierta, con toda la fuerza que tenía, una y otra vez.
¡PAM, PAM, PAM, PAM, PAM!
—¡Dionisio! —grité, aunque mi propia voz sonó ridícula en medio del escándalo—. ¡Abre la maldita puerta, cabrón! ¡Dionisio!
Esperé diez segundos. Mis nudillos palpitaban. Estaba a punto de darme la vuelta, de aceptar mi derrota, cuando la música de banda, de golpe, bajó su volumen a la mitad. No se apagó, pero dejó de ser ensordecedora.
Escuché pasos pesados, como de un oso arrastrando las garras. Se corrió el cerrojo metálico con un chasquido áspero, luego la cadena de seguridad, y la puerta se abrió hacia adentro.
Me quedé sin aliento.
Dionisio estaba en el marco de la puerta. Era aún más enorme de lo que recordaba en la luz del día. Llevaba puesto un pantalón de mezclilla azul desgastado, desabrochado del primer botón, colgando peligrosamente de sus caderas anchas.
—¿Quién está jodiendo? —dijo, y luego me miró, y por qué no decirlo, me miró con sorpresa.
No traía camisa, solo una camiseta blanca de tirantes, de esas de estilo "golpeador de esposas", que estaba manchada de sudor y se pegaba a su pecho ancho y a su estómago abultado.
Sus brazos, gruesos como troncos, estaban cruzados sobre su pecho, revelando un bosque de vello negro y tatuajes de tinta negra esparcidos por sus bíceps.
Tenía el cabello rapado al ras, la barba negra y descuidada brillando ligeramente por el sudor. Sostenía un vaso de plástico rojo en una mano, lleno de un líquido ambarino, y un cigarro a medio consumir en la otra.
Sus ojos oscuros, inyectados en sangre por la borrachera, me miraron. Primero con confusión, luego con sorpresa, y finalmente... con una malicia lenta, pesada y depredadora que me heló la sangre.
—A la madre... —murmuró, su voz ronca y profunda vibrando en el pasillo—. Miren nomás qué me trajo Santa Claus en pleno julio.
Tragué saliva. Instintivamente, quise cruzar los brazos para cubrir mis pechos desbordados bajo la blusa, pero me obligué a mantenerlos a los costados. Había venido a reclamar. Tenía que ser fuerte. Tenía que demostrarle que yo no era Gonzalo.
—Son casi la una de la mañana, Dionisio —empecé, intentando que mi voz sonara firme, autoritaria, pero salió un poco temblorosa—. Mi hijo está intentando dormir. Yo estoy intentando dormir. Exijo que apagues esa música ahora mismo.
Dionisio no respondió de inmediato. Le dio una calada larga a su cigarro, sin apartar los ojos de mí. Exhaló el humo lentamente, echándolo a un lado, pero una parte de la nube gris me envolvió, apestándome a tabaco .
—¡Seguramente tú no tienes quehacer mañana, pero hay familias decentes, como la mía, que necesitamos dormir!
Su mirada bajó. Fue un escrutinio descarado, obsceno.
No intentó disimularlo. Vio cómo mis pezones duros empujaban la tela negra de mi blusa.
Sus ojos bajaron por mi vientre plano, se detuvieron en mi entrepierna —donde los mallones grises se hundían marcando la forma abultada de mi pubis— y luego bajaron hasta mis tenis blancos, para volver a subir lentamente.
Vi cómo se mordía el labio inferior, relamiéndose como un perro frente a un pedazo de carne sangrante.
—Buenas noches, vecinita, por lo menos salude —dijo al fin, con una lentitud exasperante—. Qué milagro verla por mis rumbos a estas horas. Y tan... buenota.
—¡No me faltes al respeto! —le solté, dando un paso al frente, la ira ganándole al miedo por un segundo.
—¡Pero si la que viene a molestar casas ajenas, diciendo mamadas, eres tú, mamacita! —exclama Dionisio carcajeándose—. ¡Tú estás faltando al respeto!
—Gonzalo, mi marido, habló contigo hoy en la mañana. Te pidió que le bajaras al ruido. Le diste tu palabra de oficial. ¿Y qué haces? Pones el maldito escándalo peor que nunca. ¿Te parece divertido? ¿Te parece que somos un puto chiste?
Dionisio soltó una carcajada ronca, grave, que me revolvió las entrañas. Era una risa genuina, burlona.
—¿Gonzalo? ¿El flaco? —Dionisio tomó un trago de su vaso rojo, moviendo la cabeza—.
Ay, Meche. Señora Mercedes, perdón. Déjeme le digo algo...
su marido no habló conmigo. Su marido balbuceó, casi se meó en los pantalones y me pidió por favorcito que si las niñas que invité podían cantarle a las princesas más quedito.
Yo le dije que sí, nomás para que dejara de temblar, me dio lástima el cabrón.
El golpe fue certero. La confirmación de la cobardía de mi esposo de la boca de su verdugo fue devastadora. Sentí que la cara me ardía de humillación.
—Eso no te da derecho a... —intenté replicar, pero él me cortó de tajo.
—Pero usted... —Dionisio descruzó los brazos y apoyó una mano gigante en el marco de la puerta, inclinándose hacia mí.
Su rostro quedó a centímetros del mío. Su olor a macho cabrío, a sudor y a alcohol me invadió por completo—.
Usted es otra cosa. Usted sí tiene huevos, vecinita.
Venir a pararse a la cueva del lobo, a la una de la mañana, vestida así... para seducirme.
Hizo un gesto con el cigarro, señalando mi cuerpo de arriba a abajo.
—¿Cómo te atreves? No estoy vestida para ti. Esta es mi ropa de andar en casa —mentí, sintiendo que las piernas me temblaban.
—Sí, cómo no. Ropa de andar en casa —bufó él, con una sonrisa ladeada—. Con los pezones parados, sin brasier, y con esos pantalones que te parten la panocha a la mitad. No mames, Meche. No me ofendas la inteligencia. Sabías que te iba a abrir la puerta yo. Y sabías exactamente cómo te ibas a ver.
—¡Eres un cerdo, un naco igualado! —grité, sintiendo pánico. Me había leído a la perfección. Había desnudado mi hipocresía en diez segundos. Retrocedí un paso—. Voy a llamar a la policía.
—Pues yo soy policía, preciosa. Yo soy el comandante de zona esta semana. Dime en qué puedo servirte —Dionisio se encogió de hombros y luego, sorpresivamente, se apartó del marco de la puerta, dejándola abierta de par en par.
—¡Tú no me sirves para nada!
—¿Ah no? Pues podemos verificar eso. Pero ya que andas de valiente, y ya que el puto de tu marido no tiene los huevos para venir a reclamarme a la cara cuando hay ruido él mismo... ¿por qué no pasas tú?
Me quedé congelada.
—Ni loca.
—Pasa, no tengas miedo, que no muerdo, nomás follo —repitió él, su voz perdiendo un poco el tono burlón, volviéndose más densa, más autoritaria—. Entra a mi casa. Vienes a quejarte del ruido, ¿no? Pues ven y diles a mis invitados que se callen. Pon orden, señora. Ya que tu hombre no puede.
Mi corazón latía tan fuerte que sentía que me iba a romper las costillas. Miré hacia adentro.
La sala de Dionisio era un caos. La luz estaba tenue.
Había botellas de Buchanan's, cerveza modelo y ceniceros rebosantes sobre una mesa de centro de cristal sucia.
En el sofá principal, desparramado como una bolsa de basura, estaba un hombre moreno, chaparro y gordo.
Era un policía, llevaba pantalones tácticos pero sin camisa.